Besos en la lluvia (cuento)


por Luis Carranza Torres 


Ser profesor universitario no es solo enseñar. Muchas veces, me pone frente a historias de juventud. Espero poder tejer el hilo de esta historia con la cadencia que merece, evocando la nostalgia de aquellos días y la electricidad de ese encuentro tan impensado.

El campus de la Facultad de Arquitectura era un laberinto de cemento mojado y reflejos distorsionados. Tres años después de esa pandemia maldita, la vida había recuperado un ritmo precario, pero el eco del silencio aún resonaba en sus pasillos.

Todos habíamos perdido a alguien que queríamos. La mayoría, sin siquiera poder despedirnos. Encerrados por meses y meses, volvíamos a reencontrarnos con rostros que antes nos eran habituales.

Elías era uno de ellos. Lo vi alzar el cuello de su gabardina, la lluvia de noviembre cayendo con la persistencia de un recuerdo. No había vuelto a pisar ese lugar desde aquel fatídico día de marzo de 2020. Un día que había quedado suspendido en el ámbar del tiempo. El día en que conoció a Valeria.

Sucedió en la mesa 4 del taller de maquetas. Él, frustrado por una estructura que colapsaba. Ella, concentrada en el detalle de una fachada minimalista.

Se habían visto de lejos, sin nunca compartir curso. Pegaron onda, cada cual en su proyecto. Intercambiaron ideas, risas nerviosas y esa clase de miradas que prometen una continuación. Ella, incluso, se presentó. Parecía más desenvuelta que él, en eso de vincularse. Me llamo Valeria, ¿y vos? Elías. Le ofreció la mano, sonriendo. Mucho gusto, Elías. Él le tomó la mano y la sacudió con fuerza. Ella se rió más. Parecía fácil conversar con ella, a diferencia de las demás.

La urgencia de la vida moderna, sin embargo, hizo su truco cruel: una interrupción, un profesor que llamaba. Elías, siempre muy tímido, se animó a saludarla y hasta decirle un vago "nos vemos mañana". Se trataba de palabras disimuladas que significaban mucho más que su literalidad. Tuvieron, ambos, la certeza ingenua de que la vida universitaria fluiría ininterrumpidamente. Olvidaron lo esencial: intercambiar un número, una red social, un mísero rastro digital.

Al día siguiente, el mundo se cerró. Las clases se detuvieron. La pantalla se convirtió en la única ventana. Elías buscó. Buscó por nombre, por rostro, por la única certeza que tenía: esa chispa fugaz. Pero sin un apellido o una pista digital, era como buscar una gota de lluvia en el océano digital.

Él perdió a su familia. Sus padres, una hermana. La maldita epidemia lo dejó solo en el mundo. En esos días de dolor, lo único bueno que le pasaba por la mente era ese momento de complicidad con Valeria.

Tres años después, quizás la tuviera enfrente otra vez. Su duda de si volvería a verla estaba saldada. Pero no esa otra, más profunda y cortante, de si a ella le habría pasado igual. Quizás, ni lo reconociera.

Tronaba en el cielo gris, desde hacía rato. Cuando salió de su casa, e igual al llegar a la facultad. Allí, a un paso de entrar, el recuerdo volvió. Y también, la inquietud si la cosa había sido realmente así. Sobre todo, con ella.

La duda lo petrificó en donde estaba. El inicio de la lluvia lo forzó a tener que cubrirse.

Valeria salió del Pabellón Central, corriendo a refugiarse bajo el mismo arco de piedra que él. Su cabello, del color de la caoba mojada, se pegaba a su rostro. Llevaba en las manos unos planos enrollados y la misma sonrisa ligeramente inclinada que Elías había memorizado.

Elías se quedó inmóvil, el corazón latiéndole como un tambor de guerra. La lluvia había tapado a la ciudad, y solo parecían ser ellos allí. Valeria lo vio. Sus ojos se encontraron sobre el velo plateado de la lluvia torrencial, y fue como si la distancia de los tres años y los diez metros que los separaban se disolvieran.

Valeria se detuvo, clavada al suelo. El reconocimiento, la sorpresa y una oleada de alivio casi doloroso barrieron su rostro.

"¿E-Elías?", preguntó ella, su voz apenas audible sobre el estruendo del aguacero.

Él no contestó con palabras. Empezó a caminar hacia ella, lento al principio, luego más rápido, ignorando el aguacero que calaba sus ropas.

Cuando estuvo a un metro, se detuvo. Ambos se miraron. No había necesidad de hablar de la pandemia, del tiempo perdido, de la extraña y hermosa ironía de haberse reencontrado en el mismo lugar donde se conocieron y se perdieron.

"No sabía cómo ubicarte...", musitó Valeria, con los ojos brillando, no solo por las gotas.

"Tampoco yo…", musitó él.

Elías tomó su rostro entre las manos, sintiendo el frío de su piel bajo la lluvia y la calidez de la vida que regresaba. No hubo dudas, ni preguntas, solo la urgencia de reanudar la conversación que la vida les había arrebatado.

Ella le miraba extraña. Más aun, cuando acercó su rostro al suyo. El beso fue la liberación de un confinamiento. Fue la explosión de un sueño largamente contenido, salado por las lágrimas y la lluvia. No era solo un beso; era el acto de reanudar una vida que había quedado en pausa.

Cuando Elías separó su rostro, aún la sostenía, el calor de sus manos contrastando con el frío aguacero. Sus respiraciones eran irregulares.

Y fue entonces, en el fragor húmedo del reencuentro, que Valeria le confesó, con una intensidad difícil de explicar que le vibraba en la punta de los labios:

"No sabes lo que me ha pasado… Yo… esa vez que conversamos. Era lo único bueno que podía acordarme mientras estaba encerrada. Pensé muchas veces en eso. Y soñé con este momento. Puede parecerte una locura, pero siento que te conozco de toda una vida."

La revelación cayó sobre él con más fuerza que la propia lluvia. A ella le habían pasado cosas. Tanto o más que a él. Terminó por convencerse. No era casualidad. No era fortuna. A veces es difícil saber lo que siente por nosotros la persona que tenemos enfrente. Y saber eso, por primera vez desde antes de la pandemia, le hizo abrigar esperanza de que la vida fuera algo más que una sucesión de catástrofes, tal como había sido en el último tiempo.

Elías cerró los ojos y la atrajo de nuevo hacia sí. La abrazó con la fuerza de un hombre que ha recuperado la fe. Ambos se habían soñado. Y en ese abrazo, bajo el cielo lavado, supieron que lo peor había quedado atrás, construido sobre la firme base de un sueño compartido.

El siguiente beso, bajo la bendición ruidosa de la lluvia que caía sobre el campus, fue el reconocimiento de dos almas que se habían buscado en el silencio y se encontraban por fin en el estruendo. Largo, salado y empapado, se trató de un acto de rebeldía contra la distancia, contra la tecnología, contra el tiempo perdido. Era la prueba de que, a veces, un encuentro fugaz lleva consigo la fuerza de una eternidad.

Fui testigo de esos dos besos, con secreta y disimulada esperanza. El mundo, después de tanto, volvía a andar. A ser humano. Testigo mudo de lo ocurrido entre ellos desde el inicio, por azar o vaya a saber qué del destino, supe que mi papel era contarlo.



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La gesta sanmartiniana hecha novela


Una presentación de novela


La verdad sobre el cruce de los Andes





SOBRE EL AUTOR DE LA NOTA: Luis Carranza Torres nació en Córdoba, República Argentina. Es abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor universitario y miembro de diversas asociaciones históricas y jurídicas. Ejerce su profesión, la docencia universitaria y el periodismo. Es autor de diversas obras jurídicas y de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019), Germánicus. El Corazón de la Espada (2020), Germánicus. Entre Marte y Venus (2021), Los Extraños de Mayo (2022), La Traidora (2023), Senderos de Odio (2024) y Vientos de Libertad (2025). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz y en 2015 Ganó la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires. En 2021 fue reconocido por su trayectoria en las letras como novelista y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba.





Una mujer humillada y desposeída.

La tentación de recuperarlo todo.

Un secreto vital que obtener tras la cordillera.

Un general con un desafío por cumplir: cruzar los Andes.

 

Provincias Unidas de Sudamérica, 1816. Las tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata han declarado su independencia de la corona española, en el peor de los momentos posibles. El nuevo país, libre pero cargado de dificultades y retos, apuesta a remontar sus derrotas en el Alto Perú, con el audaz plan de formar un nuevo ejército y cruzar la cordillera para batir a los realistas por el oeste.

En Chile, Sebastiana Núñez Gálvez ha visto desbarrancar su mundo de lujos, pero también de oscuridades, tras la reconquista realista del país. Ajusticiado su esposo por liderar el bando patriota y confiscados todos sus bienes, malvive en la extrema necesitad. Una falta de todo que la ha hecho abjurar de cualquier creencia y hasta de su reputación, para conseguir subsistir.

El Mariscal español Marco del Pont lo sabe perfectamente, y le ofrece devolverle todas sus posesiones y alcurnia, a cambio de pasar a Mendoza y obtener el secreto mejor guardado del Gobernador de Cuyo y General en jefe de ese nuevo ejército, José de San Martín: por dónde pasarán sus tropas a Chile.

Sebastiana es una mujer decidida a todo para averiguarlo; apuesta para lograrlo a su antiguo y fuerte vínculo de amistad con la esposa del gobernador y General en jefe, Remedios de Escalada. No le importa tener que mentir, engañar o traicionar viejas lealtades.

Pero la imprevista relación con un oficial de granaderos trastocará sus planes. Alguien que, precisamente, debe mantener a los secretos de su jefe a salvo de los espías realistas. 


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