La librería en que se pensó la Argentina moderna

 


por Luis Carranza Torres


En junio de 1837, en una librería de Buenos Aires que además funcionaba como gabinete de lectura, un oriental de Canelones llamado Marcos Sastre abrió un salón para que unos muchachos leyeran discursos en voz alta. Tenían entre veinte y veintisiete años. Alberdi acababa de publicar el Fragmento preliminar al estudio del Derecho; Echeverría, las Rimas, con "La cautiva" adentro. Juan María Gutiérrez habló de literatura nacional. Andaban por ahí Vicente Fidel López, hijo del autor del himno, Félix Frías, y Miguel Cané padre. El local solo estuvo abierto unos pocos meses. Entre el disgusto del gobierno y las cuentas impagas del anfitrión, el Salón Literario se apagó antes de cumplir un año.

Es que Rosas gobernaba a Buenos Aires en particular y al país en general como se manejaba una estancia a la antigua. Persistirá en tales modos hasta ser desalojado del poder en la batalla de Caseros. Todo debía hacerse como se venía haciendo. 

En tanto, el mundo cambiaba, avanzaba la técnica y aquí quedábamos relegados. Si hay un punto que ilustra ese choque es la batalla de la Vuelta de Obligado en 1845. Sin flota moderna, con naves todavía a vela, con cañones de bronce que eran piezas de museo (de hecho, los capturados se exhibieron en museos por ingleses y franceses), se enfrentaron a vapores de rueda, artillería Paixhans que disparaba granada explosivas, cañones con llaves de percusión en lugar de mecha y alzas mejoradas, manejados por servidores de piezas salidos de academias de tiro naval, como la del Excellent en la Royal Navy.

Aun cuando lo que se dijo en la librería de Sastre no era mucho más que romanticismo francés tomado de segunda mano, entusiasmo generacional y se tuvo una prudencia casi obsequiosa hacia Rosas, no tardaron en chocar con él. No podía ser de otro modo, en un pensamiento gubernativo en que nada nuevo ni nada de fuera era bueno.

Debieron, ante o después, exiliarse. Pero lo discutido en la librería fue con ellos. En 1838 fundaron la Asociación de la Joven Generación Argentina, con las quince palabras simbólicas de Echeverría; en 1839 y 1840 estaban conspirando; en 1841 estaban dispersos. Alberdi y Gutiérrez a Montevideo, después a Europa, después a Chile. López a Santiago y a Copiapó, fundando colegios para comer. Frías, secretario de Lavalle, sobrevivió a la retirada del norte y siguió camino a Chile y a París. Echeverría, enfermo y pobre, se quedó en Montevideo sitiado. 

Divididos y alejados, no dejaron de pensar otro país. Desde ese archipiélago de exilios salió el corpus entero: el Dogma socialista (Montevideo, 1846), la América poética que compiló Gutiérrez en Valparaíso el mismo año, el Facundo de Sarmiento —que no estuvo en el Salón pero se sumó a la corriente— y, sobre todo, las Bases, que Alberdi escribió en Valparaíso en 1852 con Caseros todavía caliente y despachó a Paraná con la adición de un proyecto de constitución que se le pidiera para su segunda edición. Los constituyentes de 1853 lo leyeron. La república se organizó institucionalmente según un texto redactado a dos mil kilómetros de distancia por un tucumano que hacía trece años que no pisaba el país.

Echeverría, muerto en Montevideo en enero de 1851, trece meses antes de Caseros, no pudo ver los cambios que sus ideas dieron al país; su cuento más importante, "El matadero", lo publicó Gutiérrez recién en 1871, veinte años después del entierro, rescatándolo de un cajón. Pero sí los demás. Gutiérrez fue rector de la Universidad de Buenos Aires más de una década y en 1876 rechazó con altivez el sillón que le ofrecía la Real Academia Española. Vicente Fidel López escribió su Historia de la República Argentina, polemizó con Mitre sobre cómo se escribe la historia y terminó de ministro de Hacienda de Pellegrini tras la revolución del noventa. Frías fue diputado y publicista católico, y se pasó los años setenta discutiendo contra el laicismo de sus propios compañeros de juventud. Sastre, el librero, terminó de pedagogo y autor de El tempe argentino. 

Alberdi es un caso paradigmático. Pudo ver lo que necesitaba el país para superar la grita entre unitarios y federales respecto de la organización nacional. Redactó tales reglas y quedó afuera del estado constitucional que diseñara: rompió con Mitre, se opuso a la guerra del Paraguay hasta el aislamiento, volvió en 1879 como diputado por Tucumán, quedó en el bando perdedor de la crisis de 1880 y partió de nuevo fuera del país, para morir en Neuilly en 1884. El hombre que fijó las condiciones de la Argentina moderna no encontró lugar en ella. No por no haber visto el país sino tal vez, por haberlo visto demasiado bien.

Es importante destacar que la generación del 37 no elaboró sus ideas de la nada, sino que aprovechó las experiencias pasadas. Buena parte de su programa —inmigración, educación, códigos, apertura comercial— venía del ciclo rivadaviano que decían superar. Y el orden territorial sobre el que después construyeron se lo dejó servido, aunque nadie lo dijera, el mismo Rosas al que combatieron: la unidad de hecho, la aduana, las fronteras defendidas.  Y quienes materializaron sus ideas fueron otros, de la siguiente generación: Mitre, Sarmiento, Avellaneda. A partir de 1880, la Argentina se estructura más bajo las ideas progresistas de Roca que las de ellos, que cumplían un ciclo. 

Queda entonces una influencia real. A partir de las reuniones en una librería, pergeñaron una nueva sensibilidad, otra mirada del país, mucho más acorde a los tiempos. En el exilio en lo escribieron. Dieron vocabulario, diagnóstico y forma constitucional a un proceso que ya venía y que otros iban a manejar. 

Fueron la primera generación argentina que se pensó a sí misma como generación, con misión y con fecha, y esa invención —la del intelectual que legisla desde el destierro— resultó tan pródiga como perenne. La repitieron los del ochenta, los reformistas del dieciocho, los exiliados de los setenta. El curso de los acontecimientos llevó a que sus biografías pasaran a ser un género sobre lo que resulta ser argentino.


Para seguir leyendo en el blog:


Una mujer empoderada



La novela de un país



Por siempre Claudia





Una presentación de novela



SOBRE EL AUTOR DE LA NOTA: Luis Carranza Torres nació en Córdoba, República Argentina. Es abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor universitario y miembro de diversas asociaciones históricas y jurídicas. Ejerce su profesión, la docencia universitaria y el periodismo. Es autor de diversas obras jurídicas y de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019), Germánicus. El Corazón de la Espada (2020), Germánicus. Entre Marte y Venus (2021), Los Extraños de Mayo (2022), La Traidora (2023), Senderos de Odio (2024) y Vientos de Libertad (2025). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz y en 2015 Ganó la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires. En 2021 fue reconocido por su trayectoria en las letras como novelista y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba. Ganador en 2026 del Concurso Internacional de Cuento Histórico organizado por la Editorial La Cuarta Orilla. 





Una mujer humillada y desposeída.

La tentación de recuperarlo todo.

Un secreto vital que obtener tras la cordillera.

Un general con un desafío por cumplir: cruzar los Andes.

 

Provincias Unidas de Sudamérica, 1816. Las tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata han declarado su independencia de la corona española, en el peor de los momentos posibles. El nuevo país, libre pero cargado de dificultades y retos, apuesta a remontar sus derrotas en el Alto Perú, con el audaz plan de formar un nuevo ejército y cruzar la cordillera para batir a los realistas por el oeste.

En Chile, Sebastiana Núñez Gálvez ha visto desbarrancar su mundo de lujos, pero también de oscuridades, tras la reconquista realista del país. Ajusticiado su esposo por liderar el bando patriota y confiscados todos sus bienes, malvive en la extrema necesitad. Una falta de todo que la ha hecho abjurar de cualquier creencia y hasta de su reputación, para conseguir subsistir.

El Mariscal español Marco del Pont lo sabe perfectamente, y le ofrece devolverle todas sus posesiones y alcurnia, a cambio de pasar a Mendoza y obtener el secreto mejor guardado del Gobernador de Cuyo y General en jefe de ese nuevo ejército, José de San Martín: por dónde pasarán sus tropas a Chile.

Sebastiana es una mujer decidida a todo para averiguarlo; apuesta para lograrlo a su antiguo y fuerte vínculo de amistad con la esposa del gobernador y General en jefe, Remedios de Escalada. No le importa tener que mentir, engañar o traicionar viejas lealtades.

Pero la imprevista relación con un oficial de granaderos trastocará sus planes. Alguien que, precisamente, debe mantener a los secretos de su jefe a salvo de los espías realistas. 

Lo más leído

Imagen

La creación del cero