Etimología, historia y literatura del verano
por Luis Carranza Torres
En realidad, en épocas pretéritas, la palabra verano no significaba lo que hoy entendemos sino que la palabra se empleaba para nombrar lo que hoy llamamos primavera.
El término deriva del latín verānus-a-um, adjetivo relacionado con ver (veris), que significa “primavera”. No fue tampoco su primer significado ya que en el latín clásico, verānus significaba “verdadero” (derivado de verus), pero en el latín tardío se asoció con la estación primaveral.
La palabra primavera surgió más tarde del latín vulgar prima vera (“primer verano”), diferenciando así la estación inicial del ciclo anual.
En la antigüedad, se distinguían solo dos grandes estaciones: verano (la larga, cálida) e invierno (la corta, fría). La mitología griega explicaba esta alternancia anual con el mito de Deméter y Perséfone: cuando Perséfone estaba en el inframundo, la tierra se volvía estéril (otoño-invierno); cuando regresaba, la naturaleza florecía (primavera-verano).
Con el desarrollo de la astronomía griega y romana, se empezó a dividir el año en cuatro partes, asociadas a los solsticios y equinoccios. El calendario juliano (46 a.C.) primero y luego el gregoriano (1582) consolidaron esta división en el mundo occidental.
En las zonas templadas se adoptaron cuatro estaciones porque las diferencias climáticas eran claras; en cambio, en regiones tropicales se mantuvo la división en dos (lluvias y sequía).
El uso moderno de cuatro estaciones se consolidó más tarde, luego de la Edad Media, asignando la palabra verano para el período de mayor calor. En lo agrícola el verano se identificaba como el tiempo de cosecha, con todas las implicancias que tal actividad trae aparejada.
Para la literatura, el verano resulta en general un umbral narrativo, una metáfora que describe el momento de transición dentro de un relato. Un espacio liminal donde los personajes cruzan fronteras vitales. Puede ser un tiempo de iniciación, de crisis, de memoria o de desencanto. En todos los casos, la estación se convierte en el escenario de un proceso de cambio.
El verano como suspensión del tiempo lo encontramos en La montaña mágica (Der Zauberberg, en el original alemán) de Thomas Mann, en donde el estío en el sanatorio alpino se presenta como un tiempo detenido, propicio para la introspección.
Iniciada en 1912 y publicada en 1924, es considerada la novela más importante de su autor y un clásico de la literatura en lengua alemana del siglo XX, siendo traducida a numerosos idiomas.
A su vez en Verano (título en inglés: Summertime) de John Maxwell Coetzee, la estación funciona como marco de memoria y desencanto para el Nóbel sudafricano.
La obra es la tercera de una serie de memorias noveladas por este autor, que detalla la vida de un tal John Coetzee, alter ego del propio autor, desde la perspectiva de cinco personas que lo han conocido.
Por su parte, en Helena o el mar del verano de Julián Ayesta, el mar y el calor como símbolos de iniciación amorosa y descubrimiento.
Desde su aparición en 1952, ha sido considerada como una de las obras más extraordinarias de la narrativa española de posguerra, cuyo poder de sugestión y el lirismo de la escritura permanecen incólumes en el tiempo.
En El verano sin hombres (The Summer Without Men, en su título original) de Siri Hustvedt la estación se convierte en un tiempo de reflexión sobre identidad y feminidad. En tal estación y por una crisis matrimonial Mia Fredricksen, de cincuenta y cinco años, vuelve a la ciudad de su infancia, donde aún vive su madre en una residencia geriátrica. Mia alquila una casa, se relaciona con sus vecinos, recupera los recuerdos de su infancia, y descubre algunos secretos de la femineidad de otras generaciones.
La estación como memoria aparece en La amiga estupenda (L'amica geniale, el original en italiano) de Elena Ferrante, en el cual la estación estival en Nápoles intensifican tensiones de amistad, deseo y poder con eje en las vidas de Nanú y Lila, dos jóvenes mujeres con una relación tempestuosa que están aprendiendo a gobernar su vida en un entorno donde la astucia, antes que la inteligencia, es el ingrediente de todas las salsas.
Si de emplear al estío para marcar un contraste hablamos, uno de los mejores ejemplos resulta El verano feliz de la señora Forbes de Gabriel García Márquez, con un contrapunto entre el calor mediterráneo y la rigidez de la institutriz protagonista.
Durante un caluroso verano en la isla de Pantelaria, al sur de Sicilia, los dos hijos de un matrimonio formado por un escritor caribeño y una maestra colombiana, quedan al cuidado de la señora Forbes, una institutriz alemana extremadamente estricta, mientras sus padres participan en un crucero cultural por el Egeo.
Los niños pronto se dan cuenta de que la institutriz no es tan estricta consigo misma como lo es con ellos.
Escrito originalmente en 1976, es el décimo de los de doce cuentos escritos por Gabriel García Márquez a lo largo de dieciocho años, que conforman el libro titulado Doce cuentos peregrinos.
No es menor que ocurra en momentos opuestos del año según el hemisferio en que se halle uno, debido a la inclinación del eje terrestre. En el sur se extiende durante los meses de diciembre a febrero y en el norte entre Junio y agosto, iniciando en ambos casos el día 21 de ese primer mes.
Tal desfase estacional crea una doble narrativa global: mientras en el norte el verano es símbolo de plenitud y expansión, en el sur puede ser un tiempo de introspección navideña o rituales de fin de ciclo.
Es también el verano, desde la estadística, el periodo del año en donde se leen más libros. Que siempre disfruten el calor y las lecturas.
Para seguir leyendo sobre literatura en el blog:
La gesta sanmartiniana hecha novela
La novela de espionaje en la Argentina
Una mujer humillada y desposeída.
La tentación de recuperarlo todo.
Un secreto vital que obtener tras la cordillera.
Un general con un desafío por cumplir: cruzar los Andes.
Provincias Unidas de Sudamérica, 1816. Las tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata han declarado su independencia de la corona española, en el peor de los momentos posibles. El nuevo país, libre pero cargado de dificultades y retos, apuesta a remontar sus derrotas en el Alto Perú, con el audaz plan de formar un nuevo ejército y cruzar la cordillera para batir a los realistas por el oeste.
En Chile, Sebastiana Núñez Gálvez ha visto desbarrancar su mundo de lujos, pero también de oscuridades, tras la reconquista realista del país. Ajusticiado su esposo por liderar el bando patriota y confiscados todos sus bienes, malvive en la extrema necesitad. Una falta de todo que la ha hecho abjurar de cualquier creencia y hasta de su reputación, para conseguir subsistir.
El Mariscal español Marco del Pont lo sabe perfectamente, y le ofrece devolverle todas sus posesiones y alcurnia, a cambio de pasar a Mendoza y obtener el secreto mejor guardado del Gobernador de Cuyo y General en jefe de ese nuevo ejército, José de San Martín: por dónde pasarán sus tropas a Chile.
Sebastiana es una mujer decidida a todo para averiguarlo; apuesta para lograrlo a su antiguo y fuerte vínculo de amistad con la esposa del gobernador y General en jefe, Remedios de Escalada. No le importa tener que mentir, engañar o traicionar viejas lealtades.
Pero la imprevista relación con un oficial de granaderos trastocará sus planes. Alguien que, precisamente, debe mantener a los secretos de su jefe a salvo de los espías realistas.















