Ese Vélez Sarfield poco conocido

 

 

Por Luis Carranza Torres

 

Si bien la figura de Dalmacio Vélez Sarfield se halla indisolublemente ligada al Código Civil, no podemos cometer el reduccionismo de limitarla allí. O inclusive a la esfera del derecho, desde que sus capacidades y actuación social desborda tales encuadres. Hecho que en nada le desmerece, el resultar uno de los jurisconsultos más importantes de toda la historia nacional.

            Pero fue además, y no de segundo orden, político, periodista, traductor literario, diplomático, economista. Teniendo además un papel destacado (aunque no siempre percibido así) en el largo y arduo proceso de formación del Estado argentino.

 Un calamuchitano de actuar polifacético

             Nació en Amboy, Calamuchita el 18 de febrero de 1800. Su formación la realiza en la ciudad de Córdoba. Estudia abogacía en la Universidad, en donde también se doctora con sólo 22 años. En tal época de su vida, las muestras de un genio precoz, no se limitan al derecho, sino que destaca y gana fama de especialista en otras disciplinas científicas, como las matemáticas y la cosmografía.  

Dominaba, además de los idiomas latín y griego, el inglés, francés e italiano. Para esta época, se había especializado en el estudio de códigos y leyes, del derecho romano y los clásicos. Realizó asimismo, una traducción al castellano de la Eneida.

Con 25 años, fue secretario del Congreso Nacional del año 1826. Año en que reemplazó a Pedro Agrelo al frente de la Cátedra de Economía Política, en el Facultad de derecho de la Universidad de Buenos Aires. Posteriormente, en 1835 fue presidente de la Academia de Jurisprudencia.

Su actuación en la diplomacia principia en 1827, cuando fue enviado con tal carácter a Cuyo por Rivadavia a fin de abogar en favor de la nueva constitución unitaria.  

A pesar de ser de tendencia unitaria, permaneció en la Argentina durante la mayor parte del período rosista, enseñando y practicando el derecho. Su estudio jurídico era sin dudas, el más importante de Buenos Aires. Manejó no pocos asuntos personales de Rosas, y de los exiliados unitarios de Montevideo a un mismo tiempo. Lo que revela un tacto para moverse entre facciones irreconciliables y mantener su confianza, poco común y acaso único en tal etapa histórica. Entre sus clientes se hallaban casi todos los hombres de prestigio de la época. Fue, por caso, el encargado de realizar la sucesión de Facundo Quiroga, tras su trágica muerte en Barranca Yaco (por esas casualidades, ocurrida el mismo día del cumpleaños de Vélez).

Con Rosas sus relaciones fueron lo que hoy denominaríamos ciclotímicas. Se lo desterró y se lo volvió a llamar. Tuvo que huir a Montevideo luego y sus bienes fueron confiscados. Pero pudo volver más tarde y Rosas le restituyó entonces la totalidad de sus propiedades. Políticamente, no coincidían en casi nada en cuanto a las cuestiones internas. Pero existía un mutuo respecto y una posición convergente en cuanto a la necesidad de defender la soberanía nacional y la integridad territorial del país. 

En repetidas ocasiones asesoró al encargado de las relaciones exteriores de la Confederación, por cuestiones de límites y de derecho internacional. Diría por ello Rosas de su persona: "el doctor Vélez Sarsfield fue siempre firme, a toda prueba, en sus vistas y servicios unitarios, según era bien sabido y conocido, como también su ilustración, saber, prácticas y estudios en los negocios del Estado."

Luego de la caída de Rosas en Caseros, Vélez Sarsfield comenzó una intensa actividad política. Tomó partido por la provincia de Buenos Aires en su enfrentamiento a Urquiza, siendo elegido Senador, convencional reorganizador del Banco Provincial de Buenos Aires, Asesor (hoy Fiscal) de Estado, Ministro de Relaciones Exteriores y negociador diplomático entre Buenos Aires y la Confederación, de modo sucesivo.

Con Mitre ocupó la cartera de Hacienda, y durante la presidencia Sarmiento, el cargo de Ministro de Interior. Fue asimismo, en varias oportunidades, Ministro de justicia.

Si por su autoría del Código Civil y coautoría del de Comercio, bien puede ser considerado el padre del derecho privado argentino, su obra en el campo del derecho público no es de menor entidad: junto a Carlos Tejedor redactó la constitución de la provincia de Buenos Aires tras separarse de la Confederación, y en 1860 formó parte de la comisión que redactó las enmiendas deseadas por Buenos Aires a la Constitución Nacional de 1853, de acuerdo a lo establecido en el pacto de San José de Flores y a los efectos de concretar la reincorporación de tal provincia junto a sus homólogas dentro del naciente Estado federal argentino.

En lo doctrinario, su Tratado Público Eclesiástico en Relación al Estado, fue ponderado por Sarmiento (tan poco propenso a prodigar elogios) como "la única compilación razonada que se ha hecho en América de nuestro derecho canónico en cuanto al patronato y nombramiento de funcionarios eclesiásticos". Sus pareceres como Asesor de Estado de Buenos Aires, que abrevaban en fuentes francesas, ejerció no poca influencia en la posterior conformación del derecho administrativo nacional.

Menos conocida aún, es su contribución a la construcción de un derecho militar de cuño nacional, que se separara de las ordenanzas españolas que a más de cuarenta años de la declaración de independencia de la madre patria, seguían todavía en uso. Como lo rescata Ezequiel Abásolo en su trabajo “El universo militar de un jurista”. Aporte que se vio reflejado tanto en sus dictámenes como asesor de estado, cuanto con el tratamiento e incorporación al texto del Código Civil, de cuestiones particulares al personal militar.

En lo periodístico, fundó, dirigió y escribió en el diario vespertino de Buenos Aires El Nacional, de gran influencia, sobre todo en lo político. En lo que respecta a las relaciones internacionales, también una obra sobre límites denominada Discusión de los títulos del gobierno de Chile a las tierras del estrecho de Magallanes. Contrastando su empeño en la defensa de la integridad territorial, con la desidia y el olvido de muchos de sus contemporáneos.

Polemizo con Mitre respecto de la Historia de Belgrano, escrita por éste último, en una ida y vuelta académica que constituyó la primera discusión historiográfica de entidad respecto de la historia argentina.

Universitario de Córdoba

         Ut portet nomen meum coram gentibus. Para que lleven mi nombre al corazón de la humanidad. Así se lee en el escudo de la Universidad en donde aprendió bastante más que derecho, moldeando allí su pensamiento político y personalidad pública. Su vida es un actuar en consecuencia a tal sentencia. Aunque lo evidenciara en otras tierras y escenarios distintos de Córdoba.

        Vélez Sarfield era plenamente consciente de ello. Era un cordobés de fuera de Córdoba. Su temprana proyección nacional le quitó la posibilidad de fructificar en su “patria chica”.

Pero tal ausencia física, y el residir en otros sitios, nunca debilitaron los lazos espirituales que le unían a Córdoba y en especial, a su universidad. Prueba de ello es la donación de la totalidad de su biblioteca, que efectuaron a su muerte sus hijos el 20 de diciembre de 1883, realizando una  voluntad del propio jurista, quien les repetía con frecuencia que era su ánimo “... dejar a la Universidad de Córdoba, como muestra de su gratitud por los beneficios que de su enseñanza recibió, los libros que poseía y que formaron su biblioteca...”.  La que constaba al momento de fallecer, de 1945 volúmenes y donde se hallaban incluidas, como joya única de la literatura jurídica,  el millar y medio de hojas manuscritas en que bosquejó el Código Civil Argentino.

Su gratitud fue correspondida por la comunidad cordobesa. Se realizó en la Biblioteca Mayor de la Universidad el templete que lleva su nombre, inaugurado el 14 de septiembre de 1935, para su guarda. 

Un ámbito recoleto, casi monacal, de esta biblioteca que resulta un templo al decir del Dr. Humberto Vázquez. Obligada visita de sucesivas generaciones de estudiantes de derecho que hemos asistido a los claustros de Trejo. Al contemplar los originales del código puestos en sus vitrinas, con admiración, curiosidad o ambas, uno se percata de estar bajo la mirada desde el mármol que nos prodiga el busto del codificador, regalo del Senado de la Nación y que fuere realizado  por el escultor italiano Camilo Romairone. 

 La grandeza de los humildes

 

Ramón J. Cárcano rememora en su libro Mis primeros ochenta años, una anécdota de sus años universitarios, y que pinta al completo la humanidad de Vélez Sarfield. 

De paso por Córdoba, ya sancionado su Código Civil, es visitado en donde se hospeda por numerosos estudiantes que, con el desembozo propio todo alumnado jurídico, le piden recibir una lección sobre el Código por el autor mismo.

Vélez promete retribuir la visita en la misma Universidad. Es así que un buen día, en la clase de derecho civil del Dr. Rafael García, egregio civilista de quien Vélez tiene el mejor de los conceptos, aparece el codificador en persona.

El aula es un amplio cuarto de bóveda, con ventanas hasta casi los techos, en la pared que da a la calle, y puerta de entrada por el claustro. El alumnado se ubica en largas banquetas de madera de cedro arrimadas a la pared. En un testero, la cátedra del profesor. Y fijado sobre la pared blanca, un retrato al óleo del venerable codificador.

            Apenas percibida su presencia, todo se ponen de pie sin que nada se diga, al unísono. Vélez, que se halla en el pináculo de la consideración intelectual de sus conciudadanos, pide permiso para entrar. El doctor García desciende de su cátedra, se apresura a saludarlo y le invita a ocuparla.

Vélez se niega a ello. Le expresa que está allí sólo para oír y aprender. Son sus palabras. “Señor profesor, le ruego que continúe su conferencia. De otra manera yo me voy”. Se sienta en un banco, y el Dr. García vuelve a ocupar su cátedra, con visible emoción.

La clase trata sobre las normas civiles referidas al matrimonio. A su término, cuando García baja de la cátedra, se adelanta Vélez para felicitarle, y dirigiéndose a los alumnos les dice: “El Código ya tiene su gran intérprete, hasta hoy insuperable. Felices ustedes, jóvenes, que aprovechan la enseñanza de un maestro sabio”.

            Poco y nada más puede agregarse, para describir un gigante intelectual, consciente de sus orígenes, y profundamente humano.

Ya retirado de la vida pública y dedicado únicamente a los estudios jurídicos, falleció en Buenos Aires a finales de marzo de 1875. En su oración fúnebre, dijo Sarmiento de él: “Ha dejado a su país monumentos más duraderos que el mármol, pues consisten en las ideas y hechos mismos que el bronce quisiera inmortalizar. Su nombre pertenece al corto número de los que, desde un punto de nuestra América, logran franquear sus límites y van a formar parte de la falange escogida que mantiene o avanza los progresos del saber humano en todo el mundo...Su nombre, sus trabajos y sus libros, lo harán vivir por siempre... mientras haya leyes... ¡Adiós, viejo Vélez!”

 

Para seguir leyendo sobre San Martín en el blog:


La novela de un país


La gesta sanmartiniana hecha novela


La verdad sobre el cruce de los Andes









SOBRE EL AUTOR DE LA NOTA: Luis Carranza Torres nació en Córdoba, República Argentina. Es abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor universitario y miembro de diversas asociaciones históricas y jurídicas. Ejerce su profesión, la docencia universitaria y el periodismo. Es autor de diversas obras jurídicas y de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019), Germánicus. El Corazón de la Espada (2020), Germánicus. Entre Marte y Venus (2021), Los Extraños de Mayo (2022), La Traidora (2023), Senderos de Odio (2024) y Vientos de Libertad (2025). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz y en 2015 Ganó la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires. En 2021 fue reconocido por su trayectoria en las letras como novelista y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba.





Una mujer humillada y desposeída.

La tentación de recuperarlo todo.

Un secreto vital que obtener tras la cordillera.

Un general con un desafío por cumplir: cruzar los Andes.

 

Provincias Unidas de Sudamérica, 1816. Las tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata han declarado su independencia de la corona española, en el peor de los momentos posibles. El nuevo país, libre pero cargado de dificultades y retos, apuesta a remontar sus derrotas en el Alto Perú, con el audaz plan de formar un nuevo ejército y cruzar la cordillera para batir a los realistas por el oeste.

En Chile, Sebastiana Núñez Gálvez ha visto desbarrancar su mundo de lujos, pero también oscuridades, tras la reconquista realista del país. Ajusticiado su esposo por liderar el bando patriota y confiscados todos sus bienes, malvive en la extrema necesitad. Una falta de todo que la ha hecho abjurar de cualquier creencia y hasta de su reputación, para conseguir subsistir.

El Mariscal español Marco del Pont lo sabe perfectamente, y le ofrece devolverle todas sus posesiones y alcurnia, a cambio de pasar a Mendoza y obtener el secreto mejor guardado del Gobernador de Cuyo y General en jefe de ese nuevo ejército, José de San Martín: por dónde pasarán sus tropas a Chile.

Sebastiana es una mujer decidida a todo para averiguarlo; apuesta para lograrlo a su antiguo y fuerte vínculo de amistad con la esposa del gobernador y General en jefe, Remedios de Escalada. No le importa tener que mentir, engañar o traicionar viejas lealtades.

Pero la imprevista relación con un oficial de granaderos trastocará sus planes. Alguien que, precisamente, debe mantener a los secretos de su jefe a salvo de los espías realistas. 


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