Camino al Cabo: un viaje interior y una resistencia afectiva
Por Luis Carranza Torres
El polvo del sur de África no se explica; se mete en la garganta, ciega la vista y tiñe la piel. En Camino al Cabo, la novela de Verónica Sordelli, ese polvo y las fronteras que delinea forman la cartografía física y moral de una historia donde la violencia del sistema colonial no necesita adjetivos para doler.
Si bien Camino al Cabo expande las coordenadas geográficas de su narrativa hacia el continente africano y profundiza en las encrucijadas del colonialismo global, la novela se alinea con una constante en la producción literaria de Verónica Sordelli: la indagación en los grandes puntos de quiebre históricos donde los destinos colectivos y las trayectorias íntimas colisionan. Al igual que en sus trabajos anteriores ambientados en el mundo árabe, la autora demuestra un interés sostenido por desarmar los Globalismos y los mandatos oficiales. Sus tramas previas ya evidenciaban esa misma voluntad de situar a sus personajes en el centro de fricciones ideológicas y sociales complejas, utilizando el trasfondo histórico no como un decorado pasivo, sino como una estructura viva que presiona, condiciona y deforma los vínculos humanos más elementales.
A través de una mirada que rehúsa la sentencia moral explícita, Sordelli construye una crónica épica e íntima sobre las tensiones de un territorio disputado por potencias europeas y comunidades nativas. La narración opta por una distancia objetiva donde la injusticia se muestra en el fluir cotidiano: está en la arbitrariedad de un límite, en la asignación de quién obedece y quién manda, en los espacios permitidos o prohibidos. El lector no recibe una lección de moral; presencia la escena y extrae, desde la evidencia viva del relato, la gravedad del despojo.
Una frontera geográfica que anida en el alma alma
El viaje hacia el Cabo de Buena Esperanza no es un mero desplazamiento espacial por una geografía inmensa y hostil. En la arquitectura narrativa de la obra, la extensión africana funciona como el reflejo exterior de un aislamiento interior. Los personajes avanzan cruzando ríos, montañas y desiertos, pero cada frontera natural dialoga de forma directa con los límites sociales, raciales y de clase que la época impone. La búsqueda de un hogar físico se superpone así a la indagación por la propia identidad.
"El viaje exterior y el viaje interior terminan siendo casi el mismo: mientras buscan llegar a un lugar, también están tratando de descubrir quiénes son y dónde está realmente su hogar."
En esta travesía, el cuerpo deja de ser un territorio neutral para convertirse en un campo de batalla histórico.
La huella de la conquista
Sarajib encarna la paradoja de la identidad mestiza en un mundo obsesionado con la pureza y la dominación. Nacida de una violación —símbolo brutal del avance colonizador sobre los pueblos originarios—, su propia existencia lleva impresa una marca que no eligió: es demasiado blanca para ser zulú y demasiado zulú para ser blanca. La estructura social de la época transforma su origen en una condena aparente.
Sin embargo, Sarajib desarticula ese mandato no desde una proclama ideológica consciente, sino desde la capacidad de acción que le otorgan las herramientas recibidas. Saber leer, escribir y hablar inglés no la convierte en una revolucionaria premeditada, pero le da un margen de maniobra inusual para habitar la marginalidad. A esto se le suma el hallazgo de afectos genuinos que la reconocen y la sostienen. Su camino pasa de ser la historia de una víctima reducida por el estigma a la de una mujer que reclama el derecho a definir quién puede llegar a ser.
Dos mundos que convergen
En los extremos del espectro social se encuentran Peter y Sarajib. Él, educado bajo la influencia de una familia europea heterodoxa —cuyo padre decidió liberar a sus esclavos—, encarna una mirada de respeto hacia el territorio que habita. Ella arrastra la subordinación impuesta a la herencia nativa.
El punto de encuentro entre ambos no responde a una renuncia heroica o a una rebelión calculada contra el orden establecido. Nace, en cambio, de una urgencia humana elemental: la necesidad de protección y la capacidad de brindarla.
Si Peter le ofrece a Sarajib un refugio inicial y las herramientas para desenvolverse en un entorno adverso, desafiando desde el afecto lo que la sociedad esperaba de un hombre de su origen, no es menor que Sarajib navega por las exigencias de supervivencia dentro del sistema, adaptándose cuando es necesario, mientras descubre el alcance real de sus propios vínculos.
El amor y el afecto no actúan aquí como una utopía al margen de la historia, ni logran sustraer a los personajes de las estructuras vigentes. Funcionan como un acto involuntario de resistencia política: al existir sin pedir permiso entre personas de orígenes tan distantes, exponen las fisuras de un sistema que busca controlar hasta los sentimientos más profundos.
Las dinámicas del poder
Uno de los aciertos de la novela es evitar la simplificación maniquea de la historia. La violencia no se agota en el binomio del colonizador europeo frente al nativo sometido. Sordelli expone las tensiones, rivalidades y jerarquías internas que existían entre las distintas etnias y facciones africanas, recordando que el sufrimiento no garantiza la ecuanimidad.
"Haber sido víctima de discriminación no significa necesariamente no poder convertirse también en alguien que discrimina... Cuando las relaciones de poder cambian, quien estuvo en un lugar de sometimiento también puede reproducir sobre otros los mismos mecanismos que sufrió."
En Camino al Cabo, el poder cambia de manos y la discriminación altera su rostro, pero la lógica de la dominación tiende a repetirse si no se la interpela desde la raíz.
Una tensión en el canon de la aventura histórica
Insertada en la tradición de la novela de aventuras y de la narrativa histórica —géneros a menudo marcados por la épica eurocéntrica—, la obra de Sordelli hace convivir las distintas perspectivas sin falsear la época. La mirada europea está presente porque define el contexto de expansión colonial, pero se ve matizada por personajes capaces de reconocer al otro con dignidad, como la familia de Peter.
Al poner en el centro a figuras como Sarajib o a curanderas ligadas ancestralmente a la tierra, la novela logra que la perspectiva indígena y mestiza mantenga una fuerza equivalente a la del capitán holandés que encarna el rigor del dominio colonial.
Camino al Cabo no reemplaza una visión del mundo por otra; las hace colisionar, dialogar y fusionarse en la sangre de sus protagonistas, entregando una crónica donde el viaje hacia el sur es, ante todo, la conquista de la propia humanidad.
Una mujer humillada y desposeída.
La tentación de recuperarlo todo.
Un secreto vital que obtener tras la cordillera.
Un general con un desafío por cumplir: cruzar los Andes.
Provincias Unidas de Sudamérica, 1816. Las tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata han declarado su independencia de la corona española, en el peor de los momentos posibles. El nuevo país, libre pero cargado de dificultades y retos, apuesta a remontar sus derrotas en el Alto Perú, con el audaz plan de formar un nuevo ejército y cruzar la cordillera para batir a los realistas por el oeste.
En Chile, Sebastiana Núñez Gálvez ha visto desbarrancar su mundo de lujos, pero también de oscuridades, tras la reconquista realista del país. Ajusticiado su esposo por liderar el bando patriota y confiscados todos sus bienes, malvive en la extrema necesitad. Una falta de todo que la ha hecho abjurar de cualquier creencia y hasta de su reputación, para conseguir subsistir.
El Mariscal español Marco del Pont lo sabe perfectamente, y le ofrece devolverle todas sus posesiones y alcurnia, a cambio de pasar a Mendoza y obtener el secreto mejor guardado del Gobernador de Cuyo y General en jefe de ese nuevo ejército, José de San Martín: por dónde pasarán sus tropas a Chile.
Sebastiana es una mujer decidida a todo para averiguarlo; apuesta para lograrlo a su antiguo y fuerte vínculo de amistad con la esposa del gobernador y General en jefe, Remedios de Escalada. No le importa tener que mentir, engañar o traicionar viejas lealtades.
Pero la imprevista relación con un oficial de granaderos trastocará sus planes. Alguien que, precisamente, debe mantener a los secretos de su jefe a salvo de los espías realistas.













