Un mundial de transición

 


Notas sobre la Copa Mundial de la FIFA 2026 en Canadá, Estados Unidos y México

 

Por Luis Carranza Torres

 

I. Un torneo distinto

 

La Copa Mundial de la FIFA 2026 (u oficialmente en inglés: 2026 FIFA World Cup Canada/United States/Mexico), a pesar de ser la vigésima tercera edición del campeonato, resulta la primera en varios aspectos no menores. Es por eso que, más allá de lo futbolístico, sospecho que será también recordada por ser el punto exacto en que el torneo cambió lo que había sido durante casi un siglo, sin terminar todavía de mutar a lo que va a resultar en el futuro. Se trata pues de un mundial de transición.

Por primera vez, cuarenta y ocho selecciones en lugar de treinta y dos. Ciento cuatro partidos en lugar de sesenta y cuatro. Doce grupos de cuatro en lugar de ocho. Una ronda eliminatoria más —los dieciseisavos de final— que hasta ahora no existía, de modo que el campeón necesita ocho partidos y no siete para levantar la copa. Dieciséis estadios en dieciséis áreas metropolitanas. Y, sobre todo, tres países anfitriones al mismo tiempo: Canadá, Estados Unidos y México, con once sedes en el primero de esos mercados por tamaño, tres en México y dos en Canadá.

La final se jugó el domingo 19 en el MetLife Stadium de East Rutherford, Nueva Jersey: España venció a la Argentina 1 a 0, con un gol en el tiempo suplementario, y se consagró campeona del mundo por segunda vez en su historia —la primera fue Sudáfrica 2010—.

La Argentina no pudo, esta vez, ir por su cuarta estrella. Se quedó, en cambio, con el cuarto subcampeonato de su historia mundialista, el que se suma a los de 1930 frente a Uruguay, 1990 ante Alemania Occidental y 2014 otra vez contra los alemanes. Con cuatro finales ganadas —1978, 1986 y 2022— y cuatro perdidas, pocas selecciones habitan con semejante constancia la última instancia de un Mundial.

Lo que sigue no es, de todos modos, una crónica deportiva ni un balance del juego. Es una descripción del acontecimiento: cómo se decidió, con qué instrumentos jurídicos se montó, qué fricciones políticas atravesó y en qué se diferencia de todo lo anterior.

 

II. Su origen en el Congreso de Moscú

 

La sede de 2026 se adjudicó el 13 de junio de 2018, en el 68.º Congreso de la FIFA, celebrado en Moscú en la víspera del mundial de Rusia. La candidatura conjunta de Canadá, México y Estados Unidos —bautizada United 2026— obtuvo 134 votos contra 65 de Marruecos, con una abstención.

Era la primera vez en la historia que la organización se otorgaba a tres países. El único antecedente de sedes múltiples era el de Corea del Sur y Japón en 2002. Adjudicado en 1996, fue una solución de compromiso, ya que las dos candidaturas estaban empatadas y con fuerte carga política —la memoria de la ocupación japonesa de Corea entre 1910 y 1945—, de modo que la FIFA decidió ahorrarse polémicas y partió el torneo por la mitad.

El detalle de la votación para el mundial de 2026 presenta varias particularidades. Las cuatro naciones candidatas no estaban habilitadas para votar, y tampoco tres territorios dependientes de los Estados Unidos —Guam, Puerto Rico y las Islas Vírgenes—, aunque sí pudo hacerlo Samoa Americana. Ghana quedó fuera porque su asociación nacional había sido disuelta a raíz de un escándalo de corrupción. En total, 203 de las 211 federaciones miembro estaban en condiciones de sufragar. Irán votó por la opción «ninguna de las candidaturas»; Cuba, Eslovenia y España se abstuvieron.

El camino hasta esa elección fue todo menos lineal. El proceso de licitación debía haber comenzado en 2015, pero el escándalo de corrupción que estalló ese año en la FIFA lo postergó. Reprogramado, se lo diseñó en cuatro fases que debían culminar recién en mayo de 2020, con una etapa de consulta enfocada en cuatro ejes: la inclusión de requisitos de derechos humanos, sostenibilidad y protección ambiental en el pliego; la exclusión de los oferentes que no cumplieran los requisitos técnicos; la revisión de la postura sobre las candidaturas conjuntas; y el número de equipos.

Ese cronograma se abrevió. Ante la falta de otras ofertas, las tres federaciones de la Concacaf pidieron a la FIFA acelerar el trámite y adjudicar la sede fuera del procedimiento tradicional. El 8 de mayo de 2017 el Consejo propuso un mecanismo restringido: invitar en primer término solo a las asociaciones de la CAF, la Concacaf, la Conmebol y la OFC, es decir, a las confederaciones cuyos miembros no habían organizado las dos ediciones anteriores. El 11 de mayo, el 67.º Congreso aprobó los nuevos plazos: 11 de agosto de 2017 para manifestar interés, 16 de marzo de 2018 para acreditar las especificaciones técnicas, 13 de junio de 2018 para la decisión. Si ninguna oferta prosperaba, se abriría el juego a la AFC y a la UEFA, con exclusión de los oferentes iniciales. En agosto de 2017 quedaron formalizadas las dos únicas candidaturas: la norteamericana y la marroquí.

Conviene subrayar el orden de los factores, porque suelen confundirse. La ampliación a 48 equipos no se trató de una consecuencia de la elección de sede: fue anterior. El Consejo de la FIFA, a instancias de Gianni Infantino, la aprobó el 10 de enero de 2017, un año y medio antes de Moscú. El formato inicialmente previsto —dieciséis grupos de tres equipos— nunca llegó a oficializarse, y el 14 de marzo de 2023 el Consejo aprobó el esquema definitivo: doce grupos de cuatro, con clasificación de los dos primeros de cada zona y de los ocho mejores terceros, treinta y dos equipos en dieciseisavos y solo dieciséis eliminados en la primera ronda. La asignación de plazas por confederación se había aprobado antes, el 9 de mayo de 2017, en una reunión del Consejo en Manama, con 46 plazas directas y seis equipos disputando un repechaje intercontinental por los dos boletos restantes, jugado en territorio de los anfitriones a modo de ensayo general.

Las críticas a la ampliación fueron tempranas y vinieron, previsiblemente, de Europa. Javier Tebas, presidente de LaLiga, sostuvo que «la industria del fútbol se mantiene gracias a los clubes y a las ligas, no gracias a la FIFA», y atribuyó la decisión a una promesa electoral de Infantino. La Asociación Europea de Clubes fue en la misma dirección: el incremento era por razones políticas antes que deportivas. Ocho años después, con el torneo casi terminado, el debate sigue abierto —y la FIFA ya analiza llevarlo a 64 equipos para 2030, según reconoció el propio Infantino durante esta misma Copa.

 

III. Arquitectura de una sede triple

 

La tripartición territorial de la competencia modifica la naturaleza jurídica y logística del acontecimiento. Un mundial siempre había sido, hasta ahora, un evento alojado en un ordenamiento nacional; a lo sumo, en dos —Corea del Sur y Japón en 2002— con carácter de excpeción. En 2026 hay tres soberanías, tres regímenes fiscales, tres sistemas migratorios, tres estructuras federales de seguridad y cuatro husos horarios en juego. Por si fuera poco, todos esos países tienen un régimen federal, por lo que hay tres niveles de estado (federal, estatal y local) con competencias.

La FIFA respondió con una arquitectura societaria propia. Constituyó tres sociedades locales —una en Canadá, otra con sede en la Ciudad de México y una tercera, «FWC2026 US, Inc», radicada en Miami—, cada una a cargo de la gestión operativa en su zona y del enlace permanente entre el Consejo de la FIFA, las tres asociaciones nacionales (la Canadian Soccer Association, la Federación Mexicana de Fútbol y la U.S. Soccer Federation) y los gobiernos respectivos. Debajo de esa estructura, cada una de las dieciséis ciudades sede constituyó a su vez un «Comité del Mundial FIFA 2026». Resulta en conjunto, en rigor, una administración público-privada transnacional montada ad hoc para un mes y medio.

El proceso de selección de ciudades sedes fue largo y dejó bajas en el camino. El 15 de agosto de 2017 el comité de la candidatura conjunta presentó una lista de 49 estadios en 44 mercados metropolitanos: tres estadios en tres ciudades mexicanas, nueve canchas en siete zonas de Canadá y treinta y siete escenarios en treinta y cuatro áreas de los Estados Unidos. La oferta final enviada a la FIFA en marzo de 2018 se redujo a 23 estadios en 23 ciudades. Los requisitos de capacidad eran estrictos: 40.000 espectadores como mínimo para primera y segunda ronda, 60.000 para cuartos y semifinales, 80.000 para la inauguración y la final. El comité aseguró, además, que ninguna de las ciudades elegidas debía construir un estadio nuevo, dato no menor si se lo compara con Brasil 2014 o Qatar 2022.

Las deserciones son un capítulo en sí mismo, y todas tienen la misma raíz: el dinero público. Calgary se retiró en 2017 para concentrarse en su candidatura olímpica. Vancouver quedó descartada en julio de 2018 porque el gobierno local consideró que no había condiciones financieras para sostener la sede; rectificó después y fue readmitida el 15 de abril de 2022. Chicago —tercera ciudad de los Estados Unidos, con el Soldier Field disponible— renunció el 6 de julio de 2020, cuando las autoridades locales rechazaron las exigencias de la FIFA que implicaban aumentar impuestos locales para financiar el evento. Montreal, segunda ciudad de Canadá, hizo lo propio el 6 de julio de 2021 por el alto costo para las arcas públicas. En Los Ángeles, el Memorial Coliseum y el Rose Bowl quedaron en el camino frente al SoFi Stadium, que terminó imponiéndose el 16 de junio de 2022 pese a que debía adecuar su campo de juego.

La lista definitiva de dieciséis sedes se anunció ese mismo 16 de junio de 2022: Atlanta, Boston, Dallas, Filadelfia, Houston, Kansas City, Los Ángeles, Miami, Nueva York/Nueva Jersey, la bahía de San Francisco y Seattle en los Estados Unidos; Toronto y Vancouver en Canadá; Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey en México. Setenta y ocho partidos en territorio estadounidense y trece en cada uno de los otros dos países.

El reparto alcanzó a los eventos de apertura y cierre: la inauguración, el 11 de junio, en el Estadio Azteca; la final, el 19 de julio, en el MetLife. El Azteca es así el primer estadio de la historia en albergar tres mundiales —1970, 1986 y 2026— y el único de los tres países que repite: ninguno de los otros once escenarios mexicanos de 1970 y 1986, ni ninguno de los nueve estadios estadounidenses de 1994, volvió a ser sede. México, por su parte, es el primer país en organizar tres Copas del Mundo; Estados Unidos, el sexto en albergar al menos dos; Canadá debuta como anfitrión.

La contrapartida de esa amplitud es la distancia. Las sedes se reparten entre las 07:00 y las 04:00 UTC negativas: Los Ángeles, Seattle, San Francisco y Vancouver en UTC-7; las tres mexicanas en UTC-6; Kansas City, Dallas y Houston en UTC-5; Nueva York, Boston, Filadelfia, Toronto, Atlanta y Miami en UTC-4. Una selección puede recorrer, entre la fase de grupos y la final, más kilómetros que los que separan Buenos Aires de Madrid. La FIFA intentó mitigarlo con una regionalización parcial de los grupos, pero el problema es estructural: la anchura del sub continente es la escala del torneo.

 

IV. La letra chica de los acuerdos de sede

 

La FIFA adjudica una sede contra un paquete de instrumentos jurídicos que los Estados firman de antemano. Son las llamadas Garantías Gubernamentales, un conjunto de compromisos que abarcan régimen fiscal, ingreso y permanencia de personas, seguridad, protección de marcas, derechos de transmisión, controles cambiarios y aduaneros. A ellas se suman los Host City Agreements, que cada ciudad sede suscribe por separado, y los contratos con los propietarios de los estadios.

El caso más documentado —y el más revelador— es el mexicano. Documentos a los que accedió ESPN muestran que el gobierno de Enrique Peña Nieto entregó a la FIFA, a través de la Secretaría de Gobernación, un documento de 93 páginas redactado en una única versión en inglés y firmado por el entonces secretario Alfonso Navarrete Prida. En el apartado «Exenciones fiscales y compromisos cambiarios» se libera del pago de impuestos a la FIFA, a la entidad FWC 2026, a las entidades subsidiarias, a las federaciones y confederaciones, a los proveedores, a los socios comerciales y a cualquier involucrado en la organización, nacional o extranjero, incluida la propia Federación Mexicana de Fútbol.

Según el reporte de evaluación de la candidatura publicado por la FIFA, México fue el único de los tres anfitriones que otorgó la garantía de exención total. Estados Unidos y Canadá formularon reservas. En el caso canadiense, fue lisa y llanamente desestimada; en su lugar el gobierno federal emitió una Orden de Remisión análoga a la utilizada para el Mundial Femenino de 2015, con beneficios aduaneros y fiscales acotados principalmente a la importación de bienes. En los Estados Unidos, la FIFA debió negociar sede por sede: el propio reporte de evaluación admite que se aplicarían las normas tributarias ordinarias, que la entidad se beneficiaría de una exención preexistente y limitada y del tratado de doble imposición vigente entre Suiza y los Estados Unidos, y que ese marco podía tener «un impacto fiscal negativo considerable» sobre su posición comercial, en particular porque la exención preexistente no cubre el componente publicitario de sus ingresos de marketing.

El caso mexicano de ese compromiso es revelador sobre cómo un contrato firmado por una administración obliga a las siguientes. Siete años después, el 29 de octubre de 2025, el Congreso aprobó la exención por la vía del artículo 25 transitorio de la Ley de Ingresos de la Federación 2026. La técnica elegida no es inocente: al instrumentarla por la ley de ingresos —renovable cada año hasta 2028, según estipula el contrato— se evita tocar la ley fiscal de fondo.

La lógica de la negociación la resumió con una franqueza notable la congresista Claudia Anaya: los otros dos países tenían «ofertas más interesantes» —infraestructura, conectividad, aeropuertos, mantenimiento de estadios—, y por eso se llevaron los mejores partidos; «a veces el que menos tiene es el que más tiene que dar para tratar de traer el paquete». México aceptó todas las garantías y pasó de aspirar a diez partidos a obtener trece: cinco en el Azteca —incluida la inauguración—, cuatro en Monterrey y cuatro en Guadalajara. El cálculo del otro lado del mostrador también fue explícito: se estimó que fiscalizar a proveedores extranjeros dispersos habría costado más que la exención misma.

No todos los compromisos son fiscales. Las garantías incluyen también un capítulo migratorio —el ingreso expedito de jugadores, oficiales, prensa y espectadores acreditados—, y es precisamente en ese punto donde la estructura jurídica ad hoc tuvo sus mayores tensiones.

 

V. Jugar al fútbol estando en guerra

 

Ningún país competidor había estado nunca en guerra con un país anfitrión mientras se disputaba una Copa del Mundo.

Irán se clasificó en marzo de 2025, tras empatar 2 a 2 con Uzbekistán. En noviembre, el Departamento de Estado denegó las visas a la delegación iraní que debía asistir a la ceremonia del 5 de diciembre en el Kennedy Center de Washington —entre ellos el presidente de la federación, Mehdi Taj, el entrenador Amir Ghalenoei y otros siete dirigentes—, invocando la orden ejecutiva que restringe los viajes desde doce países. La federación iraní llevó el caso ante la FIFA, no obtuvo respuesta y terminó boicoteando el sorteo. Irán quedó en el bombo 2 y fue sorteado sin que nadie de su federación estuviera en la sala.

El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva aérea sobre Irán —la operación denominada «Furia Épica». El conflicto se extendió durante semanas, con represalias iraníes sobre bases estadounidenses en varios países del Golfo y un cierre selectivo del estrecho de Ormuz, y un alto el fuego entró en vigor el 8 de abril, si bien las hostilidades se reanudaron de forma intermitente. Cuando llegó junio, la participación iraní en el mundial estaba en duda no por razones deportivas sino por la imposibilidad material de que su delegación pisara territorio estadounidense.

La federación iraní pidió a la FIFA trasladar sus partidos a México. No lo consiguió. Lo que sí hizo fue mudar su campo base: estaba previsto en Tucson, Arizona, y terminó instalado en Tijuana, del lado mexicano de la frontera. El 5 de junio, el embajador estadounidense en Turquía, Tom Barrack, anunció que se habían concedido visas a los futbolistas y al «personal de apoyo necesario». La fórmula era deliberadamente estrecha: quince integrantes de la delegación —en su mayoría directivos, asesores técnicos y el jefe de prensa, incluido el presidente Taj— quedaron afuera. El 6 de junio Irán denunció formalmente «trato discriminatorio».

Pero la restricción no fue únicamente en el número, sino también en el tiempo de permanencia. Las visas concedidas a los jugadores fueron permisos estrictamente temporales de veinticuatro horas. En palabras del embajador iraní en México, Abolfazl Pasandideh, en conferencia de prensa en Tijuana: podían entrar por la mañana y el mismo día debían salir. El equipo voló en chárter, llegó a Los Ángeles la víspera de su debut contra Nueva Zelanda y regresó a Tijuana apenas terminado el partido. Desde el Departamento de Estado se defendió el rigor del procedimiento con el argumento de que no se permitiría que el equipo «abusara de este sistema para introducir terroristas» en el país.

La ventana se cerró todavía más. De cara al segundo partido, contra Bélgica el 21 de junio en Los Ángeles, el técnico Ghalenoei denunció que las autoridades habían recortado el plazo: de las veinticuatro horas se pasó a una permanencia de entre dieciséis y dieciocho. A eso la federación iraní sumó una denuncia formal por bloqueo en la distribución de entradas: sostuvo que se le restringió el acceso al ocho por ciento del boletaje que por reglamento le corresponde en los estadios.

La contracara del episodio tampoco fue amable. El ministro iraní de Deportes, Ahmad Donyamali, advirtió a los organizadores que si en los estadios donde jugara su equipo se exhibía una bandera o un símbolo distinto al de la República Islámica, o se coreaban consignas que no se ajustaran a las normas, el responsable del equipo tendría el deber de detener el partido. Es decir: dos Estados usando el mismo torneo como prolongación de un conflicto armado intermitente.

El punto jurídicamente interesante es que las garantías gubernamentales que los Estados Unidos suscribieron ante la FIFA incluyen compromisos de facilitación migratoria para las delegaciones participantes. Ninguna de ellas puede, en los hechos, prevalecer sobre la potestad soberana de un Estado para decidir quién entra a su territorio y por cuánto tiempo. La FIFA —que se movió con notoria prudencia y no publicó una postura de fondo— quedó expuesta en la debilidad estructural de su propio modelo: puede exigir exenciones impositivas por escrito, pero no puede garantizar que un jugador duerma en el país donde juega. Irán disputó sus tres partidos de grupo en Los Ángeles y Seattle, entrando y saliendo el mismo día. Es, probablemente, la anomalía más pura de esta edición: un equipo mundialista que nunca pernoctó en el país que organizaba el mundial.

 

VI. La ausencia de Rusia

 

El 28 de febrero de 2022, cuatro días después del inicio de la invasión rusa a Ucrania y en cumplimiento de la recomendación que el Comité Olímpico Internacional había formulado el día anterior, el Bureau del Consejo de la FIFA y el Comité Ejecutivo de la UEFA resolvieron conjuntamente suspender a todas las selecciones y clubes rusos de sus competiciones «hasta nuevo aviso». La medida fue inmediata y total: alcanzó al seleccionado masculino, al femenino, a las divisiones juveniles y a los clubes. El efecto directo fue la eliminación de Rusia del repechaje rumbo a Qatar 2022 —debía enfrentar a Polonia el 24 de marzo, y las federaciones de Polonia, Suecia y República Checa ya habían anunciado que no jugarían contra ella—, la exclusión del seleccionado femenino de la Eurocopa de Inglaterra y la salida del Spartak de Moscú de la Europa League.

Como puede apreciarse, no hubo una decisión específica y separada que excluyera a Rusia del mundial de 2026. Lo que hubo fue una suspensión abierta, sin plazo, que nunca se levantó para la selección mayor. Al estar vetada de las competiciones de la UEFA, Rusia simplemente no participó del sorteo de las eliminatorias europeas. No quedó eliminada, sino fuera del fixture. Nunca tuvo la posibilidad material de competir por un boleto. Su nombre no apareció en el sorteo, y con eso alcanzó.

El precedente que la FIFA tenía a mano era el de Yugoslavia: el 1.º de octubre de 1992 fue expulsada de la clasificación para el Mundial de 1994 como consecuencia de las sanciones de la ONU contra Serbia y Montenegro por el conflicto de los Balcanes, después de haber quedado fuera de la Eurocopa de ese mismo año —el torneo que ganó Dinamarca ocupando precisamente su plaza—.

Durante este mismo mundial, con el torneo en marcha, la FIFA dio el primer paso hacia la reintegración: autorizó al seleccionado sub-15 ruso a participar de un festival de la categoría. Infantino planteó el gesto como el comienzo de una reincorporación gradual. Si el proceso avanza, el regreso de la selección mayor a una Copa del Mundo no podría producirse antes de 2030, ocho años después de su última participación —la de 2018, como anfitriona, en la que alcanzó los cuartos de final, su mejor campaña—. La simetría no deja de ser cruel: la sede de 2026 se votó en Moscú, en el congreso previo al mundial que Rusia organizó, y Rusia fue el único de los presentes que no pudo participar.

 

VII. El arbitraje tecnológico

 

Si algo distingue técnicamente a esta edición de las anteriores no es tanto la tecnología —el VAR existe desde Rusia 2018 y el fuera de juego semiautomático desde Qatar 2022— como la filosofía con que se la aplica. El eje de las reformas aprobadas por la International Football Association Board (IFAB) y desplegadas en este mundial es doble: transparencia hacia el público y guerra abierta contra la pérdida de tiempo.

La novedad más visible es la comunicación pública de las decisiones. Después de una revisión en el monitor —la llamada on-field review—, el árbitro puede explicar brevemente por los sistemas de audio y video del estadio qué resolvió y por qué. El antecedente lo puso la FIFA en el Mundial Femenino de 2023, tras ensayos previos en el Mundial de Clubes y en el Sub-20 de 2023; la práctica es habitual en la NFL y en el rugby, y hasta ahora era ajena al fútbol. A eso se sumaron las cámaras corporales en los árbitros, que permiten mostrar en la transmisión la perspectiva del juez central.

La ampliación del alcance del VAR es más acotada de lo que suele decirse, pero significativa. Sin abandonar el principio de intervención solo en jugadas determinantes, la IFAB habilitó tres supuestos nuevos: la corrección de una segunda tarjeta amarilla claramente errónea que derive en expulsión; el error de identidad, cuando el árbitro amonesta o expulsa al jugador equivocado; y el tiro de esquina concedido incorrectamente, siempre que la revisión pueda completarse de inmediato y sin demorar la reanudación.

El paquete anti-demora es el más extenso. La regla de los ocho segundos para los arqueros —que ya venía rigiendo— se consolidó: el árbitro hace una cuenta visible con los dedos en los últimos cinco segundos y, superado el límite, concede un tiro de esquina al rival, sanción notoriamente más severa que el viejo tiro libre indirecto que había caído en desuso. La misma lógica se extendió a los saques laterales y de meta: si el árbitro considera que hay demora deliberada, inicia una cuenta de cinco segundos, vencida la cual el saque de banda pasa al rival y el retraso en el saque de meta se castiga con córner. Los jugadores sustituidos deben abandonar el campo por el punto más cercano en diez segundos; si exceden, el reemplazante espera un minuto fuera y el equipo juega con uno menos. El futbolista lesionado que recibe atención médica sobre el césped debe salir y esperar un minuto antes de reingresar. El primer registro público de la regla de los diez segundos se dio en un amistoso entre Japón e Islandia, poco antes del torneo.

Hay además una disposición disciplinaria llamativa: tarjeta roja directa al jugador que se tape la boca con la mano, el brazo o la camiseta mientras discute con un rival. Pierluigi Collina, presidente de la Comisión de Árbitros de la FIFA, aclaró que la medida solo se aplica en situaciones de confrontación y no en conversaciones amistosas entre futbolistas. Es una regla que parece menor y no lo es: intenta atacar el insulto no registrado por las cámaras, es decir, la zona ciega de un sistema que se apoya cada vez más en la imagen.

El fuera de juego semiautomático se perfeccionó sobre la base de Qatar 2022. El sistema rastrea hasta veintinueve puntos por jugador cincuenta veces por segundo mediante cámaras dedicadas, combinadas con un sensor dentro del balón oficial —el Adidas Trionda—, y construye un avatar tridimensional de cada uno de los futbolistas convocados. Interviene solo en posiciones claramente adelantadas; las jugadas límite siguen dependiendo del criterio humano con apoyo del VAR tradicional. Por eso el sistema es semiautomático y no automático: la máquina calcula, el árbitro decide.

La FIFA designó el 1.º de junio de 2026 una lista de 52 árbitros de las seis confederaciones, a los que se sumaron 88 asistentes y el cuerpo de videoarbitraje. Un detalle de calendario que a los abogados nos interesa: las nuevas Reglas de Juego entraron formalmente en vigor el 1.º de julio de 2026, pero la IFAB permitió que las competiciones iniciadas antes de esa fecha las aplicaran anticipadamente. El mundial arrancó el 11 de junio jugando, técnicamente, con reglas que aún no habían entrado en vigencia.

 

VIII. La incidencia del calor

 

Qatar 2022 se jugó a noviembre y diciembre precisamente para evitar los más de 37 °C del verano. El de 2026 se disputa donde debía y cuando debía —del 11 de junio al 19 de julio—, en pleno verano boreal y con la mayoría de los estadios a cielo abierto. El ensayo general fue el Mundial de Clubes de 2025 y salió mal: FIFPRO, la Federación Internacional de Asociaciones de Futbolistas Profesionales, sostuvo que al menos tres partidos de aquel torneo debieron haberse suspendido o postergado por superarse el umbral de 28 °C en el índice WBGT —temperatura de bulbo húmedo global, que combina calor, humedad, radiación solar y viento—. En la semifinal entre Chelsea y Fluminense en el MetLife se registraron 35,5 °C de temperatura del aire al momento del inicio. Un contrasentido celebrar eventos de alta competencia en esas condiciones térmicas.

La respuesta de la FIFA fue doble. Por un lado, Infantino anunció que se privilegiarían los estadios techados y con aire acondicionado —Atlanta, Dallas, Houston, Vancouver— para los horarios diurnos. Por otro, dispuso que todos los partidos del mundial, con independencia de las condiciones climáticas, se detuvieran tres minutos a los 22 minutos de cada tiempo para una pausa de hidratación, con el tiempo añadido después por el árbitro. En los hechos, eso convirtió cada partido en un encuentro de cuatro cuartos: una modificación estructural del ritmo del juego, decidida —según se informó— tras consultar a entrenadores y cadenas de televisión. Vaya paradoja, en el mundial de Estados Unidos de 1994 una de las propuestas para acercar al público local y que no prosperó fue jugar en vez de dos tiempos de 45 minutos, cuatro de 25 minutos.

La disputa técnica de fondo sigue sin resolverse. FIFPRO sostiene que el WBGT debe ser el estándar definitivo, con pausas obligatorias a los 26 °C y posibilidad de suspensión a los 28 °C; la FIFA mantiene un protocolo que solo activa medidas extremas por encima de los 32 °C. Un análisis de World Weather Attribution proyectó antes del torneo que 26 de los 104 partidos —una cuarta parte— se jugarían por encima del umbral recomendado, y que cinco podían alcanzar los 28 °C WBGT. Naciones Unidas advirtió, además, que el aire acondicionado no resuelve el problema: las zonas de aficionados, las colas de acceso, los estacionamientos y las rutas de transporte exponen al público durante muchas más horas de las que los jugadores pasan en el campo. Hacia el final del torneo trascendió que FIFA y FIFPRO negociaban un régimen que faculte a aplazar o suspender partidos por calor extremo. Llegó tarde para esta edición mundialista.

 

IX. Entradas de precio dinámico

 

La FIFA estrenó en 2026 un sistema de precios dinámicos: un algoritmo que ajusta el valor de la localidad según la demanda, tomado del modelo comercial de las ligas norteamericanas. El resultado fue el mundial más caro jamás vendido y una controversia que atravesó todo el torneo.

La comparación con Qatar 2022 es brutal. Allí, las entradas más baratas de la fase de grupos partían de 69 dólares y las más caras llegaban a 220. En 2026, localidades de fase de grupos superaron los 550 dólares y en los partidos más demandados alcanzaron varios miles. Para el partido inaugural en la Ciudad de México se informaron precios promedio superiores a los 2.500 dólares. La FIFA llegó a pedir hasta 8.680 dólares por entrada. En su propia plataforma de reventa —de la que retiene un 30 % de comisión por operación— se llegó a ofrecer una entrada para la final por 230.000 dólares. Infantino defendió el sistema en Davos con un argumento formalista: en los Estados Unidos la reventa es perfectamente legal y hay una ley que la ampara.

Ante la indignación, sobre todo europea, la FIFA anunció que pondría a disposición entradas de 60 dólares para todos los partidos, entregadas a las 48 federaciones nacionales para que las distribuyeran entre sus hinchas más fieles: para la final, esos 60 dólares marcaban una gran brecha respecto de los 4.185 que se pedían inicialmente. El gesto fue simbólico —The Athletic informó que esas localidades eran extremadamente escasas—, pero deja ver el tamaño del problema. Infantino aportó, sin proponérselo, la cifra que mejor lo retrata: en casi cien años de historia la FIFA vendió alrededor de 50 millones de entradas para mundiales; en cuatro semanas de venta para 2026 recibió solicitudes equivalentes a mil años de mundiales.

El otro lado del argumento también existe y no conviene ignorarlo: los estadios se llenaron. Antes de terminar la fase de grupos, la asistencia ya había superado el récord histórico de Estados Unidos 1994, favorecida por la capacidad de los grandes estadios norteamericanos. La FIFA informó haber superado el millón de espectadores en los primeros seis días y un récord absoluto de 281.223 asistentes en un solo día. Cuál de las dos lecturas prevalezca —el fútbol popular expulsado del estadio o el fútbol popular llenándolo— es una discusión que va a durar más que el torneo.

 

X. Los números económicos del espectáculo

 

Un mundial es, entre otras cosas, un ejercicio de distribución de riesgo. Conviene mirarlo como se mira cualquier contrato: quién pone, quién saca y quién responde si algo sale mal.

Del lado de los ingresos, la FIFA proyectó para el ciclo 2023-2026 unos 13.000 millones de dólares, de los cuales 8.900 millones corresponderían solo al año 2026. Esa segunda cifra es la que permite aislar el efecto del torneo, y el salto es considerable: un 56 % por encima de Qatar 2022, un 67 % sobre Rusia 2018 y el doble de Brasil 2014. La aritmética de la ampliación explica buena parte de eso: pasar de 64 a 104 partidos multiplica las unidades vendibles de derechos de televisión, patrocinio, hospitalidad, entradas y licencias. Los derechos de transmisión siguen siendo la columna vertebral, con una estimación cercana a los 3.800 millones. Y hay una novedad de estructura: por primera vez la FIFA opera el torneo de forma directa, sin delegar en un comité organizador local, de modo que concentra los ingresos en lugar de repartirlos.

Del lado de los costos, la asimetría es el dato. El aporte de la organización ronda los 3.700 millones de dólares —organización deportiva, premios, instalaciones temporales, marketing, parte de los costos operativos de las sedes—, pero la factura total asociada al evento asciende, según el informe socioeconómico encargado por la propia FIFA, a unos 13.900 millones. La diferencia —seguridad, transporte, logística, operación urbana— la pagan las dieciséis ciudades sede y los tres Estados. Los contratos que esas ciudades firmaron reservan a la FIFA la mayor parte de los beneficios, hasta las tasas de estacionamiento.

Las cifras locales dan la medida. Toronto encabeza el gasto estimado con unos 380 millones de dólares en seguridad y remodelación del BMO Field; la Ciudad de México, alrededor de 250 millones, sobre todo en el Azteca y en obra vial; Dallas y Nueva York, entre 150 y 200 millones cada una. Vancouver, para cubrir el agujero, creó un impuesto específico a la hotelería que rige hasta 2030. Del otro lado del ledger, el comité de Nueva York-Nueva Jersey calculó un impacto regional de 3.300 millones por sus ocho partidos, incluida la final, y Miami esperaba un millón de visitantes y unos 9.000 empleos temporarios. La proyección global del informe oficial es de 80.100 millones de derrama y 40.900 millones de aporte al PBI mundial, con 6,5 millones de asistentes.

Hay que destacar que tales proyecciones son de parte. La literatura académica sobre megaeventos es sistemáticamente escéptica y tiende a encontrar impactos netos de largo plazo muy inferiores a los anunciados. El antecedente inmediato no ayuda: Brasil 2014 dejó estadios sin uso posterior en Manaos y Brasilia, y Qatar 2022 llevó el gasto a una escala sin relación alguna con el ingreso del torneo. La virtud comparativa de 2026 es precisamente la que se prometió en el pliego —ningún estadio nuevo—, y es una virtud real. Aun así, ya durante el torneo la Asociación Estadounidense de Hoteleros advirtió que varias sedes registraban reservas por debajo de lo previsto, con cancelaciones y un entorno de restricciones migratorias que desalentó el turismo internacional.

Queda el reparto entre los que juegan. La bolsa para las selecciones fue récord: unos 871 millones de dólares, alrededor de un 15 % más que en Qatar, con un mínimo de 12,5 millones por clasificar y hasta unos 50 millones para el campeón. Sobre esta cifra hay que hacer una salvedad: circularon en paralelo montos distintos —727 millones de distribución total, de los cuales 655 en premios deportivos— sin que quede claro si se trata de aprobaciones sucesivas del Consejo o de conceptos diferentes. No pude cotejarlo contra el documento de la FIFA. Y aun tomando el número mayor, el aumento no se traduce necesariamente en ganancia: la dispersión entre tres países y dieciséis ciudades encareció la logística de todas las delegaciones.

El resumen cabe en una línea: quien organiza no es quien más arriesga, y quien más arriesga no es quien más gana. Pero por primera vez se vislumbra, con todas sus contras en otras áreas, la posibilidad de un mundial que no genere déficit e incluso brinde una ganancia, por lo que la mecánica ha empezado a tener la atención de los grandes centros de inversión, Wall Street en particular, de cara al futuro.

 

XI. Curiosidades y estadística

 

El torneo produjo, como era previsible con 104 partidos, una cosecha de marcas.

Los debutantes fueron cuatro: Cabo Verde, Curazao, Jordania y Uzbekistán. Curazao se convirtió en el país más pequeño de la historia en jugar un mundial, por población y por superficie —444 kilómetros cuadrados—, aunque las cifras de habitantes que circularon varían entre 156.000 y 185.000 según la fuente. Su técnico, el neerlandés Dick Advocaat, se convirtió a los 78 años y 271 días en el entrenador más veterano en dirigir un partido mundialista. Su arquero, Eloy Room, atajó quince remates en el 0-0 contra Ecuador: récord para un partido de 90 minutos sin prórroga. Y Curazao, que había perdido 7-1 con Alemania en el debut, marcó en esa derrota su primer gol mundialista.

Cabo Verde fue la revelación, convirtiéndose. en el primer debutante que supera la fase de grupos desde Eslovaquia en Sudáfrica 2010.

África vivió su mejor mundial: siete selecciones alcanzaron las rondas eliminatorias, cifra sin antecedentes. Bosnia y Herzegovina, Cabo Verde, Canadá, Costa de Marfil, Egipto, la República Democrática del Congo y Sudáfrica llegaron por primera vez a una instancia eliminatoria. La UEFA clasificó trece equipos a dieciseisavos; la CAF, nueve; la Conmebol, cinco; la Concacaf, tres; la AFC, dos. La fase de grupos dejó 215 goles, récord absoluto para una primera ronda, y cinco goles en contra en una sola jornada, también récord.

Hubo un gol redondo: el 3-2 de Enzo Fernández a Egipto, en dieciseisavos, fue el gol número 3.000 en la historia de los mundiales. El primero había sido de Lucien Laurent en Uruguay 1930; el 1.000 fue de Rob Rensenbrink, de penal, el 11 de junio de 1978 en el estadio Malvinas Argentinas de Mendoza, en Países Bajos-Escocia; el 2.000, del sueco Marcus Allbäck, de cabeza contra Inglaterra en Alemania 2006.

Cristiano Ronaldo se convirtió, con su gol a Uzbekistán, en el primer futbolista en marcar en seis mundiales distintos, y superó a Eusébio como máximo goleador portugués en Copas del Mundo. Quedó además segundo en presencias históricas. Unai Simón estableció el récord absoluto de imbatibilidad —650 minutos consecutivos sin recibir goles, entre Qatar 2022 y esta Copa—, superando los 517 de Walter Zenga en Italia 1990, hasta que Charles De Ketelaere lo venció en cuartos de final. Erling Haaland terminó el torneo con siete goles en seis partidos, eliminado con Noruega en cuartos ante Inglaterra.

El partido por el tercer puesto lo ganó Inglaterra a Francia por 6 a 4, un marcador insólito para esa instancia. Diez goles en un solo encuentro lo ubican, a primera vista, entre los partidos de fase final más goleadores de la historia de los mundiales y probablemente como el tercer puesto con más goles jamás jugado.

Por el lado de la asistencia, 6.665.825 espectadores asistieron a los estadios, una cifra superior a la suma total de las ediciones de 2018 y 2022 (6.436.020) y que deja muy atrás el récord de público que se batió en Estados Unidos 1994 (3.587.538 asistentes).  Se calcula asimismo que la final fue vista, según el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, por unos seis mil millones de personas en todo el mundo.

De media, 65.351 espectadores han acudido a cada partido, y el porcentaje de ocupación de los estadios ha sido del 99.7 %, el más elevado de la historia de los Mundiales.

 

XII. Balance: las señas de una transición

 

Conviene ordenar lo que este mundial deja, porque las diferencias con todo lo anterior no son de una sola clase ni pesan todas igual. Cuatro son ejes de una misma transición, a los que se suman una novedad de método y un desenlace deportivo que también dice algo de la época.

La transición de formato es la más visible y la menos resuelta. Cuarenta y ocho selecciones, ciento cuatro partidos, doce grupos, una ronda eliminatoria adicional y ocho partidos para el campeón. El problema es que el molde todavía no encontró su forma: una fase de grupos que clasifica a los ocho mejores terceros y elimina apenas a dieciséis equipos en tres semanas de juego es, digámoslo, un trámite antes que una competencia. Y la FIFA, lejos de corregirlo, ya conversa sobre llevar el torneo a sesenta y cuatro equipos para 2030.

La transición de modelo económico es la que menos ruido hace y más consecuencias tiene. Precios dinámicos, plataforma propia de reventa con comisión del treinta por ciento, ingresos récord y, por primera vez, operación directa del torneo por la FIFA, sin comité organizador local que reparta el negocio. El algoritmo de precios entró para quedarse y todavía no sabemos qué le hace, a mediano plazo, a la composición social de la tribuna. Debajo de esa arquitectura late la asimetría de siempre: quien organiza concentra los ingresos y quien arriesga —las ciudades sede, los tres Estados— absorbe los costos.

La transición de gobernanza quedó a la vista en dos episodios que ninguna edición anterior había conocido. El torneo demostró que las garantías gubernamentales sirven para eximir de impuestos —el caso de la exención fiscal mexicana, negociada por Peña Nieto en 2018 y ejecutada por Sheinbaum en 2025, obliga a un gobierno por lo que firmó el anterior—, pero no alcanzan para hacer entrar a un plantel a un país en guerra. La política internacional entró al campo sin disfraz: Rusia excluida por una suspensión abierta desde 2022, Irán jugando con visas de veinticuatro horas —después dieciséis— en el territorio del país que lo había bombardeado cuatro meses antes.

La transición climática, en fin, dejó de ser una hipótesis. El calor ya no es una molestia estival que se sortea corriendo el calendario, como se hizo en Qatar: es una condición de posibilidad del propio torneo. Pausas de hidratación obligatorias en todos los partidos, cuatro cuartos de hecho, un cuarto de los encuentros por encima del umbral de riesgo térmico y una negociación entre la FIFA y FIFPRO que llegó tarde para esta edición.

A esos cuatro ejes se agrega una diferencia de método, más silenciosa pero quizá la más duradera: el árbitro que explica en voz alta por qué cobró, con una cámara en el pecho y el micrófono abierto ante ochenta mil personas. El fútbol venía resistiéndose a esa transparencia desde hacía décadas; en 2026 se rindió, y es difícil imaginar la marcha atrás.

El 17 de julio de 2006 en una recepción dada en la Torre Trump de Nueva York, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, afirmó que la Copa Mundial de la FIFA 2026 ha superado toda expectativa previa, a la que calificó como "la mejor y más grande de todos los tiempos".

No todos lo ven así, y cuestiones como el formato ampliado a 48 equipos, la pausa de hidratación, los cambios en el arbitraje y los nuevos sistemas de comercialización de entradas, también suscitan debates. En definitiva, estamos ante un modelo de mundial a medio armar del cual sólo el paso del tiempo podrá brindar un juicio definitivo.


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Noticia del autor de la nota: Abogado (U.N.C.). Profesor con orientación en Derecho. Doctor en Ciencias Jurídicas (U.C.A.). Especialista en Derecho Aeronáutico y Espacial. Especialista en Derecho de los Conflictos Armados y Derecho Internacional Humanitario. Docente universitario de grado y postgrado. Autor de una veinte de textos sobre derecho público y procesal. Miembro del Instituto de Derecho Administrativo de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba. Miembro del Instituto de Historia del Derecho y de las Ideas Políticas Roberto Peña de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba. Mención Especial premio “Joven Jurista 2001” de la Academia de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba. Premio "Diez Jóvenes Sobresalientes del año” de la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). Distinción “Reconocimiento docente”, E.S.G.A, 2005. Reconocimiento al desempeño y dedicación, Escuela de Práctica Jurídica del Colegio de Abogados de Córdoba, 2013. Reconocimiento a la trayectoria en las letras y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba, 2021.



 

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