El primer partido del fútbol argentino


por Luis Carranza Torres


No era el partido que los hermanos Hogg habían planeado. Thomas, empleado del London & River Plate Bank y James, corredor de bolsa; ambos venidos del norte de Yorkshire llevaban tiempo queriendo organizar algo. 

En mayo de 1867, pusieron un aviso en The Standard, el único diario de habla inglesa de Buenos Aires y el primer diario en lengua inglesa del hemisferio sur, fundado por los hermanos irlandeses Edward y Michael Mulhall en 1861.

Desde sus páginas convocaron a una reunión para promover la práctica del fútbol. La respuesta fue suficiente como para fundar el 9 de mayo fundaron el Buenos Aires Football Club, el primero en toda América del Sur. Se fijó el partido debut para el 25 de mayo, fecha patria, en los terrenos de La Boca.  Desde The Standard lo difundieron con entusiasmo: "será la primera patada jamás dada en Buenos Aires", de este deporte poco y nada conocido por estas tierras: el football. Pero la lluvia y el barro del Riachuelo lo impidieron. 

Se buscó una nueva fecha y un nuevo escenario. Prestó el lugar el Buenos Aires Cricket Club, que llevaba instalado en Palermo desde 1864 y era el único predio de la ciudad destinado a deportes de conjunto al aire libre. El ferrocarril del Norte —que unía Retiro con Tigre— tenía parada en las inmediaciones, facilitaba la llegada de los participantes.

Se puso fecha para el 20 de junio. Esta vez, el cielo pareció acompañar, pero la convocatoria no tanto: de los veintidós jugadores esperados —once por bando, como manda la regla— solo se presentaron dieciséis. Tuvieron que arreglárselas con ocho por lado. 

Para distinguirse no usaron camisetas sino boinas blancas y rojas. Thomas Hogg capitaneó a los Colorados; Walter Heald encabezó a los Blancos. 

A las doce y media en punto, iniciaron el lance deportivo. Y allá fueron, en posé de una pelota de cuero. No había tribunas, ni árbitro o jueces de línea. Apenas si se congregaron algunos espectadores. 

Patadas a la pelota mediante, ante el asombro de algún transeúnte, en dos horas los que llevaban boina colorada le ganaron a los de boina blanca por cuatro goles a cero. Se acababa de disputar el primer partido de fútbol en la Argentina.

Para entender qué significaba aquello, hay que entender la Buenos Aires de 1867. La ciudad tenía poco más de 150.000 habitantes y vivía la resaca política y económica de la guerra contra el Paraguay, que ya llevaba dos años y duraría dos más. 

Los británicos eran una comunidad pequeña pero influyente: ingenieros de los ferrocarriles, empleados de bancos como el London & River Plate, comerciantes y maestros que habían llegado al país en los años del boom exportador. Traían consigo sus costumbres: el cricket en verano, el rowing en el Tigre, y un juego nuevo que en Inglaterra apenas llevaba cuatro años de reglas unificadas: el football association, codificado por la Football Association de Londres en 1863.

Una crónica del encuentro se publicó en Standard al día siguiente. Fue la primera reseña futbolística de la historia argentina, que describió con precisión los lances del juego y concluía considerando que el nivel había sido notable. Integraron el equipo ganador James Hogg, William Forrester, James Wensley Bond y John Ramsbotham, entre otros. Del lado perdedor, Herbert Thomas Barge fue el mejor: la crónica de The Standard señaló que fue el único que pudo haber salvado el resultado, si un hombre solo hubiera alcanzado para hacerlo.

Walter Heald —capitán del equipo vencido, consignó en su diario personal algunos detalles de lo sucedido en tal jornada deportiva: 

"20 de junio, jueves. Por ser feriado y el día del partido de fútbol, J. Hogg y yo tomamos el tren de las diez de la mañana a Palermo para marcar el terreno pues habíamos quedado en jugar en el campo de cricket. Luego de colocar los banderines fuimos a la Confitería, donde comimos pan con queso y bebimos cerveza (porter). El resto de los jugadores llegaron en el tren de las doce. No pudimos reunir más de ocho por lado y eso hizo que el esfuerzo fuera realmente muy pesado. Jugamos durante dos horas y terminamos extenuados. Volvimos a la ciudad en el tren de las tres y media e inmediatamente procedí a cambiarme, pues iba a cenar con Barge antes de la reunión de la Logia. Mi espalda me dolía tanto que, de hecho, pareció quitarme el apetito ya que apenas toque bocado. Cenamos en el Louvre con Kohman y bebimos champagne y claret. Tuve que aguantar [sic] hasta las siete, pues nuestra Logia recién abría a esa hora y son extremadamente puntuales, sobre todo porque esa noche era la instalación del Venerable Maestro. Éramos casi 100 y todo se extendió hasta las diez de la noche, siendo yo el Secretario. Al salir fui directamente a Temple y de inmediato a la cama, pero ¡caramba! casi no dormí, pues mi espalda me dolía tanto que apenas pude cerrar los ojos y en ninguna posición fui capaz de descansar mucho tiempo. Tuve entonces la certeza que estaba lesionado internamente (probablemente en los riñones), luego del fuerte golpe en el flanco que accidentalmente recibí en una carga de J. Hogg."

Terminado el partido, los dieciséis protagonistas resolvieron unánimemente organizar el siguiente encuentro cuanto antes. Thomas Hogg, eufórico, pronunció ante sus compañeros una frase que la historia conservó: «es el mejor pasatiempo, el más fácil y el más barato para la juventud de la clase media y para el pueblo». No solo era declaración de intenciones. Resultaría, de cara al futuro, algo profético.

Durante los primeros veinticinco años, el fútbol fue un asunto casi exclusivamente inglés, practicado en los colegios y clubes de la comunidad británica. Fue recién con la llegada del escocés Alejandro Watson Hutton —educador contratado en 1882 para dirigir el Saint Andrew's Scots School— que el juego empezó a organizarse institucionalmente. Hutton fundó en 1884 su propio colegio, el Buenos Aires English High School, introdujo el fútbol como actividad pedagógica obligatoria y en 1893 creó la Argentine Association Football League, la antecesora directa de la AFA y la cuarta liga de fútbol más antigua del mundo, después de la inglesa, la holandesa y la escocesa.

El club que Hutton construyó alrededor de su escuela —Alumni Athletic Club, rebautizado así en 1901— fue el primer gran dominador del fútbol argentino: ganó diez campeonatos antes de disolverse en 1911. Y sus colores no fueron elegidos al azar: colorado y blanco, exactamente los de aquellas boinas del primer partido de Palermo en 1867. 

En las primeras décadas del siglo XX, cuando los hijos de los inmigrantes italianos y españoles, los trabajadores de los conventillos y los talleres ferroviarios, adoptaron el fútbol como propio y lo transformaron en algo que los ingleses pioneros nunca hubieran podido imaginar: la pasión más democrática, más transversal y más argentina de todas.

Hoy, cerca del Planetario de Buenos Aires, un monolito de piedra marca el lugar exacto donde sucedió todo. No tiene multitudes alrededor. No tiene flores ni ofrendas. Pero la ciudad entera que lo rodea —sus estadios, sus potreros, sus millones de hinchas— es el monumento real a lo que comenzó aquella mañana de invierno de 1867, cuando dieciséis pioneros se pusieron boinas de colores y le dieron la primera patada a la pelota.


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