Las novelas del muro


 

por Luis Carranza Torres


Una frontera hecha de hormigón y de relato

En la madrugada del 13 de agosto de 1961, los berlineses se despertaron con la ciudad partida al medio. Primero fue alambre de púas; después, bloques; con los años, un sistema de paredes dobles, torres de vigilancia, perros y franjas de arena rastrillada que el régimen de la República Democrática Alemana bautizó, sin ironía aparente, como "muro de protección antifascista". Duró veintiocho años, hasta la noche del 9 de noviembre de 1989, cuando un anuncio mal leído en una conferencia de prensa terminó con multitudes agolpadas en los pasos fronterizos y guardias que, por primera vez, no supieron qué hacer.

Pocas obras humanas han sido tan literarias. Un muro es, por sí mismo, una premisa narrativa: separa a quienes deberían estar juntos, obliga a elegir un lado, hace del cruce una aventura y de la sospecha una forma de vida. No es casual que la novela lo haya tomado casi desde el primer día, ni que siga volviendo sobre él más de tres décadas después de que lo derribaran a golpes de martillo.

Los espías que vinieron del frío

El primero en entender que el Muro era un escenario fue John le Carré. El espía que surgió del frío apareció en 1963, apenas dos años después de levantada la frontera, y su final ocurre exactamente allí, al pie de la pared, bajo los reflectores. Alec Leamas no es un héroe a la manera de Bond: es un hombre gastado al que sus propios jefes utilizan como pieza descartable. Le Carré convirtió al Muro en una metáfora moral antes que geográfica. De un lado y del otro se miente con la misma eficacia; la diferencia, si la hay, es de grado.

Un año después, Len Deighton publicó Funeral en Berlín, donde el problema es, otra vez, hacer pasar a alguien de un sector al otro. La novela de espionaje encontró en la ciudad dividida su laboratorio perfecto: un lugar donde la identidad era un documento, y el documento podía falsificarse.

Ian McEwan volvió a ese mundo en 1990, con El inocente. La historia transcurre en 1955, antes de que existiera el Muro, alrededor del túnel que los servicios occidentales cavaron bajo el sector soviético para interceptar las comunicaciones del adversario. Leonard Marnham, un joven técnico inglés, descubre que la guerra fría se pelea con cables, grabadoras y válvulas tanto como con pistolas. Es una intuición que conviene retener: la tecnología fue, desde el comienzo, uno de los frentes de esa contienda.

El cielo dividido

Los escritores alemanes, en cambio, no necesitaron espías. Les alcanzaba con las parejas.

Christa Wolf, desde el Este, publicó en 1963 El cielo dividido. Rita se queda en la RDA; Manfred, en Berlín occidental. La novela, escrita con todos los límites que imponía el realismo socialista, no se atreve a condenar el Muro, pero tampoco puede ocultar lo que el Muro hace: separar a dos personas que se querían y obligarlas a convertir esa separación en una toma de posición política. Uwe Johnson, que había cruzado al Oeste en 1959, contó una historia parecida en Dos puntos de vista (1965), y antes ya había explorado la división en Conjeturas sobre Jakob.

Peter Schneider, desde Berlín occidental, publicó en 1982 El saltador del muro, un catálogo de personajes que cruzan la frontera por razones que van de lo trágico a lo absurdo. De ese libro proviene una idea que sobrevivió a la caída: que derribar el muro que cada alemán llevaba en la cabeza iba a llevar más tiempo que demoler el de hormigón. La historia posterior le dio la razón.

Después de la caída

Cuando el Muro cayó, la literatura cambió de pregunta. Ya no se trataba de cómo cruzarlo sino de qué había quedado de quienes vivieron a su sombra.

Thomas Brussig eligió la sátira. En Héroes como nosotros (1995), su narrador sostiene, con una seriedad desopilante, que fue él quien provocó la apertura de la frontera. La risa, en ese caso, era una manera de quitarle solemnidad a una historia que la RDA había escrito siempre en tono de epopeya.

Otros prefirieron el fresco largo. Uwe Tellkamp retrató en La torre (2008) los últimos años de la burguesía ilustrada de Dresde, una novela que termina, como no podía ser de otro modo, en noviembre de 1989. Eugen Ruge siguió a cuatro generaciones de una familia comunista en En tiempos de luz menguante (2011). Y Jenny Erpenbeck, nacida en Berlín oriental, publicó Kairos (2021), la historia de un amor desigual entre una joven y un escritor mayor que se desgasta al mismo ritmo que el país que los contiene. Con ella ganó el International Booker en 2024.

En todas estas novelas el Muro ya no aparece tanto como pared sino como clima: algo que se respiraba, que condicionaba lo que se decía y lo que se callaba, y que siguió operando aun después de haber desaparecido.

Los muros que no se ven

Todo esto me lleva, inevitablemente, a El juego de las dudas. La novela transcurre en 1970, lejos de Berlín, entre Florencia y Buenos Aires. Pero 1970 es un año de plena guerra fría: el Muro llevaba casi nueve años en pie, y la competencia entre los bloques no se libraba sólo en los pasos fronterizos sino también, y cada vez más, en los laboratorios.

El trasfondo de la historia es la carrera por el microprocesador, que a fines de los sesenta y comienzos de los setenta definía quién iba a controlar la tecnología del porvenir. Lo que McEwan intuyó con el túnel de 1955 se volvió, quince años después, la regla del juego: el secreto valioso ya no era un plan militar sino un diseño de circuitos, y el espía más eficaz no era el que saltaba una pared sino el que conseguía una copia. Occidente restringía con celo la exportación de tecnología sensible hacia el bloque soviético; esa restricción, como todo muro, generaba de inmediato el deseo de burlarla.

Hay además otro parentesco, menos evidente. El juego de las dudas está construida como un homenaje a Vértigo, de Hitchcock, una película sobre una mujer que es y no es quien parece. La novela del Muro trabaja con la misma materia: identidades dobles, documentos falsos, lealtades que se dan vuelta. Berlín fue durante veintiocho años una ciudad con dos versiones de sí misma, y quien la habitaba aprendía pronto que nadie es del todo lo que dice ser. Esa es, en el fondo, la duda que da nombre a mi novela.

Lo que queda en pie

Del Muro de Berlín quedan hoy algunos tramos convertidos en museo, una línea de adoquines que marca su trazado y miles de fragmentos repartidos por el mundo como souvenirs. Lo que sigue intacto es lo que dejó en la literatura: la certeza de que las fronteras más difíciles de cruzar son las que se levantan dentro de las personas.

Quizás por eso seguimos leyendo y escribiendo sobre él. No para recordar una pared, sino para entender qué hace la desconfianza con quienes deben vivir a su lado. Esa pregunta no caducó en 1989. Vuelve, con otros ropajes, cada vez que la técnica, la política o el miedo nos obligan a preguntarnos de qué lado estamos y quién es, de verdad, el que tenemos enfrente.


Para leer más en el tema en el blog:






SOBRE EL AUTOR DE LA NOTA: Luis Carranza Torres nació en Córdoba, República Argentina. Es abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor universitario y miembro de diversas asociaciones históricas y jurídicas. Ejerce su profesión y la docencia universitaria. Es autor de diversas obras jurídicas y de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016 y 2026), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019), Germánicus. El Corazón de la Espada (2020), Germánicus. Entre Marte y Venus (2021), Los Extraños de Mayo (2022), La Traidora (2023), Senderos de Odio (2024) y Vientos de Libertad (2025). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz y en 2015 Ganó la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires. En 2021 fue reconocido por su trayectoria en las letras como novelista y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba. Ganador en 2026 del Concurso Internacional de Cuento Histórico organizado por la Editorial La Cuarta Orilla. 



Simón, un ingeniero a punto de revolucionar el mundo de las computadoras, pierde a su esposa Francesca, una concertista tan bella como inalcanzable. Su muerte repentina lo deja atrapado entre el duelo y la pregunta de si alguna vez la conoció de verdad. 
En Florencia, mientras cumple su última voluntad, se cruza con Eloísa: una mujer que es y no es Francesca. El mismo rostro, otra vida. 
Lo que empieza como una obsesión por un parecido imposible se enreda con otra trama: el prototipo que Simón desarrolla en secreto, y que gobiernos, agentes extranjeros y hasta su propia familia están dispuestos a lo que sea por conseguir. 
Su vida se convierte en una sucesión de dobles intenciones, tratos peligrosos y pasiones sin medias tintas. Entre Buenos Aires y la Toscana, El juego de las dudas narra el amor como un territorio incierto, donde nunca se sabe del todo a quién se ama, ni por qué. Una novela sobre el deseo, la identidad y esa zona gris donde no existen certezas.

Lo más leído

Imagen

La creación del cero