La falsificación más grande de la historia


 

por Luis Carranza Torres

En las sombras de la Segunda Guerra Mundial, el régimen nazi urdió la Operación Bernhard, un plan de sabotaje financiero que no buscaba conquistar territorios o destruir fuerzas militares, sino devaluar la libra esterlina hasta provocar el colapso económico de los Aliados.

No era la primera vez que se llevaba a cabo. Un siglo y medio antes, los ingleses habían falsificado la moneda de la Revolución Francesa para minar la economía de los jacobinos y Federico el Grande también había hecho lo propio con sus estados enemigos. Pero la tecnología disponible a esa altura del siglo XX permitía imprimir billetes a una escala nunca antes vista.

Fue por eso la mayor estafa de la historia de la humanidad mediante la impresión de nueve millones de billetes ingleses falsos, que sumaban algo más de 134 millones de libras.

Se trataba de un plan que muy probablemente, infligiría más estragos que cualquier campaña militar. Su objetivo era incrementar la inflación en forma exponencial por la moneda espuria, a fin de generar un colapso del sistema monetario y ahogar las economías de los aliados. Recuérdese que por la época era la libra inglesa y no el dólar estadounidense la moneda de referencia en las transacciones comerciales internacionales. Asimismo, en tanto se esperaba dicho crack económico, se emplearon también para financiar el esfuerzo de guerra alemán en el extranjero.

La ejecución de la operación corrió a cargo de la Oficina 6-F-4, un departamento de élite dedicado exclusivamente a la inteligencia técnica y la falsificación de documentos y moneda. Ubicada en el Cuartel General de las SS en Berlín, esta sección operaba bajo el mando del RSHA (Oficina Central de Seguridad del Reich).

Apenas dos semanas después que la Segunda Guerra Mundial comenzara, las cabezas del espionaje y las finanzas alemanas se reunieron en una sala de conferencias recubierta de paneles de madera del Ministerio de finanzas germano, para delinear el plan. Pero por falta del papel moneda adecuado, no fue sino hasta 1941 cuando general de las SS y jefe del RSHA, Reinhard Heydrich, pudo encargar su ejecución al Sturmbannführer (grado equivalente al de mayor en el ejército) Bernhard Krüger, a cargo de dicha oficina.

Se contó para llevar adelante el encargo de poderes y concesiones especiales dadas por Heinrich Himmler, comandante en jefe de las SS, quien le autorizó a utilizar a prisioneros judíos que fueran calígrafos, impresores, dibujantes y expertos en falsificaciones. Es que la 6-F-4 contaba con la mejor tecnología de impresión de la época, pero carecía de la mano de obra especializada para la tarea de alta precisión que exigía replicar los billetes británicos.

Tras recorrer todos los campos de exterminio que había en Europa, Krüger seleccionó a 142 prisioneros que fueron clasificados como “trabajadores altamente esenciales”, destinándoselos al Bloque 19 del campo de concentración de Sachsenhausen, cerca de Berlín.

Tal equipo de trabajadores forzados logró una perfección tal que sus billetes superaron los controles del Banco de Inglaterra. Disfrutaban de una vida mejor que la de otros prisioneros, pero sabían también que en cuanto la operación hubiera acabado los matarían; sabían demasiado y eran plenamente conscientes de eso, por lo que en repetidas ocasiones sabotearon subrepticiamente la maquinaria para retrasar la producción.

La falsificación no fue detectada sino cuando un minucioso empleado del Banco de Inglaterra verificó un número de registro duplicado en dos billetes. Después de una investigación, la entidad detectó la enorme falsificación de libras esterlinas y, acto seguido, se hicieron los disimulados. Mas allá de cambiar el diseño de algunos billetes, el Banco de Inglaterra aceptó los billetes falsos como legítimos y hasta pagó con ellos en los mercados internacionales. Otra conducta hubiera puesto en riesgo de quiebra al banco inglés, dada la calidad del trabajo.

Los prisioneros lograron incluso falsificar dólares estadounidenses, en mayo de 1945, pero la guerra culminó antes que pudieran ponerse en circulación.

A comienzos de mayo de 1945, se ordenó el traslado del equipo al campo de Ebensee, en donde serían ejecutados. Pero la falta de medios de control y hombres de vigilancia para el traslado, lograron que los prisioneros se revelaran en dicho campo, negándose a entrar en unos túneles en que debían ser eliminados y logrando dispersarse para disimularse entre los demás prisioneros. Allí fueron finalmente liberados un mes más tarde por fuerzas estadounidenses al mando del general Patton.

Antes de huir, las SS lanzaron planchas y millones de billetes al lago Toplitz, donde serían hallados décadas después. Este cuerpo de agua no fue elegido al azar: sus profundidades superan los 100 metros y carecen de oxígeno a partir de cierta cota, lo que permite que el papel y el metal se conserven casi intactos, lejos de miradas indiscretas.

Krüger consiguió huir a Suiza con un pasaporte falso y una maleta cargada de billetes falsos, pero luego fue atrapado por los británicos, pero no pudo ser condenado por falta de pruebas. En los años 50, compareció ante un tribunal de desnazificación, en el que se recogieron testimonios de antiguos prisioneros falsificadores que declararon a favor de Krüger, expresando que, por su trato y sus tácticas de demora, ellos habían logrado sobrevivir al Holocausto.

Gozó de una vejez apacible en Hamburgo después de trabajar, irónicamente, en una empresa que fabricaba papel especial para imprimir billetes. Murió en 1989.

 

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La familia López de Madariaga llega a Berlín, porque Ignacio, médico y político, jefe de la familia, va a ocupar el cargo de embajador argentino ante el III Reich. Hitler hace poco que ha subido al poder, pero Alemania ya se ha disfrazado del culto a su persona, de intolerancia y soberbia, de una desmesura que solo podía terminar en una guerra.
En ese contexto, la embajada se vuelve un lugar lleno de intrigas, de espías, de jerarcas nazis que fingen una docilidad que no poseen. Lucrecia, la mujer del embajador, descendiente de alemanes, se fascina con el nacionalsocialismo, se siente parte del cambio y del orgullo que propone Hitler. La hija del matrimonio, Constanza, va a descubrir, en una Berlín atribulada, la noche, el jazz, el amor, las incontables formas del deseo, la traición.
Entre ambas mujeres que se admiran y recelan, estará Ignacio, diplomático al fin, como un árbitro imparcial. También mostrará que un embajador no le debe cuentas solo a su patria, sino que el honor que representa se lo debe también a la historia y a su tiempo.
Luis Carranza Torres ha escrito uno de esos raros milagros literarios, una novela cuyos personajes siguen en la cabeza del lector mucho después de haber terminado el libro. Mujeres de invierno es un clásico inmediato de nuestro tiempo.




Cuatro preguntas clave sobre la Saga de la Segunda Guerra Mundial 

📌 ¿Cuántas novelas son?
Está compuesta por tres libros: "Mujeres de invierno", "Hijos de la tormenta" y "Náufragos en un mundo extraño".

📌 ¿Quiénes son los personajes principales?
Tiene como protagonista a la familia López de Madariaga y comienza con su viaje a Berlín 🇩🇪, ciudad donde Ignacio ocupará el puesto de embajador argentino.

📌 ¿Cuándo ocurre?
Comienza en los años 30,  por lo que los personajes serán testigos de cada momento desde el ascenso del Tercer Reich y se extiende hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.

📌 ¿Qué temáticas se ponen en juego?
La Alemania más oscura es escenario de un abanico de historias tan intensas como atrapantes: redes de espionaje, amor, poder, pasión y una reconstrucción histórica exhaustiva de aquellos tiempos difíciles y desafiantes.

 


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