Maipú: El sol por testigo


 

por Luis Carranza Torres


La Batalla de Maipú, librada el 5 de abril de 1818, no fue simplemente un enfrentamiento más; aseguró  la independencia de Chile y fue un pilar fundamental para la libertad de América del Sur.

Apenas dos semanas antes del encuentro en los llanos de Maipú, el Ejército Libertador había sufrido una derrota desastrosa en la Sorpresa de Cancha Rayada. La moral estaba por los suelos y corría el rumor de que José de San Martín y Bernardo O’Higgins habían muerto.

La importancia de Maipú radica en la capacidad de reorganización: en tiempo récord, San Martín logró reagrupar a sus hombres, infundirles valor y convencerlos de que la victoria era posible. Fue una prueba de fuego para el liderazgo del Libertador.

El 2 de abril, el Ejército de San Martín se instala en una planicie al sur de Santiago, delimitada por el río Maipo. La batalla tuvo lugar en las lomas de lo que entonces se conocía como los Llanos de Maipo, unos 10 a 15 kilómetros al sur-poniente de Santiago de Chile.

Se trataba de un terreno de llanuras onduladas y lomadas suaves, ideal para el despliegue de caballería y el posicionamiento de artillería en las zonas elevadas donde se ubicó San Martín. La infantería formaba el centro, la caballería los flancos y la artillería en los claros entre batallones para tener fuego directo.

Disponía de 21 piezas de artillería y alrededor de 5000 efectivos. El ejército realista que van a enfrentar tiene 5300 hombres y 14 piezas de artillería. Las fuerzas en juego son bastante parejas.

 

El planteo de una batalla

 

A diferencia de la batalla de Chacabuco, en la que el grueso del ejército realista estaba integrado por chilenos, en las tropas con las que Osorio librará la batalla de Maipú hay numerosos españoles peninsulares y otros venidos de Perú.

San Martín se posiciona en una elevación del terreno, Loma Blanca, mientras que los realistas hacen campamento en la hacienda Lo Espejo, de difícil acceso. O'Higgins, herido en un brazo en Cancha Rayada, permanece en Santiago.

El Ejército Realista, bajo el mando del brigadier Mariano Ososrio Pardo, era integrado en su mayoría tropas veteranas. Componían la infantería el Regimiento de Infantería de Concepción, el Batallón del Infante Don Carlos, el Batallón de Burgos que se trataba de una unidad de élite enviada desde España y el Batallón de Arequipa. La caballería la integraban los Dragones de la Frontera, Dragones de Chile, el Escuadrón Chillán y los Lanceros del Rey. A esto debían sumarse una compañía de zapadores y unas 14 piezas de artillería.

Osorio formó su ejército en una línea paralela sobre otra loma, pero su posición era más vulnerable al tener sus espaldas cerca de la Hacienda de Lo Espejo, lo que limitaba su retirada.

"¡Osorio es más torpe de lo que yo pensaba! ¡El triunfo de este día es nuestro, el sol por testigo!"

Tales fueron las palabras de San Martín a sus ayudantes O ´Brien y D'Albe en aquella fría mañana del 5 de abril de 1818 mientras observaba el desplazamiento de las tropas realistas en los campos de Maypo.

Al tener los realistas todas sus fuerzas desplegadas en una línea, si los patriotas lograban atravesarla, no habría de dónde sacar refuerzos. San Martín, en cambio, pese a su confianza en el triunfo, establece una línea de reserva. Forma tres divisiones: a la izquierda, al mando del brigadier Las Heras, compuesta del Batallón N° 11 de Infantería de los Andes, el Batallón de Cazadores de Coquimbo y el Batallón de Infantería N° 1 de Chile; a la derecha, se situaba coronel Rudecindo Alvarado con el Batallón N° 1 de Cazadores de los Andes, el Batallón N° 8 de infantería los Andes, compuesto mayoritariamente por libertos africanos y el Batallón N° 2 de Infantería de Chile; la reserva al mando del coronel Hilarion de la Quintana consistía en el Batallón N° 7 de infantería de los Andes, también compuesto de libertos, el Batallón N° 3 de infantería de Chile y cuatro escuadrones de Granaderos a Caballo, los Cazadores a Caballo de los Andes y los Cazadores de Escolta de Chile.

Antes de entrar en acción, San Martín le dice a su Estado Mayor: "Esta batalla va a decidir la suerte de toda la América y es preferible una muerte honrosa en el campo del honor a sufrirla de manos de nuestros verdugos. Yo estoy seguro de la victoria".

 


Los hechos de la lucha

 

La batalla comenzó con un duelo de artillería. San Martín observó que el flanco izquierdo realista era el punto más débil y ordenó un ataque allí. Sin embargo, el momento crítico fue el uso de la Reserva Patriota. Mientras el centro realista (el Batallón de Burgos) resistía ferozmente los ataques de Alvarado, San Martín lanzó a la reserva (Batallón N° 7) contra el flanco de Osorio.

Este movimiento envolvente, combinado con una carga de los Granaderos a Caballo, rompió la formación española. Los realistas se retiraron en desorden hacia los caserones de la Hacienda de Lo Espejo, donde se produjo el último y más sangriento combate antes de la rendición final.

En los flancos de la batalla, la caballería realista (como los Dragones de la Frontera) intentó rodear a la infantería patriota. Los Granaderos, al mando de figuras como Zapiola y Necochea, realizaron cargas coordinadas que no solo dispersaron a los jinetes enemigos, sino que los persiguieron fuera del campo, dejando a la infantería española de Osorio sin protección lateral.

El Batallón N° 8 de infantería fue el martillo del dispositivo patriota. Estaba compuesto casi en su totalidad por libertos (esclavos africanos y afrodescendientes) de las Provincias Unidas, a quienes se les otorgaba la libertad tras servir en el ejército.

Los españoles habían hecho saber que cualquier liberto que cayera en sus manos, sería reducido a la esclavitud y enviado a las plantaciones de azúcar del caribe, célebres por la dureza del trabajo. Por eso, algunos de esos soldados argentinos al bayonetear a sus enemigos, les decían “Tomá por el azucar” o frases similares.

Su choque contra el "Burgos", fue uno de los más sangrientos de la guerra de independencia. Se trataba de una unidad de élite de la infantería española que jamás había retrocedido y que portaba el estandarte de las aspas de Borgoña. "Diez veces vencedor, ninguna vencido", gritaban sus integrantes al resistir el empuje del avance patriota.

El Batallón N° 8 avanzó a paso de carga bajo un fuego de artillería brutal. La historiografía militar destaca que este batallón sufrió las bajas más altas de la jornada. Fue su tenacidad la que permitió aguantar el centro de la línea mientras San Martín preparaba el movimiento de la reserva.

Su valentía en Maipú fue tal que se dice que los oficiales españoles quedaron asombrados por la ferocidad con la que estos hombres peleaban por una libertad que, para ellos, era literal y no solo política.

Cuando San Martín, desde su puesto en el Cerrillo, vio que el ala izquierda de su ejército (donde estaba el N° 8) flaqueaba ante el empuje del Batallón de Burgos, entendió que había llegado el momento crítico para emplear su reserva.

La movilizó en un ataque oblicuo sobre la línea española. Al entrar el Batallón N° 7 en diagonal, los realistas se vieron atacados por un frente que no esperaban. Cerca de las 15:00 horas, la línea realista estaba rota sin remedio. El General Osorio, al ver que su "invencible" Regimiento de Burgos empezaba a desmoronarse bajo la presión combinada de la reserva y el contraataque del N° 8, entró en pánico y abandonó el campo, dejando el mando al Coronel Ordóñez.

Dicho militar, valiente y profesional, logró organizar a unos 2.000 hombres (lo que quedaba de los batallones de élite como el Burgos, el Infante Don Carlos y el Arequipa) y se atrincheró en los caserones y viñedos de la Hacienda de Lo Espejo.

La hacienda no era una fortaleza, pero sus muros de adobe grueso y sus callejones ofrecían una cobertura excelente. Los realistas se asomaron por las ventanas y techos, convirtiendo el lugar en una trampa para los patriotas.

Pudo rechazar el asalto inicial del Batallón de Cazadores de Coquimbo y el N° 8 de los Andes, pero al ver que la infantería no podía entrar sin ser masacrada, San Martín ordenó a Manuel Blanco Encalada que trajera los cañones. La artillería patriota disparó a quemarropa contra las paredes de la hacienda y los muros de adobe empezaron a colapsar sobre los defensores.

Finalmente, las fuerzas de Las Heras y la reserva lograron romper las defensas. El aire, lleno de polvo y humo de pólvora, hizo del combate cuerpo a cuerpo algo caótico. Se luchó a la bayoneta habitación por habitación.

El ejército patriota tuvo más de mil muertos y heridos. Los realistas 2.000 entre muertos y heridos.

Se tomaron unos 3.000 prisioneros realistas en total (incluyendo los capturados en el campo y en la hacienda). Muchos de los soldados del Batallón de Burgos, antes de rendirse, rompieron sus propias bayonetas para no entregarlas como trofeo.

Ordóñez y otros jefes fueron tratados con los honores de la guerra por San Martín, quien diría, con un caballeroso halago a sus vencidos: "Con dificultad se ha visto un ataque más bravo, más rápido y más sostenido, y jamás se vio una resistencia más vigorosa, más firme y más tenaz".

A las 5 de la tarde todo había terminado. San Martín dicta, de a caballo, un escueto, pero conmovedor parte de guerra, que el cirujano Paroissien escribe con sus manos tintas en sangre:

“Acabamos de ganar completamente la acción. Un pequeño resto huye; nuestra caballería lo persigue hasta concluirlo. ¡La patria es Libre!”.


 

Su significado histórico y actual

 

Desde el punto de vista militar, Maipú es estudiada en las academias de guerra aún hoy por ser una batalla de aniquilación. San Martín aplicó conceptos de la táctica más moderna: mantuvo una reserva estratégica que utilizó en el momento exacto para romper el flanco izquierdo realista; utilizó un despliegue (ataque oblicuo) que permitió concentrar fuerzas superiores sobre un punto débil del enemigo; y coordinación con la artillería, en donde tanto la ubicación de las piezas de fuego como su empleo fue decisiva para desarticular las líneas del general realista Mariano Osorio.

Aunque la independencia de Chile se había declarado formalmente meses antes, la presencia del ejército realista en el sur del país seguía siendo una amenaza existencial para el nuevo gobierno. Maipú destruyó el poder operativo del ejército español en Chile, reduciendo la resistencia realista a focos aislados en Valdivia y Chiloé. Sin esta victoria, Santiago habría caído nuevamente bajo el dominio de la Corona.

Sin la victoria en Maipú, el Plan Continental sanmartiniano se habría derrumbado, ya que San Martín necesitaba a Chile como plataforma logística para la Expedición Libertadora del Perú.

Asimismo, una derrota en Chile habría dejado la frontera de los Andes abierta para una invasión realista hacia Mendoza y, eventualmente, Buenos Aires.

Por eso las palabras del Libertador: "Con una batalla se ha salvado la libertad de América", dichas tras el triunfo.


O'Higgins, ansioso por conocer la suerte de las armas patriotas, abandona Santiago a pesar de sus heridas y llega al campo de batalla a las 5 de la tarde. Las fuerzas realistas ya se habían replegado a Lo Espejo y San Martín preparaba la embestida final.

Es entonces que se produce el célebre encuentro entre ambos, la escena inmortalizada en la cual O'Higgins lo abraza con su brazo sano y exclama: "¡Gloria al salvador de Chile!"

Dicho abrazo fraterno simbolizaría como pocos gestos la unión de las naciones sudamericanas. Ratificaba asimismo que la independencia no era un esfuerzo nacionalista aislado, sino una causa continental compartida.


El recuerdo de una batalla feroz

 

Un detalle poco mencionado es que, tras la rendición, el campo de Lo Espejo era un cuadro de horror. El propio San Martín, acostumbrado a los rigores de la guerra, quedó impactado por la cantidad de muertos en un espacio tan reducido.

Se dice que el suelo de los patios de la hacienda quedó literalmente cubierto de uniformes blancos (realistas) y azules (patriotas).

También se cuenta que al recorrer el campo de batalla apenas concluida ésta y ver la cantidad de bajas de los Batallones de libertos, en especial del Nº 8, se emocionó hasta las lágrimas, murmurando “mis pobres soldados”. El Libertador tuvo una relación particular con ambas unidades cuyos integrantes a su vez, lo idolatraban.

Hoy en día, en ese lugar de esa batalla tan terrible como decisiva se encuentra el Templo Votivo de Maipú, construido para cumplir la promesa que O'Higgins hizo a la Virgen del Carmen antes de la victoria. Un recordatorio de un lance entre soldados que lo dieron todo, tan cruento como puede ser el choque de las mejores tropas de dos continentes.

 


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La novela de un país


La gesta sanmartiniana hecha novela


Una presentación de novela


Remedios y José



SOBRE EL AUTOR DE LA NOTA: Luis Carranza Torres nació en Córdoba, República Argentina. Es abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor universitario y miembro de diversas asociaciones históricas y jurídicas. Ejerce su profesión, la docencia universitaria y el periodismo. Es autor de diversas obras jurídicas y de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019), Germánicus. El Corazón de la Espada (2020), Germánicus. Entre Marte y Venus (2021), Los Extraños de Mayo (2022), La Traidora (2023), Senderos de Odio (2024) y Vientos de Libertad (2025). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz y en 2015 Ganó la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires. En 2021 fue reconocido por su trayectoria en las letras como novelista y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba.





Una mujer humillada y desposeída.

La tentación de recuperarlo todo.

Un secreto vital que obtener tras la cordillera.

Un general con un desafío por cumplir: cruzar los Andes.

 

Provincias Unidas de Sudamérica, 1816. Las tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata han declarado su independencia de la corona española, en el peor de los momentos posibles. El nuevo país, libre pero cargado de dificultades y retos, apuesta a remontar sus derrotas en el Alto Perú, con el audaz plan de formar un nuevo ejército y cruzar la cordillera para batir a los realistas por el oeste.

En Chile, Sebastiana Núñez Gálvez ha visto desbarrancar su mundo de lujos, pero también de oscuridades, tras la reconquista realista del país. Ajusticiado su esposo por liderar el bando patriota y confiscados todos sus bienes, malvive en la extrema necesitad. Una falta de todo que la ha hecho abjurar de cualquier creencia y hasta de su reputación, para conseguir subsistir.

El Mariscal español Marco del Pont lo sabe perfectamente, y le ofrece devolverle todas sus posesiones y alcurnia, a cambio de pasar a Mendoza y obtener el secreto mejor guardado del Gobernador de Cuyo y General en jefe de ese nuevo ejército, José de San Martín: por dónde pasarán sus tropas a Chile.

Sebastiana es una mujer decidida a todo para averiguarlo; apuesta para lograrlo a su antiguo y fuerte vínculo de amistad con la esposa del gobernador y General en jefe, Remedios de Escalada. No le importa tener que mentir, engañar o traicionar viejas lealtades.

Pero la imprevista relación con un oficial de granaderos trastocará sus planes. Alguien que, precisamente, debe mantener a los secretos de su jefe a salvo de los espías realistas. 


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