Una película de instintos básicos

 


por Luis Carranza Torres


No es solo una película de suspenso, con toques de trhiller psicológico. Basic instint, mal traducido como Bajos instintos, sale del policial común y va mucho más allá del erotismo que fue su principal propulsor a la fama.

Dicen que la escena del interrogatorio fue inolvidable para una generación. Y, acaso, ostente el récord de resultar la más pausada en la historia del VHS. 

Mucho menos sabido es que el saco y el vestido es del mismo color, elegante e incitante, es un homenaje solapado a la Kim Novak de Hitchcock en Vértigo. Paul Verhoeven desde un principio quiso filmar un homenaje a Hitchcock pero con mucho sexo. 

Sharon Stone asegura que el director la engañó para filmarla, que jamás le dijo que sería tan explícita la escena. Paul Verhoeven asegura que ella sabía y que disfrutó que fuera perversa.

El filme trata de una mirada a lo que puede pasar con los seres humanos cuando se asoman a mirar a su lado oscuro o, directamente, caen en él. Tentación y perdición caminan juntas a lo largo de toda la trama. 

Verhoeven tenía en su cabeza un film fuerte, que impactara, altamente sexual. Por eso, me resulta más acertada la traducción de "Instintos básicos" o, mejor aun, la de "Instintos primarios" a la de "Bajos instintos" que se le ha dado en español. Refleja mucho más el concepto de "Basic instint" del título original en inglés. 

Parte del éxito está en la transformación de ambos protagonistas. La escritora Catherine Tramell puede pasar de ser una dominatrix a mostrar su lado vulnerable. A diferencia de los otros, la tentación para ella es volver al redil de los "buenos". El detective Nick Curran es una buena persona, pero con demasiadas abolladuras por la vida en el espíritu como para permanecer encarrillado en el buen camino cuando lo sacuden un poco. Tiene además de complicarse la vida, el oscuro don de complicárselas a quienes lo rodean y lo quieren, a veces muy a su pesar. 

Si Catherine ha edificado su personalidad a partir de dar vía libre a sus pasiones más profundas, por no decir oscuras. Nick, en cambio, no maneja ninguna de las suyas: lo dominan a cada paso. 


En 1992, año del estreno de Bajos instintos, Sharon Stone tenía 34 años y llevaba una década tratando de hacerse notar en Hollywood. Había participado en una decena de películas pero sin llegar a protagonizar. Aprovechó su oportunidad cuando le tocó un buen papel en El vengador del futuro de Paul Verhoeven quien dirigiría también Bajos instintos.

La relación entre Michael Douglas y Sharon Stone no era la ideal fuera de cámara. O tal vez sí. Había tensión, un recelo, un aire de violencia y atracción los sobrevolaba. El calvo de cultivo ideal para lo que tenían que transmitir delante de las cámaras, tal vez. 

Stone fue la candidata número trece para el papel de la sensual y peligrosa Catherine Trammel. Julia Roberts, Michelle Pfeiffer, Kim Basinger, Meg Ryan, Geena Davis y Demi Moore, entre otras, declinaron la oferta para protagonizar. Era un papel riesgoso, con demasiada exposición. El guión tal como estaba escrito, tenía un alto nivel de erotismo. Y el director, lejos de incomodarle, pensaba en "hacerlo mucho más fuerte todavía”. No era extraño que las actrices le huyeran.

La elección del actor principal también fue un acierto aunque menos sorprendente. Michael Douglas ya había protagonizado películas con algún contenido erótico como Atracción fatal y era una primera figura, pero también llegó al proyecto luego de que consideraran otros actores como Richard Gere, Don Johnson, Tom Cruise o Patrick Swayze.

El rodaje no fue sencillo. Se rumorea que a Sharon le costó encontrar el personaje y que luego del primer día casi es despedida, al tiempo que Michael Douglas presionaba para que contrataran a Kim Basinger, quien ya había rechazado el papel para no quedar encasillada como actriz erótica luego de "9 semanas y media".

Luego contaría que se inspiró en la sensualidad de Kathleen Turner. Hay algo de la sinuosidad de Turner o de la Barbara Stanwyck de Pacto de sangre en Trammell, en ese personaje en el que . Una personalidad compleja en donde convergen una escritora, una especie de superhéroe femenino, una asesina y una dominátrix, donde puede mostrar a un mismo tiempo, la vulnerabilidad de un ángel caído y la implacabilidad de una asesina narcisista. 

Tan realista era la filmación, que como contaría Sharon en sus memorias: “Durante el rodaje de la escena inicial del apuñalamiento en la película, hay un momento en el que cortamos y el actor no respondía. Él solo estaba tumbado allí, inconsciente. Yo entré en pánico, pensé que el picahielos retráctil había fallado y que lo había matado de verdad”. La rabia del propio personaje y de la situación en el set se había apoderado de ella, quien despertaba de su ensimismamiento "aterrorizada, desnuda y manchada de sangre falsa”, como cuenta la actriz en sus memorias “The Beauty of Living Twice”. Por fortuna, nada pasó y pudieron seguir filmando luego que se recuperara.

El guionista de la película fue Joe Eszterhas, un personaje de muy alto perfil y también muy polémico. Tenía por entonces en su haber, los guiones de Flashdance, Corazones de fuego y Al filo de la sospecha, entre otros. Al vender este guion, que en un principio tuvo otros títulos: Love Hurts y Sympathy with the devil, batió un récord de la industria. Le pagaron tres millones de dólares, la cifra máxima obtenida por un guionista hasta el momento.

En sus memorias, Hollywood Animal, cuenta que tuvo varios altercados con el director porque en el set de filmación alteraba lo que él había escrito. Algo increíble al respecto es que la película con el guion más caro de la historia hasta el momento sería recordada por una escena que no estaba en él. 

No era un escena que estuviera en el guion original. Fue una invención de Paul Verhoeven derivada de un episodio que vivió en una fiesta. Una de las chicas presentes, con varias copas encima además de la que tenía en la mano, le contó que no llevaba ropa interior y le pidió al director que observara la reacción de los hombres presentes cuando ella se sentaba en un sillón. Paul supo que utilizaría ese dato en alguna película suya.

A principios de los 90, EE. UU. atravesaba una crisis de identidad de género. El feminismo de la "tercera ola" estaba ganando terreno, y en la pantalla, esto se tradujo en la figura de la femme fatale posmoderna.

Catherine Tramell conjugaba como nadie los arquetipos del miedo masculino. A diferencia de las villanas del cine negro clásico, no era una víctima de las circunstancias. Era hiper-inteligente, económicamente independiente y sexualmente depredadora.

Sociológicamente, la película capturó el terror del hombre estadounidense promedio ante la pérdida de control. El detective Nick Curran es un hombre roto, adicto y manipulable, mientras ella es el centro de gravedad absoluto.

El impacto en la industria fue un terremoto de proporciones. La Motion Picture Association of America (MPAA) se vio forzada a lidiar con una película de presupuesto "AAA" que rozaba lo pornográfico.

El filme obligó a reevaluar la calificación NC-17. Verhoeven tuvo que recortar la cinta varias veces para obtener la R, pero aun así, lo que llegó a las salas masivas fue una violencia y una sexualidad gráficas nunca antes vistas en centros comerciales. Para no pocos, fue el nacimiento del "Mainstream Hardcore":

La controversia con la Comunidad LGBTQ+ no fue menor. La película es famosa por las intensas protestas que provocó durante su rodaje y estreno.El tropo de la "Bisexual Asesina". Activistas de grupos como GLAAD y Queer Nation denunciaron que la película reforzaba el estigma de que las mujeres bisexuales o lesbianas eran psicópatas o "desviadas".

Irónicamente, dichas protestas ayudaron a la promoción de la película, pero marcaron un punto de inflexión en Hollywood sobre cómo la representación de villanos queer podía tener consecuencias en el mundo real.

La respuesta del público fue inmediata. Fue una de las cintas más taquilleras del año. Al decir de Sharon Stone: “Michael Douglas y yo nos convertimos en los Fred Astaire y Ginger Rogers, horizontales y desnudos, de los noventa”.

Las consecuencias del filme en cuanto a la estética y el lenguaje visual, tampoco fue menor. Historiográficamente, la película definió el look de los 90 ("The Glace Look"). Jan de Bont utilizó una luz fría y espacios arquitectónicos minimalistas que definieron el estilo "yuppie-noir".La moda. El vestido blanco de cuello alto sin ropa interior se convirtió en un icono de poder y subversión que aún se referencia en la moda actual. El "gaze" La cámara no solo mira a Sharon Stone; la disecciona, convirtiendo al espectador en cómplice de la obsesión del detective.

El auge del thriller erótico en los años 90 no fue un accidente, sino una respuesta comercial directa al éxito de Bajos Instintos. La industria descubrió una "mina de oro": películas de presupuesto medio que prometían el prestigio del cine de autor con el morbo del cine prohibido.

Fue un fenómeno que dominó tanto las taquillas como las estanterías de los videoclubs. Apodado con frecuencia como la "Fórmula Verhoeven", consistía ésta en la conjunción de un protagonista masculino en crisis, generalmente un profesional de clase media-alta cuya vida estable se desmoronaba por una obsesión sexual. A ello se le sumada una estética del lujo donde ocurrían los hechos de la trama que tenía al sexo como su impulsor principal.

Considerar a Bajos Instintos como una simple provocación de marketing o encasillarlo como un prono soft sería un reduccionismo poco feliz.  A tres décadas de su estreno, la obra de Paul Verhoeven se sostiene no por lo que mostró, sino por cómo lo hizo. Posiblemente, se trata del último gran ejercicio de cine negro de gran estudio que logró capturar el zeitgeist de una era obsesionada con el éxito, el control y el abismo de las pulsiones.

La película no solo consagró a Sharon Stone como la última gran diva del siglo XX bajo la gélida luz de Jan de Bont; también marcó el techo de cristal de un género que Hollywood hoy parece haber olvidado. Mientras el cine contemporáneo tiende hacia la asepsia y la seguridad narrativa, la historia de Catherine Tramell nos recuerda una época en la que las salas de cine eran lugares para el riesgo, con filmes que en su ambigüedad moral no buscaban respuestas cómodas ni hechas, sino sumergir al espectador en la fascinación por el peligro.

Por eso no es solo un thriller erótico; es el recordatorio que en el cine —al igual que en el juego de Tramell— quien tiene la información tiene el poder, y quien mira, siempre es un cómplice. El pica hielos sigue ahí, bajo la cama, recordándonos que el verdadero suspenso no nace de la violencia, sino de la inteligencia de quien la ejecuta.


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SOBRE EL AUTOR DE LA NOTA: Luis Carranza Torres nació en Córdoba, República Argentina. Es abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor universitario y miembro de diversas asociaciones históricas y jurídicas. Ejerce su profesión, la docencia universitaria y el periodismo. Es autor de diversas obras jurídicas y de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019), Germánicus. El Corazón de la Espada (2020), Germánicus. Entre Marte y Venus (2021), Los Extraños de Mayo (2022), La Traidora (2023), Senderos de Odio (2024) y Vientos de Libertad (2025). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz y en 2015 Ganó la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires. En 2021 fue reconocido por su trayectoria en las letras como novelista y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba.


 




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En abril de 1982 nada parece ir bien en la vida de Gabrielle Sterling. La relación con su jefe ha terminado en una desilusión amorosa y su carrera en el servicio civil británico no avanza. Sin embargo, la vida la sorprende cuando un hombre misterioso le hace una propuesta peligrosa. De aceptar, deberá traicionar los principios en que ha sido educada, aunque también rescatará es parte olvidada que su madre le inculcó. 
Tironeada por dos banderas, deberá elegir un bando en un conflicto que día a día se muestra más próximo. En ese proceso, pondrá su propia vida en juego mientras se siente cada vez más atraída por ese hombre misterioso.
En tanto la guerra escala, intrigas, pasiones y acontecimientos imprevistos la llevarán donde nunca antes había pensado estar, mientras quienes la persiguen se hallan más cerca de descubrirla. 
En medio de esa incertidumbre, Gabrielle se sentirá más viva que nunca. Tal vez no esté traicionando a nadie, sino encontrándose, por primera vez, consigo misma.  

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