¿Qué pasó el 12 de octubre de 1492?

 



por Luis Carranza Torres


El “descubrimiento” de América por la expedición de Cristóbal Colón en 1492 es un evento que ha sido interpretado de diversas maneras a lo largo de la historia. De la conquista pasamos a la concepción de “encuentro de dos mundos” o “encuentro de culturas”, y de allí a entenderlo como un sojuzgamiento e incluso como un genocidio.

Todas estas miradas, más o menos fundamentadas, son objeto de debate y cuentan con sus partidarios y detractores.

Pero vayamos primero a los hechos. Las tres naves de la expedición, la Santa María, la Pinta y la Niña, habían zarpado del puerto de Palos el 3 de agosto de 1492. Tras una escala en Canarias y más de un mes sin ver tierra, con una tripulación cada vez más inquieta, en la madrugada del 12 de octubre un marinero de la Pinta, conocido como Rodrigo de Triana, dio el grito de “¡Tierra!”. Era una pequeña isla de las Bahamas a la que sus habitantes, los lucayos, llamaban Guanahaní, cuya identificación exacta todavía se discute, y que Colón rebautizó San Salvador.

Colón desembarcó junto a los hermanos Pinzón, capitanes de las otras dos naves, enarboló el estandarte real y tomó posesión de la isla en nombre de los Reyes Católicos ante el escribano de la armada, Rodrigo de Escobedo. Creía haber llegado a las Indias, es decir, a Asia. La recompensa prometida a quien avistara primero tierra no fue para Triana: se la quedó el propio Almirante, alegando haber visto una luz la noche anterior. Como dato curioso, la fecha corresponde al calendario juliano entonces vigente; en el gregoriano que usamos hoy, habría sido el 21 de octubre.

El “Viejo Mundo” (Europa, África y Asia) entró así en contacto con el “Nuevo Mundo” (América), en una realidad compleja y asimétrica.

Europa se hallaba en un período de transición del Medievo al mundo moderno, con monarquías que se consolidaban, un capitalismo mercantil que empezaba a despuntar y un gran impulso hacia la expansión comercial y geográfica.

América, por su parte, era un continente vasto y diverso, habitado por una multiplicidad de culturas y civilizaciones. Algunas eran extremadamente sofisticadas, como la azteca, la maya y la inca, en tanto otras vivían en sociedades más simples o tribales.

Entre las más avanzadas, las formas de organización política, económica, religiosa, artística y científica eran propias y completamente distintas a las del Viejo Mundo.

Carecían, en cambio, de elementos que para los europeos resultaban habituales: la rueda en su uso práctico, la metalurgia del hierro, las armas de fuego y los animales de carga como caballos y bueyes, con la sola excepción de la llama en los Andes. Tampoco conocían las enfermedades europeas, lo que tendría consecuencias catastróficas. Aztecas e incas, por otra parte, eran potencias imperiales que tenían sojuzgados a diversos pueblos y los explotaban en su beneficio. Eso llevaría a no pocos de esos pueblos a ver en los españoles a unos libertadores. No era el caso de los mayas, cuyo esplendor había quedado atrás y que, por entonces, se hallaban divididos en señoríos rivales.

Hubo, pues, un choque cultural y tecnológico, sobre todo para los pueblos indígenas. Francamente inferiores en número, los españoles se impusieron merced a una ventaja tecnológica abrumadora y con la ayuda de quienes pretendían sacudirse la dominación de los aztecas y, en menor medida, de los incas. Las armas de fuego, las armaduras y los caballos les dieron la supremacía militar. Pero también, la alianza con otros grupos aborígenes que pretendían sacudirse el yugo de los grupos dominantes.

En cuanto a las diferencias de cosmovisión, los europeos por lo general no entendieron ni respetaron las costumbres y la organización de las sociedades indígenas, a las que a menudo veían como “bárbaras” o “incivilizadas”.

El encuentro inicial se transformó rápidamente en conquista y colonización. Se impuso un nuevo orden social, político y económico.

Ese orden, sin embargo, no se impuso sin discusión, y es uno de los aspectos menos recordados del asunto. Las primeras voces críticas surgieron del propio bando español. En 1511, el dominico Antonio de Montesinos denunció desde el púlpito, en La Española, el trato que se daba a los indígenas. De esa polémica nacieron las Leyes de Burgos de 1512 y, más tarde, las Leyes Nuevas de 1542. Francisco de Vitoria, desde Salamanca, cuestionó los títulos de la conquista y sentó las bases del derecho internacional moderno. Y entre 1550 y 1551, en la célebre Junta de Valladolid, Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda debatieron sobre su legitimidad. Que esas normas se cumplieran poco y mal es otra historia. Pero no deja de ser singular que una potencia conquistadora discutiera, en su propio tiempo, el derecho a conquistar.

Los europeos trajeron consigo avances técnicos que los indígenas adoptaron pronto, incluso para volverlos en su contra, como ocurrió con el caballo en el sur del continente. El progreso en ciencias y técnicas es indudable. España, sobre todo, trasplantó al nuevo territorio escuelas, universidades y hospitales como ninguna otra potencia colonial. Las universidades de Lima y de México datan de 1551; la de Córdoba, de 1613. Pero también llegaron enfermedades para las que los nativos americanos no tenían inmunidad, como la viruela, el sarampión o la gripe, que provocaron una enorme mortandad.

A pesar de la violencia de la conquista, hubo también un profundo intercambio biológico y cultural, conocido como el Intercambio Colombino. Productos como la papa, el maíz, el tomate, el cacao, el tabaco, el pimiento, la calabaza, la palta, la vainilla y el pavo transformaron la dieta y la economía europeas. A la inversa, el trigo, el arroz, el azúcar, los caballos, el ganado vacuno, los cerdos, las ovejas y las gallinas, junto con nuevas técnicas agrícolas y metalúrgicas, modificaron notablemente el paisaje, la economía y la cultura americanas. El café llegaría más tarde, recién en el siglo XVIII.

El mestizaje dio origen a nuevas identidades y poblaciones, en una amalgama de etnias europeas, indígenas y africanas, estas últimas traídas por la fuerza como esclavos.

¿Descubrimiento, encuentro o invasión? La pregunta del debate historiográfico, veladamente o no, esconde detrás no pocas cuestiones ideológicas del presente. Frente a la visión tradicional y eurocéntrica, que pone el énfasis en la hazaña europea y en la “novedad” que el continente suponía para ellos, se alzó otra que subraya el carácter violento, impositivo y destructivo de la llegada europea.

Entre unas y otras, posturas como la del encuentro de dos mundos o la del encuentro entre culturas procuran un análisis más neutral y abarcativo. Buscan mostrar las luces y sombras de un evento por demás complejo y, como tal, no susceptible de ser reducido a una única postura en la que primen unos pocos elementos.

En nuestro país, la fecha fue instituida como feriado en 1917 por Hipólito Yrigoyen, con el nombre de Día de la Raza. En 2010, el decreto 1584 la rebautizó Día del Respeto a la Diversidad Cultural, denominación que luego recogió la ley de feriados 27.399, todavía vigente. El gobierno de Javier Milei, sin embargo, volvió a llamarla Día de la Raza. Lo hizo primero en sus comunicaciones y resoluciones oficiales, y en 2026 la incluyó con ese nombre en el calendario oficial de feriados, aunque sin modificar el texto de la ley.

Curiosamente, la conmemoración arraigó en varias repúblicas americanas antes que en la propia España. Allí, el 12 de octubre se festejó como fiesta nacional por primera vez en 1892, al cumplirse el cuarto centenario, por un real decreto firmado en el monasterio de La Rábida. Pero la celebración no se volvió permanente hasta que, en 1913, la Unión Ibero-Americana, a instancias de Faustino Rodríguez-San Pedro, propuso instituirla como Fiesta de la Raza. Con ese nombre, una ley la consagró como fiesta nacional en 1918, bajo el reinado de Alfonso XIII. Con “raza” se aludía, más que a un dato biológico, a la comunidad de lengua, fe y cultura entre España y América. Aun así, el término despertó objeciones desde temprano, y en los años veinte y treinta pensadores como Ramiro de Maeztu impulsaron en su lugar el de Hispanidad. Con ese nombre se celebró en Madrid en 1935, aunque su consagración oficial llegó recién con un decreto del régimen de Franco, en enero de 1958. Restablecida la democracia, un real decreto de 1981 la denominó Fiesta Nacional de España y Día de la Hispanidad. La ley 18 de 1987, aún vigente, la dejó simplemente como Fiesta Nacional de España, si bien el nombre de Día de la Hispanidad sigue siendo de uso corriente.

Hoy la jornada tiene su acto central en Madrid: un desfile militar presidido por el rey a lo largo del Paseo del Prado y el de Recoletos. Lo abre el salto de un paracaidista con la bandera nacional, seguido de una exhibición aérea que tiñe el cielo de rojo y amarillo. Después, los reyes ofrecen en el Palacio Real una recepción a las autoridades del Estado y a representantes de la vida política, económica, social y cultural del país. La fecha coincide, además, con la festividad de la Virgen del Pilar, patrona de Zaragoza. La ciudad vive por esos días sus fiestas mayores, cuyo acto más multitudinario es la Ofrenda de Flores, en la que miles de personas ataviadas con trajes tradicionales cubren de flores a la Virgen. Tampoco allí falta la polémica: en los últimos años, colectivos latinoamericanos se han manifestado en Madrid bajo la consigna de que no hay nada que celebrar.

Prueba de que, más de cinco siglos después, el 12 de octubre sigue hablando tanto del presente como del pasado. Cualquiera sea la posición que se adopte, lo ocurrido aquel día de 1492 resulta un evento de trascendencia global, que marcó un antes y un después en la historia de la humanidad.


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Mitos del descubrimiento de América


La formación del Ejército de los Andes



La gesta sanmartiniana hecha novela






SOBRE EL AUTOR DE LA NOTA: Luis Carranza Torres nació en Córdoba, República Argentina. Es abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor universitario y miembro de diversas asociaciones históricas y jurídicas. Ejerce su profesión, la docencia universitaria y el periodismo. Es autor de diversas obras jurídicas y de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019), Germánicus. El Corazón de la Espada (2020), Germánicus. Entre Marte y Venus (2021), Los Extraños de Mayo (2022), La Traidora (2023), Senderos de Odio (2024) y Vientos de Libertad (2025). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz y en 2015 Ganó la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires. En 2021 fue reconocido por su trayectoria en las letras como novelista y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba.





Una mujer humillada y desposeída.

La tentación de recuperarlo todo.

Un secreto vital que obtener tras la cordillera.

Un general con un desafío por cumplir: cruzar los Andes.

 

Provincias Unidas de Sudamérica, 1816. Las tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata han declarado su independencia de la corona española, en el peor de los momentos posibles. El nuevo país, libre pero cargado de dificultades y retos, apuesta a remontar sus derrotas en el Alto Perú, con el audaz plan de formar un nuevo ejército y cruzar la cordillera para batir a los realistas por el oeste.

En Chile, Sebastiana Núñez Gálvez ha visto desbarrancar su mundo de lujos, pero también oscuridades, tras la reconquista realista del país. Ajusticiado su esposo por liderar el bando patriota y confiscados todos sus bienes, malvive en la extrema necesitad. Una falta de todo que la ha hecho abjurar de cualquier creencia y hasta de su reputación, para conseguir subsistir.

El Mariscal español Marco del Pont lo sabe perfectamente, y le ofrece devolverle todas sus posesiones y alcurnia, a cambio de pasar a Mendoza y obtener el secreto mejor guardado del Gobernador de Cuyo y General en jefe de ese nuevo ejército, José de San Martín: por dónde pasarán sus tropas a Chile.

Sebastiana es una mujer decidida a todo para averiguarlo; apuesta para lograrlo a su antiguo y fuerte vínculo de amistad con la esposa del gobernador y General en jefe, Remedios de Escalada. No le importa tener que mentir, engañar o traicionar viejas lealtades.

Pero la imprevista relación con un oficial de granaderos trastocará sus planes. Alguien que, precisamente, debe mantener a los secretos de su jefe a salvo de los espías realistas. 



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