Los libros con los que Manuel Belgrano soñó un país
por Luis Carranza Torres
Belgrano fue un lector ávido, múltiple y constante. Si una actividad atraviesa las múltiples etapas de su vida, es la lectura. Su espíritu inquieto encontró en los libros una fuente tanto de deleite como de formación.
Su biblioteca fue una de las más importantes que poseyó un criollo rioplatense entre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. No era una colección destinada al lucimiento social sino un biblioteca de trabajo, construida pacientemente durante sus años de formación en España y enriquecida luego en Buenos Aires. Sus estantes reflejaban, mejor que cualquier retrato, la personalidad de un hombre ilustrado, un jurista, un economista, un funcionario reformista, un militar autodidacta y un hombre de profunda fe religiosa.
Una biblioteca nacida en Europa
Entre 1786 y 1793, Belgrano cursó estudios de Derecho en las universidades de Salamanca y Valladolid. Fueron años decisivos. Allí entró en contacto con las corrientes intelectuales de la Ilustración española y francesa, al tiempo que aprovechó su permanencia en Europa para adquirir una importante cantidad de libros, que luego hizo enviar al Río de la Plata en grandes cajones.
Aquella colección estaba integrada por obras de economía política, agricultura, comercio, derecho, filosofía, historia, ciencias naturales, matemáticas, ingeniería militar, religión y literatura clásica. Era, en definitiva, la biblioteca ideal de un funcionario ilustrado de la monarquía borbónica, convencido de que el conocimiento era el principal motor del progreso.
Los autores que formaron su pensamiento
Aunque no se conserva un inventario completo de su biblioteca, se sabe que Belgrano leyó y, en muchos casos, poseyó obras de algunos de los pensadores más influyentes de su tiempo.
Entre ellos se encontraban Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Guillaume-Thomas Raynal, Gaetano Filangieri, Antonio Genovesi, Gaspar Melchor de Jovellanos, Pedro Rodríguez de Campomanes, François Quesnay, Adam Smith —cuya obra probablemente conoció en su edición francesa—, Benito Jerónimo Feijoo, Georges-Louis Leclerc de Buffon y, entre los clásicos, Plinio, Cicerón, Virgilio y Tácito.
A estos nombres se sumaban numerosos textos jurídicos españoles, recopilaciones legislativas y tratados indispensables para quien debía desempeñarse como secretario perpetuo del Consulado de Buenos Aires.
La economía como herramienta para transformar la sociedad
Si hubiera que señalar el núcleo de aquella biblioteca, probablemente sería la economía política.
Belgrano admiraba especialmente a los economistas italianos y españoles, en particular a Antonio Genovesi, Gaetano Filangieri, Jovellanos y Campomanes. De sus obras extrajo ideas que luego trasladaría casi literalmente a las Memorias del Consulado: el fomento de la agricultura, el desarrollo de las manufacturas, la necesidad de promover la educación técnica, la modernización del comercio y la importancia de una intervención estatal inteligente para estimular la riqueza de los pueblos.
No concebía la economía como una ciencia abstracta, sino como una herramienta concreta para mejorar la vida de la población.
Ciencia para desarrollar el país
Su curiosidad intelectual iba mucho más allá de la economía.
Entre sus libros figuraban tratados de agronomía, botánica, minería, navegación, veterinaria e hidráulica. No respondían al afán enciclopedista propio del siglo XVIII, sino a un interés eminentemente práctico. Belgrano estudiaba estas disciplinas porque estaba convencido de que el desarrollo económico del Río de la Plata dependía de mejorar la producción agrícola, explotar racionalmente los recursos naturales y difundir los conocimientos científicos entre productores y artesanos.
Para él, la ciencia era una herramienta de transformación social.
Un general que aprendió leyendo
Paradójicamente, quien terminaría convirtiéndose en uno de los principales jefes militares de la Revolución apenas poseía libros de estrategia antes de 1810.
Su formación era jurídica y económica. Sin embargo, cuando la Revolución lo colocó al frente de ejércitos, comenzó a adquirir manuales de táctica, fortificación, artillería y estrategia militar. Gran parte de los conocimientos con los que organizó y condujo sus campañas fueron producto de un intenso aprendizaje autodidacta.
Belgrano aprendió el oficio de general, en buena medida, leyendo.
Ilustración y fe
Una imagen muy difundida presenta a los ilustrados como hombres alejados de la religión. El caso de Belgrano demuestra que esa simplificación resulta engañosa.
Su biblioteca contenía Biblias, obras de los Padres de la Iglesia, tratados de teología, sermones y vidas de santos. Su profunda religiosidad convivía naturalmente con la lectura de los filósofos ilustrados. Nunca consideró incompatibles la fe católica y el pensamiento moderno; por el contrario, entendía que ambos podían complementarse en la búsqueda del bien común.
Una biblioteca políglota
Belgrano dominaba el español, el latín, el francés y el italiano, lo que le permitía consultar muchas obras en sus idiomas originales, sin depender de traducciones. Esa capacidad amplió considerablemente el horizonte intelectual de sus lecturas y lo conectó con algunas de las discusiones más avanzadas de la Europa de su tiempo.
¿Cuántos libros tenía?
No existe un inventario completo que permita conocer con precisión el tamaño de su biblioteca.
Los historiadores estiman que pudo haber reunido entre 400 y 800 volúmenes, una cifra extraordinaria para el Buenos Aires de comienzos del siglo XIX. Basta recordar que, en aquella época, una biblioteca de apenas un centenar de libros ya era considerada excepcional.
La de Belgrano figuraba, sin dudas, entre las más importantes del Río de la Plata.
Donación a la Biblioteca Nacional.
Manuel Belgrano donó a la Biblioteca Pública de Buenos Ayres, actual Biblioteca Nacional Mariano Moreno, en dos remesas, en los años 1810 y 1811 (está última en dos tandas), un lote de 87 títulos distribuidos en 167 tomos sobre los más diversos temas: literatura, historia, filosofía, geografía, viajes, economía, agricultura y ganadería, ciencias y técnicas.
La mayor parte de los libros está en español y en francés, pero hay algunos pocos en inglés, italiano, latín y griego. Aunque Belgrano casi no dejó marcas de lectura en ellos, en su repaso se puede vislumbrar elementos significativos de su pensamiento.
En su donación abundan libros que van desde la tradición filosófica y literaria greco-romana, pasando por sus principales preocupaciones: el Derecho y la Economía Política, la Agricultura y los oficios industriales, hasta las Artes y las Ciencias. Hay tratados de Cosmografía e Historia Natural, de Medicina, Química y Matemáticas, así como obras filosóficas y literarias entre los que se destacan el Platón de Marcilio Ficino y el Robinson Crusoe de Daniel Defoe.
Existen también tomos jesuíticos de la contrarrevolución con los que Belgrano coincidía en el rechazo a los horrores del jacobinismo y en la brega por una monarquía ilustrada, que inspiró su propuesta de un Rey Inca encarnado por el hermano de Túpac Amaru. Y por supuesto los libros históricos referentes a las vidas de militares ilustres.
El destino de la colección
La muerte de Belgrano, en 1820, marcó también el comienzo de la dispersión de sus libros.
Parte de la biblioteca permaneció en manos de su familia; otros ejemplares fueron vendidos, algunos se perdieron y varios terminaron integrando bibliotecas particulares. Con el tiempo, ciertos volúmenes pudieron identificarse gracias a anotaciones manuscritas o a marcas de propiedad y hoy se conservan en repositorios públicos y colecciones privadas.
La colección, sin embargo, nunca volvió a reunirse.
Una biblioteca que explica al prócer
Si los libros que una persona conserva hablan de ella, pocos casos resultan tan elocuentes como el de Manuel Belgrano.
Su biblioteca revela al hombre ilustrado formado en Europa, al economista preocupado por el desarrollo productivo, al funcionario convencido del valor de las instituciones, al lector infatigable, al hombre profundamente religioso y al militar que debió aprender un oficio para el que nunca había sido preparado.
En cierto modo, esos estantes contenían mucho más que libros. Allí estaba el proyecto de país que Belgrano imaginaba: una nación fundada en la educación, el trabajo, la ciencia aplicada, el desarrollo económico y el fortalecimiento de las instituciones, antes que en los privilegios heredados o en la mera fuerza de las armas.
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