Camaleonas: el oficio de ser otra


 

por Luis Carranza Torres

Toda espía es, antes que nada, una actriz que no puede salir de escena. El espionaje real lo sabe desde siempre: el valor de un agente no está tanto en lo que roba como en lo que logra parecer. Y la ficción, que vive de máscaras, encontró en la mujer espía uno de sus tópicos más más fértiles a la hora de lograr personajes entrañables, sobre todo por su dualidad.

Claro que durante mucho tiempo novelas y películas la redujeron a un único papel: la seductora. Un cuerpo puesto al servicio de un secreto, casi siempre al servicio de un hombre que movía los hilos por detrás. Con los años el molde se fue resquebrajando para mejor. Apareció la agente que piensa, que calcula, que duda, que incluso trabaja para sí misma. 

Por supuesto, no son simples espías sino que además, simuladoras de vidas. Se trata de camaleones, alguien capaz de ser alemana, francesa o italiana y cambiar de historia según convenga.

De Milady a Mata Hari: la seductora fatal

La genealogía literaria tiene una madre temprana y temible. En Los tres mosqueteros (1844), Alejandro Dumas creó a Milady de Winter, agente del cardenal Richelieu, bella, inteligente y sin escrúpulos. Milady miente, seduce, cambia de nombre y de pasado, y termina pagando con la cabeza. Dumas le concedió una astucia superior a la de casi todos los hombres de la novela, pero la castigó por usarla.

La historia real aportó después el mito definitivo. Margaretha Zelle, bailarina holandesa conocida como Mata Hari, fue fusilada por los franceses en Vincennes en octubre de 1917, acusada de espiar para Alemania. Su culpabilidad efectiva todavía se discute: hay historiadores que la ven más como un chivo expiatorio, en un año de derrotas, que como una agente eficaz. Pero eso importó poco. Su nombre quedó como sinónimo de mujer que vende secretos en la cama.

El cine se apropió del mito apenas tuvo sonido. En 1931 se estrenaron dos películas que fijaron el molde: Mata Hari, con Greta Garbo, y Dishonored, de Josef von Sternberg, con Marlene Dietrich como la agente X-27. Ambas mueren frente a un pelotón. La espía de entreguerras podía ser fascinante, pero el relato no la dejaba sobrevivir a su propia audacia.

Hitchcock y la mujer fabricada

Nadie entendió mejor que Alfred Hitchcock la relación entre espionaje, deseo e identidad. En Notorious (1946), Ingrid Bergman interpreta a Alicia Huberman, hija de un traidor, a quien la inteligencia norteamericana recluta para infiltrarse en un círculo de nazis refugiados en Río de Janeiro. El método es el de siempre: debe casarse con uno de ellos. Lo novedoso es que Hitchcock muestra el costo. Alicia es usada por todos, incluido el agente que la ama, y la película no oculta la incomodidad de esa transacción.

Vértigo (1958) no es una película de espías, pero contiene el núcleo de todas ellas. Judy Barton acepta convertirse en Madeleine Elster para servir al plan de otro hombre. Luego Scottie, obsesionado con la muerta, vuelve a fabricarla: le cambia el pelo, la ropa, el andar. La mujer como identidad construida por terceros, como superficie sobre la que los hombres proyectan lo que necesitan.

Ese es el trasfondo sobre el que se levanta El juego de las dudas, concebida como homenaje a Vértigo. Y es también lo que la vuelve interesante: Eloísa conoce el juego de las identidades fabricadas desde adentro, pero se niega a ser la Judy de nadie. Cuando se pone una máscara, la elige ella.

Guerra Fría: de las chicas Bond a Le Carré

La Guerra Fría multiplicó a las espías de ficción, aunque no siempre les dio más espesor. Ian Fleming creó a Vesper Lynd en Casino Royale (1953), agente británica que trabaja en secreto para los soviéticos porque la chantajean, y a Tatiana Romanova en Desde Rusia con amor (1957), cabo soviética usada como carnada. Ambas son piezas en un tablero que mueven otros. El cine de la saga terminó de convertir a la espía en adorno.

John le Carré fue por el camino contrario. En La chica del tambor (1983), Charlie es una actriz inglesa que el servicio israelí recluta precisamente por su capacidad de interpretar. La novela es un tratado sobre el precio de vivir dentro de un personaje que otros escribieron para vos. La adaptación televisiva de 2018, dirigida por Park Chan-wook, recuperó esa angustia.

La realidad, mientras tanto, iba por delante. Markus Wolf, jefe del espionaje exterior de Alemania Oriental durante más de tres décadas, fue llamado en Occidente "el hombre sin rostro": los servicios occidentales no supieron cómo era hasta que la policía de seguridad sueca lo fotografió en Estocolmo en 1978. Wolf perfeccionó además el uso de la seducción como método: sus llamados "Romeos" eran agentes varones enviados a enamorar a secretarias de los ministerios de Bonn. En esa lógica, la mujer seguía siendo la víctima del juego, no la jugadora. Durante años se dijo que Le Carré se había inspirado en él para crear a Karla, su gran adversario soviético, algo que el novelista negó.

Las espías de la pantalla contemporánea

El giro llegó en los noventa y se consolidó con la televisión de este siglo. Nikita (1990), de Luc Besson, todavía cuenta la historia de una mujer fabricada por un servicio secreto, pero ya pone el foco en su deseo de escapar. Alias (2001-2006) hizo de Sydney Bristow una agente doble que descubre que toda su vida fue una operación ajena.

Luego vinieron personajes con más claroscuros. En The Americans (2013-2018), Elizabeth Jennings es una oficial del KGB que vive como ama de casa en los suburbios de Washington; la fidelidad a la causa es más firme en ella que en su marido. Le Bureau des Légendes (2015-2020), la serie francesa sobre los agentes encubiertos de la DGSE, toma su nombre de las "leyendas", las identidades falsas que el servicio construye para cada uno. Killing Eve (2018-2022) llevó el juego al extremo con Villanelle, asesina que cambia de acento y de vestuario como quien cambia de humor.

El cine siguió una línea parecida. Red Sparrow (2018), basada en la novela de Jason Matthews, retoma el tópico de la seducción entrenada, pero desde la perspectiva de una mujer que termina usando contra sus instructores lo que le enseñaron. Atomic Blonde (2017), adaptación de la novela gráfica The Coldest City, sitúa a una agente del MI6 en el Berlín de noviembre de 1989, días antes de la caída del muro. Berlín, otra vez, como escenario natural del engaño.

Luc Besson volvió sobre su propia Nikita en Anna (2019). Anna Poliatova es una joven moscovita reclutada por el KGB que se instala en París como modelo, mientras cumple encargos como asesina. Cuando descubre que el servicio no piensa liberarla, y la CIA también la quiere para sí, decide enfrentar a ambos para recuperar su vida. De todas las espías recientes, quizá sea la más cercana a Eloísa: la que entiende que la única salida es jugar en los dos tableros a la vez.

Eloísa Manfredi: la camaleona que trabaja por su cuenta

Eloísa Manfredi reúne casi todas las líneas de esa tradición y, a la vez, las tuerce. Tiene la belleza y el misterio que la ficción siempre exigió a sus espías. Tiene un pasado en el corazón mismo de la Guerra Fría: la Stasi la entrenó y Markus Wolf, el hombre sin rostro, fue su mentor y algo más. Pero hay algo que la separa de Milady, de Alicia Huberman o de Tatiana Romanova. Nadie la maneja.

En el mundo de los secretos la llaman "camaleón": alguien que, por su fisonomía y su dominio de idiomas y costumbres, puede pasar por alemana, francesa, inglesa o italiana. Esa habilidad, que para cualquier servicio de inteligencia era un capital valioso, ella la convirtió en patrimonio propio. Fue Heller, Normand, Binoche; fue Bertha y Danielle. Ahora es Manfredi, un apellido que suena a regreso a sus raíces. Cada nombre es una capa, y el lector nunca está del todo seguro de cuál es la piel verdadera.

Lo más singular de su historia es la forma en que salió del sistema. El afecto de Wolf le permitió dejar la Stasi y tomar otros trabajos sin que la eliminaran. Desde entonces es una profesional independiente, una free lance que cruza el muro en una u otra dirección según quién pague, con la astucia suficiente para no quedar mal con nadie. En la tradición del género, esa independencia es casi una herejía. La espía de ficción solía pagar con la vida el atreverse a decidir.

Esa libertad tiene un precio, y las novelas no lo esconden. En una de las escenas clave, un hombre que dice ser del Instituto Tecnológico de Massachusetts la reconoce, recita sus nombres anteriores y la amenaza con cerrarle Estados Unidos, Italia, Francia, Alemania Federal, España y Canadá. Ella sostiene la mentira, devuelve la ironía y sonríe. Él responde en inglés, sin rodeos: The Company is the power. La CIA, los soviéticos, todos quieren lo mismo, y ella está en el medio.

Ahí está la clave del personaje. En 1970, en plena carrera por el microprocesador, el gran secreto ya no era el mineral de uranio escondido en botellas de vino, como en Notorious. Era tecnología, y la tecnología se cruzaba con el arte, el dinero y la política. Eloísa se mueve en ese escenario sin bandera. Su única lealtad es su propia supervivencia, y en algunos momentos ni siquiera esa le resulta del todo clara.

Si El juego de las dudas juega con la sombra de Vértigo, Eloísa es la respuesta a la pregunta que Hitchcock dejó abierta: qué pasaría si Judy hubiera sido ella quien escribía el guion.

Una espía sin dueño

De Milady a Villanelle, la mujer espía recorrió un largo camino: de instrumento a protagonista, de cuerpo usado a inteligencia que decide. Eloísa Manfredi se inscribe en ese recorrido desde un lugar propio. No es una víctima del sistema ni una heroína al servicio de una causa. Es alguien que aprendió las reglas en la escuela más dura de la Guerra Fría y decidió jugar por su cuenta.

¿Con qué resultado? Es complejo para decir, y existe la lectura de toda una novela de por medio para tratar de tentar una respuesta. 


Si quieres saber más sobre ella, tienes su novela en: https://caburelibros.ar/product/el-juego-de-las-dudas/


Para leer más en el tema en el blog:






SOBRE EL AUTOR DEL CUENTO: Luis Carranza Torres nació en Córdoba, República Argentina. Es abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor universitario y miembro de diversas asociaciones históricas y jurídicas. Ejerce su profesión y la docencia universitaria. Es autor de diversas obras jurídicas y de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016 y 2026), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019), Germánicus. El Corazón de la Espada (2020), Germánicus. Entre Marte y Venus (2021), Los Extraños de Mayo (2022), La Traidora (2023), Senderos de Odio (2024) y Vientos de Libertad (2025). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz y en 2015 Ganó la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires. En 2021 fue reconocido por su trayectoria en las letras como novelista y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba. Ganador en 2026 del Concurso Internacional de Cuento Histórico organizado por la Editorial La Cuarta Orilla. 



Simón, un ingeniero a punto de revolucionar el mundo de las computadoras, pierde a su esposa Francesca, una concertista tan bella como inalcanzable. Su muerte repentina lo deja atrapado entre el duelo y la pregunta de si alguna vez la conoció de verdad. 
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