Un día en la vida de una mujer moderna (cuento)
6:00 a. m.
El sol aún no ha salido, pero el aroma a café recién hecho ya flota en el aire. Mi esposo, Michael, me trae una taza de café a la cama. Es un ritual matutino y uno de los muchos actos de cariño que hace por mí. Sé que no muchas esposas son tan mimadas.
"No menciones esto cuando estemos con gente de mi oficina", me advierte. "Pensarán que estoy dominado por mi mujer". Asiento, aun sin terminar de despertar, con una sonrisa. Por supuesto, no lo está. Tenemos un matrimonio maravilloso, y uno muy sexy.
Me siento en el silencio de la casa aún dormida. Mis labios se curvan en una sonrisa agradecida mientras tomo la taza. A los 42 años, Michael es el hombre con el que he construido una vida, el único que entiende, sin necesidad de preguntas, mi impulso por más. Es llevar una vida distinta del grueso de las mujeres casadas que conozco.
Mis prioridades son claras: un orden inmutable tallado por la ambición y la necesidad de sobrevivir en un mundo de hombres. El trabajo es el faro que me guía; el marido, el ancla que me mantiene a flote; y las niñas... las niñas son el dulce y doloroso recordatorio de todo lo que sacrifico.
Michael es amable, compañero y guapísimo, con algunas canas que empiezan a asomar en su pelo negro. Tiene su propio estudio de arquitectura y gana lo suficiente como para que yo pueda quedarme en casa. Solo que a mí me gusta mi trabajo, aun con los costos que conlleva. Y él, un ángel, nunca me ha puesto obstáculos al respecto.
Está de pie junto a la cama, ya vestido con un traje azul de Brooks Brothers, una camisa blanca (con los puños a la vista) y una pajarita. Las prefiere a las corbatas porque no se balancean sobre los dibujos ni los manchan.
Le doy un beso rápido y le digo, con una sonrisa bañada de enigma: "Mírame bien, porque a la noche no me vas a reconocer".
Michael levanta una ceja. "¿Es acaso una clase de amenaza y debo preocuparme?".
Me encojo de hombros. "Más bien, se trata de una promesa".
Apuro mi café y salgo de la cama hacia la ducha.
"¿Por qué vas a la oficina tan temprano?", me pregunta.
"Debo hacer un par de cosas antes. Llevaré a Mili conmigo y la dejaré en el colegio antes de ir a la agencia".
"¿Qué tal si quedamos para tomar algo después del trabajo?".
Es algo que solemos hacer. Él también trabaja en el microcentro, como yo. Pero no puedo hoy. Se juegan demasiadas cosas en mi futuro.
"No creo que pueda. Vamos a tener castings toda la tarde y puede que no pueda escaparme a las cinco".
Por una vez, en lugar de aceptarlo, veo la sombra de la duda en su rostro. O de cierta contrariedad.
"Bueno, ¿puedes intentar llegar a casa a tiempo para cenar? Las chicas te echan de menos cuando no estás. Igual que yo". Se inclina y me besa.
Me baño y me arreglo en tiempo récord. El vestido azul sin mangas, sobrio y entallado, es mi uniforme de batalla. Me calzo los zapatos de tacón bajo, para transformarme en la mujer trabajadora que soy por férrea elección. Luego lucho más de lo pensado para que una somnolienta Mili se ponga su uniforme del colegio. El desayuno. La ropa. Las mochilas. Son los pocos momentos en que parezco una buena y dedicada madre. Pero se trata de un espejismo que pronto se difumina.
"Mamá, ¿puedes trenzarme el pelo?", me pide Mili, de 8 años, con la esperanza en los ojos.
En verdad lo intento, pero se me ocurre una idea nueva para una de las presentaciones de la tarde y tengo que recurrir a Michael. No tiene problema en poner en pausa su afeitada y hacer de peluquero improvisado, mientras yo escribo en mi carpeta.
Veo la mirada molesta de Mili y mi corazón se encoge. La culpa, esa compañera constante, se me clava, pesada, en el pecho.
"No tengo instinto maternal", me repito mentalmente, como si esa frase fuera un antídoto contra el dolor. "Si lo tuviera, no estaría haciendo esto". A pesar de todo lo que siento, no puedo dejar de ser como soy. Simplemente no puedo. He abierto un camino que pocas mujeres, y ninguna madre, se ha atrevido a recorrer. Pero eso lleva a que mis prioridades sean el trabajo, primero; mi marido, segundo; mis hijas, tercero. Es la única manera de que una mujer sobreviva en el mundo de la publicidad. Y en el del matrimonio. Michael se ocupa de muchas más cuestiones hogareñas que yo, y pasa más tiempo con las niñas que yo. María es la mujer que prácticamente gerencia la casa. No sé dónde está la mayoría de las cosas en la alacena, y el precio de la leche o los huevos en el mercado es un misterio para mí.
Antes de salir, me detengo un instante frente al espejo del vestíbulo. Me miro el pelo castaño, largo hasta los hombros, tal como lo he llevado toda mi vida adulta. Pronto me veré muy distinta. No sé, parada ahí, si estoy por dar el golpe más inteligente de mi carrera o si simplemente estoy por cometer un error del que no habrá vuelta atrás. No me queda tiempo para responderme. Tomo por la mano a Mili y cierro la puerta detrás de mí.
7:30 a. m.
Una hora y fracción más tarde, Beth saca mi cabeza, caliente y saturada de tinte, de debajo de un secador, para lavarme el cabello. Después me siento en un pequeño cubículo de trabajo, presidido por un gran espejo. Empieza cortándolo y después peina lo que queda.
"Bueno, ya casi terminamos. Estás a solo un brushing de tu nuevo yo".
Consulto mi reloj. No me queda demasiado tiempo para llevar a Mili al colegio. Mi hija soporta estoicamente, entre cabeceos somnolientos, la espera en ese salón de belleza vacío.
Beth es una buena amiga. Lo bastante como para abrir a esas horas tan tempranas, solo por mí. Aun cuando le pago por encima del precio habitual, no deja de ser un buen gesto.
Con ansiedad creciente, sentada en esa silla, observo cómo se seca mi nuevo cabello. Nunca lo he llevado tan corto en ese estilo pageboy, ni tan claro. Rubio dorado le dicen, y es el color estrella de Clairol para esta temporada. No es un acto de vanidad, sino una inversión estratégica. Ese día voy a estar con el equipo de publicidad de Clairol, y quiero que me vean como una mujer que conoce su producto. No solo como publicitaria, sino como consumidora, como una creyente en lo que comercializan.
A medida que se seca, parece aclararse cada vez más. No encuentro rastro alguno de mi antiguo color castaño. Me invade cierto pánico. No puedo decir a ciencia cierta si me queda bien o no.
Por fin terminamos.
"Bueno, ¿qué te parece?".
Casi no me reconozco en el gran espejo enfrente. Es muy distinto de lo que usualmente me hago, y hasta Beth ha tenido sus objeciones. Siento un escozor al ver el contraste entre mi nuevo rubio y las cejas oscuras, pero ni modo. Por lo menos, el tono es el correcto. El mismo que Miss Clairol promociona en sus últimos anuncios.
"Me veo un poco distinta", me arriesgo a decir. En realidad, espero un juicio suyo.
"Más bien, eres otra persona. Muy diferente del estilo clásico que siempre has llevado. Te destaca las facciones y te hace mucho más vistosa. Espero puedas llevarlo".
No es el tipo de aliento que esperaba. Pero, por lo menos, no es una opinión negativa. Le agradezco una vez más, pago y me apresuro a llevar a Mili al colegio. "¿Qué te hiciste, mamá?", es la pregunta desaprobadora de mi hija al verme. No deja de mirarme con cierta extrañeza durante todo el camino. La misma, supongo, que tengo yo al verme reflejada en alguna vidriera.
Casi llegando al colegio, me dice, desafiante:
"Yo también quiero teñirme el cabello".
Ha pasado del rechazo instintivo a lo nuevo a la fascinación. Mi hija no deja de tener la conducta de una consumidora promedio. Ni yo, la de la madre rígida que no soy en mi vida personal.
"Por supuesto que no", es mi firme respuesta.
8:15 a. m.
El taxi se detiene frente a la escuela. Al final he encontrado uno tras varias cuadras caminadas. Por un par de minutos, llegamos a tiempo. El olor de las flores de cerezo flota en el aire, mientras madres e hijas congestionan la entrada.
Me inclino para besar a Mili, justo en la puerta.
"Mamá, ¿vendrás al acto del viernes? Recitaré un poema", pregunta, con su voz imponiéndose sobre el murmullo de conversaciones que nos rodea.
Siento que el corazón se me parte en dos, y tengo que contenerme para que no se me escape una lágrima. "Cariño, trataré", le digo, con la voz casi quebrada. "Tengo una jornada terrible ese día, pero lo intentaré".
"Siempre que tratas, no vienes", protesta. "Inténtalo más esta vez, ¿puede ser?".
Por un instante me quedo mirándola. Ocho años, y ya sabe distinguir una promesa real de una excusa disfrazada de promesa, algo que a mí me llevó mucho más tiempo aprender. Mili es demasiado madura para su edad, y no es la primera vez que lo pienso. Ve cosas que a esa edad todavía no deberían verse. No sé si es bueno o malo. Lo que sí sé es lo que le espera: vivir siempre un paso adelante del mundo que le toca por edad, tal como me pasó a mí, y lo que eso cuesta.
Le digo que sí, sin saber muy bien si voy a cumplir. Algo que no se le escapa a ella. Me pone la cara de decepción de siempre, antes de entrar al colegio. Mientras la veo irse, siento las miradas de las otras madres. Sus expresiones, con una mezcla de curiosidad y desaprobación, parecen concentrarse en mi cabello. Que lo haya cubierto con una pañoleta para disimularlo lo más posible, es evidente que no ha alcanzado.
"Demasiado llamativo para una mujer casada", escucho murmurar a una, a mis espaldas. "Parece que busca atraer miradas que no son las de su marido", susurra otra. Me voy de allí tan pronto puedo, a sabiendas de que soy el objeto de un juicio soterrado y cruel.
No tengo nada en común con esos buitres con forma de inocentes amas de casa. Sé que me consideran una mala madre, por trabajar en lugar de atender a mis hijas. Y se compadecen de Michael, que debe asistir de forma invariable a todas las reuniones de padres, en las que yo brillo por la ausencia.
Tomo otro taxi hasta la agencia. Soy blanco de muchas miradas e incluso capturo un par de silbidos admirativos mientras subo al auto amarillo. Ya arriba, alguien ha dejado un diario en el asiento por detrás del conductor, que paso a ocupar. Le echo una ojeada mientras la ciudad, ya despierta, es una jungla de ruidos y caras anónimas.
Ese año, 1967, daba para las más disímiles noticias. En Venezuela, el presidente Raúl Leoni había inaugurado sobre el río Orinoco el puente Angostura, el mayor de Sudamérica. Estados Unidos continuaba en Vietnam con la operación Cedar Falls contra el Vietcong. Iban ya 72 bajas estadounidenses, 750 vietnamitas y 5000 hectáreas de jungla arrasadas. En tanto, en Monterrey, nevaba.
Dejo el diario y veo el mar de rostros que se precipita a sus trabajos. Tal como yo. Quiero pensar que no soy una más de esa masa cansina e insatisfecha. Trato de pensarme como una mujer que ha desafiado a los dioses de las tradiciones y costumbres al decidir tener una carrera. Pero la mirada desaprobadora de Mili sigue clavada en mi mente.
8:45 a. m.
Apenas piso el edificio donde se ubica la agencia, mi mente ya está en el trabajo, en la presentación que tengo que hacer, en la forma en que voy a impresionar a todos.
El piso que ocupa la agencia es un santuario de poder masculino. Solo yo y otras cuatro mujeres somos el único elemento femenino allí. La mitad, secretarias. Las restantes, mecanógrafas. Ninguna ha llegado tan lejos como yo. La única que tiene un puesto que tradicionalmente es monopolio de los hombres.
Al entrar, mi nuevo cabello rubio es recibido con mucha sorpresa, algunos elogios más o menos veraces y soterradas miradas de lascivia. Yo solo sonrío, pero sufro por dentro. Cada minuto que pasa, me gusta menos el tono elegido. Pero ni modo, debe ser ese. No me he tomado tantas molestias por vanidad, sino por un cálculo estratégico. Espero tener razón; Beth me ha advertido que no podré volver por un tiempo a mi color natural y que mantenerlo me hará una esclava del salón de belleza, al que no me gusta demasiado ir. Es otro nido de amas de casa demasiado interesadas en la vida ajena y juzgadoras de todo. La ansiedad por saber si he acertado o no me carcome cada vez más por dentro. Lo averiguaré en breve.
También, disipada la sorpresa inicial, las miradas de algunos hombres se posan en mí como cuchillos. No son miradas de admiración, sino de desafío, de escepticismo. Soy una anomalía en un mundo de corbatas y trajes a medida, y no dejan de hacérmelo ver. En la sala de reuniones, los chistes sobre mi feminidad son tan constantes como las tazas de café. Ahora, supongo, se agregarán los de rubia tonta. Por casi dos años he esperado que se reconozcan mis méritos como redactora publicitaria. Pero mis ideas, de forma invariable, son capitalizadas por otros.
Recuerdo la Navidad de hace tres años, cuando rechacé el primer vuelo a Cleveland para quedarme terminando una presentación que ni siquiera era mía, con la esperanza de que alguien notara que había sido yo quien la salvó. Michael llevó solo a las chicas a lo de mis suegros esa vez. Nadie notó nada. Pero seguí haciéndolo, cada vez que hizo falta, porque en algún momento alguien tenía que notarlo.
Cada jornada allí es una batalla. Un combatir constante contra los prejuicios, contra el miedo, contra los errores. En medio de la vorágine, casi nunca hay tiempo para un respiro. Solo tengo un par de fotos sobre el escritorio, que me he negado a guardar en un cajón: las de mis hijas, sonriendo, con Mili con su uniforme escolar. Y otra conmigo y Michael, ese hombre grandote, con físico de jugador de rugby e inmenso corazón.
9:30 a. m.
En el vestíbulo del número 2 de la calle Cuarenta y ocho Este nos encontramos con Heekin y el encargado de cuentas que supervisará el negocio de Clairol.
"¿Qué diablos te hiciste en el cabello, Celia?", me pregunta, azorado. No espera por mi respuesta. "Siéntate atrás, acá son muy conservadores".
Echo una mirada, solo para descubrir que no hay otra mujer que yo. Todos son hombres. No han traído ni siquiera a una para preguntarle algo sobre un producto de mujeres. Vendemos todo lo vendible apelando a modelos femeninas que mayoritariamente se tiñen el cabello, pero no esperamos que abran la boca. Ni que puedan aportar algo al asunto. Simplemente no se le ha ocurrido a nadie.
En Clairol, el equipo de marca del nuevo producto nos recibe con calidez. Veo que pasa algo similar a nuestro equipo. No hay mujeres en la gestión de marca de esa empresa, cuyos productos están hechos exclusivamente para mujeres. Su equipo es una muestra de la jerarquía de la agencia: hombres con chaquetas de tweed que mascullan eslóganes mientras fuman, y mujeres con faldas de lápiz que teclean con una velocidad sobrenatural. Hay un par de redactoras, talentosas a su manera, pero confinadas a la "sección femenina" de los productos de consumo, como jabones, detergentes y comida para mascotas. Los hombres, por su parte, se ocupan de la alta costura, los automóviles, las campañas políticas. Yo soy la única mujer en esa mesa que no es secretaria o ayudante de un hombre.
Nos sentamos alrededor de una gran mesa de conferencias, los nueve hombres y yo. La mayoría encendimos un cigarrillo y comenzamos. El proyecto es tan secreto que ya hemos firmado acuerdos de confidencialidad.
El gerente de marca de la empresa explica que la reunión de hoy va a ser breve, porque el siguiente paso es que el equipo creativo de la agencia asista a la academia de coloración de Clairol para aprender a aplicar el producto. Su siguiente comentario se dirige directamente a mí.
"Qué pelo rubio tan bonito".
Le doy las gracias. Todavía no me acostumbro al cambio, pero eso no quita que Beth ha hecho un trabajo excelente. El eslogan de Clairol es "¿Es su color natural o no?... solo su peluquero lo sabe". Venden naturalidad y espero tenerla en la dosis necesaria como para alinearme a ese postulado.
De pronto, las miradas de los hombres de Clairol están sobre mi cabello.
"Un color precioso", insiste el gerente de marca.
"Gracias", repito, sin convicción. Hay un largo silencio. Es mi momento, y debo aprovecharlo. "Supongo que soy una Señorita Clairol", confieso. Hay, por detrás de esas palabras, un par de días de escribir y borrar en una libreta, hasta dar con la dichosa frase. Sonrío luego de decirla, sin costarme mostrar timidez, porque la siento. Mis tres colegas de agencia me miran con asombro.
"Déjeme adivinar: es nuestro último tono rubio dorado", arriesga el gerente.
Yo asiento.
Jim Heekin, siempre elegante, se recupera primero. "Celia, qué maravilla que estés usando el producto de nuestro cliente". Gene Grayson me mira con reproche; es de los que prefiere que esté en casa, lavando platos y cambiando pañales. El contador, sorprendido, guarda silencio. Es conservador, serio, lector de la Biblia, no bebe ni fuma. Me mira boquiabierto, como si fuera alguna especie de pecadora.
"¿Qué le ha parecido nuestro producto?".
"Me encanta. Deja el cabello tan radiante, y muy natural, como si siempre hubiera sido rubia", expreso, parafraseando sus publicidades y rogando porque no se den cuenta.
Por supuesto, no lo hacen, aunque tienen toda la evidencia delante de los ojos. He aprendido en el mundo de la publicidad que nada es más verdadero que cuando le dices a la gente lo que ansían creer.
"Anote eso. Es tal como lo decimos en nuestros avisos. Les dije que era una buena frase".
Entiendo que ha llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa. Las mías.
"En realidad, creo que es tan bueno, tan femenino, que deberíamos probar un nuevo enfoque de campaña".
Observo, por el rabillo del ojo, cómo Grayson me fulmina con la mirada. Se supone que él va a llevar la voz cantante de la agencia.
"Muy bien, la escucho".
Sé que es uno de esos momentos críticos en que puedo ganarlo o perderlo todo.
"Creo que en lugar de pensar cómo hacer para que los maridos se los pidan o se los compren a sus esposas, debemos centrarnos en las mujeres. Mostrarles a ellas lo bueno del producto".
"¿Habla de una campaña dirigida a las mujeres?".
Es algo revolucionario lo que propongo. Hasta entonces, el concepto era convencer a los esposos para que se los compraran a sus mujeres. O que no protestaran al darles el dinero para hacerlo.
"Exactamente".
El gerente de marca lo piensa unos momentos. "¿Por qué no? Exploremos eso, a ver a qué llegamos. Usted, mejor que nadie, sabe por qué se usa nuestro producto".
El cliente, satisfecho, me sonríe radiante. Ha comprado mi idea. No puedo creer mi buena fortuna, a pesar de haberlo planeado por tanto tiempo.
12:15 p. m.
Más tarde, en la sala de casting para el nuevo comercial de Dove, me siento en mi elemento. Observo a las modelos, buscando a alguien que pueda transmitir la intimidad de una madre lavando la cara de su hija con el jabón. El diálogo, escrito en papel, no es florido ni intelectual, sino tan simple y directo como las conversaciones de un hogar real. "¿Puedes hacer que suene como si le estuvieras hablando a tu propia hija, no a la cámara?", le digo a una modelo, y la mujer asiente, comprendiendo al instante. Es esa habilidad —la de captar la emoción humana— la que me ha traído hasta acá. Me devuelve algo actuado, muy distinto de cómo sucede en realidad. Entiendo que ella no tiene la experiencia de vida para saberlo, pero basta con que parezca cierto para la pantalla. Va a vender igual, sin serlo. Como pasa con casi todo en ese negocio.
Las miro hacer fila, una tras otra, esperando su turno. Hermosas, todas, con esa belleza fabricada para vender jabones y felicidad doméstica que ellas mismas no tienen. Alguna tiene novio, la mayoría, pero ninguna está casada, y ni una sola tiene hijos. Es malo para el negocio, dicen los de casting sin ningún pudor, como si hablaran de una fecha de vencimiento. Detrás de la sonrisa perfecta de cada una hay una soltera insatisfecha, cambiando de hombre cada seis meses, preguntándose en silencio si alguna vez alguien la va a elegir de verdad. Me siento afortunada, por un instante, de tener una familia esperándome fuera de esa jungla de vanidad, exhibición y ventas. Pero enseguida me pregunto por cuánto tiempo más podré decir lo mismo.
El teléfono suena. Es Jim Heekin. "Celia, acabo de hablar con la gente de Clairol. Están impresionados. Piensan que una mujer que usa su producto es quien mejor puede dirigir la campaña del tinte, así que te quieren a cargo de su equipo publicitario. Felicitaciones".
Una oleada de adrenalina y alegría me inunda. Es el sueño de una vida, el resultado de años de lucha. Un logro monumental en una industria donde el techo de cristal parece irrompible. He soñado con este momento tantas veces que ya no sé distinguir el recuerdo de la fantasía: la oficina propia, el nombre en la puerta, los hombres de la agencia teniendo que escucharme sin que nadie más hable por mí. Pero la emoción se desvanece tan rápido como llega. El pensamiento de Mili, del acto del viernes, regresa con fuerza. Mientras todos me felicitan, siento un vacío en el estómago. El logro es agridulce. Al final del día, el trabajo es un triunfo, pero la culpa es una constante.
2:35 p. m.
Con la noticia de Heekin todavía dándome vueltas en la cabeza, y antes de la celebración, me siento en mi escritorio, sintiendo el peso de la noticia. Es un triunfo, sin duda, pero ¿a qué precio? Mi mano tiembla mientras marco el número de casa. Mili, mi hija mayor, responde.
"¿Hola?", dice, con la voz joven y vacilante.
"Hola, cariño, soy mamá. Solo quería llamarte. Te prometo que estaré en casa para la cena. ¿Cómo les fue a ustedes en el desfile?".
Hay un largo silencio. "Bien, supongo", responde. "Alice se comió mis galletas".
"No es cierto", se escucha la voz de Alice.
"Sí, lo es".
"No peleen, por favor. Le diré a María para que haga más".
"¿No podrías estar aquí y hacerlas tú?", pregunta Mili.
Alice lanza un gritito de alegría ante tal perspectiva. Al fin concuerda en algo con su hermana. El corazón se me encoge. Es el pedido de costumbre, que cada tanto aflora. No puedo culparla de nada. Solo a mí misma. "Todavía tengo que hacer unas cosas en el trabajo. Lo lamento tanto, de verdad".
"Está bien, mamá. Sabemos que estás ocupada", dice Alice colándose por el teléfono. Al parecer, escuchan de a dos en la bocina. Mili no dice nada. Solo escucho un suspiro de resignación que me parte el alma. Mi hija mayor ya no protesta, ya no ruega. Ha aceptado la realidad de su vida. No estar con ellas es el verdadero precio de mi éxito.
3:30 p. m.
Antes de que pueda sentarme con Grayson, mi secretaria me pasa un mensaje: han llamado del colegio, para confirmar los horarios del acto del viernes. Miro la agenda abierta sobre el escritorio —la reunión de traspaso de la cuenta Clairol va a ocupar toda la mañana de ese día— y sé, ahí mismo, que no voy a poder ir. No devuelvo la llamada.
A las tres en punto se presentan en mi escritorio Larry, del departamento de arte, y dos de los suyos, cada uno con una carpeta bajo el brazo. Dejan los bocetos sobre la mesa, uno al lado del otro, esperando mi reacción antes de decir una palabra. Miro cada pieza con el mismo cuidado con el que he aprendido a mirar todo ese día: no solo si funciona, sino si alguien, en algún momento, va a decir que la idea ha sido de otro. Señalo dos ajustes en el segundo boceto —el tipo de letra, demasiado sobrio para lo que queríamos decir— y apruebo el resto. Se van sin discutir. Es la primera vez en todo el día que nadie me pone a prueba antes de escucharme.
La tarde no me da tregua. Antes de que la noticia del ascenso termine de asentarse, tengo que sentarme con Grayson y el gerente de cuentas de Clairol para dejar por escrito el enfoque que propuse en la mañana. Grayson quiere llevarse el crédito sin decirlo del todo: habla de "nuestra idea", de "lo que veníamos pensando en el equipo", como si la campaña dirigida a las mujeres hubiera sido una construcción colectiva y no una frase mía, dicha frente al cliente, que él mismo miró con desconfianza dos horas antes.
No lo corrijo en voz alta. Aprendí hace tiempo que pelear esa batalla en público cuesta más de lo que rinde. Pero cuando el gerente de cuentas me pregunta, directamente a mí, cómo pienso estructurar la primera tanda de avisos, respondo con el mismo aplomo que usé esa mañana, y soy yo quien termina anotando en la pizarra los tres ejes de la campaña mientras Grayson fuma en silencio. Para cuando salimos de esa sala, todos saben, sin que nadie lo diga, de quién ha sido la idea.
Vuelvo a mi escritorio pasadas las cinco, agotada, con la garganta seca de tanto hablar y el maquillaje corrido. Es entonces cuando suena otra vez el teléfono, y es Heekin, avisándome de la reunión que van a armar esa tarde para cerrar la noticia del ascenso.
6:45 p. m.
A última hora de la tarde, la oficina se transforma en un hervidero de celebración. La cuenta Clairol no es una más: marca el acceso al sector premium de clientes en el mercado. Tácitamente, les guste o no a determinadas personas, es claro que mi participación ha sido la fuerza decisiva para quedárnosla. También está lo de mi ascenso, pero en un claro segundo plano, y con reacciones que distan de ser unánimes.
Los hombres reciben la noticia mejor que las mujeres, algo que no deja de sorprenderme. Jim Heekin es el primero en acercarse, con una copa de whisky en la mano. "Buen trabajo, Celia, los impresionaste a todos", dice, con una sonrisa demasiado perfecta, un brillo en los ojos que es una mezcla de asombro y ¿envidia? Es un hombre de modales impecables, pero percibo una punzada de sorpresa en su voz, como si la noticia fuera un resultado inesperado para él. "Te dije que lo lograrías", agrega después, y su rostro, generalmente serio, está radiante. Me abraza con una camaradería inesperada.
Gene Grayson, por su parte, me extiende la mano con una mezcla de respeto y recelo. "Felicitaciones, Celia", masculla, con la mirada en mi cabello. "Es una cuenta importante, deberá conservar ese rubio por un buen tiempo". El chiste es a la vez un saludo y un recordatorio de que ahora yo lo he superado, y la nueva dinámica le resulta incómoda. Es un hombre talentoso, pero no puede ocultar su decepción. Un momento después, sin embargo, algo cede en él: "Eres buena. Nadie en su sano juicio podría negar eso", dice, y esta vez su voz, a pesar de todo, revela un respeto que no le había visto antes.
El contador se limita a estrecharme la mano con una rigidez que bordea lo incómodo. "Es un logro notable, Celia", dice, con la voz plana. Su mirada es de asombro, como si la noticia fuera algo que desafía su visión del mundo. Para él, una mujer a cargo de una cuenta es algo más que una anomalía. Casi... algo contra la misma naturaleza de las cosas.
"Tal vez no sea del todo malo que una cuenta tenga una mujer vistosa, si eso los deja contentos a los de Clairol. Tal vez debamos buscar un corredor de mascar para que dirija la de Ford", dice. No sé si me alaba o me está riñendo.
De las mujeres, Isabel, la mecanógrafa del área de alimentos, me dice que me envidia. Y no en el mejor sentido. El saludo de la secretaria de Heekin es mucho más tenue, casi obligado. Y al entrar al baño puedo escuchar a Maribel, la recepcionista, preguntándole a otra con quién estaría saliendo yo de los jefes para haber conseguido ese puesto, mientras se retocan los labios frente al espejo.
Salgo de ahí, molesta, casi antes de terminar de entrar.
"Ahora sí eres uno más de los chicos", me dice alguien, entre risas.
Sonrío, para no mandarlo al carajo. Brian algo, de los novatos que van a meter en mi equipo. Diez años menos que yo en la agencia, y no tiene problemas en tratarme de tú a tú. Tras pensarlo rápido, tomo el guante verbal y le pago con la misma moneda:
"Pienso, habida cuenta de que están en mi equipo, que son ustedes ahora parte de las chicas".
Pero en medio de los aplausos y el ruido, siento una profunda soledad. Es mi momento de gloria, esperado por tanto tiempo, y no lo disfruto en lo absoluto. Se fijan más en mi cabello que en lo que pueda decirles. Finalmente he emprendido el camino a la cima, pero no veo en él más que vanidades y envidias. Que esté ahí, y no con mi familia, después del horario de oficina, produce el décimo ataque de culpa del día.
Miro alrededor, en medio de los brindis. Heekin, en su segundo matrimonio en cuatro años. Grayson, que habla de sus propios hijos como quien habla de inquilinos con los que comparte casa. El gerente de cuentas de otra agencia, cuyo divorcio circula por los pasillos como uno de esos secretos que todos conocen y nadie nombra en voz alta. No hay uno solo, entre los que han llegado lejos en ese edificio, que lo haya hecho sin dejar algo importante roto en el camino.
Me despido antes de que la reunión termine y, por tercera vez, tomo un taxi. Esta vez, de vuelta a casa. Debería comprar acciones en alguna compañía, pienso.
Necesito llegar a casa y ver que mi familia sigue allí. Que sigo teniendo un marido e hijas que me quieren, a pesar de mis ausencias.
9:20 p. m.
Entro por la puerta principal para encontrar la casa en silencio. Solo de la cocina se dejan escuchar voces. Contra lo que es usual, no me esperan para cenar.
Durante todo el camino me ha inquietado cómo va a reaccionar Michael a mi nuevo color de cabello. Yo misma no sé muy bien qué pensar al respecto. Sigo sin encontrarme, por más que haya servido a mis propósitos. No me gusta llamar la atención, pero si no lo hago en mi trabajo, seguiré siendo invisible.
Entro tímidamente en la cocina. Todas están sentadas a la mesa, comiendo las niñas la cena hecha en el horno por María. Noto que Michael no tiene ningún plato servido, y me parece raro que esté ahí sentado, con las niñas, sin cenar él también. Pienso preguntarle, pero se me pasa apenas lo veo ponerse de pie.
"Te dije que mamá se había teñido el cabello", le echa en cara Mili a Alice, que me mira con los ojos muy abiertos, como si estuviera decidiendo si es realmente su madre a quien ve.
Michael, en la cabecera de la mesa, con solo una copa de vino, me dirige una mirada de asombro antes de ponerse de pie.
"¿Celia?", pregunta con suavidad.
No puedo evitar que mis mejillas tomen color. Puedo sentir que se me sube la sangre a la cara. No lo he hecho por él, ni siquiera por mí.
"¿No te gusta?", pregunto, con indisimulada esperanza.
Michael solo se queda ahí, de pie, mirándome con la boca abierta. Realmente lo he descolocado esta vez, y no tengo la menor idea de si es algo bueno o malo.
"Pues...".
Mi personalidad catastrófica y culpógena no puede evitar anticipar lo que esté pensando.
"Lo odias, ¿verdad?".
Al fin, una sonrisa reemplaza su expresión atónita. Y, para mi alivio, dice:
"Oye, Grace Kelly, ¿qué has hecho con mi esposa?".
Lo dice en un tono tan jovial que no puedo evitar sonreír. Lo que menos me siento a esa hora, exhausta y con dolor de pies, es como la dichosa Grace. Al menos a Michael le gusta cómo me veo. No deja de observarme durante toda la cena, comentando lo espléndida que luzco. Lo cual, agotada tras un día por demás agitado, es un bálsamo para mi autoestima.
Los miro a los tres, ahí sentados —Michael con su copa, las chicas peleando entre risas por el último trozo de pan en la cesta—, y pienso que pocas mujeres tienen tanta suerte como yo. Una familia así no se consigue con talento ni con trabajo duro; simplemente se tiene o no se tiene, y a mí me ha tocado. Y sin embargo, ahí estoy, incapaz de quedarme del todo en esa mesa. Una parte de mí sigue en la agencia, calculando qué necesita la cuenta de Clairol al día siguiente, mientras la otra finge estar presente. Nunca logro estar plenamente en ninguno de los dos lados. Tengo la bendición delante de los ojos y, aun así, no consigo sentarme a disfrutarla sin que el trabajo me llame desde algún rincón de la cabeza.
10:05 p. m.
Cuando entro al cuarto, las encuentro paradas sobre la cama, envueltas en la bata estampada que me puse esa mañana en lo de Beth y que nunca colgué. Se la han robado del respaldo de la silla y se turnan unos viejos gemelos de teatro —los mismos con los que Michael y yo fuimos a la ópera, hacía siglos— para espiar, según ellas, un barco pirata que cruza por la ventana, aunque desde ahí no se vea más que el edificio de enfrente.
"Somos espías", anuncia Mili, con los gemelos pegados a la cara. Alice, más seria, sostiene que el barco ya ha pasado y que yo lo he hecho asustar con la luz del pasillo.
Me río, por primera vez en el día sin que me cueste ningún esfuerzo, y les doy un rato más antes de convencerlas de meterse bajo las sábanas.
Cuando por fin largan los gemelos, las dos se me tiran encima entre risas, una de cada lado, en un abrazo que casi me tumba contra el respaldo de la cama. Nos quedamos así un rato, las tres apretadas, riéndonos de nada, hasta que se les va calmando la risa sola.
Ya en pijama, las abrazo, cansada, y tomo el libro. Me siento en la alfombra entre ellas y empiezo a leer, pero el cansancio es una marea que me arrastra. El paso a la cama es peor, para el cansancio que tengo. La voz se me va apagando. La luz cálida de la lámpara de noche y el murmullo de mis propias palabras me arrullan, y me quedo dormida, el libro abierto en las manos.
Es Alice quien me despierta con un suave tirón de la mano. Me pongo de pie, aturdida, esperando encontrar a Michael ya en la cama, leyendo. Mili le pregunta a su hermana si deben arroparme como yo hago con ellas. Les doy las buenas noches y voy a mi cuarto, esperando llegar con los ojos abiertos a la cama. Pero cuando entro al dormitorio lo encuentro de pie frente al espejo, anudándose la corbata.
"Pensé que ya te habías vestido", me dice, con una sonrisa que no logra esconder. "Tenemos una ocasión especial hoy, ¿o lo olvidaste?".
Niego con la cabeza. "Por supuesto que no", miento. No recuerdo nada, por más que lo intento. "Dame cinco minutos y estaré lista", agrego, mintiéndole otra vez.
10:40 p. m.
No quiero que me explique nada más. Sobre todo, para no quedar en evidencia. Me pongo el vestido negro que tengo colgado detrás de la puerta, guardado para una ocasión como esta, y bajamos.
El lugar es un salón clásico, de esos con araña de cristal en el centro del techo y manteles blancos que llegan hasta el piso, del que Michael me había hablado hacía meses sin que yo le prestara demasiada atención. Un mozo de guantes blancos nos conduce hasta una mesa junto a la pared; el maître, que parece conocer a Michael de antes, se acerca después a saludarnos con una reverencia breve.
Recién ahí, con la canasta de pan por delante y una copa de vino que el mozo está sirviendo, Michael se pone serio de golpe, de una forma que no le conocía.
Me mira con una sonrisa amable.
"En verdad me encanta cómo te ves, pero no tenías que hacerlo por lo nuestro", me dice.
"¿Lo nuestro?".
Me mira, advirtiendo entonces que yo no tengo la menor idea de a qué se refiere.
"¿Qué día es hoy, cariño?", pregunta, con una voz suave.
Me quedo en silencio, repasando mentalmente la semana, la agenda de reuniones. No recuerdo. El corazón me da un vuelco al ver la sombra de la desilusión en su rostro.
"Es nuestro aniversario, Celia", dice, y su sonrisa es un poco triste. "Pensé que te habías aclarado el pelo para celebrarlo".
Las palabras me golpean como una bofetada. La invitación a tomar algo después del trabajo. La cena de a dos que él ha estado planeando, seguramente, desde hacía semanas, mientras yo ni siquiera lograba recordar la fecha. Mi rubio de salón, del que me he valido para obtener esa cuenta en la reunión de la mañana, es para él una ofrenda a nuestro matrimonio. Me siento avergonzada y miserable, ahí, sentada bajo esa araña de cristal, con el mozo yendo y viniendo. El éxito profesional, por primera vez, no me trae alegría, sino el sabor amargo del fracaso personal.
Le cuento entonces el porqué del cambio de color. Me mira con admiración al enterarse. Ojalá yo pudiera sentirme de esa forma.
"Fue muy audaz de tu parte".
"Eso creí, pero solo he sido una tonta. Pensé que hacerlo demostraría mi compromiso con el producto, y que una mujer está en mejores condiciones de hacer publicidad de un tinte. Pero solo me pusieron a cargo porque me veía bien siendo rubia".
"Yo, en cambio, creo que les ganaste en su propio juego".
"Me consideras demasiado, Michael".
"Y tú, demasiado poco, para todos esos grandes sueños que hay dentro de ti. A propósito, me estoy olvidando de darte algo".
Saca del bolsillo del saco una pequeña caja de terciopelo. Me encojo. "Feliz aniversario, Celia", me dice, abriendo la caja. Dentro, un sencillo anillo de oro con una pequeña perla. "Vi esto y me pareció perfecto para regalártelo. Es un poco como nosotros. Sencillo, pero fuerte. Y tú eres la perla de nosotros".
Se me llenan los ojos de lágrimas. "Michael, yo... no compré nada. Lo olvidé por completo".
"No me hace falta un regalo. Tenerte es más que suficiente", me asegura.
Parece sincero. Apoyo la cabeza en su hombro un momento, sin decir nada, mientras el mozo se lleva los platos. Me siento aliviada y abrumada por su generosidad. Es un hombre maravilloso. Y cuanto más lo constato, a lo largo de los años juntos, más crece mi temor de perderlo. Soy consciente de que recibo de él mucho más de lo que le entrego.
11:30 p. m.
Volvemos a casa con la copa de más que Michael ha insistido en pedir para brindar. En el auto no hablamos demasiado; me toma la mano sobre la palanca de cambios y no la suelta en todo el trayecto.
Miro por la ventanilla las luces de la ciudad pasando y pienso en la mujer que fui antes de todo esto. Yo nunca tuve la idea de casarme. Mucho menos la de tener hijos. Lo mío era poseer un título universitario y una carrera propia. Por eso me había mudado a Nueva York, sola, sin nadie que me lo pidiera. Una amiga me arrastró a una cita con dos marines. Michael era un joven teniente segundo, recién salido de Escuela Básica para Oficiales en Quantico, Virginia; debía partir a Corea en unos días. Oriundo de Montana, era la primera vez que estaba en la ciudad. Pareció interesarle toda mi charla sobre las distintas teorías publicitarias. Después de la cena me acompañó hasta mi departamento. Me gustó la charla. En realidad, hablé yo bastante más que él. Por primera vez hallaba a un hombre a quien no le molestaba lo que pudiera decir, que fumara o que tuviera puntos de vista políticamente incorrectos. Al llegar al edificio, me preguntó si podía escribirme. Le dije que sí, sin darle mayor importancia al tema.
Las cartas empezaron a llegar. Era increíble que las escribiera desde la guerra —tan optimistas, tan alegres, tan ocurrentes—. Empecé a contarle mis cosas. Para cuando quise darme cuenta, le escribía casi tanto como él a mí. Michael se me declaró por carta. Yo, después de pensarlo mucho, le dije que sí. No quería desilusionar a alguien que lidiaba tan de cerca con la muerte. Pensé que podría aclarar las cosas cuando volviera. Graduarme era primero, y después la carrera. Sin marido ni hijos que se interpusieran.
Pero cuando Michael volvió —con una Estrella de Bronce al Valor prendida en el pecho, el grado de capitán, y tan apuesto como el día en que nos conocimos—, volvimos a hablar, y descubrí que no quería separarme de él.
No sé bien en qué momento cambié de parecer. Tal vez fue durante esos meses en que cada carta suya podía ser la última, y entendí que la clase de vida que había planeado no significaba nada si no lo tenía a él para compartirla. De la forma más casual había dado con un hombre al que no espantaba mi particular forma de ser, que parecía no solo interesado en mí, sino que me admiraba como si fuera una heroína, a pesar de ser él quien estaba luchando una guerra. Palabra a palabra, frase a frase, sus cartas me hicieron darme cuenta de que no era solo admiración lo que sentía —la primera que tenía de alguien—. Se trataba además de una persona que creía en mí más que nadie. Incluso más que yo misma.
Aun así, luché a escondidas con mis sentimientos, antes de rendirme a lo inevitable: me había enamorado.
Yo, que había jurado no casarme jamás, empecé a buscar el vestido perfecto, y terminé casándome de blanco, en una iglesia católica. Él, como su familia son muy devotos. Michael se mudó a Nueva York conmigo. Tenía una oferta esperándolo en Montana, en el estudio de un tío, algo seguro y conocido, sobre todo después de destacar en el Cuerpo de Ingenieros de Combate de los Marines. La rechazó sin pensarlo dos veces. Nueva York era mi ciudad, no la suya, y aun así empezó de cero ahí, sin conocer a nadie, mientras yo seguía terminando la carrera.
Luego de la universidad y a pesar de poseer un título en publicidad, mi primer trabajo fue de mecanógrafa, no de redactora. De hecho, fue Michael quien me lo consiguió en una reunión de veteranos. Gene Grayson había sido también marine, y peleado en Corea en la 1.ª Ala de Aviación de los Marines.
Michael fue el único que nunca dudó que yo iba a llegar más lejos que eso. Las noches que volvía tarde, sin haber logrado nada, me escuchaba quejarme sin decirme nunca que lo dejara. Todo lo contrario. Me decía que no aflojara, que los sueños solo son para quienes tienen la paciencia y el coraje de esperarlos.
Le dejé en claro que iba a esperar para los chicos, y él lo aceptó. Concebimos a Mili unos días después de que me gradué. Después vino Alice, sin aviso previo.
Los primeros meses, antes de que pudiéramos pagar a alguien como María, era Michael quien se quedaba despierto planchándome la blusa para el día siguiente, mientras yo repasaba anuncios ajenos tratando de entender por qué funcionaban.
Cuando nació Mili, y después con Alice, era Michael quien se levantaba de madrugada a cambiar pañales y calmar el llanto, para que yo pudiera dormir antes de ir a la oficina. Nunca me lo reprochó, ni una sola vez, aunque lo viera al otro día con los ojos hinchados por el sueño perdido. Yo dormía. Él no.
Y ahí estaba yo, quince años después de haber jurado que jamás sería una de esas mujeres, sentada en un auto a medianoche, dejando que un hombre me llevara a casa. La independencia que había venido a buscar a esta ciudad se me había ido escurriendo, carta por carta, sin que en ningún momento sintiera que la estaba perdiendo.
Michael era el hombre soñado para cualquier mujer. Incluso para las que tienen toda clase de prevenciones sobre los hombres, como yo misma. Y, sin embargo, no lo disfrutaba. Muchas veces pensé en dejarlo todo y gozar de la vida como ama de casa. Tal como hacía la mayoría de mis conocidas. Pero sabía que tampoco sería feliz así, ni plena de ese modo. Estaba atrapada, sin remedio, entre dos mundos que parecían incompatibles.
11:55 p. m.
Ya en casa, él me susurra: "No me molesta si solo dormimos, amor. Te ves cansada. Ya festejamos". Estoy exhausta, pero yo no me doy por vencida. Camino hacia el baño. Quiero darle algo más que una noche de aniversario que ha estado a punto de terminar en un olvido. Salgo poco después en un negligé negro, corto, y siento la emoción de los primeros tiempos otra vez. Jamás olvidaré la mirada de Michael cuando me ve acercarme a la cama.
"Quién diría que terminaría la noche con una rubia tan sexy".
"¿De verdad me veo así?", no puedo evitar preguntarle.
Destapa una botella de Dom Pérignon que tenía guardada y llena dos copas.
"Puedes apostarlo".
Tomo la copa que me ofrece, en tanto le confieso: "Las veces que me miro, temo parecer una rubia tonta".
"Nunca podrías parecer tonta, cariño. Cualquiera sea tu color de cabello".
Bebemos en silencio, todavía disfrutando de mi parte esas palabras. Me abraza y puedo sentir su excitación creciente. Nos acostamos en la cama, y él me abraza con fuerza. Nuestros labios se encuentran, y la angustia del día se desvanece. Le correspondo, pero el cansancio es una marea que me arrastra. Trato de resistir, pero es en vano. Un momento después, me quedo dormida en sus brazos, a mitad de hacer el amor.
Michael me despierta suavemente. "Celia, ¿estás bien?".
Despierto, aturdida. Las lágrimas, que he estado conteniendo todo el día, caen por mi cara. "No, no lo estoy", sollozo. "Me siento tan cruel. Cada día, cuando vuelvo a casa, siento que dejé una parte de mí en el camino. Las chicas, tú... los estoy dejando de lado. Y no puedo parar".
Me abraza con ternura. "Celia, mírame. Nunca te pedí que pararas. Estoy contigo, para apoyarte. Como siempre".
"Yo no. Nunca estoy para ustedes".
"Tu carrera es importante y lo entiendo".
"Comprendería si quisieras separarte, para tener una esposa que te preste más atención. Aunque me destruyera por dentro".
"Celia, no digas tonterías. Sabía que querías esto cuando nos casamos. Y me gusta lo que estás logrando. Además, el hecho de que me digas eso... demuestra que no perdiste nada. Yo también estoy loco por ti".
"¿Por qué entonces no puedo dejar de sentirme terrible?".
"Porque estás cansada luego de un día emocionante. Solo es eso".
Me acerca un pañuelo y me seco las lágrimas. Luego me abraza otra vez.
En sus brazos siento una calma profunda. La culpa no se va, pero por un instante la siento menos pesada. No estoy sola en esta lucha. Él es mi ancla, y sin él sé que mi faro se apagaría.
Es recién entonces, ya casi dormida contra su pecho, cuando lo pienso por primera vez en todo el día: mañana es jueves. El acto es el viernes. Y no he llamado a la escuela para avisar que no voy a poder ir. Tampoco le he dicho a Mili que esta vez tampoco podrá ser, por más que trate. No puedo, por más que quiera no defraudarla. Ese viernes será la reunión de traspaso de la cuenta Clairol, justo a esa hora.
Sé que Michael va a hallar el tiempo para estar allí e intento animarme pensando en que Mili lo va a entender, aun cuando se moleste conmigo al principio. Sí, va a terminar por entenderlo. O, más bien, disculpar a su madre por no estar allí. Una vez más. De alguna forma, vivir con gente tan comprensiva solo me hace sentirme peor. No puedo dejar de sentir que los dejo de lado, aunque lo comprendan.
Hay un pensamiento que vuelve siempre, más incómodo que cualquier otro, y esa noche no es la excepción: que algún día voy a tener mi propia agencia, mi nombre en la puerta, tal como lo he soñado desde el primer día mecanografiando texto y que he empezado a palpar, al fin, esa misma tarde. Pero siento que lo voy a obtener al precio de haber hundido mi matrimonio con Michael. Con el costo de que mis hijas, ya crecidas, me traten con la misma distancia cortés que se le ofrece a una desconocida, por todos los años en que no he estado. Y, peor que todo eso, verlo a él con otra mujer. Una que sepa compartir con él lo que yo nunca aprendí a darle.
Puedo sentir que va a pasar, como quien presiente la tragedia, sin poder hacer nada para evitarla. Solo rogar estar equivocada.
Tal vez algún día la humanidad llegue a pisar la Luna. Y tal vez, para entonces, las mujeres podamos atender a una familia y a una carrera al mismo tiempo, sin que una le cueste la otra. Me quedo dormida pensando eso.



.jpg)

.png)







