La bandera que Belgrano nos legó


 por Luis Carranza Torres


Si bien la bandera nacional se creó en 1812 y se oficializó en 1816, el Día de la Bandera como lo conocemos hoy se instituyó por ley recién en 1938.

El 27 de febrero de 1812, el coronel Belgrano escribió desde Rosario: “Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, mandela hacer blanca y celeste, conforme a los colores de la Escarapela Nacional. Espero que sea de la aprobación de V.E.”. Era por entonces, jefe del Regimiento Nº 1 de Infantería de línea, como se había renombrado a la Legión de Patricios luego de la Revolución de Mayo, habiéndole investido el Primer Triunvirato como comandante de las fuerzas de defensa de las costas del río Paraná.

La respuesta de tal Primer Triunvirato fue ordenarle ocultarla. Jurídicamente, todavía se gobernaba a nombre del rey español Fernando VII, y exhibir una bandera propia era una declaración de independencia prematura para la diplomacia de Buenos Aires.

Belgrano, apelando a sus dotes de letrado, se las ingenió para cumplir a medias con lo ordenado: “La guardaré silenciosamente para enarbolarla cuando se produzca un gran triunfo de nuestras armas”, expresó. Tras la batalla de Tucumán, en setiembre de ese mismo año, cumplió con la promesa.

La confección de esa primera bandera estuvo a cargo de María Catalina Echevarría de Vidal, hermana de Vicente Anastasio de Echevarría, un abogado amigo cercano de Belgrano. Ayudada en la tarea por dos vecinas cuyos nombres no conocemos, cosieron los paños a mano durante al menos dos jornadas intensas para llegar a tiempo al 27 de febrero, fecha señalada para inaugurar las dos baterías, Libertad e Independencia, que resguardarían las costas del Paraná en ese lugar.

María Catalina fue quien, según las crónicas de la época, transportó la bandera doblada en una bandeja de plata antes de que fuera entregada al civil Cosme Maciel, el joven encargado de izarla por primera vez.

Respecto de la disposición original de los colores, no hay ningún documento escrito de como era la bandera original de Rosario. La deducción con mayor fundamento nos la da el famoso retrato de Manuel Belgrano pintado al óleo en 1815 por el artista francés François Casimir Carbonnier, en el cual la bandera (visible en la escena de batalla que se observa por la ventana) está compuesta por dos franjas horizontales: una superior de color blanco y una inferior de color celeste. Se trata del único cuadro para el que el prócer posó en vida, realizado durante su misión diplomática en Londres, por lo que él mismo debió instruir al pintor sobre cómo debía ser la enseña. 

Además, San Martín, que conoció la bandera original (Belgrano menciona en carta, la bandera que le dejé) cuando crea la bandera del Ejército de los Andes la hace bicolor a dos franjas con igual disposición: la superior blanca, la inferior celeste. 

Posible disposición de colores en la primera bandera

El diseño actual de tres franjas (celeste, blanca y celeste) se adoptó formalmente cuando tras la Declaración de la Independencia el Congreso de Tucumán oficializó el símbolo el 20 de julio de 1816. En el decreto redactado por el diputado Juan José Paso estableció que la bandera tendría tres bandas horizontales “con la disposición de los colores actuales”. En 1818 se sumó el Sol de Mayo para la bandera de guerra, que se omitía en la bandera civil.

Estos cambios buscaban mayor visibilidad en el campo de batalla y una diferenciación clara de los estandartes de otras naciones civiles y marítimas de la época.

Con la publicación de la Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina de Bartolomé Mitre en 1857, se consolidó culturalmente la figura de Belgrano como el prócer civil virtuoso por excelencia, asociado a la creación de la bandera.

De allí que, desde el punto de vista histórico, no se eligiera para su conmemoración la fecha en que la bandera fue creada o izada por primera vez, sino la del fallecimiento de su creador, el Brigadier General Manuel Belgrano, quien murió el 20 de junio de 1820 en la más absoluta pobreza y el olvido político.

En 1883, en la parroquia de la localidad de Macha (actual Bolivia), se encontraron ocultas detrás de unos cuadros dos banderas que Belgrano había mandado a esconder tras las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma en 1813. Estas telas de seda, desgastadas por el tiempo, son el testimonio físico más antiguo que se conserva.

Una de ellas (conocida como la "Bandera de Macha") presenta tres franjas, pero con los colores invertidos respecto a la actual: blanca, celeste y blanca. La otra, conocida como la "Bandera de Ayohuma", que hoy se conserva en el Museo Histórico Nacional en Buenos Aires, valida la hipótesis de las dos franjas como diseño de la bandera original de Belgrano.

Durante la presidencia de Roberto M. Ortiz, el Congreso de la Nación Argentina debatió la necesidad de unificar las celebraciones patrias y darles un marco legal definitivo. Por eso el 8 de junio de 1938 sancionó la Ley 12.361, que estableció textualmente: "Declárase Día de la Bandera el 20 de junio de cada año, aniversario del fallecimiento de su creador, el General Manuel Belgrano, debiendo considerarse dicho día como feriado nacional".

La institución de una efeméride civil por la norma, traía aparejada la consecuencia la realización en el ámbito educativo y de las instituciones del Estado de actos de homenaje y jura. Por eso en la esfera castrense en el día en que el personal de alumnos del primer año de institutos militares o aquél que ha completado su período de instrucción militar, realiza por reglamento el juramento de fidelidad.

El Monumento Histórico Nacional a la Bandera, asentado en el lugar donde se enarboló por primera vez, fue diseñado por los arquitectos Ángel Guido y Alejandro Bustillo. La obra en su conjunto simboliza la nave de la Patria surcando las aguas del mar de la eternidad en procura de un destino glorioso. Su inauguración oficial fue el 20 de junio de 1957.

Por su parte, la dualidad entre bandera de guerra (con sol) y bandera civil (sin sol), fue suprimida el 16 de agosto de 1985 por Ley Nacional N.º 23.208, que adoptó una única enseña con el sol incaico.

Como puede verse, el 20 de junio es el resultado de un proceso donde los hechos de la historia son interpretados desde la cultura colectiva para terminar siendo normativizados por el derecho, dando por resultado ese sentido símbolo común a todos los argentinos que ondea al viento en nuestros mástiles.



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SOBRE EL AUTOR DE LA NOTA: Luis Carranza Torres nació en Córdoba, República Argentina. Es abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor universitario y miembro de diversas asociaciones históricas y jurídicas. Ejerce su profesión, la docencia universitaria y el periodismo. Es autor de diversas obras jurídicas y de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019), Germánicus. El Corazón de la Espada (2020), Germánicus. Entre Marte y Venus (2021), Los Extraños de Mayo (2022), La Traidora (2023), Senderos de Odio (2024) y Vientos de Libertad (2025). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz y en 2015 Ganó la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires. En 2021 fue reconocido por su trayectoria en las letras como novelista y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba. Ganador en 2026 del Concurso Internacional de Cuento Histórico organizado por la Editorial La Cuarta Orilla. 





Una mujer humillada y desposeída.

La tentación de recuperarlo todo.

Un secreto vital que obtener tras la cordillera.

Un general con un desafío por cumplir: cruzar los Andes.

 

Provincias Unidas de Sudamérica, 1816. Las tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata han declarado su independencia de la corona española, en el peor de los momentos posibles. El nuevo país, libre pero cargado de dificultades y retos, apuesta a remontar sus derrotas en el Alto Perú, con el audaz plan de formar un nuevo ejército y cruzar la cordillera para batir a los realistas por el oeste.

En Chile, Sebastiana Núñez Gálvez ha visto desbarrancar su mundo de lujos, pero también de oscuridades, tras la reconquista realista del país. Ajusticiado su esposo por liderar el bando patriota y confiscados todos sus bienes, malvive en la extrema necesitad. Una falta de todo que la ha hecho abjurar de cualquier creencia y hasta de su reputación, para conseguir subsistir.

El Mariscal español Marco del Pont lo sabe perfectamente, y le ofrece devolverle todas sus posesiones y alcurnia, a cambio de pasar a Mendoza y obtener el secreto mejor guardado del Gobernador de Cuyo y General en jefe de ese nuevo ejército, José de San Martín: por dónde pasarán sus tropas a Chile.

Sebastiana es una mujer decidida a todo para averiguarlo; apuesta para lograrlo a su antiguo y fuerte vínculo de amistad con la esposa del gobernador y General en jefe, Remedios de Escalada. No le importa tener que mentir, engañar o traicionar viejas lealtades.

Pero la imprevista relación con un oficial de granaderos trastocará sus planes. Alguien que, precisamente, debe mantener a los secretos de su jefe a salvo de los espías realistas. 

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