Sara y el que no está (cuento)
Sara volvió de enterrar a Javier un martes, mojada por
fuera, partida por dentro. Se había largado a llover con esa ferocidad propia
de las serranías.
El vidrio de la puerta del auto, poblado de gotas, era
igual a todo el llanto que acumulaba en esos días. Conocía a Javier desde
chicos, desde que tenía memoria. Se habían criado juntos, en casas vecinas, ido
juntos a la escuela. Se habían querido desde siempre y ahora lo había perdido.
Veintidós años y la mitad de su vida ya en una tumba.
La mejor parte, la más graciosa, la que brindaba los mejores abrazos. Se fue a
trabajar un día y a la tarde, cuando ya le empezaba a preocupar la tardanza en
volver, llegó la policía caminera con la noticia que había tenido un accidente
en la ruta que rodea el lago. Un camión que intentó pasar por el carril
contrario en ese camino de curvas continuas y que lo impactó de frente. El auto
quedó destrozado y le dijeron que había fallecido de forma instantánea por el
impacto.
Manejó despacio, entre sollozos, el coche que su
hermana le había prestado, negándose a ceder ante la desesperación de la
angustia. Cuando llegó a la casa de Los Molinos ya había oscurecido.
Se quedó un rato con las manos en el volante, mirando
la puerta. La casa tenía esa luz amarilla de la galería que Javier siempre
dejaba prendida "para que no entren los bichos", según decía. Ella
nunca entendió la lógica del asunto, jamás supo si realmente funcionaba. Al
llegar, solo le recordó a él y estalló en llanto y bronca, golpeando con las
manos el volante mientras tenía en los ojos más gotas de lágrimas que en el
vidrio.
Fue entonces cuando lo vio. A esa presencia marrón que
se había parado en la baranda de la galería, bajo el alero, y la miraba con
grandes ojos. Quieto, como tallado, como si esperara algo. Un búho grande, de
esos que en Los Molinos se escuchaban de noche, pero casi nunca se dejaban ver
de cerca.
Sara no le tuvo miedo. Eso la sorprendió después,
cuando lo pensó: no le tuvo miedo. A ella cualquier animal, por pequeño e
inofensivo que fuera, le daba impresión, le provocaba temor.
Caminó hasta la puerta y el animal no se movió. Solo
la miraba sin mover el cuerpo, girando la cabeza. La miró con esa cara plana
que tienen los búhos, una máscara puesta sobre la cara. Igual que ella ante el
mundo por esos días.
Cuando giró la llave y entró, escuchó el aleteo detrás
suyo, un ruido seco y pesado, y el bicho pasó por al lado de su cabeza y se
metió en la casa.
—Salí de acá —le dijo, sin fuerza, como quien le habla
a un mueble.
El búho se posó en el respaldo del sillón donde Javier
leía. No hubo forma de sacarlo. Tampoco le puso demasiadas ganas. Solo quería
tirarse a la cama y llorar.
Cuando se despertó a la mañana, descubrió dos cosas:
que en algún punto del llanto se había dormido. Y que el bicho estaba allí, a
un lado, mirándola inexpresivo desde el sitio de Javier en la cama.
Sara abrió todas las ventanas. Agitó los brazos, tiró
un almohadón, gritó. No consiguió demasiado. El animal voló en círculos cortos,
evadiéndola de un recinto a otro, para terminar por posarse en el mismo
respaldo del sillón que la primera vez cuando se coló en la casa.
Sara miró al búho. El búho la miró a ella. Se rindió, de momento. Ya saldría, supuso.
Dejó la puerta abierta y se puso a limpiar. Más por
ocuparse de algo y no pensar, que porque se necesitara. El ave no salió, solo
se quedó observándola. A la tarde, terminó por cerrar la puerta, cuando empezó
a entrar el frío.
En los días siguientes, intentó echarlo de nuevo, un
par de veces, con idéntico resultado a la primera vez. El ave simplemente se
corría de sitio, sin amedrentarse en lo absoluto.
Entonces, lo dejó estar. Le pareció más fácil convivir
con el animal que seguir peleándolo. Total, no hacía ruido ni molestaba. De
hecho, disimulaba su presencia la mayor parte del tiempo. Se acostumbró a
encontrarlo parado en lugares donde no había estado un minuto antes, sin
haberlo visto volar hasta ahí.
Se maravilló, atento sus antecedentes, de nunca
haberse sentido intimidada por el animal. Algo que, desde el vamos, advirtió
que era mutuo.
Una tarde, revisando papeles del banco, encontró que
el búho se había instalado en el marco de la ventana del living comedor, justo
donde Javier se sentaba a leer. Miraba hacia afuera, al lago del dique que se
veía por detrás del bosque. Tal como solía hacerlo él, entre página y página.
El búho se quedaba ahí, en el marco, mirando el lago.
Sara nunca le contó eso a nadie. Tampoco tenía ganas de hablar con alguien.
Vivía encerrada dentro de sí misma y de su dolor.
Al levantarse cada día, el bicho estaba en la almohada
de Javier. Al terminar en el baño e ir a la cocina, la esperaba allí. Aferrado
por las garras en el respaldo de la silla enfrente de la que siempre Sara
tomaba asiento. La que usaba él.
Sara empezó a anotar las cosas, como si necesitara
dejar registro de algo que no alcanzaba a entender. Pensó que desvariaba. Temió
que la aflicción le hubiera enloquecido y estuviera viendo cosas. No se lo dijo
a nadie, ni siquiera a Marta, su hermana, cuando llamó para ver cómo estaba.
Solo las anotaba en un cuaderno viejo, con letra apretada, como si dejarlas por
escrito las transformara en algo más que una duda suya.
Jueves: Se paró en la ventana del living comedor,
viendo al lago. Igual que él, pensó, pero no lo anotó. Le dio vergüenza
hacerlo.
Viernes: No comió nada de lo que le dejé. Después
lo vi en la galería de adelante. Se tragó algo, creo que un ratón sin masticar,
completo. Se quedó ahí, sentado en el asiento contra la pared de la casa, hasta
expulsar una bola, que luego vi tenía restos de piel y pequeños huesos. Tras
eso, entró a la casa de nuevo por la ventana abierta.
A Javier, pensó, sin poder evitar estremecerse, nunca
le gustaba lo que cocinaba. Y algunas veces se llevaba el plato, cuando estaba
solo, y comía justo ahí, en ese asiento.
Dejó de escribir en la mesa de la cocina y se abrazó a
sí misma. Esperaba no estarse volviendo loca.
Al levantar la vista, el búho estaba ahí, parado en el
respaldo de la silla de enfrente. La miraba con atención. O eso le pareció.
Sábado: Cuando puse la radio, giró la cabeza hacia
el aparato. La misma canción que él tarareaba siempre, la de Miguel Mateos,
beso francés. No puede ser tanta casualidad. Eso sí lo anotó. Fue con letra
algo más temblorosa que las oraciones previas.
Tachó la frase, la primera vez que repasó lo escrito.
No puede ser tanta casualidad. Sí, podía ser y era eso, una casualidad. Nada
más. Veía cosas en donde no había nada.
Vio la frase rayoneada más que tachada y se echó a llorar. Después de un rato, ya más calmada, la volvió a escribir.
Esa noche soñó con Javier en la orilla del lago, de
espaldas, y cuando el sueño la dejó despierta a las cuatro de la mañana, el
búho estaba parado en el respaldo de la cama, mirándola. No supo cuánto tiempo
llevaba ahí.
Empezó a dudar de sí misma. Empezó, también, a tener
un sentimiento particular, que nunca antes había experimentado. No era miedo,
aunque lo parecía a veces. Se trataba de una especie de recogimiento, de estar
ante algo más grande y más profundo que su limitada comprensión. Asombro,
inconmensurabilidad, el sentirse pequeña y frágil, conectada a algo que no
terminaba de entender pero que sí podía sentir. Parecido a cuando con Javier
salían afuera, de noche, a mirar la luna y el cielo estrellado.
Eso hizo esa noche. Se había negado a ver las
estrellas en soledad. Al traspasar la galería hacia el patio de adelante,
escuchó un aleteo por detrás de ella y el ave se le posó en el hombro. Tras la
sorpresa del primer momento, estiró el brazo y el búho caminó con paso corto,
hasta quedarse en el dorso de su mano, como si estuviera en una especie de
balcón. Y miró arriba, al cielo.
Como él. Se estremeció, pero no lloró esta vez. No
podía ser. No podía…
Estaba, con todas las dudas, empezando a creer.
Al día siguiente fue al cementerio, sin saber
demasiado bien el por qué. Sobre todo, porque odiaba y temía esos lugares.
Nunca antes había podido volver luego de un entierro. Le pasó lo mismo con él.
El búho la siguió con la vista hasta el auto, parado
sobre el asiento de la galería de adelante. Justo como Javier hacía, cuando
ella se iba y no la podía acompañar.
Llegó al cementerio, cruzó ese muro bajo de piedra y
fue hasta la parte de los nichos donde estaba él. Al acercarse, apenas pudo
creerlo. El búho estaba allí, mirándola, posado sobre el nicho donde había
puesto el cajón de Javier. Solo se quedó ahí, muy quieto, con la cabeza girada
hacia ella.
Sara no supo qué hacer. Solo se quedó ahí. No lloró,
tampoco la aflicción la poseyó como otras veces. Simplemente se quedó mirando
al animal y al animal mirándola a ella.
Algo se acomodó adentro suyo, que no pudo explicar.
Pensó, nada más, que no estaba bien, pero lo iba a estar. Confió en sí misma,
en que saldría adelante. Que fuera lo que fuera que estaba pasando, no era algo
para asustarse.
Volvió a la casa. Esa noche, al salir a ver las
estrellas, el búho se quedó parado en la baranda, en el mismo lugar exacto
donde lo había visto la primera tarde.
Se miraron. El animal ladeó la cabeza, y Sara pudo
jurar que él hacía a veces un gesto similar.
Le extendió el brazo y abrió la mano para que viniera
con ella. El ave voló y se posó ahí. Pero en lugar de solo quedarse quieta y
elevar la cabeza al cielo, abrió las alas y las agitó un par de veces, inquieta.
Luego, giró la cabeza a la espalda para verla. Nunca supo cuánto tiempo se quedaron
así. Lo sintió, Sara, como una forma de eternidad; una que fue rota cuando él
giró hacia adelante la cabeza y batió de nuevo las alas, esta vez sin detenerse,
emprendiendo vuelo.
Revoloteó a su alrededor, describiendo círculos que
eran más y más elevados, hasta dejar debajo las copas de los árboles que
salpicaban el patio, desapareciendo en el cielo azul noche, poblado de
infinitas estrellas.
Sara se quedó ahí por un buen rato, mirando el lugar
donde había desaparecido. Entendió que no volvería, sin sentirse por eso que la
abandonaban.
Esa noche, por primera vez en meses, dejó la luz de la galería apagada.


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