El gato de los Clinton


 

por Luis Carranza Torres

Socks no nació ni creció entre cómodos almohadones. Era un gato callejero, de raza indeterminada y con un pelaje un "atigrado" de color blanco y negro que, en 1991, decidió saltar a los brazos de Chelsea Clinton mientras ella salía de su clase de piano en Little Rock.

En términos sociológicos, Socks representa el sueño americano en versión felina. Un “self me cat”, un gato que se hizo a sí mismo, pasando de mendigar comida en los suburbios de Little Rock a dormir en la casa más poderosa de Estados Unidos y, posiblemente, del mundo. 

Socks se lo ganó a puro esfuerzo, con la habilidad y el desparpajo que solo una vida de sobrevivencia confiere a los seres animales. Siendo un pequeño gatito, saltó una noche de 1991 a los brazos de una adolescente de largos rulos salía de la casa de su profesor de piano en la capital de Arkansas. No era otra que Chelsea Clinton, la hija adolescente del entonces gobernador del estado, Bill Clinton. Mimoso como solo se puede cuando tu destino depende de eso, Chelsea no tardó en quedar enamorada del gato, a quien adoptó llevándolo a la residencia del gobernador. 

Lo bautizó como “Socks” (“Calcetines”), debido a las manchas blancas que el gato tenía en sus patas negras y que, a primera vista, parecían unos pequeños y divertidos calcetines.

Cuando Bill Clinton ganó la presidencia, Socks se convirtió en el primer gato en habitar la Casa Blanca desde la era de Amy Carter.

Socks no era solo una mascota, sino toda una figura de la administración Clinton. Durante los años 90, la Casa Blanca recibía tal volumen de cartas dirigidas al gato que se creó un sistema de respuesta estandarizado. Al punto de ser llamado oficialmente el “Primer gato del país”.

El equipo de correspondencia de la Primera Dama enviaba una tarjeta oficial con la foto de Socks y una breve "biografía" firmada con el sello de una patita negra. Esto fue fundamental para humanizar la administración en momentos de tensión política. Que los tuvo y muchos. 

A diferencia de otras mascotas presidenciales, que suelen estar confinados a ciertas áreas o siempre bajo supervisión, Socks tenía una libertad de movimiento envidiable. Incluso, se paseaba por la mesa de conferencias durante reuniones de gabinete o durante reuniones del presidente con mandatarios extranjeros.

Se hizo famosa su imagen saltando sobre el podio de la sala de prensa de la Casa Blanca. Los fotógrafos lo amaban porque Socks siempre daba la toma perfecta.

La fama de Socks fue tal que los fotógrafos de tabloides se volvieron agresivos. En una ocasión, los Clinton tuvieron que pedir públicamente a los medios que dejaran de perseguir al gato por los jardines, ya que los flashes lo asustaban.

Los Clinton ven la final de la Super Bowl 
de 1993, con Chelsea abrazando a Socks.

Para proteger su privacidad y salud, el personal de mantenimiento de la Casa Blanca le construyó una pequeña estructura de madera en el jardín sur, llamada el "Socks’s Cat-trap", donde podía esconderse del sol y de los teleobjetivos de la prensa cuando salía a estirar las patas.

El cuerpo médico de la Casa Blanca supervisaba su dieta, y era con correa y arnés, a hospitales infantiles y escuelas, funcionando como un embajador de bienestar animal.

Su silueta blanca y negra se convirtió en un icono pop. Apareció en episodios de Murphy Brown y hasta en tiras cómicas.

La popularidad de Socks creció tanto que llegó incluso a molestar a los rivales políticos del Presidente Bill Clinton. Se cuestionó el uso del personal de la Casa Blanca, el franqueo y la papelería para responder el numeroso correo que llevaba dirigido al gato. Pero como el animal era adorado por los estadounidenses, en general amantes de los animales, la cos no pasó de ahí.

El momento más difícil en la vida de Socks en la Casa Blanca ocurrió cuando los Clinton compraron en el año 1997 un perro Labrador al que bautizaron como Buddy. La entonces Primera Dama de Estados Unidos, Hillary Clinton, recordó que la antipatía entre Socks y Buddy fue inmediata. Socks, según Hillary, consideró “la intrusión de Buddy como intolerable y lo despreció desde el primer momento, instantánea y eternamente”. El Presidente Bill Clinton, bromeando sobre la difícil convivencia entre ambos animales en la Casa Blanca, recordó que “lo hice mejor con los palestinos y los israelíes que con Socks y Buddy. Conseguir que los dos se llevaran bien era más difícil que conseguir la paz en Irlanda del Norte o Medio Oriente”.

De hecho, en enero de 1993, conocía a Socks en persona. Era parte de un tour de estudiantes universitarios que visitaban la Casa Blanca. Tras entrar por el pasillo con el Departamento del Tesoro con su estilo de templo griego, pasamos a los jardines y de allí al East Wing. Fue donde, mientras el personal de la Casa Blanca nos mostrada un recinto que había sido de Jackie Kennedy, quedé en el pasillo por la cantidad de gente. Y entonces, vi un gato con una pechera azul que llevaban dos miembros de traje del servicio secreto. “¿Este es el gato presidencial?”, pregunté en inglés. Uno de los guardias, afroamericano, se rió y me contestó. “Sí, es Socks”. Ahí terminó mi cruce. Por supuesto, el gato no me dio ni la hora. Tiempo después, ya de vuelta en argentina y con el escándalo de Mónica Lewinsky, pensé que tal vez esa sonrisa respondía a algo más que mi inocente pregunta.   

Cuando los Clinton dejaron la Casa Blanca, Socks terminó sus días en Hollywood, Maryland, viviendo con Betty Currie, la secretaria de Bill. Allí, recuperó el anonimato y cambió las alfombras rojas por las siestas al sol, viviendo hasta los 19 años. Murió en 2009. Su fallecimiento marcó el fin definitivo de esa nostalgia noventera de un mundo que, incluso en la Casa Blanca, podía conservarse cierta inocencia en su relación con el público y sus animales.

El Día del Gato se conmemora el 20 de febrero de cada año en Estados Unidos, en recuerdo a Socks.


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SOBRE EL AUTOR DE LA NOTA: Luis Carranza Torres nació en Córdoba, República Argentina. Es abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor universitario y miembro de diversos asociaciones históricas y jurídicas. Ejerce su profesión y la docencia universitaria. Es autor de diversas obras jurídicas y de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019), Germánicus. El Corazón de la Espada (2020), Germánicus. Entre Marte y Venus (2021), Los Extraños de Mayo (2022) y La Traidora (2023). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz y en 2015 Ganó la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires. En 2021 fue reconocido por su trayectoria en las letras como novelista y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba.



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