San Martín y el rey de Francia
por Luis Carranza Torres
Se trató de un encuentro poco preparado en lo protocolar, pero cargado de significado para ambos protagonistas. Sobre todo, para el monarca francés.
Por entonces, José de San Martín llevaba ya más de una década residiendo en Europa. Instalado en París desde 1831, primero en alquiler sobre la calle Neuve Saint Georges y más tarde como propietario de una casa en Grand Bourg, a las afueras de la capital, había dejado atrás la campaña libertadora sin pensión regular del gobierno argentino y sin cargo oficial alguno. Un exiliado ilustre que había elegido el retiro voluntario, aunque no indiferente a lo que ocurría en América.
José María de la Barra, ministro de Chile en Francia, registró en sus Recuerdos que el Conde Saint-Maurece, introductor de embajadores en la corte, le hizo saber que el rey Luis Felipe I deseaba que le fuera presentado el general San Martín. El encuentro tendría lugar en una audiencia del cuerpo diplomático en el Palacio de las Tullerías —sede de la monarquía orleanista desde septiembre de 1831— en algún momento de la primera mitad de la década de 1840, años en que De la Barra estuvo acreditado en París. Cabe aclarar que San Martín no contaba con representación diplomática alguna; su presencia en la audiencia fue fruto de esa invitación expresa, y concurrió en compañía del hermano del ministro chileno, Miguel de la Barra, que lo acompañaba habitualmente.
San Martín se presentó con su uniforme de Protector del Perú, ciñendo el sable corvo que lo había acompañado en todas sus campañas. Era el atuendo que juzgó más conveniente para saludar a un jefe de Estado.
Reunido el cuerpo diplomático en las Tullerías, el monarca realizó el breve saludo de protocolo a cada representante. En el orden de presentaciones, a los enviados los precedía el ministro de Württemberg, a quien, como consigna De la Barra, el rey "apenas si le dijo dos palabras y, saludando con la cabeza, en suite se adelantó con las manos extendidas al general San Martín, y sin hacer caso al introductor que declinaba nuestros nombres y títulos, haciendo una reverencia sonriente a Miguel, tomó con ambas manos las del general, diciéndole calurosamente: 'Tengo un vivísimo placer en estrechar la diestra de un héroe como vos, general San Martín. Creedme que el rey Luis Felipe conserva por vos la misma amistad y admiración que el Duque de Orleans. Me congratulo de que seáis huésped de la Francia y de que en este país libre encontréis el reposo después de tantos laureles'".
El gesto no era menor. En una corte donde el protocolo regía cada movimiento, que el rey abandonara el orden ceremonial para adelantarse personalmente a tomar las manos de un huésped equivalía a una declaración pública de estima.
La referencia al "Duque de Orleans" no era retórica: ese había sido el propio título de Luis Felipe antes de ascender al trono en 1830 tras la Revolución de Julio, que derrocó al último Borbón absolutista, Carlos X. La amistad y admiración que el rey mencionaba hacia San Martín eran, por tanto, personales y anteriores a su reinado. Luis Felipe había vivido años de exilio propio durante la Revolución Francesa, recorriendo los Estados Unidos entre 1796 y 1798, donde según sus propias memorias —fuente que algunos historiadores toman con reservas— habría visitado a George Washington en Mount Vernon. Aquel joven príncipe errante que había enseñado francés en Boston para sobrevivir terminó coronado en 1830 como arquetipo del "rey burgués": impulsó una monarquía constitucional con apoyo de la burguesía, en plena era de la industrialización.
El gesto en las Tullerías venía, pues, de lejos.
Tanto Luis Felipe como el Libertador compartían, más allá de las circunstancias personales, una convicción política de fondo: que el gobierno monárquico debía ser limitado y encuadrado por un texto constitucional. No era una afinidad abstracta. San Martín había promovido activamente, entre 1818 y 1822, soluciones monárquicas constitucionales para las repúblicas nacientes de América del Sur, negociando con distintas cortes europeas la posibilidad de establecer monarquías bajo constitución que garantizaran orden y estabilidad. Dos hombres que habían llegado a conclusiones similares desde continentes y trayectorias distintas.
Ambos compartirían también, con los años, un destino inesperadamente parecido. Los últimos tres años de vida de San Martín coincidieron con el estallido revolucionario de 1848 que obligó a abdicar al propio Luis Felipe I, dando origen a la Segunda República francesa. El rey que había homenajeado al Libertador en las Tullerías terminó igualmente en el exilio, en Inglaterra, mientras San Martín se retiraba a Boulogne-sur-Mer, donde lo encontró la muerte en agosto de 1850.
El encuentro en las Tullerías fue, en definitiva, el cruce de dos hombres marcados por la historia y por el conocimiento directo de la fragilidad del poder. Sabían, cada uno a su manera, que las garantías de un buen gobierno pasan más por la sujeción a la ley que por la voluntad discrecional de los hombres.
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