El milagro de la Inmaculada Concepción en Empel
por Luis Carranza Torres
Pocos eventos en la historia entremezclan fe y bravura como el Milagro de Empel, ocurrido durante la Guerra de los Ochenta Años o Guerra de Flandes.
El evento que se conoce como el Milagro de Empel tuvo lugar entre el 7 y el 8 de diciembre de 1585, en el contexto de la larga y brutal guerra que enfrentaba a la Monarquía Hispánica, bajo el reinado de Felipe II, contra los rebeldes holandeses, que buscaban su independencia.
Dicho enfrentamiento se desarrollo entre los días 2 y 8 de diciembre de 1585, enfrentando a unos 4000 a 6000 soldados de los tercios españoles bajo el mando del maestre de campo Francisco Arias a unos 30.000 rebledes neerlandeses con una flota de entre 100 a 200 barcos dirigidos por el almirante Felipe de Hohenlohe-Neuenstein.
Los Tercios se encontraban en el isleo o isla de Bommel (o isla de Bommel, en una zona entre el río Mosa y el Waal, cerca de la localidad de Empel. Las fuerzas rebeldes, inundaron deliberadamente los campos circundantes, dejando a los soldados españoles quedaron completamente rodeados por las aguas heladas del río, sin víveres, combustible, ni posibilidad de refuerzos, a merced de la flota enemiga
Con un tiempo muy frío y lluvioso, se empezaron a parapetar unos 200 soldados junto a la iglesia de Empel, a base de cestones (sacos de arena y fagina) para proteger su artillería. Aún les quedaban algunas vacas y caballos por toda comida.
Cercados y enfrentándose a una muerte segura por inanición, frío o ataque, el almirante holandés, Hohenlohe, envió un altanero mensaje a Bobadilla, exigiendo su rendición: "¡Españoles! Rendíos, la tierra se ha tragado a vuestros soldados y el cielo se ha tragado a vuestro Emperador. Si no os rendís, seréis pasados a cuchillo!"
La respuesta del Maestre de Campo, propia del espíritu de los Tercios, quedaría a la historia militar universal: «Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos».
Para el día siete se habían agotado todas las provisiones, incluidos sus propios caballos. el Tercio Viejo de Zamora se hallaba, sin fuegos, expuestos al frío intenso, mojados por la lluvia y a merced de la flota holandesa que los cañoneaba desde el río, enfrentando la muerte o una rendición ignominiosa, el maestre Bobadilla les pidió a todos en esa jornada que se encomendaran a Dios. Los soldados confesaron, comulgaron y exhortados por el capellán Fray García de Santisteban.
Ante la inminente ofensiva holandesa y la necesidad urgente de algún tipo de protección, el Maestre Bobadilla ordenó a sus hombres cavar trincheras o levantar fortificaciones improvisadas. Fue entonces que, un soldado, cuyo nombre no se registra en las crónicas, cavando un hoyo o zanja en la tierra húmeda, para resguardarse del viento o del fuego enemigo, toca con su pala o pico (tampoco las crónicas dan cuenta del instrumento) con un objeto duro que le impedía seguir profundizando.
Al desenterrarlo, se encontró que era una tabla flamenca de madera pintada. Al limpiarla, descubrieron que contenía una imagen de la Purísima e Inmaculada Concepción de María en perfecto estado de conservación que, incluso, parecía recién pintada.
Era la vigilia de la Concepción de María y cundió la noticia por todo el lugar. El hallazgo de esta imagen en un suelo protestante (donde era común que los católicos escondieran sus objetos sagrados para protegerlos de la iconoclastia rebelde) fue interpretado por los soldados profundamente católicos de los Tercios como una señal inequívoca y providencial de que la Virgen estaba de su lado y les prometía la victoria.
Acudió al sitio del hallazgo el mismo Bobadilla, llevándose la imagen en procesión hasta la iglesia, donde la colocaron frente a las banderas de las compañías y le cantaron repetidamente la salve, encomendándose «...por ser ella la que solo podía hacerlo, quien librara sus soldados de aquellas acechanzas de elementos y enemigos...»
El capellán del Tercio, según la tradición, celebró una misa improvisada y animó a las tropas a confiar en la intercesión de la Virgen para salvar sus vidas.
Esa noche, del 7 al 8 de diciembre de 1585, a pesar de encontrarse en una estación relativamente templada y en un clima marítimo, la temperatura cayó en picado hasta niveles gélidos.
Refiere AlonsoVázquez en el Libro Noveno de Los sucesos de Flandes y Francia del tiempo de Alejandro Farnese que tanto heló que: «...se iban los hielos engrosando a grandísima priesa por el aire y tiempo tan frío que hacía, que era el más extraordinario que jamás se vio; cuajaba el agua a medida del deseo de los españoles porque no tenían más esperanzas que esta para su remedio...».
En algunos sitios el espesor del hielo llegó a “media pica”, es decir, alrededor de los dos metros, formando una capa de hielo lo suficientemente gruesa como para soportar el peso de los soldados.
En tanto la flota rebelde se retiraba hacia el Mosa conociendo «el peligro manifiesto en que se iban poniendo si esperaban ver sus navíos encajados y asidos en los hielos» hacia la medianoche.
La artillería española emplazada en el dique de Rosmalen empezó entonces a hostigar a la flota holandesa que se retiraba aguas abajo del Mosa, ya que curso arriba se hallaban las fortificaciones hispanas de Ravenstein y Grave.
Bobadilla ordenó que se guarnecieran los arcabuceros y mosqueteros, así como la artillería que todavía le quedaba allí, a lo largo de las trincheras de la parte superior del dique, puesto que por allí tenían que pasar todos los barcos en su repliegue hacia Heusden. Según las crónicas, en esta acción perecieron más de trescientos holandeses. Algunos españoles incluso bajaron de los diques y se adentraron sobre el hielo para alcanzar algunos barcos que tenían dificultad de maniobra.
El ataque español fue devastador, y las tropas de Hohenlohe fueron derrotadas. El almirante llegó a exclamar, según se cuenta: "Tal parece que Dios es español al obrar tan grande milagro".
A raíz de esa victoria, la Inmaculada Concepción de María fue proclamada Patrona de los Tercios de Flandes e Italia. Bobadilla fundó además una hermandad de Caballeros de la Virgen sin Mancha que se difundió por todos los tercios. Jan Van Venray, en De wording en vestiging der hervormde gemeente te Zalt Bommel nos expresa que dicha cofradía se extendió incluso por los países bajos.
El 8 de diciembre de 1854 la bula Ineffabilis Deus proclamó como dogma de fe católica la Concepción Inmaculada de la Virgen Santísima.
El 12 de noviembre de 1892, a solicitud del Inspector del Arma de Infantería del Ejército de Tierra de España, por Real Orden de la Reina Regente doña María Cristina de Habsburgo, en nombre de su hijo menor de edad, el futuro Alfonso XIII, se declaró Patrona del Arma de Infantería del Ejército de Tierra de España a Nuestra Señora la Purísima e Inmaculada Concepción.
Se oficializaba de tal manera la tradición iniciada por los soldados de los tercios rodeados en una isla de Flandes más de tres siglos antes.
Para leer más en el blog:
Alma de los ejércitos y reina de las batallas
















