Nacido con la Patria
por Luis Carranza Torres
El 29 de mayo de 1810 no fue un día cualquiera
en la historia militar de la Argentina. Cuatro jornadas luego de acaecida la incruenta Revolución de
Mayo, la Primera Junta de Gobierno Patrio tomó una decisión que transformaría
para siempre el destino del antiguo Virreinato del Río de la Plata: reorganizar las fuerzas militares
existentes, sentando las bases de lo que, con el tiempo, se convertiría en el Ejército
Argentino.
No era simplemente una reforma administrativa; se
trataba del acto fundacional de una institución armada con un muy distinto
sentido al ejército del rey, puesto al servicio de un pueblo que comenzaba a
pensarse como nación.
Por eso, el 29 de mayo se recuerda cada año
como el Día del Ejército Argentino: porque en esa fecha el gobierno surgido de la revolución empezó el diseño de lo que hoy denominaríamos como su instrumento militar, con rasgos muy propios.
Lo que siguió a esa decisión de la Primera Junta fue una historia de sacrificio, improvisación heroica, profesionalización paulatina y voluntad inquebrantable, que merece ser contada en toda su complejidad inicial.
Un nuevo tipo de ejército
Ese 29 de mayo de 1810 se dio por la
Junta una nueva organización a las tropas existentes en la capital virreinal: Los Batallones de Milicias
existentes se elevan a Regimientos de Línea de 1.116 plazas cada uno,
reintegrándose al servicio activo a los rebajados por el decreto de Cisneros de
1809; a la par, se anunciaban las previsiones para una reorganización de la Caballería y de la Artillería Volante.
Para
cubrir las nuevas plazas se procedería a “una rigurosa leva de todos los vagos
y hombres sin ocupación conocida desde la edad de 18 años a 40”. Los tenientes
coroneles fueron promovidos a coroneles con sueldos de tales (entre ellos
Saavedra y Azcuénaga).
Un
día antes, el 28 de mayo, se había ordenado por bando la entrega de las armas
en poder de particulares “a quienes no interesa tenerlas”. No hubo demasiado
eco y un nuevo bando del 14 de junio ordenó “dentro de 24 horas” la devolución
de los “fusiles, pistolas, sables y espadas” pertenecientes al Rey, bajo pena
de destierro y multa. Poco después, el 11 de agosto se dispuso la expropiación
de toda clase de armas “para destinarlas a usos de público provecho”.
Con
tales armas se preparó en el Monte de Castro, hoy Floresta, la expedición al
interior, para la cual Azcuénaga aceptaba donaciones en metálico o en esclavos.
Luego,
el día 8 de junio habían sido convocados en la fortaleza los oficiales
naturales indios, que por entonces servían agregados a los cuerpos de castas de
pardos y morenos. Tras recibirlos la junta en pleno, por su secretario se les
leyó la resolución que expresaba que dicho cuerpo gubernativo no podía mirar
con indiferencia que hubieran sido excluidos de integrar los regimientos que
les correspondían por los españoles. Y siendo que no debía existir diferencia
alguna entre el militar español y el militar indio, se disponía que sus
compañías pasaran a los regimientos segundo y terceros con sus oficiales, “alternando
estos con los demás sin diferencia alguna, y con igual opción a los ascensos
aplicándose a las compañías con igual número que a los cuerpos que se les
destinan”. Era el primer paso para superar las segregaciones de la época
virreinal en el ejército.
La
fuerza militar remontaba, pero pese a su número importante, no dejaba de tener sus
puntos flacos. Se tenía una infantería probada en combate urbano contra los fusileros ingleses, pero la caballería distaba de poseer la técnica europea y la artillería sobreabundaba en calibres.
Una de las propuestas para superar tal carencia sería la hecha por el Cacique Don José Minoyulle, uno de los muchos firmantes
del petitorio del 24 de mayo, de levantar un escuadrón de caballería veterana a
titularse “de la Patria y América”.
Fue
atendido con interés. Si bien la caballería era la fuerza más numerosa y
natural del Río de la Plata, dada la abundancia de caballos y la pericia de los
gauchos, todavía eran formaciones mayormente irregulares, con más más arrojo
que táctica. No cargaban en formaciones cerradas como los franceses, sino en
ataques dispersos y fulminantes.
La
infantería miliciana que había probado su valor en la defensa de Buenos Aires, por su parte, enfrentaba
ahora como fuerza de línea el desafío de hacer frente a batallas a campo abierto y a grandes
distancias de su base de abastecimientos.
En
cuanto a la artillería, que suponía el brazo más técnico y costoso, su
principal unidad fue el renombrado Regimiento de Artillería de la Patria,
basado en el antiguo Cuerpo de Voluntarios de Artillería.
No
faltaban piezas de artillería, pero entre las heredadas de España y las
capturadas a los ingleses, la profusión de tipos y calibres hacía todo un
desafío la logística. Escaseaba, además, tanto la pólvora de buena calidad como
oficiales científicos que supieran calcular parábolas de tiro.
En tal sentido, la escuela de matemáticas propuesta por Belgrano al consulado en su tiempo, hubiera sido una ayuda importante.
Las primeras bajas
El
relato histórico casi no los registró, pero fueron aquellos que perdieron en
primer término su existencia física, en pos de un proceso emancipador que
habría de verificarse sólo seis años más tarde.
Se trataba de las dos compañías de
Patricios más la de Arribeños, enviadas desde la capital virreinal para sofocar
las revueltas de Chuquisaca y
Para
ellos, la noticia del establecimiento de una junta de gobierno patria, sólo
significó el comienzo de una larga desventura, la cual afrontaron con un
estoicismo merecedor de mayor recuerdo en nuestra historia.
El
día 23 de junio de 1810, el general Nieto, famoso por la dureza de la represión
de los levantamientos patriotas, conoció de la instalación de
Nunca
había confiado mucho en su lealtad. Si apenas saliendo de Buenos Aires, el
capitán de ese cuerpo, Juan Bautista de
Tras
el desarme, Un hecho carente de trascendencia, y que no estaba vinculado en
modo alguno a una actitud de desobediencia, desató en Nieto ese rasgo tan suyo
de ser implacable con todo aquello que no resultaba de su gusto.
La
noche del 25 al 26 de junio, en una reunión de Patricios se había brindado,
como era usual, por su comandante don Cornelio de Saavedra.
Bastó
ello, para que Nieto tomara las más drásticas medidas.
Bajo
el infundio de darlos por adictos a la revolución, destituyó a sus jefes y
oficiales, los desarmó a todos, y quinteó a los soldados.
El
quinteo era una pena propia y específica del derecho penal militar de tal
tiempo. Era una forma de castigar colectivamente a un cuerpo militar por faltas
cometidas en conjunto. Se contaba sucesivamente del uno al cinco y luego a los
que habían recibido un número determinado, decidido por el castigador, se les
aplicaba la pena del caso. Por las constancias, en el caso de los Patricios de
Chuquisaca la selección fue de uno en diez, y no cada cinco, como originalmente
se impartía. Acaso, por la escasez de soldados de la fuerza de Nieto.
Al
que cotaba el número infausto del diez, debía ir a trabajar como prisioneros al
socavón de Potosí. Una labor que implicaba, se decía, más posibilidades de
quedar allí muerto que volver con vida. Casi ninguno de ellos sobreviviría a
las exigencias del trabajo forzado que les impusieron, con toda intensión.
Su
única falta era ser soldados criollos. El peor de los pecados, para los
sostenedores del régimen virreinal, a partir del 25 de mayo de 1810.
Fueron los primeros muertos de la revolución de mayo. A gran distancia de Buenos Aires, pero por la misma causa por la que se había llevado a cabo la revolución.
Primera expedición y nuevas tropas
El
6 de julio de 1810 quedó grabado en la memoria de Buenos Aires como el día en
que la Revolución se puso en marcha hacia la inmensidad del continente. La
ciudad se volcó a las calles para despedir a la Expedición Auxiliadora al
Interior, una columna de más de mil hombres que cargaba sobre sus hombros el
destino de la Junta.
Su organización había cobrado los
mayores esfuerzos. La comandaba Francisco Ortiz de Ocampo. El segundo al mando era
el teniente coronel Antonio González Balcarce.
A
semejanza de los ejércitos de la Revolución francesa, ambos iban acompañados
por un representante de la junta —mando político—, que en este caso era Hipólito
Vieytes. El mando militar estaba sujeto al político y este a la Junta a través
de la Secretaría de Guerra que ocupaba Mariano Moreno.
Vieytes
llevaba instrucciones de dejar que en cada provincia el pueblo eligiera
diputados para incorporarse a la Junta. Feliciano Chiclana era el Auditor de
Guerra y Vicente López y Planes había sido nombrado como secretario.
Un
mes después, el 6 de agosto, se le encomendó a Manuel Belgrano la formación de
dos compañías patrióticas “puramente voluntarias, sin fuero”, de cien hombres
cada una que cumpliría la función de las antiguas milicias “en rondas y demás
actos concernientes a la pública tranquilidaď”. Fue la base, después, de la
primera unidad militar creada luego del triunfo de la Revolución.
Domingo
French fue quien corrió con la organización de la misma. Propuso el nombre de
«Patriotas de Buenos Aires» y que su uniforme fuera el mismo que «(…) vistan
los Batallones de Patricios, con la sola diferencia del penacho rojo y una
estrella de igual color en el brazo derecho”.
Se
le aceptó esta propuesta y las características que debía tener el uniforme,
pero no el nombre que sugería. Se lo nombró «Regimiento de América» aunque la
población lo llamó simplemente «de la estrella».
Fue
éste otro de los actos revolucionarios realizados por la Primera Junta de
Gobierno Patrio, pues ni aún el virrey Cisneros, ni como Capitán General, tenía
autoridad en su momento para crear o disolver unidades veteranas.
Lentamente,
a pesar de todos los esfuerzos en contrario de los viejos funcionarios
peninsulares, la junta organizaba un estado con instituciones propias. La primera de ellas, su fuerza armada.
Por eso, hoy cada 29 de mayo, no se celebra únicamente una fecha en un decreto: se honra a quienes pusieron el cuerpo para que esa idea iniciática, todavía en construcción de Patria echara raíces y se afianzara en la historia.
Para seguir leyendo en el blog:
La gesta sanmartiniana hecha novela
La verdad sobre el cruce de los Andes
Una mujer humillada y desposeída.
La tentación de recuperarlo todo.
Un secreto vital que obtener tras la cordillera.
Un general con un desafío por cumplir: cruzar los Andes.
Provincias Unidas de Sudamérica, 1816. Las tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata han declarado su independencia de la corona española, en el peor de los momentos posibles. El nuevo país, libre pero cargado de dificultades y retos, apuesta a remontar sus derrotas en el Alto Perú, con el audaz plan de formar un nuevo ejército y cruzar la cordillera para batir a los realistas por el oeste.
En Chile, Sebastiana Núñez Gálvez ha visto desbarrancar su mundo de lujos, pero también de oscuridades, tras la reconquista realista del país. Ajusticiado su esposo por liderar el bando patriota y confiscados todos sus bienes, malvive en la extrema necesitad. Una falta de todo que la ha hecho abjurar de cualquier creencia y hasta de su reputación, para conseguir subsistir.
El Mariscal español Marco del Pont lo sabe perfectamente, y le ofrece devolverle todas sus posesiones y alcurnia, a cambio de pasar a Mendoza y obtener el secreto mejor guardado del Gobernador de Cuyo y General en jefe de ese nuevo ejército, José de San Martín: por dónde pasarán sus tropas a Chile.
Sebastiana es una mujer decidida a todo para averiguarlo; apuesta para lograrlo a su antiguo y fuerte vínculo de amistad con la esposa del gobernador y General en jefe, Remedios de Escalada. No le importa tener que mentir, engañar o traicionar viejas lealtades.
Pero la imprevista relación con un oficial de granaderos trastocará sus planes. Alguien que, precisamente, debe mantener a los secretos de su jefe a salvo de los espías realistas.














