Purvis, mi sombra.
Por Luis Carranza Torres
A la Biblioteca Popular de Paraná y sus lectores
Muchos hombres se han
jactado de su valentía frente a mí, curtidos en sangrientos entreveros y con el
rostro marcado por la guerra. Sin embargo, yo los he visto temblar en mi propia
tienda. No me temblaban a mí, Justo José de Urquiza, sino a mi sombra. Podían
respetarme, incluso tenerme miedo. Pero nunca tanto como a ese de mirada como
la noche, pelaje bayo y estampa de mastín.
Lo bauticé «Purvis»,
por ese almirante inglés que simpatizó con la defensa de Montevideo y
contribuyó a sostenerla contra Oribe y los de nuestro bando, en la campaña
Oriental de 1845 a 1847.
¿Por qué ponerle a mi
perro el nombre de un enemigo? Le calzaba justo. Nunca he sido hombre de odio.
Ni tampoco de olvidos. Se me ocurrió ponerle el nombre del anciano y simpático
almirante. Parecía tranquilo, pero te mordía cuando menos lo esperabas y no
respetaba a nadie con tal de satisfacer sus deseos. Tal como los ingleses que
conozco. Incluido algún almirante.
De la campaña Oriental
solo me traje compromisos y a este animal. Era apenas un cachorro que andaba
con las fuerzas del coronel Galarza. Por alguna incomprensible razón ese
animal, entre las ocho mil almas que componían el ejército, me eligió a mí. No
he sido muy afín a los canes, como todo hombre de campo. Prefiero los caballos.
Así que no tomé a bien que me siguiera. Pero por más que ordenaba que lo
separaran, que lo alejaran de mi caballo, sin importar lo lejos que se lo
echara, siempre insistía en volver a mi lado. Pasaron días sin conseguir que
variara esa conducta. Empecé a valorar esa tenacidad. Es lo que espero de los
míos y es lo que yo mismo he practicado en mi vida. No podía serme indiferente
en un perro. Más aún cuando ni siquiera me conocía. Al fin, ordené que lo
dejaran. Como le dije tiempo después a mi secretario Ángel Elías: jamás lo
halagué, nunca fui hombre de mimos, y, sin embargo, se convirtió en mi
constante compañero y me respetó como nadie.
No tenía paz con los
extraños. Tipos ásperos de mi Estado Mayor, como Basavilbaso, Galán,
Urdinarrain o el propio Galarza, les tenían más miedo a los tarascones de
Purvis que a mis reprimendas. Mi regla era sencilla y todos en el campamento la
conocían: si el perro no recibía orden en contrario, mordía. Un gruñido
profundo, casi de tigre, era su forma de dar la bienvenida. Solo mi voz, un
seco «¡Quieto, Purvis!», lo convertía en una estatua de sumisión casi
instantánea.
Pobre de aquel que no
me cayera en gracia, porque el perro era mi termómetro. Si dejaba que Purvis lo
asustara, era señal de que el visitante no era de mi devoción; si lo frenaba a
tiempo, era una muestra de aprobación. Al pobre Elías le dejó la marca de sus
colmillos; al barón de Grati lo atacó cuatro veces, ¡y hasta a mi propio hijo
Pedro Teófilo lo llegó a morder!
Y cómo me reí por
dentro con el sanjuanino Sarmiento… Él, tan altanero, se las daba de valiente
diciendo que de chico ningún perro le había hincado el diente. Un bicho raro,
unitario entre tantos federales en el Ejército Grande, pavoneándose con su
uniforme francés cuando no se le conocía batalla en que hubiera peleado. Lo
hice boletinero: no había otro puesto para él entre tantos bravos de la guerra.
Me precio, a diferencia de otros, como Rosas y compañía, de tener miras un poco
más amplias. Nunca he reducido mi mundo a una estancia, ni mi gobierno a ganar
batallas.
Sarmiento no me servía
para pelear, pero sí para escribir. Y eso hice, que escribiera los logros de
ese Ejército Grande. Lo que nunca pensé es que él se sintiera, por tener una
pluma, más que aquellos que dejan sudor y sangre en las campañas. Pasa con ciertos
plumíferos cagatintas.
Le tocó a Purvis
acomodarle las ínfulas. Bastó que lo llamara a mi tienda con la excusa de que
me informara el estado de unos escritos que había pedido, para que la noticia
le cayera como una patada en el estómago. Me contaron que hasta escribió en un
papelito: «El perro Purvis va a morderme hoy», se lo mostró a cuatro testigos y
se lo guardó en el bolsillo.
Ni hay que decir que
todos esos veteranos de cien combates se dejaron ver cerca de mi tienda, a la
espera de darse el festín viendo cómo Purvis ajustaba cuentas con él. Que fuera
ese sanjuanino alborotador a explicarle a mi sombra que él era el único oficial
que llevaba su equipo al completo y a la europea. Los tenía hartos con tanta
superioridad castrense de pico, sin combates que la fundaran. Y esperaban que
el mastín les hiciera justicia.
Lo vi cruzar las
sesenta varas de terreno hasta mi tienda, solo, pálido, con la mano derecha
aferrada al puño de ese sable que no conocía la sangre, listo para desenvainar.
Vaya a saber uno si lo podría haber hecho. Podía saber muchas cosas, ese hombre
tan genial y tan soberbio como no he visto otro sobre la tierra. Pero de lucha
y sables, poco y nada. Por más uniforme completo y a la francesa que vistiera.
Entró con la cara
blanca como una sábana. Purvis le soltó su peor gruñido, pero yo lo frené. Nos
pusimos a hablar de los relatos de la campaña. No quitó la mano del puño del
sable, blanco en el rostro. Apenas si habló y bien que se guardó todas sus
frases de suficiencia. Sarmiento se fue invicto, es cierto, pero porque yo así
lo quise. Purvis, se notaba a leguas, se quedó con las ganas.
Cuando volvió de
Buenos Aires, me cuentan, el Manco Paz le preguntó a boca de jarro si lo había
mordido el perro Purvis, y él contestó que si estaba ahí era porque siempre
había mantenido la punta de la espada entre los dos. Un poco cambiada la
historia. Pero así son, a veces, los que viven de escribirla.
Dicen que incluso
escribió sobre Purvis. Y que se vanaglorió de ser el único que lo mantenía a
raya. Tiene suerte que los perros no puedan leer.
Pero mi Purvis no era
solo un guardián de carpas, en lo que a mí respecta; su celo en la custodia se
extendía incluso a la batalla. Era también un soldado de la Confederación.
Mientras otros perros huían despavoridos con el primer estruendo de la fusilería,
Purvis trotaba incansable junto a mi caballo. En la batalla de India Muerta,
una bala de cañón le cayó tan cerca que lo tiró por tierra a varias varas de
distancia; el animal simplemente se incorporó y volvió a su puesto a mi lado.
Purvis era parte del
Ejército Grande, tanto o más que muchos generales. Dio batalla como el mejor.
En Caseros, se mantuvo a mi lado en medio de las cargas de mi caballería
entrerriana. No me extraña en absoluto que algunos lo hayan inmortalizado en
sus óleos. Siempre junto a mí, montado en mi moro enjaezado de plata.
Había que andar en el
fragor de los lances, entre tanta pata de caballo encabritado, para bien o para
mal. Nunca dudó, nunca bajó la cabeza. Jamás se separó de mi lado. El moro que
montaba ese día, de pocas pulgas con cualquier cuadrúpedo que no le llegara a
la misma altura, hizo una excepción con Purvis. Parecía que se entendían, más
que yo a ellos incluso. No fue sino hasta obtener la retirada de los rosistas
en tal jornada, que advertí el porqué de esa costumbre del can de ir a un lado
y el otro del caballo, ladrando cada tanto. Le advertía por dónde podía venir
la embestida. Como para que el moro no lo respetase.
Entré a Buenos Aires
sobre el moro, con Purvis a un lado encabezando el desfile de mis tropas. Como
general triunfal, a esa ciudad que parecía haber olvidado, de un día para el
otro, que Rosas la había gobernado por tanto tiempo. Purvis los miraba como yo,
con idéntico recelo; sobre todo a esos galerudos. Gente para andar con cuidado,
a pesar de los modales. Tanto él como yo tuvimos razón.
Los porteños nunca
entendieron el porqué de dar audiencia con el perro echado a un lado. Lo
juzgaban propio de bárbaros, dirigir con un animal en el mismo recinto. Pobres
ilusos. Una mirada de Purvis valía por media hora de semblanteo mío.
Mi fiel compañero
encontró la muerte aquí, en la paz del Palacio San José. La leyenda, que
siempre corre más rápido que la verdad, dice que tenía la costumbre de robarse
el asado de la parrilla, y que un joven soldado de la guardia, indignado, lo
mató. Cuentan que cuando llamé al muchacho a mi despacho, se defendió diciendo
que «todo ladrón debía morir», y que yo cedí ante su respuesta. Pero también
dicen por los pasillos que, tiempo después, ese mismo soldado empezó a
«encontrar» joyas y dinero extraviados en su camino, tentaciones que nunca
tomó, porque sabía que yo solo estaba buscando la menor excusa para vengar el
asesinato de mi amigo.
Eso cuentan. Quién soy
yo para desmentir una leyenda. Diga lo que diga, no va a dejar de seguirse
comentando.
Hoy, cuando el país
arde en conspiraciones y presiento que la traición ronda mi casa, pienso mucho
en él. Si algún día la tragedia llama a mi puerta y debo defender a mi familia
solo, con espada y pistola en mano frente a una partida de asesinos, sé que pelearé
hasta el final. Pero también sé, con absoluta certeza, que muy distinta sería
la historia si mi viejo y bravo perro Purvis estuviera a mi lado, dando pelea.
Fuentes:
Gastón Buet, Purvis, el bravo perro de Urquiza (https://infoner.com.ar/purvis-el-bravo-perro-de-urquiza/)
Yasmin Ali, Purvis, el leal perro de Justo José de Urquiza que se convirtió en el terror de sus enemigos y aliados (https://www.canal26.com/historia/2024/10/18/purvis-el-leal-perro-de-justo-jose-de-urquiza-que-se-convirtio-en-el-terror-de-sus-enemigos-y-aliados/)
Ulises Lanza, Purvis, el perro de Urquiza al que Sarmiento le tenía pavor. (https://www.rosarioplus.com/opinion/purvis--el-perro-de-urquiza-al-que--sarmiento-le-tenia-pavor_a5f4afa6812b5372badfd40e0) domingo 29 de abril de 2018 10:50
Marcelo Lorenzo, La historia de “Purvis”, el bravo perro del general Urquiza (https://www.eldiaonline.com/la-historia-de-purvis-el-bravo-perro-del-general-urquiza)
Una mujer humillada y desposeída.
La tentación de recuperarlo todo.
Un secreto vital que obtener tras la cordillera.
Un general con un desafío por cumplir: cruzar los Andes.
Provincias Unidas de Sudamérica, 1816. Las tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata han declarado su independencia de la corona española, en el peor de los momentos posibles. El nuevo país, libre pero cargado de dificultades y retos, apuesta a remontar sus derrotas en el Alto Perú, con el audaz plan de formar un nuevo ejército y cruzar la cordillera para batir a los realistas por el oeste.
En Chile, Sebastiana Núñez Gálvez ha visto desbarrancar su mundo de lujos, pero también de oscuridades, tras la reconquista realista del país. Ajusticiado su esposo por liderar el bando patriota y confiscados todos sus bienes, malvive en la extrema necesitad. Una falta de todo que la ha hecho abjurar de cualquier creencia y hasta de su reputación, para conseguir subsistir.
El Mariscal español Marco del Pont lo sabe perfectamente, y le ofrece devolverle todas sus posesiones y alcurnia, a cambio de pasar a Mendoza y obtener el secreto mejor guardado del Gobernador de Cuyo y General en jefe de ese nuevo ejército, José de San Martín: por dónde pasarán sus tropas a Chile.
Sebastiana es una mujer decidida a todo para averiguarlo; apuesta para lograrlo a su antiguo y fuerte vínculo de amistad con la esposa del gobernador y General en jefe, Remedios de Escalada. No le importa tener que mentir, engañar o traicionar viejas lealtades.
Pero la imprevista relación con un oficial de granaderos trastocará sus planes. Alguien que, precisamente, debe mantener a los secretos de su jefe a salvo de los espías realistas.













