La vergüenza de George Orwell
por Luis Carranza Torres
Rangún, octubre de 1922. Un joven de diecinueve años, metro noventa, baja de un barco con el apellido Blair y una educación de Eton que no le va a servir de nada en los próximos cinco años. Viene de una familia que hizo su fortuna administrando el monopolio estatal del opio en la India —su padre trabajaba ahí— y que, por tradición más que por vocación, lo empuja a la Policía Imperial en vez de a la universidad. Aplicó a un destino en Birmania, donde todavía vivía su abuela materna, y llegó a Rangún vía el canal de Suez y Ceilán para empezar su vida como oficial de policía.
Ahí arranca algo que él mismo, veinte o treinta años después, va a llamar por su nombre: complicidad. Durante los cinco años siguientes —de 1922 a 1927— va a pasar por Mandalay y Maymyo como instrucción, y después por una serie de destinos (Myaungmya, Twante, Syriam, Moulmein y Katha), además de Insein, sede de la cárcel más segura de la colonia. En 1924 lo ascienden a Assistant District Superintendent y lo mandan a Syriam, cerca de la refinería de la Burmah Oil Company.
La organización donde prestaba servicios no era un cuerpo policial en el sentido moderno del término. Su objetivo no era tanto combatir el delito como prevenir y en su caso abortar los levantamientos de los nativos. Formaba parte del sistema uniforme de administración policial del Raj británico. Estaba dividida en dos capas que no se mezclaban: un mando superior —Inspectores Generales, Superintendentes de Distrito y, debajo de ellos, los Assistant District Superintendents como Orwell—, casi enteramente británico y reclutado, desde 1893, mediante examen para el Indian Civil Service rendido en el Reino Unido; y un servicio subordinado —inspectores, sargentos, agentes— compuesto casi en su totalidad por indios y birmanos, que era el que hacía el trabajo de calle. Es decir: Orwell no patrullaba. Orwell mandaba, entrenaba, juzgaba y firmaba.
No era un destino tranquilo. Birmania, con sus trece millones de habitantes, tenía fama de ser la provincia con mayor tasa de criminalidad de todo el imperio, con bandas armadas de dacoits asaltando poblados y una violencia creciente contra los funcionarios coloniales.
Lo que hace interesante releer hoy esos años no es la biografía en sí, sino lo que empieza a crecer en su interior. En el barco, antes incluso de pisar Birmania, un oficial le pega una patada a un culi que estaba maniobrando mal un equipaje, para "despejarle el camino" a los pasajeros de primera. Orwell no interviene. Solo toma anota mental de lo ocurrido. En esa distancia entre presenciar la injusticia y ejercerla o tolerarla, está la semilla de buena parte de lo que después escribió.
En algún momento asistió a un ahorcamiento. Ese episodio, once o doce años más tarde, se va a convertir en "A Hanging" (1931), uno de sus primeros textos publicados y quizás el más descarnado: la experiencia policial en Birmania le dio material para esa crónica y también para "Shooting an Elephant" (1936), donde cuenta —ya con la distancia del que se fue— cómo mató a un elefante que no necesitaba matar, únicamente porque una multitud birmana esperaba de él el gesto del amo blanco. La frase que sintetiza ese ensayo, y que cualquiera que haya trabajado en un cargo de autoridad debería leer alguna vez, es que el ser humano se convierte en un títere hueco de la máscara que se pone para dominar.
Ahí está, me parece, el germen de su sentido de la justicia: no es un principio que baje de la filosofía política, sino una experiencia personal con la vergüenza. Orwell salió de Birmania incómodo consigo mismo, con la piel todavía puesta de algo que detestaba. Volvió a Inglaterra en 1927 —oficialmente por salud, aunque la biografía estándar coincide en que sirvió como oficial de policía hasta ese año— y les dijo a sus padres que renunciaba, que quería escribir. No soportaba seguir metiendo presa a gente por hacer exactamente lo mismo que él hubiese hecho en su lugar.
Burmese Days (1934) es la ficcionalización directa: la corrupción del funcionariado nativo, el club inglés como fortín racial, la hipocresía imperial vista desde adentro. De ahí en más la línea es continua y se puede seguir sin mucho esfuerzo: Down and Out in Paris and London (1933) es la Birmania invertida, la mirada desde abajo. The Road to Wigan Pier (1937) traslada esa misma óptica —vivir entre los que sufren el sistema para poder describirlo sin condescendencia— a la clase obrera inglesa. Homage to Catalonia (1938) es otra vez el tema de fondo: qué hace el poder, cualquier poder, incluso el que se proclama revolucionario, cuando controla los cuerpos de otros. Y en el final del camino, 1984, no es casualidad que el aparato represivo del Partido —la vigilancia, el sometimiento ritual, el lenguaje que administra la realidad— tenga la textura precisa de una maquinaria colonial trasplantada a Londres. Orwell no inventó el Gran Hermano en el living de Hampstead: lo vio operar, y en parte lo operó él mismo, en los recintos de la policía imperial de distrito en Birmania.
Lo que distingue a Orwell de tantos otros que pasaron por administraciones coloniales y volvieron a escribir memorias autocomplacientes es justamente eso: nunca se absolvió. Escribió, una y otra vez, sobre la mecánica exacta de cómo un hombre común —ni sádico ni héroe— termina sosteniendo un sistema que en el fondo desprecia, porque el uniforme, el sueldo y la costumbre pesan más que la conciencia. Esa es la lección que se lleva de Birmania a 1984: la injusticia no necesita monstruos, sino funcionarios dispuestos a no mirar.


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