Ese Vélez Sarfield poco conocido
Por Luis Carranza Torres
Si bien la
figura de Dalmacio Vélez Sarfield se halla indisolublemente ligada al Código Civil,
no podemos cometer el reduccionismo de limitarla allí. O inclusive a la esfera
del derecho, desde que sus capacidades y actuación social desborda tales
encuadres. Hecho que en nada le desmerece, el resultar uno de los
jurisconsultos más importantes de toda la historia nacional.
Pero fue además, y no de segundo
orden, político, periodista, traductor literario, diplomático, economista.
Teniendo además un papel destacado (aunque no siempre percibido así) en el
largo y arduo proceso de formación del Estado argentino.
Dominaba, además de los idiomas latín y
griego, el inglés, francés e italiano. Para esta época, se había especializado
en el estudio de códigos y leyes, del derecho romano y los clásicos. Realizó
asimismo, una traducción al castellano de la Eneida.
Con 25 años, fue secretario del Congreso
Nacional del año 1826. Año en que reemplazó a Pedro Agrelo al frente de la
Cátedra de Economía Política, en el Facultad de derecho de la Universidad de
Buenos Aires. Posteriormente, en 1835 fue presidente de la Academia de
Jurisprudencia.
Su actuación en la diplomacia principia en
1827, cuando fue enviado con tal carácter a Cuyo por Rivadavia a fin de abogar
en favor de la nueva constitución unitaria.
A pesar de ser de tendencia unitaria,
permaneció en la Argentina durante la mayor parte del período rosista,
enseñando y practicando el derecho. Su estudio jurídico era sin dudas, el más
importante de Buenos Aires. Manejó no pocos asuntos personales de Rosas, y de
los exiliados unitarios de Montevideo a un mismo tiempo. Lo que revela un tacto
para moverse entre facciones irreconciliables y mantener su confianza, poco
común y acaso único en tal etapa histórica. Entre sus clientes se hallaban casi
todos los hombres de prestigio de la época. Fue, por caso, el encargado de
realizar la sucesión de Facundo Quiroga, tras su trágica muerte en Barranca
Yaco (por esas casualidades, ocurrida el mismo día del cumpleaños de Vélez).
Con Rosas sus relaciones fueron lo que hoy
denominaríamos ciclotímicas. Se lo desterró y se lo volvió a llamar. Tuvo que
huir a Montevideo luego y sus bienes fueron confiscados. Pero pudo volver más
tarde y Rosas le restituyó entonces la totalidad de sus propiedades.
Políticamente, no coincidían en casi nada en cuanto a las cuestiones internas.
Pero existía un mutuo respecto y una posición convergente en cuanto a la
necesidad de defender la soberanía nacional y la integridad territorial del
país.
En repetidas ocasiones asesoró al encargado
de las relaciones exteriores de la Confederación, por cuestiones de límites y
de derecho internacional. Diría por ello Rosas de su persona: "el
doctor Vélez Sarsfield fue siempre firme, a toda prueba, en sus vistas y
servicios unitarios, según era bien sabido y conocido, como también su
ilustración, saber, prácticas y estudios en los negocios del Estado."
Luego de la caída de Rosas en Caseros, Vélez
Sarsfield comenzó una intensa actividad política. Tomó partido por la provincia
de Buenos Aires en su enfrentamiento a Urquiza, siendo elegido Senador,
convencional reorganizador del Banco Provincial de Buenos Aires, Asesor (hoy
Fiscal) de Estado, Ministro de Relaciones Exteriores y negociador diplomático
entre Buenos Aires y la Confederación, de modo sucesivo.
Con Mitre ocupó la cartera de Hacienda, y
durante la presidencia Sarmiento, el cargo de Ministro de Interior. Fue
asimismo, en varias oportunidades, Ministro de justicia.
Si por su autoría del Código Civil y
coautoría del de Comercio, bien puede ser considerado el padre del derecho
privado argentino, su obra en el campo del derecho público no es de menor
entidad: junto a Carlos Tejedor redactó la constitución de
la provincia de Buenos Aires tras separarse de la Confederación, y en 1860
formó parte de la comisión que redactó las enmiendas deseadas por Buenos Aires
a la Constitución Nacional de 1853, de acuerdo a lo establecido en el pacto de San
José de Flores y a los efectos de concretar la reincorporación de tal provincia
junto a sus homólogas dentro del naciente Estado federal argentino.
En lo
doctrinario, su Tratado Público Eclesiástico en Relación al Estado,
fue ponderado por Sarmiento (tan poco propenso a prodigar elogios) como "la
única compilación razonada que se ha hecho en América de nuestro derecho
canónico en cuanto al patronato y nombramiento de funcionarios eclesiásticos".
Sus pareceres como Asesor de Estado de Buenos Aires, que abrevaban en fuentes
francesas, ejerció no poca influencia en la posterior conformación del derecho
administrativo nacional.
Menos conocida aún, es su contribución a la
construcción de un derecho militar de cuño nacional, que se separara de las
ordenanzas españolas que a más de cuarenta años de la declaración de
independencia de la madre patria, seguían todavía en uso. Como lo rescata
Ezequiel Abásolo en su trabajo “El universo militar de un jurista”.
Aporte que se vio reflejado tanto en sus dictámenes como asesor de estado,
cuanto con el tratamiento e incorporación al texto del Código Civil, de
cuestiones particulares al personal militar.
En lo periodístico, fundó, dirigió y escribió
en el diario vespertino de Buenos Aires El Nacional, de gran influencia,
sobre todo en lo político. En lo que respecta a las relaciones internacionales,
también una obra sobre límites denominada Discusión
de los títulos del gobierno de Chile a las tierras del estrecho de Magallanes. Contrastando su empeño en la defensa de la integridad
territorial, con la desidia y el olvido de muchos de sus contemporáneos.
Polemizo con Mitre respecto de la Historia
de Belgrano, escrita por éste último, en una ida y vuelta académica que
constituyó la primera discusión historiográfica de entidad respecto de la
historia argentina.
Universitario de Córdoba
Vélez Sarfield era plenamente consciente de ello.
Era un cordobés de fuera de Córdoba. Su temprana proyección nacional le quitó
la posibilidad de fructificar en su “patria chica”.
Pero
tal ausencia física, y el residir en otros sitios, nunca debilitaron los lazos
espirituales que le unían a Córdoba y en especial, a su universidad. Prueba de
ello es la donación de la totalidad de su biblioteca, que efectuaron a su
muerte sus hijos el 20 de diciembre de 1883, realizando una voluntad del propio jurista, quien les repetía
con frecuencia que era su ánimo “... dejar a la Universidad de Córdoba, como
muestra de su gratitud por los beneficios que de su enseñanza recibió, los
libros que poseía y que formaron su biblioteca...”. La que constaba al momento de fallecer, de
1945 volúmenes y donde se hallaban incluidas, como joya única de la literatura
jurídica, el millar y medio de hojas
manuscritas en que bosquejó el Código Civil Argentino.
Su gratitud fue correspondida por la
comunidad cordobesa. Se realizó en la Biblioteca Mayor de la Universidad el
templete que lleva su nombre, inaugurado el 14 de septiembre de 1935, para su
guarda.
Un ámbito recoleto, casi
monacal, de esta biblioteca que resulta un templo al decir del Dr.
Humberto Vázquez. Obligada visita de sucesivas generaciones de estudiantes de
derecho que hemos asistido a los claustros de Trejo. Al contemplar los
originales del código puestos en sus vitrinas, con admiración, curiosidad o
ambas, uno se percata de estar bajo la mirada desde el mármol que nos prodiga el busto del
codificador, regalo del Senado de la Nación y que fuere realizado por el escultor italiano Camilo
Romairone.
Ramón J. Cárcano rememora en su libro Mis primeros ochenta años, una anécdota de sus años universitarios, y que pinta al completo la humanidad de Vélez Sarfield.
De paso por Córdoba, ya sancionado su Código Civil,
es visitado en donde se hospeda por numerosos estudiantes que, con el desembozo
propio todo alumnado jurídico, le piden recibir una lección sobre el Código por
el autor mismo.
Vélez promete retribuir la visita en la misma Universidad. Es así que
un buen día, en la clase de derecho civil del Dr. Rafael García, egregio
civilista de quien Vélez tiene el mejor de los conceptos, aparece el
codificador en persona.
El aula es un amplio cuarto de bóveda, con ventanas
hasta casi los techos, en la pared que da a la calle, y puerta de entrada por
el claustro. El alumnado se ubica en largas banquetas de madera de cedro
arrimadas a la pared. En un testero, la cátedra del profesor. Y fijado sobre la
pared blanca, un retrato al óleo del venerable codificador.
Apenas percibida su
presencia, todo se ponen de pie sin que nada se diga, al unísono. Vélez, que se
halla en el pináculo de la consideración intelectual de sus conciudadanos, pide
permiso para entrar. El doctor García desciende de su cátedra, se apresura a
saludarlo y le invita a ocuparla.
Vélez se niega a ello. Le expresa que está
allí sólo para oír y aprender. Son sus palabras. “Señor profesor, le ruego
que continúe su conferencia. De otra manera yo me voy”. Se sienta en un
banco, y el Dr. García vuelve a ocupar su cátedra, con visible emoción.
La clase trata sobre las normas civiles
referidas al matrimonio. A su término, cuando García baja de la cátedra, se
adelanta Vélez para felicitarle, y dirigiéndose a los alumnos les dice: “El
Código ya tiene su gran intérprete, hasta hoy insuperable. Felices ustedes,
jóvenes, que aprovechan la enseñanza de un maestro sabio”.
Poco y nada más puede agregarse,
para describir un gigante intelectual, consciente de sus orígenes, y
profundamente humano.
Ya retirado de la vida pública y
dedicado únicamente a los estudios jurídicos, falleció en Buenos Aires a
finales de marzo de 1875. En su oración fúnebre, dijo Sarmiento de él: “Ha
dejado a su país monumentos más duraderos que el mármol, pues consisten en las
ideas y hechos mismos que el bronce quisiera inmortalizar. Su nombre pertenece
al corto número de los que, desde un punto de nuestra América, logran franquear
sus límites y van a formar parte de la falange escogida que mantiene o avanza
los progresos del saber humano en todo el mundo...Su nombre, sus trabajos y sus
libros, lo harán vivir por siempre... mientras haya leyes... ¡Adiós, viejo
Vélez!”
Para seguir leyendo sobre San Martín en el blog:
La gesta sanmartiniana hecha novela
La verdad sobre el cruce de los Andes
Una mujer humillada y desposeída.
La tentación de recuperarlo todo.
Un secreto vital que obtener tras la cordillera.
Un general con un desafío por cumplir: cruzar los Andes.
Provincias Unidas de Sudamérica, 1816. Las tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata han declarado su independencia de la corona española, en el peor de los momentos posibles. El nuevo país, libre pero cargado de dificultades y retos, apuesta a remontar sus derrotas en el Alto Perú, con el audaz plan de formar un nuevo ejército y cruzar la cordillera para batir a los realistas por el oeste.
En Chile, Sebastiana Núñez Gálvez ha visto desbarrancar su mundo de lujos, pero también oscuridades, tras la reconquista realista del país. Ajusticiado su esposo por liderar el bando patriota y confiscados todos sus bienes, malvive en la extrema necesitad. Una falta de todo que la ha hecho abjurar de cualquier creencia y hasta de su reputación, para conseguir subsistir.
El Mariscal español Marco del Pont lo sabe perfectamente, y le ofrece devolverle todas sus posesiones y alcurnia, a cambio de pasar a Mendoza y obtener el secreto mejor guardado del Gobernador de Cuyo y General en jefe de ese nuevo ejército, José de San Martín: por dónde pasarán sus tropas a Chile.
Sebastiana es una mujer decidida a todo para averiguarlo; apuesta para lograrlo a su antiguo y fuerte vínculo de amistad con la esposa del gobernador y General en jefe, Remedios de Escalada. No le importa tener que mentir, engañar o traicionar viejas lealtades.
Pero la imprevista relación con un oficial de granaderos trastocará sus planes. Alguien que, precisamente, debe mantener a los secretos de su jefe a salvo de los espías realistas.















