Nadar en aguas oscuras
El helicóptero Dauphin de color rojo estridente volaba a cien pies sobre las aguas embravecidas. Su silueta blanca se adentraba a la inmensidad del océano con la última luz del atardecer.
Pronto todo sería oscuridad. Esperé que el nuevo equipo electrónico que le confería la capacidad de volar de noche por instrumentos, puesto en la última modernización, funcionara sin problemas. Todavía estábamos haciéndonos amigos, como quien dice.
En
todo caso, era un problema más de quienes lo piloteaban que de nosotros, los
rescatistas que íbamos en el estrecho compartimiento detrás de la cabina. A simple vista parecía
que los pilotos, Pater y Chelco, la llevaban bien, sentados frente a esa constelación de puntos
luminosos que era la cabina por dentro. No dejaba de ser algo tranquilizador. Lo
que ellos hicieran tendría efecto sobre nosotros y viceversa. Todos en
definitiva éramos uno en esas misiones en condiciones adversas.
Empezamos
a sacudirnos por la turbulencia. El vidrio de la puerta lateral se impregnó de
las gotas de lluvia que se estrellaban sobre él con un chasquido grave.
Avanzábamos con el viento lluvioso en contra, que mantenían a los dos motores
turboeje del aparato dando al rotor de cuatro palas, el pleno de su capacidad.
Observé
enfrente a mi compañera, que fingía no verme. En la tensa espera que precedía a
que hiciéramos nuestra parte del trabajo, me perdí por un momento en esos ojos
tan oscuros como ya todo a nuestro alrededor. Habíamos hecho juntos el curso de
nadadores de rescates en alta mar y sido tan cercanos como uno puede serlo de
otro ser humano. Hasta el punto de la intimidad.
Al
principio ella la dudaba de pasar de compañeros con onda a otra cosa más íntima
y afectiva. Eran relaciones que siempre daban al comentario. “Tenés que
permitírtelo” le dije y ella aflojó.
Ahora
estaba enojada conmigo. Supongo que luego del flechazo inicial, afrontábamos
las rutinas de tener una vida en común siendo bastante autónomos en nuestras
cosas. Aun queriéndonos como lo hacíamos, parecía que una toalla mojada sobre
la cama, la forma de apretar la pasta de dientes o como tender una cama eran
cuestiones que provocaban fricción entre nosotros. Ambos teníamos nuestras
formas y no nos gustaba amoldarlos a la del otro.
Probábamos
con la convivencia, sin todavía decir nada. Queríamos ver, antes de dar la
novedad. Una que traía aparejada no poder seguir trabajando juntos.
Por algo los reglamentos no permiten trabajar con alguien que se tiene una relación. "Complica las cosas si no va bien, y las complica todavía peor si va bien", solía decir el Pater. No podía retrucarle nada ese día, aun mentalmente.
La
observé, luego de un rato de ignorarnos mutuamente. La turbulencia de nuestro
vuelo había amainado un poco. En la penumbra del compartimiento, a la luz
interna nocturna, las pecas se le destacaban en el rostro. Un par de mechones rojizos se le escapaban
por los laterales del casco blanco. Alargué la mano para acomodárselos pero
ella, rápida, se hizo atrás, brusca, sin decirme una palabra. Fue la primera
vez en mucho rato que se dignó a mirarme. Creía tener razón para estar enojada
conmigo y esos ojos como flechas era la muestra de ese mal ánimo que la
recorría por dentro.
No
era bueno estar peleado con tu compañero en una misión de rescate océano en
medio de un temporal. Pero ese día las salidas habían sido muchas más de lo
usual y para esta, que surgió de
improviso y con urgencia, no había quedado más que echar mano de un helicóptero
todavía en fase de pruebas con los nuevos equipos, un guinche reparado de apuro
y una tripulación con lo que pudiera convocarse por teléfono. Fuimos ella y yo.
Intenté
limar las asperezas.
—Ana,
yo…
Ella
no se dignó a mirarme para la contestación.
—Que
Ana ni Ana. Dígame señora si se va a dirigir a mí. Recuerde que soy más antigua,
Fernández.
En
su enojo me tiraba con los reglamentos. Supongo que a falta de algo más
contundente para hacerlo. Con inclusión de apellido y todo, como para que no me
quedaran dudas de la cortada de rostro. Le di vuelta la cara, herido en el
orgullo y desistí de otra expresión de buena voluntad. Me di cuenta que el
enojo era una emoción contagiosa.
Fuera,
la noche nos abrazaba, intimidante. Hacía rato que ambos pilotos habían bajado
a la altura de los ojos las gafas de visión nocturna que tenían sobre los
cascos.
—Cuatro
minutos a la zona del objetivo. Pecas, Negro, preparados en los puestos de
salida.
Escuché
la voz metálica del Chelco en los auriculares. Mi pareja de rescate también en
los suyos. Como toda misión operativa no existían los nombres, solo los
indicativos. Una especie de seudónimo profesional, digamos. Casi está de más
decir por qué le habían puesto Pecas a Ana o Negro a mí.
Terminé
de revisar mi equipo en silencio. Comprobé en el traje que estuviera bien
cerrada la cremallera seca desde el hombro izquierdo hasta la cadera derecha.
El cuchillo estaba en la funda integrada al traje en el muslo derecho. Conecté
a los auriculares del casco la radio en el bolsillo del muslo izquierdo.
Creí
estar listo, pero entonces vi como el mecánico de a bordo y operador de la grúa
abrió un compartimiento cerca de la puerta y nos entregó a cada uno una pistola
semiautomática con el cargador al completo de municiones.
No
era habitual que pasara eso. En general no portamos más armas que un cuchillo de
rescate acuático. El comandante dejó los mandos por unos instantes para mirar a
la parte de la cabina donde estábamos.
—Bajan
armados. Es un yate que aparece de la nada casi al límite de nuestro alcance
operativo y el pedido de auxilio está muy flojo de papeles—escuché la voz de
Pater en mis auriculares.
Todo
era raro con la embarcación que íbamos a rescatar. En la estación de búsqueda y
salvamento se había recibido un S.O.S. para una evacuación médica de un velero
que luego anuló la misma, tras lo cual hizo silencio de radio.
Los
datos coincidían con un yate que por internet publicitaba la intención de su
propietario de dar la vuelta al mundo en solitario. Lo dicho: todo el asunto
pintaba por demás extraño.
—Prefiero
sentarme a dar explicaciones a un juez que volver con un tripulante menos—dijo
Pater, antes de volver a clavar la vista hacia adelante.
Dudaba
que fuera a necesitarla, pero órdenes eran órdenes. Además, un poco de
precaución nunca viene mal en un trabajo de riesgo. El prevenido vale por dos y
todo eso. Introduje el cargador en la parte interna de la empuñadura de la
pistola y luego tiré atrás de la corredera. Al soltarlo, el bloque de metal
volvió hacia adelante con un chasquido metálico al introducir la primera
munición en la recámara. Luego coloqué el seguro.
Ana
hizo lo mismo, sin dignarse a echarme una mirada.
Lo
previsto era que abordáramos desde el aire a la embarcación y no que nos
arrojáramos al agua por un náufrago. Por eso ambos llevábamos el traje de
rescate seco. Naranja y negro, hecho de tres capas de tela
transpirable. La cinta de sellado térmico y los refuerzos garantizan una
estanqueidad completa. Varias cintas reflectantes en los lugares correctos,
aseguraban permanecer visibles en todas las condiciones.
El
helicóptero se detuvo, manteniéndose en vuelo estacionario. El mecánico de
vuelo se apresuró a abrir la puerta lateral. Era nuestro turno en el asunto.
Las
luces de búsqueda alumbraban sobre el mar agitado un barco pequeño, con
bastante agua en cubierta. Podía verse que era un yate que había perdido su
mástil central.
En
tanto nos bajaban a los dos, enganchados uno frente a otro, sentí como el guinche
apenas nos soportaba a ambos. Recordé que estaba fuera de servicio y habían
hecho una reparación de urgencia para volverlo a hacer funcionar y poder salir
con el helicóptero.
Al
tocar cubierta, Ana me hizo señas que la siguiera. Ya no era la persona enojaba
de la cabina sino la profesional que pone ante todo la misión. Yo lo entendía
igual y asentí. Nuestra pelea pasó a un plano muy subalterno. Al menos, de
momento.
Nos
desplazamos por la cubierta que escoraba, entre los bandeos por el oleaje. La
cantidad de agua era mucha e iba en aumento con el oleaje que se le echaba
encima. No llegaba hasta los tobillos. Era difícil de decir cuanto más se
mantendría a flote.
Encendimos
las linternas y nos identificamos. No veíamos a nadie. Nos aproximamos a la
escotilla. Ana hizo ademan de entrar primera pero le puse el cuerpo y lo hice
yo. Podía estar enojado con ella, pero no iba a dejar que se expusiera.
—No
necesito que me protejas—protestó a mi espalda en tanto bajaba como podía por
la oscilación de la nave, por lo cuatro escalones que daban a la parte
interior.
Iba
a contestarle algo pero no pude. Antes, alguien surgió de la oscuridad echándose
encima de mí mientras decía que no íbamos a capturarlo con vida.
Caímos
al suelo. El agua casi nos cubrió. En tanto forcejeamos, vi como Ana sacaba su
arma y nos apuntaba. Le dijo que se detuviera, hasta disparó al aire, hacia
fuera, pero el sujeto seguía peleando conmigo.
La
embarcación oscilaba y nosotros más por la lucha. No tenía un blanco claro y
desistió de seguir apuntando y vino hacia donde estábamos.
El
tipo con el que lidiaba no estaba plantado en la cancha de la vida con todos
los jugadores en el balero. Decía incoherencias. Que era la reencarnación de Amón-Ra,
nos trataba de seres venidos de Plutón que pensábamos en abducirlo para
llevarlo al espacio. El tipo mostraba el cabello largo, barba de un par de
semanas y, a juzgar por el olor ácido que tenía, probablemente ese era también
el tiempo en que no se había bañado. No tardé mucho en darme cuenta que el
navegante solitario se había vuelto un desquiciado en algún punto de su
travesía de uno por los mares del globo.
No
es raro que alguien al que se va a rescatar lo ataque a uno. Por desesperación,
las más de las veces. Estamos acostumbrados a lidiar con que el pánico de
quienes vamos a salvar se transforme en una agresión contra nosotros. Por eso
el entrenamiento incluye movimientos similares a las de las artes marciales y
la defensa personal. Pero la insania le daba al parecer una fuerza tremenda y
solo pudimos reducirlo luego que Ana lo golpeara en la cabeza con la culata de
la pistola.
De
algo había servido estar armados. Me alegraba, además, que Ana le hubiera dado
un uso para salvarle el cuello a alguien a pesar de su locura violenta y no
para terminar con su existencia.
Lo
sacamos a cubierta inconsciente, tomándolo ella por las piernas y yo por los
hombros. El nivel del agua allí había subido hasta casi las rodillas. La luz de búsqueda del helicóptero nos bañó de
lleno desde lo alto y Ana hizo la señal para que bajaran la canasta sanitaria.
Lo colocamos allí, asegurándolo con las correas, cuidándonos de no irnos por la
borda con el balanceo que era cada vez más intenso. Observé como era izado al
helicóptero con dificultad. La grúa no pasaba por su mejor momento.
Una
vez dentro del Dauphin la canasta el cable volvió a bajar, por nosotros. Nos
enganchamos uno con otro y luego nos sujetamos al cable. El motor del guinche
nos empezó a subir. A tres metros del barco, noté que no podía con el peso de
ambos y corríamos el riesgo de trancar el mecanismo o, peor aún, romper el
motor.
La
miré y constaté en esos ojos preocupados que ella advertía lo mismo que yo. No
daba para izarnos juntos. El que debiera esperar en un yate a medio naufragar
tenía muchas menos posibilidades de sobrevivir que el primero que recuperaran. Me
desenganché para que ella subiera sola. Ana trató de impedirlo pero yo fui más
rápido. Caí sobre una cubierta aún más inclinada que la primera vez en tanto
ella era izaba con esfuerzo.
Resbalé
y pegué con el cuerpo en la borda, para luego caer al mar. El yate terminó de
naufragar, dando una vuelta campana que me lo puso de sombrero. Se iba a pique
y me llevaba con él. Por fortuna había quedado cerca de la banda de estribor y
pude zafar. Aproveche una corriente que
nos arrastraba para salir de debajo. Con dificultad, con las botas de media
caña aun puestas, conseguí con el último aliento surgir a la superficie.
Todo
alrededor estaba oscuro. No veía las luces del helicóptero pero si el sonido de
las aspas en la oscuridad lluviosa. Al parecer, había sido arrastrado más de la
cuenta.
Me
quité las botas, en tanto me esforzaba por no volver a ser sumergido por el
oleaje. Luego busqué la baliza de localización personal del traje. Atiné a
prenderla, solo para encontrar que la pelea con el navegante loco la había
roto. Varios de los golpes me habían dado allí y no funcionaba.
Traté
de no desesperar y eché mano de una bengala de salvamento. Le quité las tapas y extendí la mano apuntando a
la vertical. Accioné el dispositivo y una columna de humo subió entre la
lluvia, luego de la detonación. Estalló en el cielo, unos momentos después, con
un color rojo incandescente, descendiendo en un paracaídas que no tardó en
mojarse y precipitarse al mar mucho más rápido de lo esperado.
Repetí
con otra con igual resultado. El sonido del helicóptero continuaba siendo
lejano. En una noche cerrada, tratando de estar a flote en un mar embravecido,
encima con lluvia, mis perspectivas no eran nada buenas.
Mantenerme
sobre la agitada superficie del océano era algo que exigía todas mis fuerzas. Lo
logré por un rato sin que nada a mí alrededor me hiciera alentar la esperanza.
Luego escuché el sonido de las palas un poco más cercano, para descubrir que
buscaban en un sector muy por delante de mí. Podía escucharlos ese zumbido que
se acercaba y alejaba, sin nunca sobrevolarme. Grité por ayuda, pero el agua
que entraba a mi boca casa vez que la abría ahogó muchos de ellos.
El
frío me atería y sabía que estaba cerca del fin. Procuré nadar a donde suponía
que venía el sonido de ese zumbido que ahora era cada vez más difuso. Avanzaba,
dando grandes brazadas y el oleaje me hacía retroceder. Me negaba a
rendirme.
Sabía de sobre cómo sería y eso lo hacía aun más aterrador. El cuerpo intentaría generar calor mediante contracciones musculares rápidas, eso provocaba los escalofríos y temblores que ya sentía. Luego desaparecerían para aparecer la confusión, la torpeza y la somnolencia. Le decían "la muerte dulce". Nunca le entendí el por qué y tratando de no dejar de nadar y estar a flote en esas aguas oscuras se me antojó un imbecilidad tal nombre.
Fue cuando una ola me tragó y ya no supe más luego de esa oscuridad.
Recobré
la conciencia en una cama de hospital. Tuve que parpadear una par de veces
antes de recobrar volver por completo en mí y entender que seguía vivo. Me tomó
algunos momentos más identificar la mata de pelo rojizo que tenía a la altura
del estómago.
Supongo
que me moví o de alguna forma ella intuyó que había despertado, pues no pasó
mucho antes que la cabeza de Ana se retirara de mí, volviendo a colocar la
espalda.
—Perdón,
me dormí—dijo, todavía algo adormecida—. Debe ser por los calmantes.
Noté
entonces que llevaba el brazo derecho en un cabestrillo.
La
miré, intrigado. Tenía una expresión cansada y hasta sus pecas lucían apagadas.
Ella me devolvió una sonrisa culposa. Era una Ana muy distinta de aquella con
la que había subido al helicóptero.
Supe,
sin siquiera tener preguntárselo, que había estado conmigo todo el tiempo de mi
inconciencia.
Antes
que pudiéramos decirnos nada, la puerta de la habitación se abrió y entró
Pater. Llevaba el uniforme azul de trabajo. Una camisa blanca y una corbata
negra podían verse por debajo del pullover azul oscuro, escote en V, en cuyos
hombros se veían las gruesas tiras doradas de su rango.
Venía
a ver cómo estaba yo. Al parecer, por lo que le habían dicho los médicos, no
tendría mayores problemas en mi recuperación de la hipotermia y un principio de
asfixia por inmersión.
Me
contó la odisea que había sido mi rescate. Una ráfaga de viento los alejó
cuando el yate dio la vuelta campana y me perdieron de vista. Ubicarme entre
las olas con las luces de búsqueda fue solo la parte fácil del asunto. Cuando
bajaron a Ana con la grúa tuvo que nadar bastante entre el oleaje para
finalmente aferrarme. Luego de eso, al izarnos, el mecanismo del guinche se
había atorado a medio camino. Para más novedades, en el apuro por aferrarme ella
no me había asegurado al arnés y debió sujetarme con los brazos, de vuelta a la
estación de búsqueda y salvamento. De allí el cabestrillo en el brazo de Ana. Se
había desgarrado por sostenerme en el viento y la lluvia.
Por
el tiempo que insumió mi búsqueda, Pater había vuelto a tierra firme y posado
el Dauphin en el helipuerto de la Estación de Búsqueda y Salvamento con la luz
de nivel bajo de combustible titilando hacía rato. Se supone que si está bien
calibrada, al encenderse quedan unos veinte minutos de autonomía de vuelo. El
Pater aterrizó en el minuto veintiuno con cincuenta segundos. Es decir, con el
tanque casi vacío.
Resumiendo:
era un verdadero milagro que siguiéramos vivos. Sobre todo, yo.
En
cuanto a nuestro rescatado, no era algo físico en la salud sino una locura
producto de la propia soledad. La misma que lo llevó a inundar su propio yate.
Esperaba, en el mismo hospital, no lejos de donde yo estaba, a que viniera un
pariente desde su país, la lejana Australia, a llevárselo. El rescate había
sido exitoso. Fue algo que me dio tanta satisfacción como seguir vivo.
Pater
se despidió tras desearme una pronta recuperación y nos dejó solos. No sin
antes notificarnos que, atento la relación que era evidente que teníamos, nunca
más iríamos juntos a un rescate.
Al
cerrarse la puerta me la quedé mirando. Serio. Ana buscó mi mirada con cierta
timidez. Ya no había bronca en ellos. Tampoco en los míos.
Le
pregunté por el desgarro. Me dijo que estaba bien. El dolor y la inflamación eran
llevables.
—Mientras
te aferraba, intenté recordar por qué estábamos peleados y no pude.
Lo
dijo con incomodidad, con culpa. Yo sí lo recordaba lo suficiente como para darme
cuenta que había sido una tontera. Lo que no entendía era por qué nos empeñamos
en empañar nuestra felicidad con ese tipo de cosas. Porque era claro, luego de
lo que había hecho yo por ella y ella por mí, que existía entre ambos un
sentimiento más fuerte de lo que ninguno de los dos podía incluso fantasear.
Aun en ese proceso iniciático de mutuo conocimiento en que estábamos.
Ella
podía tener su carácter y yo el mío. Ambos con buenas dosis de orgullo y amor
propio. Pero llevar a cabo un trabajo de riesgo por un sueldo paupérrimo hacía ver
las cosas de otra perspectiva. Todo podía perderse en un momento. Lo pasado nos había
enseñado lo tonto de no disfrutar de todo lo bueno que teníamos por distraernos
a reñir con insignificancias.
Por
eso esa misión, en esa noche de aguas oscuras, el estar a merced del mar a un
ápice de perder la vida, el sacarse un hombro ella y casi ahogarme yo, fue lo
más maravilloso que pudo pasarnos a nosotros. Por extraño y terrible que
parezca.
Ana
mantenía sus ojos clavados en mí, como yo en ella. Vi que expresaban lo mismo
que yo: la sed de esos deseos intensos que uno no puede concretar. De momento,
al menos. Ella por su desgarro y yo por mi convalecencia. Por eso, algo me
decía que a futuro nos íbamos a permitir mutuamente muchas más cosas que en el
pasado.






