Una loba de otro pelaje (cuento)

 


por Luis Carranza Torres


 08:10 — Una peluquería de la Hauptstraße, Schöneberg. Berlín Occidental, octubre de 1967

 

La peluquera tenía las uñas pintadas de un rosa nacarado y la costumbre de hablar del tiempo. Eloísa le dio la razón en todo: que el otoño llegaba cada año más temprano, que la ciudad estaba cada vez más cara, que los estudiantes de la Universidad Libre ya no respetaban nada. Le pidió un rubio nórdico, bien claro. Dijo que se lo había visto a una actriz en una revista, sin decir cuál, y la mujer no preguntó. Una hora y media después pagó y dejó una propina razonable, ni mezquina ni generosa, de las que no se recuerdan. Salió a la calle con otra cabeza.

En los pisos de confección del KaDeWe compró una pollera gris de lana, una blusa celeste algo ajustada y un abrigo azul marino idéntico a otros cuarenta que colgaban del mismo perchero. Se cambió en el probador y, antes de salir, se colocó los lentes de contacto teñidos. Le lagrimearon los ojos un rato, como siempre, hasta que el mundo dejó de verse borroso. La ropa de Élise terminó en una bolsa de papel, y la bolsa en un tacho de basura de la Wittenbergplatz. Antes de bajar al subte se miró de reojo en una vidriera. Bertha Heller le devolvió la mirada con sus ojos azules: una empleada de seguros de Hamburgo, de visita en Berlín, algo tiesa, con la cartera de cuero duro sostenida con las dos manos y su melena rubia, clara y suave.

De la francesa no quedaba nada. En el fondo de la cartera llevaba un paquete de HB, como correspondía a Bertha. Y un encendedor de oro que no tenía por qué seguir llevando. Ésa era otra excepción a sus reglas, y prefería no pensar en ella.

 

10:45 — Paso fronterizo de la Heinrich-Heine-Straße, lado oriental

 

Era un paso pensado más para camiones que para personas. Por allí se controlaban las mercaderías y la correspondencia entre las dos mitades de la ciudad. Del lado occidental se entraba por la esquina de la Sebastianstraße y la Prinzenstraße. Del lado oriental, unas barreras dispuestas en zigzag obligaban a los autos a avanzar a paso de hombre. Las habían puesto después de que un camión intentara llevarse todo por delante, años atrás. Del conductor, nadie hablaba.

Hizo el canje obligatorio, deslizó el pasaporte por la ventanilla y esperó. El pasaporte desapareció hacia algún lugar que ella no veía. Pasaron cinco minutos, después diez. A los veinte, una mujer de uniforme, con el pelo tirante bajo la gorra, abrió una puerta lateral.

—Frau Heller. Kommen Sie bitte mit.

La habitación tenía una mesa de fórmica, dos sillas, un perchero sin nada colgado y un retrato de Ulbricht que parecía mirarla con una leve desaprobación. La mujer de uniforme vació la cartera sobre la mesa, pieza por pieza: la polvera, el lápiz de labios, un pañuelo, la billetera, un peine, el paquete de HB. Después sacó de un bolsillo interior un atado de Lucky Strike sin abrir. Lo sopesó en la palma de la mano. Lo miró de un lado y del otro. Eloísa la miraba hacer con el aire aburrido de quien espera un tranvía que se demora.

El atado de Lucky Strike no era para fumar. Le habían pagado para llevarlo hasta Pankow y no había preguntado por qué.

La mujer lo dejó sobre la mesa, junto a lo demás, y salió sin decir palabra. La puerta quedó cerrada. Eloísa no probó si tenía llave; sabía que sí.

Esperó. Contó las baldosas del piso, ochenta y cuatro. Las manchas de humedad del cielorraso, siete. Las veces que se oyó un motor de camión detrás de la pared, dieciocho, hasta que se aburrió de contar. Tenía el pulso quieto. Pensó que la blusa ajustada había sido un desperdicio. No servía con esa gente. Ellos mismos le habían enseñado el truco.

Pasaron casi dos horas antes de que la puerta volviera a abrirse.

El hombre que entró era alto, aplomado, de rostro ovalado y mirada seria. Llevaba un traje azul grisáceo, camisa blanca y corbata oscura. Tenía el pelo oscuro peinado con raya a la derecha y un flequillo discreto sobre la frente. Podía pasar por un gerente de banco, pero dirigía el espionaje exterior de la República Democrática Alemana. Las agencias de medio mundo darían cualquier cosa por una foto suya, y ninguna la tenía. Lo llamaban el espía sin rostro. Ella se lo conocía de memoria.

—Lindo color —dijo él, a modo de saludo—. Siempre te quedó mejor el rubio, Fürstin.

—Sólo por trabajo. Sabes que odio ser rubia.

Markus Wolf se sentó frente a ella sin apuro, como quien se sienta a desayunar. Tenía esa mirada de quien lo sabe todo, algo que no dejó de inquietarla.

Sacó del bolsillo interior del saco un paquete de Gauloises sin abrir y lo dejó sobre la mesa. Eran los que ella fumaba cuando no era nadie más. En el Este sólo se conseguían en los Intershop, pagando en marcos occidentales, y aun así no siempre. Después puso junto al paquete una bolsita de papel madera, doblada con prolijidad de oficinista, y la abrió con dos dedos.

El olor la alcanzó antes de verlas. Miel, canela, clavo, una punta de cardamomo. Pryaniki. Las galletas rusas que él había aprendido a hacer de chico en Moscú, en la cocina compartida de un edificio de emigrados alemanes, mirando a una vecina que no hablaba una palabra de su idioma. Las reconoció enseguida como suyas. No eran de panadería: las de panadería salen todas iguales, y éstas tenían los bordes irregulares y el glaseado algo más grueso de un lado, como si las hubieran bañado apuradas antes de ir al ministerio. Sabía que las había hecho él. Aquel hombre, que tenía a medio mundo buscando una fotografía suya y mandaba galanes a Bonn a enamorar secretarias de ministerio, se encerraba los domingos en su cocina y amasaba. Le gustaba cocinar. Y le gustaba, sobre todo, cocinarle a ella. En otro tiempo lo había hecho casi todas las semanas.

—Todavía te gustan, supongo —dijo él—. Algunas cosas no se olvidan, aunque uno se esfuerce.

Eloísa las miró como miraba a los guardias: buscando el truco. Lo había. Un hombre que ofrece algo hecho con sus propias manos antes de hablar de negocios no está siendo generoso. Está ablandando el terreno. Él mismo se lo había explicado alguna vez, en un curso: la gente cree que se defiende de las amenazas, pero de lo que no sabe defenderse es de la gentileza. Una galleta, un café, un recuerdo compartido, y el otro ya está en deuda sin haberlo decidido.

Lo sabía perfectamente. Y aun así tomó una.

Estaba tibia todavía, o eso le pareció. Tenía el mismo gusto de siempre, y eso fue lo peor. Por un instante volvió a estar en aquella cocina, con la radio encendida y él de espaldas, con las mangas arremangadas, tarareando algo en ruso mientras el horno calentaba la habitación. Tragó el bocado junto con el recuerdo, y se prometió no tomar una segunda.

Tomó una segunda.

—Siguen siendo buenas —admitió.

—Lo sé —dijo él, sin ninguna modestia—. La receta es lo único que nunca le entregué a nadie. Ni siquiera a Moscú.

Eloísa no contestó. Terminó la galleta, tomó el paquete de Gauloises que él le había traído y lo abrió. Se llevó un cigarrillo a los labios y lo encendió con el encendedor de oro. Recién cuando ya lo había hecho se dio cuenta del error. Él lo vio. No dijo nada, pero algo en la comisura de los labios se le movió.

—Bertha Heller —dijo, fingiendo nostalgia—. La inventamos juntos, una tarde de lluvia. Me conmueve que la sigas usando. Es casi una forma de fidelidad.

No la miraba a ella, sino al encendedor. En el costado, grabadas en letra inglesa, estaban las palabras que él había elegido: Die Liebe ist wie Geister. El amor es como los fantasmas. La frase completa era de un francés, La Rochefoucauld: todo el mundo habla de él, pero pocos lo han visto. En su momento, a ella le había parecido una broma inteligente. Ahora la entendía como un diagnóstico.

—Enciende bien —dijo ella, y lo guardó—. No le pido otra cosa a un encendedor.

—Nunca le pediste otra cosa a nada, liebchen.

Esa palabra. El alemán tenía esa virtud, o ese vicio. Liebchen podía ser un apodo cariñoso o bastante más que eso, y ninguno de los dos se había molestado nunca en aclararlo. Les convenía a ambos que siguiera así.

—¿Me vas a decir para qué me tienes aquí, Markus? No creo que sea sólo para mimarme con galletas y cigarrillos.

—¿No me crees capaz de esos gestos?

—Una tramposa reconoce a otro tramposo, Markus. Y los dos lo somos.

—Quiero ofrecerte trabajo.

—Ya tengo uno.

—Nada a la altura de tus capacidades. —Hizo una pausa—. Te estás arriesgando demasiado. No dejas pasar ni un día para cruzar de nuevo.

—Hay que aprovechar cuando hay trabajo. No voy a estar en esto para siempre.

—Ése es el problema. Buscas juntar el dinero suficiente para retirarte, y te expones.

Eloísa sostuvo el cigarrillo a mitad de camino. No se lo había dicho a nadie. Apenas se lo había dicho a sí misma. Lo que él no sabía, o no decía, era cuántas veces había corrido ya ese número.

—No habrías cometido el error del encendedor si te dieras tiempo para planificar, como sabes hacerlo —siguió él—. ¿Qué te enseñé?

Ella echó el humo hacia arriba, procurando no entender.

—Me enseñaste muchas cosas.

—Y aprendiste casi todas. Por eso te quiero de vuelta. Solamente para nosotros. Una labor segura, sin trabajos para Pullach. —Nombró la sede del servicio occidental como quien nombra una enfermedad—. Un sueldo, una casa, papeles que nadie va a discutir nunca. Protección.

—No.

—Podrás vivir sin preocupaciones. Y sin riesgos.

—Creo que soy demasiado burguesa para vivir en el Este.

—Tendrás dinero suficiente para eso. Y podrás pasar cuando quieras al lado fascista a gastarlo.

—Mi respuesta sigue siendo la misma. El que paga demasiado está comprando algo más que el trabajo.

—¿Y qué crees que compro?

—A mí. Y no estoy en venta, Markus. Como mucho, en alquiler. Por día.

Él la miró largo rato. Tenía una manera de mirar que desnudaba sin ninguna lujuria, o con una lujuria tan administrada que no se notaba. Fría y algo libidinosa a la vez. A ella nunca le había gustado esa mirada, y nunca se lo había dicho.

—Ayer llevaste una carta de una vieja de Prenzlauer Berg a su nieto en Kreuzberg. Con una fotografía adentro. Y no le cobraste.

Eloísa sintió el escozor en la piel, esa reacción instintiva de saberse descubierta. No dejó que le llegara a la cara.

—El prendedor que me ofreció no valía nada. Era una cuestión de proporción.

—Por supuesto. —La sonrisa de él fue breve, casi triste—. Ojalá te enamores alguna vez, liebchen. De alguien, de lo que sea.

Ella aplastó el cigarrillo en el cenicero de lata con más fuerza de la necesaria.

—¿Es una maldición?

—Un deseo. Aunque en tu caso puede que sea lo mismo.

—Guárdate tus deseos. No te sientan.

—Te molestó.

—Me aburre. Es distinto.

Markus murmuró algo en ruso, entre dientes. Eloísa sabía que era la lengua en la que él pensaba cuando algo no le salía como había previsto. La había aprendido de chico, en los patios de Moscú, y le volvía sola cuando la paciencia se le terminaba. Después se inclinó apenas sobre la mesa y habló más bajo, como si el retrato de Ulbricht pudiera oírlo.

—Me preocupo por ti, Fürstin. Ésta es una tierra de lobos. De los dos lados de la pared. Y tú no eres un lobo, por más que te esfuerces en parecerlo. Lo haces muy bien, mejor que nadie que haya conocido. Pero es un disfraz más, como el pelo, como esos ojos azules que te dimos, como Bertha. Alguna vez los sentimientos van a traicionarte. Y ese día vas a desear haber estado del lado de alguien.

—Lo dice alguien que se apellida Wolf.

Él se rió por primera vez. Una risa corta, sin ruido.

—Justamente por eso. Sé de qué hablo.

Se puso de pie. Tomó de la mesa el atado de Lucky Strike, lo hizo girar entre los dedos como un prestidigitador que muestra que no hay truco, y lo guardó él mismo en el bolsillo interior de la cartera, donde había estado. Después dobló la bolsita de papel madera con las galletas que quedaban y la metió también.

—Pankow queda lejos. No querrás llegar tarde.

Ya en la puerta, se volvió.

—Saluda a Bertha de mi parte. Creo que es la última vez que la veo. Ya no tendrás protección mía en esta parte de Berlín. Así que más vale que dejes tus cruces para el recuerdo.

—Nunca te pedí que lo hicieras, Markus.

—Cierto. Ha sido cosa mía, por los viejos tiempos. Me pongo sentimental con la edad.

—Mentiroso. Sólo buscas tenerme controlada.

No contestó nada a eso. Sólo salió. A los dos minutos entró la mujer de uniforme con el pasaporte sellado. No se disculpó por la demora y no la miró a los ojos.

 

13:20 — Un consultorio odontológico, Pankow

 

El doctor Riemer tenía la sala de espera vacía y un delantal que había sido blanco. Eloísa le dejó el atado de Lucky Strike sobre el escritorio. Él le entregó un sobre que ella no abrió; lo contaría después. No hubo saludo, ni café, ni ninguna de esas frases de circunstancia que la gente usa para no sentirse cómplice de nada. El dentista tenía las manos húmedas y miraba la ventana cada tanto. Ella no preguntó a qué le tenía miedo. No era asunto suyo.

En el pasillo se cruzó con una mujer que llevaba a un chico de la mano, con la mejilla hinchada. El chico lloraba bajito. Eloísa se hizo a un lado para dejarlos pasar y siguió de largo. Se le ocurrió que podría haber sentido algo por ese chico, y que no lo había hecho. Lo anotó, como quien registra la temperatura.

Se preguntó quién de todos ellos era el soplón que la Stasi había puesto allí. Porque si de algo estaba segura, es que lo había. Tal vez, incluso, fueran todos ellos. No existía sociedad más infiltrada por su propio gobierno que esa Alemania que gustaba llamarse democrática y popular. 

 

16:35 — Paso fronterizo de la Heinrich-Heine-Straße, lado oriental

 

A la vuelta nadie la hizo esperar. El guardia hojeó el pasaporte con desgano, lo selló y se lo devolvió sin mirarla dos veces. Las barreras en zigzag, los reflectores todavía apagados, el olor a gasoil de los camiones que aguardaban su turno, y ese humo azulado, dulzón, de los Trabant, que en el Este era casi el olor del aire. Todo seguía en su lugar. Todo parecía más fácil que nunca.

Fue entonces cuando lo vio. A unos cincuenta metros, junto a la vereda, había estacionado un Volga negro con el motor apagado. En el asiento de atrás, detrás del vidrio, un hombre de traje azul grisáceo la miraba. No hizo ningún gesto. No levantó la mano ni sonrió. Solamente la miró pasar, como se mira algo que es de uno y no hace falta tocar.

Eloísa no apuró el paso. No le hizo gesto alguno a Markus. Aun cuanto tenía perfecta noción de que eso era una despedida.

Mientras caminaba los últimos metros hacia la línea, hizo la cuenta que se había negado a hacer durante años. El hombre de gris de ayer, que con dos palabras en voz baja le había ordenado al guardia dejarla pasar, y que la había mirado irse como un colega mira a otro. La muchacha de uniforme que miraba su lápiz de labios y no su bolso. El taller de Wendt, que nunca había tenido una inspección. Los discos, las medias, los relojes. Siempre había sabido que Markus la dejaba hacer. Lo que no había querido medir era cuánto. Todo lo que ella había creído su habilidad, su oficio, su libertad de moverse entre los dos lados como si la pared no existiera, dependía de que él siguiera haciendo la vista gorda desde algún despacho de la Normannenstraße. Era libre porque él lo permitía. Su independencia tenía dueño. Y el dueño acababa de avisarle que se la quitaba.

Pensó en él como en lo que había sido: su mentor. El que la había mandado a esa escuela donde repetían tu cuerpo es tu arma, donde descubrió que no le enseñaban nada nuevo, sólo a pulir lo que ya sabía hacer sola. Mentir, agradar, ganarse la confianza de la gente y conseguir de ella lo que tuviera en mente. El que le había enseñado a ser nadie. Había sido su amante, su jefe, su carcelero amable. Lo más parecido a un sentimiento que había tenido en su vida. Y lo había dejado sin escenas, cuando él empezó a pasear a esa actriz por los restaurantes de Berlín Oriental para darle celos, porque dejarlo le había parecido lo más práctico. El régimen le había dado las razones; la actriz, la ocasión.

Cruzó la línea. No se dio vuelta. Sabía que el Volga seguía allí y que seguiría un rato más, hasta que ella doblara la esquina.

 

17:40 — Una droguería de la Oranienstraße, Kreuzberg

 

El droguero era un hombre mayor con anteojos de marco metálico. En el mostrador, junto a la caja, había un Berliner Morgenpost doblado. En la tapa, la foto de un hombre barbudo, muerto, sobre una camilla, rodeado de militares bolivianos. Eloísa la miró sin detenerse. Otro que había creído en algo, y demasiado. Así terminaban los que creían: en una camilla, con los ojos abiertos, para que una desconocida los mirara al lado de la caja registradora de una droguería.

Pidió una caja de Poly Color, castaño oscuro, casi negro, un par de guantes de goma y una cofia plástica. Él le preguntó, con cierta galantería de otra época, por qué una mujer con ese rubio tan lindo querría oscurecérselo.

—Mi novio las prefiere morochas —mintió ella, con una sonrisa que le salió perfecta.

El hombre asintió, satisfecho, como si hubiera resuelto un pequeño misterio del mundo. Le envolvió todo en papel madera y le deseó suerte con el novio. La vio irse con un dejo de nostalgia, por los tiempos en que una charla así hubiera dado para algo más. Esas jóvenes de hoy. Todas querían tener el pelo oscuro, como esas italianas del cine, la Cardinale, la Loren. Mujeres.

Pensó en el novio. Debía de ser algo tonto. Con una mujer así, lo que menos le preocuparía era de qué color llevara el pelo.

 

18:25 — Un departamento de la Kurfürstenstraße, Schöneberg

 

El departamento estaba alquilado a un nombre que no usaba desde hacía un año. Tenía una cama, una silla, un espejo de tres paneles sobre el lavabo y un ropero amplio donde esperaban, colgadas en orden, las otras mujeres que había sido. Nada más que dijera que alguien vivía allí. Así lo prefería.

Lo primero que hizo fue quitarse los lentes de contacto, que le ardían desde la mañana, y guardarlos en su estuche. Frente al espejo, los ojos azules de Bertha volvieron a ser los grises suyos. Se quitó la ropa y la colgó en el ropero, en el lugar que le correspondía. Se puso la combinación negra, se cubrió los hombros con una toalla y se calzó los guantes de goma. En un bol de plástico mezcló el contenido del frasco con el revelador, hasta formar una pasta espesa y oscura que olía a amoníaco. Se la aplicó con el pincel, mechón por mechón, y la distribuyó con un peine de dientes gruesos. Después se puso la cofia plástica. Frente al espejo, el rubio nórdico de la mañana fue desapareciendo bajo una capa negruzca. No sintió pena por él. Le había durado lo que dura un día de trabajo.

Bertha estaba quemada. No porque la Stasi la tuviera fichada, sino porque era de Markus. La habían inventado juntos y él la conocía mejor que ella. Además, él la prefería rubia. Por eso mismo, cada vez que podía, ella volvía a su castaño. O más oscuro todavía.

Pero esa noche no era sólo una cuestión de gusto. Desde esa tarde, todo lo que él supiera de ella podía usarse en su contra. Repasó la lista mientras el tinte le enfriaba el cuero cabelludo. Bertha, que él había ayudado a inventar. Élise, que el hombre de gris había mirado como a una colega. La estudiante italiana, que alguna vez le había servido a él para algún encargo en la Universidad Libre. Los pasaportes, los nombres, los peinados, los gestos que ella había ensayado frente a él hasta que le salían solos. Media vida de disfraces, y él tenía el inventario completo. Hasta los ojos azules habían salido de un laboratorio suyo. Iba a tener que empezar de nuevo, con mujeres que él no conociera. Y no estaba segura de que quedara alguna.

Tenía que esperar cuarenta minutos. Se sentó en el borde de la cama, sacó un Gauloise y lo encendió con el encendedor de oro. Esta vez lo hizo a propósito. Se quedó mirando el grabado a la luz de la lámpara. Die Liebe ist wie Geister. Pensó en tirarlo por la ventana, como tantas otras veces. Como tantas otras veces, lo dejó sobre la mesa de luz.

Fumó despacio, mirando la pared.

En la cartera abierta, sobre la silla, asomaba la bolsita de papel madera. La había olvidado. Él no, por supuesto. Él no olvidaba nada. Apagó el cigarrillo y sacó una galleta, que comió despacio, con la cofia puesta, sin ganas y sin poder dejar de hacerlo. Pensó que era exactamente lo que él había querido, y que lo sabía, y que saberlo no cambiaba nada.

Tú no eres un lobo, por más que te esfuerces en parecerlo. No le molestaba que él la conociera. Le molestaba la posibilidad de que la conociera mejor que ella misma. Pensó en la señora Brandt llorando con el prendedor en la mano, y en que ella la había mirado como quien mira llover. Pensó en el chico de la mejilla hinchada. Eso no era propio de alguien que se estuviera ablandando. Eran pruebas a su favor, en todo caso. Una mujer capaz de mirar llorar a una vieja sin que se le moviera nada por dentro era un lobo, o se le parecía lo suficiente como para que diera lo mismo.

Y, sin embargo, no había cobrado aquella carta. Ni la había tirado, como se había prometido en la escalera.

Encendió otro cigarrillo. Afuera empezaba a llover. Pensó en lo que Markus le había deseado, que se enamorara alguna vez, de alguien, de lo que fuera. Lo había dicho como quien arroja una moneda a una fuente, sabiendo que no se cumple, y sabiendo también que el que la arroja no la recupera. Se preguntó cómo sería eso. Depender de otra persona como ella había dependido, sin querer verlo, de un hombre en un Volga negro. Durante años se había dicho que cruzaba porque era buena en lo suyo. Que los guardias no la detenían porque sabía mirar hacia otro lado en el momento justo, porque sus papeles eran impecables, porque nadie sospecha de una más. Y todo ese tiempo había habido una mano sobre su hombro que no sentía. Ahora que él la retiraba, la sentía por primera vez, como se siente el frío cuando alguien cierra una puerta. Eso era depender de alguien. Darle el poder de hacerle daño y quedarse ahí, esperando que no lo usara. Le pareció la forma más estúpida de suicidio que se hubiera inventado. Y ella la había practicado sin darse cuenta.

Si alguna vez le pasaba, pensó, los sentimientos iban a traicionarla, como él había dicho. Iban a hacerla lenta, previsible, torpe. Iban a llevarla a pedir ayuda. A deberle algo a alguien. A él, probablemente.

Miró el reloj. Faltaban diez minutos.

Apagó el cigarrillo en el cenicero y se quedó muy quieta, con la cofia puesta y las manos sobre las rodillas, oyendo la lluvia. En el espejo de tres paneles, tres mujeres sin nombre esperaban que el tinte hiciera efecto para saber quiénes serían al día siguiente.

Markus Wolf casi nunca se equivocaba. Era lo que lo había hecho temible, y lo que la había hecho quedarse con él más tiempo del que convenía.

Esperó, con todas sus fuerzas, que esta vez no tuviera razón. Que nunca la tuviera.

 

Si quieres saber más sobre ella, tienes su novela en: https://caburelibros.ar/product/el-juego-de-las-dudas/


Para leer más en el tema en el blog:






SOBRE EL AUTOR DEL CUENTO: Luis Carranza Torres nació en Córdoba, República Argentina. Es abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor universitario y miembro de diversas asociaciones históricas y jurídicas. Ejerce su profesión y la docencia universitaria. Es autor de diversas obras jurídicas y de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016 y 2026), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019), Germánicus. El Corazón de la Espada (2020), Germánicus. Entre Marte y Venus (2021), Los Extraños de Mayo (2022), La Traidora (2023), Senderos de Odio (2024) y Vientos de Libertad (2025). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz y en 2015 Ganó la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires. En 2021 fue reconocido por su trayectoria en las letras como novelista y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba. Ganador en 2026 del Concurso Internacional de Cuento Histórico organizado por la Editorial La Cuarta Orilla. 



Simón, un ingeniero a punto de revolucionar el mundo de las computadoras, pierde a su esposa Francesca, una concertista tan bella como inalcanzable. Su muerte repentina lo deja atrapado entre el duelo y la pregunta de si alguna vez la conoció de verdad. 
En Florencia, mientras cumple su última voluntad, se cruza con Eloísa: una mujer que es y no es Francesca. El mismo rostro, otra vida. 
Lo que empieza como una obsesión por un parecido imposible se enreda con otra trama: el prototipo que Simón desarrolla en secreto, y que gobiernos, agentes extranjeros y hasta su propia familia están dispuestos a lo que sea por conseguir. 
Su vida se convierte en una sucesión de dobles intenciones, tratos peligrosos y pasiones sin medias tintas. Entre Buenos Aires y la Toscana, El juego de las dudas narra el amor como un territorio incierto, donde nunca se sabe del todo a quién se ama, ni por qué. Una novela sobre el deseo, la identidad y esa zona gris donde no existen certezas.

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