Nadar en aguas oscuras


 por Luis Carranza Torres

El helicóptero Dauphin de color rojo estridente volaba a cien pies sobre las aguas embravecidas. Su silueta blanca se adentraba a la inmensidad del océano con la última luz del atardecer.

Pronto todo sería oscuridad. Esperé que el nuevo equipo electrónico que le confería la capacidad de volar de noche por instrumentos, puesto en la última modernización, funcionara sin problemas. Todavía estábamos haciéndonos amigos, como quien dice.

En todo caso, era un problema más de quienes lo piloteaban que de nosotros, los rescatistas que íbamos en el estrecho compartimiento detrás de la cabina. A simple vista parecía que los pilotos, Pater y Chelco, la llevaban bien,  sentados frente a esa constelación de puntos luminosos que era la cabina por dentro. No dejaba de ser algo tranquilizador. Lo que ellos hicieran tendría efecto sobre nosotros y viceversa. Todos en definitiva éramos uno en esas misiones en condiciones adversas.

Empezamos a sacudirnos por la turbulencia. El vidrio de la puerta lateral se impregnó de las gotas de lluvia que se estrellaban sobre él con un chasquido grave. Avanzábamos con el viento lluvioso en contra, que mantenían a los dos motores turboeje del aparato dando al rotor de cuatro palas, el pleno de su capacidad.

Observé enfrente a mi compañera, que fingía no verme. En la tensa espera que precedía a que hiciéramos nuestra parte del trabajo, me perdí por un momento en esos ojos tan oscuros como ya todo a nuestro alrededor. Habíamos hecho juntos el curso de nadadores de rescates en alta mar y sido tan cercanos como uno puede serlo de otro ser humano. Hasta el punto de la intimidad.

Al principio ella la dudaba de pasar de compañeros con onda a otra cosa más íntima y afectiva. Eran relaciones que siempre daban al comentario. “Tenés que permitírtelo” le dije y ella aflojó.

Ahora estaba enojada conmigo. Supongo que luego del flechazo inicial, afrontábamos las rutinas de tener una vida en común siendo bastante autónomos en nuestras cosas. Aun queriéndonos como lo hacíamos, parecía que una toalla mojada sobre la cama, la forma de apretar la pasta de dientes o como tender una cama eran cuestiones que provocaban fricción entre nosotros. Ambos teníamos nuestras formas y no nos gustaba amoldarlos a la del otro. 

Probábamos con la convivencia, sin todavía decir nada. Queríamos ver, antes de dar la novedad. Una que traía aparejada no poder seguir trabajando juntos.

Por algo los reglamentos no permiten trabajar con alguien que se tiene una relación. "Complica las cosas si no va bien, y las complica todavía peor si va bien", solía decir el Pater. No podía retrucarle nada ese día, aun mentalmente. 

La observé, luego de un rato de ignorarnos mutuamente. La turbulencia de nuestro vuelo había amainado un poco. En la penumbra del compartimiento, a la luz interna nocturna, las pecas se le destacaban en el rostro.  Un par de mechones rojizos se le escapaban por los laterales del casco blanco. Alargué la mano para acomodárselos pero ella, rápida, se hizo atrás, brusca, sin decirme una palabra. Fue la primera vez en mucho rato que se dignó a mirarme. Creía tener razón para estar enojada conmigo y esos ojos como flechas era la muestra de ese mal ánimo que la recorría por dentro.      

No era bueno estar peleado con tu compañero en una misión de rescate océano en medio de un temporal. Pero ese día las salidas habían sido muchas más de lo usual y para  esta, que surgió de improviso y con urgencia, no había quedado más que echar mano de un helicóptero todavía en fase de pruebas con los nuevos equipos, un guinche reparado de apuro y una tripulación con lo que pudiera convocarse por teléfono. Fuimos ella y yo.

Intenté limar las asperezas.

—Ana, yo…

Ella no se dignó a mirarme para la contestación.

—Que Ana ni Ana. Dígame señora si se va a dirigir a mí. Recuerde que soy más antigua, Fernández.

En su enojo me tiraba con los reglamentos. Supongo que a falta de algo más contundente para hacerlo. Con inclusión de apellido y todo, como para que no me quedaran dudas de la cortada de rostro. Le di vuelta la cara, herido en el orgullo y desistí de otra expresión de buena voluntad. Me di cuenta que el enojo era una emoción contagiosa.   

Fuera, la noche nos abrazaba, intimidante. Hacía rato que ambos pilotos habían bajado a la altura de los ojos las gafas de visión nocturna que tenían sobre los cascos.

—Cuatro minutos a la zona del objetivo. Pecas, Negro, preparados en los puestos de salida.

Escuché la voz metálica del Chelco en los auriculares. Mi pareja de rescate también en los suyos. Como toda misión operativa no existían los nombres, solo los indicativos. Una especie de seudónimo profesional, digamos. Casi está de más decir por qué le habían puesto Pecas a Ana o Negro a mí.

Terminé de revisar mi equipo en silencio. Comprobé en el traje que estuviera bien cerrada la cremallera seca desde el hombro izquierdo hasta la cadera derecha. El cuchillo estaba en la funda integrada al traje en el muslo derecho. Conecté a los auriculares del casco la radio en el bolsillo del muslo izquierdo.

Creí estar listo, pero entonces vi como el mecánico de a bordo y operador de la grúa abrió un compartimiento cerca de la puerta y nos entregó a cada uno una pistola semiautomática con el cargador al completo de municiones.

No era habitual que pasara eso. En general no portamos más armas que un cuchillo de rescate acuático. El comandante dejó los mandos por unos instantes para mirar a la parte de la cabina donde estábamos. 

—Bajan armados. Es un yate que aparece de la nada casi al límite de nuestro alcance operativo y el pedido de auxilio está muy flojo de papeles—escuché la voz de Pater en mis auriculares. 

Todo era raro con la embarcación que íbamos a rescatar. En la estación de búsqueda y salvamento se había recibido un S.O.S. para una evacuación médica de un velero que luego anuló la misma, tras lo cual hizo silencio de radio.

Los datos coincidían con un yate que por internet publicitaba la intención de su propietario de dar la vuelta al mundo en solitario. Lo dicho: todo el asunto pintaba por demás extraño.

—Prefiero sentarme a dar explicaciones a un juez que volver con un tripulante menos—dijo Pater, antes de volver a clavar la vista hacia adelante.

Dudaba que fuera a necesitarla, pero órdenes eran órdenes. Además, un poco de precaución nunca viene mal en un trabajo de riesgo. El prevenido vale por dos y todo eso. Introduje el cargador en la parte interna de la empuñadura de la pistola y luego tiré atrás de la corredera. Al soltarlo, el bloque de metal volvió hacia adelante con un chasquido metálico al introducir la primera munición en la recámara. Luego coloqué el seguro.

Ana hizo lo mismo, sin dignarse a echarme una mirada.

Lo previsto era que abordáramos desde el aire a la embarcación y no que nos arrojáramos al agua por un náufrago. Por eso ambos llevábamos el traje de rescate seco. Naranja y negro, hecho de tres capas de tela transpirable. La cinta de sellado térmico y los refuerzos garantizan una estanqueidad completa. Varias cintas reflectantes en los lugares correctos, aseguraban permanecer visibles en todas las condiciones.

El helicóptero se detuvo, manteniéndose en vuelo estacionario. El mecánico de vuelo se apresuró a abrir la puerta lateral. Era nuestro turno en el asunto.

Las luces de búsqueda alumbraban sobre el mar agitado un barco pequeño, con bastante agua en cubierta. Podía verse que era un yate que había perdido su mástil central.  

En tanto nos bajaban a los dos, enganchados uno frente a otro, sentí como el guinche apenas nos soportaba a ambos. Recordé que estaba fuera de servicio y habían hecho una reparación de urgencia para volverlo a hacer funcionar y poder salir con el helicóptero.

Al tocar cubierta, Ana me hizo señas que la siguiera. Ya no era la persona enojaba de la cabina sino la profesional que pone ante todo la misión. Yo lo entendía igual y asentí. Nuestra pelea pasó a un plano muy subalterno. Al menos, de momento.     

Nos desplazamos por la cubierta que escoraba, entre los bandeos por el oleaje. La cantidad de agua era mucha e iba en aumento con el oleaje que se le echaba encima. No llegaba hasta los tobillos. Era difícil de decir cuanto más se mantendría a flote.

Encendimos las linternas y nos identificamos. No veíamos a nadie. Nos aproximamos a la escotilla. Ana hizo ademan de entrar primera pero le puse el cuerpo y lo hice yo. Podía estar enojado con ella, pero no iba a dejar que se expusiera.

—No necesito que me protejas—protestó a mi espalda en tanto bajaba como podía por la oscilación de la nave, por lo cuatro escalones que daban a la parte interior.

Iba a contestarle algo pero no pude. Antes, alguien surgió de la oscuridad echándose encima de mí mientras decía que no íbamos a capturarlo con vida.

Caímos al suelo. El agua casi nos cubrió. En tanto forcejeamos, vi como Ana sacaba su arma y nos apuntaba. Le dijo que se detuviera, hasta disparó al aire, hacia fuera, pero el sujeto seguía peleando conmigo.

La embarcación oscilaba y nosotros más por la lucha. No tenía un blanco claro y desistió de seguir apuntando y vino hacia donde estábamos.

El tipo con el que lidiaba no estaba plantado en la cancha de la vida con todos los jugadores en el balero. Decía incoherencias. Que era la reencarnación de Amón-Ra, nos trataba de seres venidos de Plutón que pensábamos en abducirlo para llevarlo al espacio. El tipo mostraba el cabello largo, barba de un par de semanas y, a juzgar por el olor ácido que tenía, probablemente ese era también el tiempo en que no se había bañado. No tardé mucho en darme cuenta que el navegante solitario se había vuelto un desquiciado en algún punto de su travesía de uno por los mares del globo.

No es raro que alguien al que se va a rescatar lo ataque a uno. Por desesperación, las más de las veces. Estamos acostumbrados a lidiar con que el pánico de quienes vamos a salvar se transforme en una agresión contra nosotros. Por eso el entrenamiento incluye movimientos similares a las de las artes marciales y la defensa personal. Pero la insania le daba al parecer una fuerza tremenda y solo pudimos reducirlo luego que Ana lo golpeara en la cabeza con la culata de la pistola.

De algo había servido estar armados. Me alegraba, además, que Ana le hubiera dado un uso para salvarle el cuello a alguien a pesar de su locura violenta y no para terminar con su existencia.

Lo sacamos a cubierta inconsciente, tomándolo ella por las piernas y yo por los hombros. El nivel del agua allí había subido hasta casi las rodillas.  La luz de búsqueda del helicóptero nos bañó de lleno desde lo alto y Ana hizo la señal para que bajaran la canasta sanitaria. Lo colocamos allí, asegurándolo con las correas, cuidándonos de no irnos por la borda con el balanceo que era cada vez más intenso. Observé como era izado al helicóptero con dificultad. La grúa no pasaba por su mejor momento.

Una vez dentro del Dauphin la canasta el cable volvió a bajar, por nosotros. Nos enganchamos uno con otro y luego nos sujetamos al cable. El motor del guinche nos empezó a subir. A tres metros del barco, noté que no podía con el peso de ambos y corríamos el riesgo de trancar el mecanismo o, peor aún, romper el motor.

La miré y constaté en esos ojos preocupados que ella advertía lo mismo que yo. No daba para izarnos juntos. El que debiera esperar en un yate a medio naufragar tenía muchas menos posibilidades de sobrevivir que el primero que recuperaran. Me desenganché para que ella subiera sola. Ana trató de impedirlo pero yo fui más rápido. Caí sobre una cubierta aún más inclinada que la primera vez en tanto ella era izaba con esfuerzo.

Resbalé y pegué con el cuerpo en la borda, para luego caer al mar. El yate terminó de naufragar, dando una vuelta campana que me lo puso de sombrero. Se iba a pique y me llevaba con él. Por fortuna había quedado cerca de la banda de estribor y pude zafar. Aproveche una  corriente que nos arrastraba para salir de debajo. Con dificultad, con las botas de media caña aun puestas, conseguí con el último aliento surgir a la superficie.

Todo alrededor estaba oscuro. No veía las luces del helicóptero pero si el sonido de las aspas en la oscuridad lluviosa. Al parecer, había sido arrastrado más de la cuenta.                 

Me quité las botas, en tanto me esforzaba por no volver a ser sumergido por el oleaje. Luego busqué la baliza de localización personal del traje. Atiné a prenderla, solo para encontrar que la pelea con el navegante loco la había roto. Varios de los golpes me habían dado allí y no funcionaba.

Traté de no desesperar y eché mano de una bengala de salvamento. Le  quité las tapas y extendí la mano apuntando a la vertical. Accioné el dispositivo y una columna de humo subió entre la lluvia, luego de la detonación. Estalló en el cielo, unos momentos después, con un color rojo incandescente, descendiendo en un paracaídas que no tardó en mojarse y precipitarse al mar mucho más rápido de lo esperado.

Repetí con otra con igual resultado. El sonido del helicóptero continuaba siendo lejano. En una noche cerrada, tratando de estar a flote en un mar embravecido, encima con lluvia, mis perspectivas no eran nada buenas.

Mantenerme sobre la agitada superficie del océano era algo que exigía todas mis fuerzas. Lo logré por un rato sin que nada a mí alrededor me hiciera alentar la esperanza. Luego escuché el sonido de las palas un poco más cercano, para descubrir que buscaban en un sector muy por delante de mí. Podía escucharlos ese zumbido que se acercaba y alejaba, sin nunca sobrevolarme. Grité por ayuda, pero el agua que entraba a mi boca casa vez que la abría ahogó muchos de ellos.

El frío me atería y sabía que estaba cerca del fin. Procuré nadar a donde suponía que venía el sonido de ese zumbido que ahora era cada vez más difuso. Avanzaba, dando grandes brazadas y el oleaje me hacía retroceder. Me negaba a rendirme. 

Sabía de sobre cómo sería y eso lo hacía aun más aterrador. El cuerpo intentaría generar calor mediante contracciones musculares rápidas, eso provocaba los escalofríos y temblores que ya sentía. Luego desaparecerían para aparecer la confusión, la torpeza y la somnolencia. Le decían "la muerte dulce". Nunca le entendí el por qué y tratando de no dejar de nadar y estar a flote en esas aguas oscuras se me antojó un imbecilidad tal nombre. 

  Fue cuando una ola me tragó y ya no supe más luego de esa oscuridad. 

Recobré la conciencia en una cama de hospital. Tuve que parpadear una par de veces antes de recobrar volver por completo en mí y entender que seguía vivo. Me tomó algunos momentos más identificar la mata de pelo rojizo que tenía a la altura del estómago.

Supongo que me moví o de alguna forma ella intuyó que había despertado, pues no pasó mucho antes que la cabeza de Ana se retirara de mí, volviendo a colocar la espalda.

—Perdón, me dormí—dijo, todavía algo adormecida—. Debe ser por los calmantes.

Noté entonces que llevaba el brazo derecho en un cabestrillo.

La miré, intrigado. Tenía una expresión cansada y hasta sus pecas lucían apagadas. Ella me devolvió una sonrisa culposa. Era una Ana muy distinta de aquella con la que había subido al helicóptero.

Supe, sin siquiera tener preguntárselo, que había estado conmigo todo el tiempo de mi inconciencia.

Antes que pudiéramos decirnos nada, la puerta de la habitación se abrió y entró Pater. Llevaba el uniforme azul de trabajo. Una camisa blanca y una corbata negra podían verse por debajo del pullover azul oscuro, escote en V, en cuyos hombros se veían las gruesas tiras doradas de su rango.

Venía a ver cómo estaba yo. Al parecer, por lo que le habían dicho los médicos, no tendría mayores problemas en mi recuperación de la hipotermia y un principio de asfixia por inmersión.

Me contó la odisea que había sido mi rescate. Una ráfaga de viento los alejó cuando el yate dio la vuelta campana y me perdieron de vista. Ubicarme entre las olas con las luces de búsqueda fue solo la parte fácil del asunto. Cuando bajaron a Ana con la grúa tuvo que nadar bastante entre el oleaje para finalmente aferrarme. Luego de eso, al izarnos, el mecanismo del guinche se había atorado a medio camino. Para más novedades, en el apuro por aferrarme ella no me había asegurado al arnés y debió sujetarme con los brazos, de vuelta a la estación de búsqueda y salvamento. De allí el cabestrillo en el brazo de Ana. Se había desgarrado por sostenerme en el viento y la lluvia.

Por el tiempo que insumió mi búsqueda, Pater había vuelto a tierra firme y posado el Dauphin en el helipuerto de la Estación de Búsqueda y Salvamento con la luz de nivel bajo de combustible titilando hacía rato. Se supone que si está bien calibrada, al encenderse quedan unos veinte minutos de autonomía de vuelo. El Pater aterrizó en el minuto veintiuno con cincuenta segundos. Es decir, con el tanque casi vacío.

Resumiendo: era un verdadero milagro que siguiéramos vivos. Sobre todo, yo.

En cuanto a nuestro rescatado, no era algo físico en la salud sino una locura producto de la propia soledad. La misma que lo llevó a inundar su propio yate. Esperaba, en el mismo hospital, no lejos de donde yo estaba, a que viniera un pariente desde su país, la lejana Australia, a llevárselo. El rescate había sido exitoso. Fue algo que me dio tanta satisfacción como seguir vivo.

Pater se despidió tras desearme una pronta recuperación y nos dejó solos. No sin antes notificarnos que, atento la relación que era evidente que teníamos, nunca más iríamos  juntos a un rescate.

Al cerrarse la puerta me la quedé mirando. Serio. Ana buscó mi mirada con cierta timidez. Ya no había bronca en ellos. Tampoco en los míos.   

Le pregunté por el desgarro. Me dijo que estaba bien. El dolor y la inflamación eran llevables.

—Mientras te aferraba, intenté recordar por qué estábamos peleados y no pude.

Lo dijo con incomodidad, con culpa. Yo sí lo recordaba lo suficiente como para darme cuenta que había sido una tontera. Lo que no entendía era por qué nos empeñamos en empañar nuestra felicidad con ese tipo de cosas. Porque era claro, luego de lo que había hecho yo por ella y ella por mí, que existía entre ambos un sentimiento más fuerte de lo que ninguno de los dos podía incluso fantasear. Aun en ese proceso iniciático de mutuo conocimiento en que estábamos.

Ella podía tener su carácter y yo el mío. Ambos con buenas dosis de orgullo y amor propio. Pero llevar a cabo un trabajo de riesgo por un sueldo paupérrimo hacía ver las cosas de otra perspectiva. Todo podía  perderse en un momento. Lo pasado nos había enseñado lo tonto de no disfrutar de todo lo bueno que teníamos por distraernos a reñir con insignificancias.

Por eso esa misión, en esa noche de aguas oscuras, el estar a merced del mar a un ápice de perder la vida, el sacarse un hombro ella y casi ahogarme yo, fue lo más maravilloso que pudo pasarnos a nosotros. Por extraño y terrible que parezca.

Ana mantenía sus ojos clavados en mí, como yo en ella. Vi que expresaban lo mismo que yo: la sed de esos deseos intensos que uno no puede concretar. De momento, al menos. Ella por su desgarro y yo por mi convalecencia. Por eso, algo me decía que a futuro nos íbamos a permitir mutuamente muchas más cosas que en el pasado.



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Los Lobos del Atlántico






SOBRE EL AUTOR DE LA NOTA: Luis Carranza Torres nació en Córdoba, República Argentina. Es abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor universitario y miembro de diversas asociaciones históricas y jurídicas. Ejerce su profesión y la docencia universitaria. Es autor de diversas obras jurídicas y de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019), Germánicus. El Corazón de la Espada (2020), Germánicus. Entre Marte y Venus (2021), Los Extraños de Mayo (2022), La Traidora (2023) y Senderos de Odio (2024). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz y en 2015 Ganó la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires. En 2021 fue reconocido por su trayectoria en las letras como novelista y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba. Ganador en 2026 del Concurso Internacional de Cuento Histórico organizado por la Editorial La Cuarta Orilla. 



Una ciudad: Londres.
Una mujer cruzada por dos naciones.
Una guerra inesperada.
Un hombre misterioso.
Una historia de espías.
Un amor que no distingue banderas. 

En abril de 1982 nada parece ir bien en la vida de Gabrielle Sterling. La relación con su jefe ha terminado en una desilusión amorosa y su carrera en el servicio civil británico no avanza. Sin embargo, la vida la sorprende cuando un hombre misterioso le hace una propuesta peligrosa. De aceptar, deberá traicionar los principios en que ha sido educada, aunque también rescatará es parte olvidada que su madre le inculcó. 
Tironeada por dos banderas, deberá elegir un bando en un conflicto que día a día se muestra más próximo. En ese proceso, pondrá su propia vida en juego mientras se siente cada vez más atraída por ese hombre misterioso.
En tanto la guerra escala, intrigas, pasiones y acontecimientos imprevistos la llevarán donde nunca antes había pensado estar, mientras quienes la persiguen se hallan más cerca de descubrirla. 
En medio de esa incertidumbre, Gabrielle se sentirá más viva que nunca. Tal vez no esté traicionando a nadie, sino encontrándose, por primera vez, consigo misma.