Un reformador frustrado
por Luis Carranza Torres
Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, por
una extraña paradoja, resulta una de las figuras más conocidas y menos
entendidas de nuestra historia nacional. Sus triunfos militares y su
incondicionada dedicación al servicio de la Patria han situado en segundo plano
no pocos de otros aspectos de su vida.
Por caso, el del tránsito de este joven de elegancia
refinada, con una voz algo aguda y una inteligencia privilegiada, de súbdito
fiel a revolucionario es uno de ellos. Se trata de todo un proceso personal y doloroso,
marcado por la burocracia, la envidia y, sobre todo, por la venalidad y falta
de compromiso con las tierras americanas de una estructura de gobierno y
administración de la Corona que él deseaba sinceramente modernizar.
Había destacado, desde chico, por su contracción al
estudio. Si sus estudios en Buenos Aires no difirieron de cualquier hijo de
familia acomodada, en la escuela de primeras letras de la Parroquia de Santo
Domingo y en el Real Colegio de San Carlos, su formación superior sí fue
selecta para la época, en que no era común que un americano les llevara a cabo en
la misma España.
De 1786 a 1793 durante su periodo universitario en la
metrópoli, estudia para abogado, pero en realidad se forma como economista. Lee
a Adam Smith, a Quesnay y a Genovesi. Se convence de que la libertad de
comercio y la agricultura son las llaves para sacar a América del atraso. En
las tertulias de Madrid, se codea con los ministros ilustrados de Carlos IV,
creyendo que España está lista para reformarse. No sabe aún que la burocracia
española es un gigante ciego que desprecia lo nuevo.
Mientras él brilla en España, en Buenos Aires ocurre
un evento que lo hiere profundamente: su padre, Doménico Belgrano Peri, un
acaudalado comerciante, es involucrado en un turbio proceso judicial por la
quiebra de la Aduana. Doménico termina bajo arresto domiciliario y sus bienes
embargados.
Para Manuel, esto fue una revelación brutal sobre el
sistema judicial colonial: un sistema basado en el chisme, la sospecha y la
arbitrariedad, donde el honor de una familia entera podía ser destruido por la
burocracia sin pruebas claras. Pasó años, a partir de 1788, moviendo
influencias en España para limpiar el nombre de su padre, quien finalmente fue
absuelto en 1794, poco antes de morir. Esta herida personal le enseñó que en
América no imperaba la justicia, sino el capricho de los funcionarios judiciales
de turno.
Tras un primer amague de seguir la carrera diplomática,
acariciando un destino en una embajada en Italia, Belgrano regresa a Buenos
Aires nombrado por el Rey como secretario a perpetuidad del Real Consulado. Trajo
bajo el brazo planes para crear escuelas de dibujo, de náutica, de comercio;
quiere fomentar el cultivo del lino y el cáñamo. Es un hombre del siglo XVIII
tratando de despertar a un virreinato que aún vive en el siglo XVI.
Aquí su decepción se vuelve sistemática. Cada año, en
sus "Memorias", propone ideas brillantes, invariablemente destruidas
por los comerciantes españoles miembros de la corporación. Por caso a su escuela
de Náutica la cerraron argumentando que era un lujo innecesario para estas
tierras.
Belgrano escribe en su autobiografía: "No
puedo dejar de confesar que me fue muy penoso ver que mi primer paso en el
servicio fuera para encontrarme con tales sujetos". Se da cuenta de
que el sistema colonial no está "roto", sino diseñado específicamente
para que América no progrese.
Cuando los ingleses invaden Buenos Aires en 1806,
Belgrano ve a las autoridades españolas huir sin hacer amago de defensa, y cómo
los arsenales de armamento y hasta el tesoro virreinal caen en manos inglesas. Participa
de la jornada de la reconquista y de repeler la segunda invasión inglesa,
quedando en evidencia que han debido defenderse solos, frente a la incapacidad
de España para resguardarlos. Ahora es un hombre que entiende que la Corona
está en decadencia y que los criollos están solos.
El 14
de abril de 1810 concurre por última vez a las sesiones del Consulado, cuya
secretaría deja de ejercer. Ese día escribe en el Correo de Comercio, en
consonancia con la labor que venía realizando, que nada más importante que
tener un conocimiento exacto de la riqueza y fuerza de los Estados, mediante el
uso de la ciencia Estadística, para proceder con acierto en la materia de la
economía, a efecto de fomentar la agricultura, animar la industria, y desarrollar
el comercio, como “arcos torales” de la felicidad pública.
Llegamos así a mayo de 1810. Belgrano ya no es el hombre
ilustrado, poseedor de una educación poco común, que propone reformas como secretario
del Consulado. En las reuniones en la casa de Rodríguez Peña o en la de los
Escalada, se lo ve impaciente por un cambio. Se niega a soluciones cosméticas,
simulacros de cambio para que todo siga igual, como la junta del 24 de mayo
presidida por el virrey.
El 25 de mayo, cuando jura como Vocal de la Primera
Junta, ya no piensa en reformas graduales sino en cambios profundos. Es un
patriota que ha sido golpeado por la injusticia hacia su familia y por la
ceguera de un sistema no sólo arcaico e ineficiente, sino que rechazó todas sus
ideas de progreso.
Belgrano no integró la junta para resguardar los
derechos de ningún monarca, sino los del pueblo a ser gobernado con modernidad
y en libertad. Consciente que España nunca le daría a América el lugar que
merecía, su actuar es el de un idealista herido por las decepciones de la vida que
decide, finalmente, construir su propia realidad.
Para seguir leyendo sobre historia en el blog:
Curiosas historias de nuestra bandera
Una mujer humillada y desposeída.
La tentación de recuperarlo todo.
Un secreto vital que obtener tras la cordillera.
Un general con un desafío por cumplir: cruzar los Andes.
Provincias Unidas de Sudamérica, 1816. Las tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata han declarado su independencia de la corona española, en el peor de los momentos posibles. El nuevo país, libre pero cargado de dificultades y retos, apuesta a remontar sus derrotas en el Alto Perú, con el audaz plan de formar un nuevo ejército y cruzar la cordillera para batir a los realistas por el oeste.
En Chile, Sebastiana Núñez Gálvez ha visto desbarrancar su mundo de lujos, pero también de oscuridades, tras la reconquista realista del país. Ajusticiado su esposo por liderar el bando patriota y confiscados todos sus bienes, malvive en la extrema necesitad. Una falta de todo que la ha hecho abjurar de cualquier creencia y hasta de su reputación, para conseguir subsistir.
El Mariscal español Marco del Pont lo sabe perfectamente, y le ofrece devolverle todas sus posesiones y alcurnia, a cambio de pasar a Mendoza y obtener el secreto mejor guardado del Gobernador de Cuyo y General en jefe de ese nuevo ejército, José de San Martín: por dónde pasarán sus tropas a Chile.
Sebastiana es una mujer decidida a todo para averiguarlo; apuesta para lograrlo a su antiguo y fuerte vínculo de amistad con la esposa del gobernador y General en jefe, Remedios de Escalada. No le importa tener que mentir, engañar o traicionar viejas lealtades.
Pero la imprevista relación con un oficial de granaderos trastocará sus planes. Alguien que, precisamente, debe mantener a los secretos de su jefe a salvo de los espías realistas.














