Escritora y agente de ejecución

 


por Luis Carranza Torres

Veinte minutos antes de la una de la madrugada del 30 de septiembre de 1974, un Fiat 125 entraba al garaje de Malabia 3359, en Palermo. Lo manejaba Sofía Cuthbert; al lado iba su marido, el general Carlos Prats González, ex comandante en jefe del Ejército de Chile, ex vicepresidente de la República, exiliado en Buenos Aires desde hacía casi un año. A cien metros, dentro de un auto estacionado, una mujer de cuarenta y dos años tenía sobre las piernas un control remoto. Apretó. No pasó nada. El hombre que estaba con ella le sacó el aparato de las manos y lo accionó él. El matrimonio Prats murió en el acto.

La mujer se llamaba Mariana Inés Callejas Honores. Era chilena, madre de cinco hijos, y escribía cuentos. Muy buenos cuentos, decían los que la leían. Dos años después de esa noche iba a estar dirigiendo un taller literario en el living de una mansión de Lo Curro, con Enrique Lafourcade entre los invitados y Nicanor Parra apareciendo alguna vez por las fiestas. En el piso de abajo de esa misma casa funcionaba un cuartel de la policía secreta de Augusto Pinochet.

Qué era la DINA

La Dirección de Inteligencia Nacional operaba de hecho desde fines de 1973 y fue legalizada por el Decreto Ley 521, del 14 de junio de 1974. Dependía directamente de la Junta de Gobierno —no de un ministerio— y la dirigía el coronel, luego general, Manuel Contreras Sepúlveda. No era un servicio de información en el sentido clásico: era el brazo operativo del terrorismo de Estado chileno, con centros clandestinos de detención, facultades de arresto durante los estados de excepción, empresas de fachada para financiarse y una vocación explícitamente transnacional. La DINA fue probablemente el servicio de inteligencia más implacable y letal del Cono Sur, capaz de montar operaciones incluso de asesinato más allá de las propias fronteras, hasta incluso en los Estados Unidos.

Duró poco y mató mucho. El 12 de agosto de 1977, asfixiado por la presión de Washington tras el asesinato de Orlando Letelier, Pinochet derogó el decreto fundacional y la reemplazó por la Central Nacional de Informaciones. El cambio fue en buena medida cosmético: los agentes pasaron casi en bloque de un organismo al otro.

Mariana Callejas fue agente de la DINA. Su marido también.

Una juventud de izquierda

Nació el 11 de abril de 1932 en Monte Patria, un pueblo del Norte Chico, y creció en Santiago en una familia de clase media. Le gustaba jactarse de haber leído Crimen y castigo a los ocho años. A los quince simpatizaba con el comunismo; a los veinte, un joven judío uruguayo la acercó al sionismo socialista. Se casaron y se fueron a Israel a fundar un kibutz cerca de la frontera egipcia. Aprendió hebreo, trabajó la tierra, vivió la precariedad y el miedo de una frontera caliente.

Salió del kibutz agotada y con otro marido: Allan Earnest, un estudiante de agronomía norteamericano con el que tuvo tres hijos. Cuando lo llamaron a filas, Earnest se negó por pacifismo y la familia emigró, primero a Chile y después a Estados Unidos. En Uniondale, Long Island, Callejas fue ama de casa y moza en un restaurante italiano. Odió las dos cosas. En 1960 juntó a los chicos y volvió a Santiago sin avisar que no pensaba regresar.

Esa segunda vida chilena fue bohemia: amigos artistas, noches largas, cuentos escritos a mano. En una de esas salidas conoció a Michael Vernon Townley, nacido en Waterloo, Iowa, hijo del gerente de Ford en Chile, diez años menor que ella. Tenía diecisiete. Esperaron a que cumpliera dieciocho y se casaron el 22 de julio de 1961, sin asistencia de ninguna de las dos familias, que se oponían. Tuvieron dos hijos más.

Townley era un chico obsesionado con los autos, las motos y la electrónica, que había abandonado el colegio. Ni él ni ella lo terminaron nunca. Vivieron del negocio de un fondo mutuo —Investors Overseas Services— hasta que el fondo se derrumbó en escándalo y tuvieron que huir a Miami. Allá él arreglaba cajas automáticas en un taller de Little Havana y se empapó del anticastrismo de sus compañeros cubanos; ella escribía cuentos y tomaba clases de actuación. Había protestado contra la guerra de Vietnam. Era, según la describen quienes la trataron entonces, moderna, libre, deslenguada, dueña de una inteligencia que impresionaba a todo el mundo.

El vuelco ideológico llegó con Salvador Allende. Callejas volvió a Chile decidida a militar contra la Unidad Popular y tomó contacto con Patria y Libertad; Townley, antes de volver, había ofrecido sus servicios a la CIA. Festejaron el golpe del 11 de septiembre de 1973 en Miami. Ella tomó el primer avión a Santiago. Él viajó después, con documentos ajenos, a nombre de Kenneth Enyart.

Fue el coronel Pedro Espinoza quien, al enterarse del trabajo de Townley para Patria y Libertad, los reclutó. Townley entró a la DINA con la chapa "Andrés Wilson". Callejas, con el nombre de Pizarro —Ana Luisa o María Luisa, según la fuente que se consulte—. Ninguno de los dos tenía una profesión, ni un ingreso estable, ni convicciones doctrinarias demasiado firmes. Juan Cristóbal Peña, su biógrafo, subraya esa banalidad: no eran ideólogos, eran una pareja sin oficio a la que le ofrecieron sueldo, casa y aventura.

La casa de Vía Naranja

La DINA les dio una propiedad de tres pisos en Vía Naranja, Lo Curro, con casi mil metros cuadrados construidos y cinco mil de terreno, vista panorámica a Santiago y amplio jardín. El reparto interno de la casa es lo más difícil de creer y lo mejor documentado.

En los pisos bajos dormían choferes y personal, y funcionaban los talleres de Townley: interceptaciones telefónicas y de radio, diseño de detonadores electrónicos, explosivos. En una construcción anexa, el químico Eugenio Berríos, alias "Hermes", desarrollaba la versión chilena del gas sarín y toxinas botulínicas dentro del llamado Proyecto Andrea, probando letalidad en ratas y conejos. En el tercer piso vivía la familia Townley Callejas y los chicos miraban televisión. En el living, los sábados, funcionaba el taller literario.

En julio de 1976, un operativo de la Brigada Mulchén secuestró a Carmelo Soria, funcionario español de la CEPAL, y lo llevó a esa casa. Según estableció la investigación judicial, allí lo torturaron hasta quebrarle la columna vertebral. Su cuerpo apareció sin vida en un auto, en el Canal San Carlos.

Por ese living pasaron Lafourcade —maestro de Callejas, que la había llevado a cenar con Borges cuando el argentino visitó Chile— y los que después serían el núcleo de la Nueva Narrativa Chilena: Gonzalo Contreras, Carlos Franz, Carlos Iturra. Parra estuvo alguna vez, en un 18 de septiembre memorable. Se leía, se discutía, se tomaba, se bailaba.

El testigo que no reniega

Carlos Iturra tenía dieciocho años cuando empezó a ir. Sigue sin renegar de aquella amistad, y lo escribió: dice que Callejas fue una amiga querida de la que guarda exclusivamente buenos recuerdos, "inteligentísima, ingeniosa, generosa, amable y afable". Sostiene que nunca la vio enojada ni le oyó hablar mal de nadie. Recuerda las sesiones y las fiestas como las de cualquier grupo de amigos: algo de trago, música, baile, "uno que otro pito", y una única vez una ración mínima de cocaína, lo más ilegal que le tocó presenciar. Recuerda las caravanas de autos rumbo a una peña de los Parra o a un bar de la Alameda, encabezadas siempre por el auto de Mariana. Recuerda que de política se hablaba poco.

Iturra es enfático en el punto que más incomoda: dice que la casa no tenía una sola puerta cerrada que ellos no atravesaran libremente para recorrerla de arriba abajo o buscar un rincón donde derrumbarse al amanecer, y que eran demasiados como para que alguien fuera tan estúpido de perpetrar crímenes con ese enjambre de jóvenes dando vueltas. Sobre las acusaciones, admite un límite honesto: nunca le preguntó nada, porque le parecía una falta de tacto hacia una amiga en horas difíciles. Y cierra con una imagen que vale por todo el dilema: Hitler pintaba acuarelas y Stalin escribía comentarios de ópera, pero en ellos el lado oculto de la luna estaba a la vista; si Mariana lo tuvo, escribe, no es él quién para negarlo ni afirmarlo.

Fue a visitarla a la cárcel con una rosa blanca.

Ese testimonio —que conviene leer como lo que es, la memoria leal de un amigo, no un peritaje— tiene el valor de conservar la textura de aquellos años: la mezcla de juventud, ambición literaria e información escasa en la que operaba una dictadura que había hecho del secreto su método. Es también, involuntariamente, la mejor ilustración de la tesis que Mariano Ben Plotkin desarrolló en Journal of Latin American Cultural Studies: los textos que giran alrededor de Callejas tematizan la tensión chilena entre saber, no saber y no querer saber.

Las misiones de ejecución

El caso Prats fue el debut internacional de la DINA y la primera misión del matrimonio. Después vinieron el atentado contra el democristiano Bernardo Leighton y su esposa en Roma, el 6 de octubre de 1975 —Townley y Callejas coordinaron en Europa la contratación de los neofascistas italianos de Avanguardia Nazionale; el matrimonio sobrevivió con heridas gravísimas—; una expedición fracasada a México en 1975 para eliminar a Hortensia Bussi, Carlos Altamirano y Volodia Teitelboim; tres intentos frustrados contra Altamirano en Europa; y el 21 de septiembre de 1976, la bomba de Sheridan Circle que mató a Orlando Letelier, ex canciller de Allende, y a Ronni Moffitt, su colega norteamericana del Institute for Policy Studies.

Peña es categórico: Callejas participó en todas las operaciones internacionales de la DINA. Según testimonios de otros agentes, era ella quien transmitía a la plana mayor la confirmación de que el blanco había sido eliminado.

Todo se derrumbó una mañana de 1978, cuando El Mercurio publicó en tapa la foto de Townley identificándolo como uno de los asesinos de Letelier. La DINA ya no existía para protegerlos. Él fue extraditado a Estados Unidos, confesó y terminó bajo protección de testigos. El taller se disolvió. Casi todos los amigos desaparecieron.

La obra literaria

La producción de Mariana Callejas es breve y está casi toda descatalogada. Los fragmentos que se citan a continuación provienen de quienes tuvieron los libros en la mano: los originales llevan décadas fuera de comercio y no hay ediciones accesibles.

  • "¿Conoce usted a Bobby Ackermann?", monólogo de un viejo sastre judío de Brooklyn que evoca las persecuciones antisemitas. Fue el cuento que la volvió memorable en el taller de Lafourcade y con el que ganó el Premio Rafael Maluenda, del diario El Mercurio. Es anterior a su ingreso a la DINA: la violencia ya era su materia antes de que la violencia fuera su oficio.
  • Larga noche (editorial Lo Curro, 1981), volumen de cuentos que ella misma editó y pagó. Buena parte de la prensa lo cita como La larga noche o La noche larga, pero quienes trabajaron con el ejemplar consignan el título sin artículo. En la tapa, un ojo que mira a través de la mirilla de una celda. El relato que da nombre al libro narra a un hombre que delira con una corrida de toros mientras lo someten a una sesión de tortura; del cuento que abre el volumen —y que podría ser el mismo texto, porque las fuentes que los describen no coinciden del todo— se cita un pasaje donde el personaje, pese al dolor, se asoma a la mirilla de la puerta y "contempló, aterrado y perplejo, a todos sus vecinos avanzando lentamente por el pasillo", mudos y temblorosos. En "Parque pequeño y alegre" aparece Max, asesino a sueldo de los servicios, al que la autora humaniza haciéndolo leer a Whitman y conmoverse ante un pájaro muerto; el mismo relato explica por qué no sirve un tiroteo: "Un baleo es un baleo, la gente está acostumbrada". Tiene que ser algo grandioso, sigue el personaje, para que aprendan los otros, los enemigos. Hay además guerrilleros acribillados y ajusticiamientos. Dinacos, la oficina de comunicación del régimen, censuró el libro, y ella salió a protestar por la prensa: si no había libertad para publicar cuentos de taller, preguntó, de qué libertad de prensa hablaban.
  • "Los puentes", novela que obtuvo una mención en el Premio de Novela Andrés Bello. Fernando Emmerich, que integró el jurado, la ubica en 1983 y cuenta que la mención ni siquiera figuraba en las bases: la inventó Lafourcade en la deliberación. Ese premio honorífico se tradujo en la publicación de la novela por el mismo sello, de modo que "Los puentes" bien podría ser el título con que se presentó al concurso El ángel de los rincones (Andrés Bello, 1985), que llegó a librerías y pasó inadvertida. Las fuentes disponibles las tratan como obras distintas sin explicar la relación entre ambas.
  • "Jess Abraham Jones", cuento premiado en 1981 en el concurso de la revista La Bicicleta, publicación juvenil y de izquierda. El jurado —Jorge Edwards, Martín Cerda, Marco Antonio de la Parra, entre otros— falló por unanimidad sobre textos presentados bajo seudónimo. La prensa suele decir que ganó; Peña, que es su biógrafo y la entrevistó, sostiene que obtuvo el segundo puesto. En cualquiera de las dos versiones, cuando se abrió el sobre el escándalo fue mayúsculo: cartas de protesta de artistas e intelectuales, reproducidas en el número siguiente. La revista respondió que había premiado un cuento y no a una autora cuya identidad desconocía.
  • Siembra vientos (1995), sus memorias, donde sostiene que en la DINA fue apenas una pantalla de su marido, que a veces se hacía pasar por su secretaria, y donde retrata al "tío Hermes" —Berríos, el fabricante de sarín— como un encanto de persona, cariñoso con los chicos.
  • Nuevos cuentos (2007), edición financiada por su yerno, con relatos concebidos entre los años setenta y ochenta a partir de sus recuerdos de Nueva York. Circula también como Nuevos cuentos, libros fantasmas.

El estilo es lo que desconcierta. Lafourcade la llamó "cuentista químicamente pura". Iturra habla de una prosa de máxima precisión y economía insuperable. Quien la lea, a juzgar por lo que refieren quienes la leyeron, encontraría una tercera persona fría, sin adjetivación moral, que trabaja la violencia política como material en una época en que casi nadie en Chile se animaba a tocarla, y que administra la información con la avaricia de quien sabe exactamente dónde poner el silencio.

Hay, sin embargo, una voz calificada que sostiene exactamente lo contrario. El escritor argentino Patricio Pron, en Letras Libres, demuele el estilo de las memorias —puntuación arbitraria, adjetivación de revista— con una lista de ejemplos. Su tesis es que Callejas se metió en política para ser escritora y se quedó en el crimen. Hay que aclarar que Pron juzga las memorias, no los cuentos, pero el desacuerdo es real y no permite dar por cerrada la cuestión de su talento.

Creo que la cuestión no es cómo escribía, sino lo que trae aparejado que escriba bien. Tal vez ese es el problema. No de ella, sino de nosotros. Nos inquieta saber que un criminal tiene virtudes que cualquier buen ser humano apreciaría. Que sea mala en eso, la pone a tono con la maldad de los otros actos de su vida.

Se trata de una prosa que inquieta, cuando se la conecta con la autora. No pocos lo ven como una confesión oblicua, más allá de la materia literaria. Callejas siempre dijo no saber nada de lo que ocurría en su casa, pero los tópicos al respecto se repiten. Y la estructura del relato que da título al libro es en sí misma un dato: la violencia entra por el delirio, no por la descripción directa. Inquieta igual.

En Siembra vientos, Townley aparece descrito como "terriblemente apuesto, dulce y romántico", y ella misma se cita ofreciéndole refugio cuando se derrumba todo: "Ven conmigo al último lugar donde te buscarían, tu propia casa". La casa en cuestión era el cuartel Quetropillán.

El contrapunto

En 1998, Pedro Lemebel publicó "Las orquídeas negras de Mariana Callejas", incluida después en De perlas y cicatrices: el retrato del cinismo de una élite cultural que brindaba en el salón mientras se silenciaban los gritos del sótano. Ese mismo año, Roberto Bolaño viajó a Chile; fue Lemebel quien le habló de Callejas camino a una cena que Bolaño terminó abandonando. De ahí salió, dos años más tarde, Nocturno de Chile, donde el cura Sebastián Urrutia Lacroix frecuenta las veladas de María Canales mientras en el subsuelo pasa lo que todos deciden no ver. Iturra, del otro lado del mostrador, contó su versión en "Caída en desgracia", recogido en Crimen y perdón. Y en 2012 Nona Fernández estrenó El taller, obra teatral sobre aquellas veladas literarias. Cuatro literaturas distintas para un mismo agujero.

La tentación es armar el contrapunto como una paradoja: la apasionada de las letras y la agente de eliminación conviviendo en un mismo cuerpo, la sensibilidad y el horror, la belleza y el crimen. Es la lectura que ella misma alentó y la que muchos de sus defensores repiten. Conviene resistirla un poco. No hay evidencia de que Mariana Callejas haya vivido eso como una escisión. Llevaba el taller al living y el detonador a Buenos Aires con la misma naturalidad con la que se quejaba —lo dijo en 2010— de que lo insoportable de la casa-cuartel no eran los crímenes del jardín sino que hubiera empezado a llegar un montón de cocineros para "toda esa gente" y que la comida fuera pésima.

Su verdadera tragedia personal, dice Peña, no fue la condena judicial sino literaria: la DINA le arruinó la carrera de las letras. Quiso entrar al taller de José Donoso y le cerraron la puerta. Mientras sus amigos del living de Lo Curro se convertían en la Nueva Narrativa Chilena, ella recibía portazos de todas las editoriales. "Estoy muerta socialmente", le dijo a un periodista. Es un balance escalofriante: el daño que contabilizaba era el propio. Y autoinfligido. Por algo, ciertas cosas deleznables se llevan a cabo entre las sombras. De salir a la luz, convierten a su autor en paria. 

El proceso y la condena

La justicia chilena no la tocó en dictadura ni en los primeros años de la transición. Fue su homóloga argentina la que empezó a tirar de la madeja del horror. El expediente lo abrió, desde Buenos Aires, la jueza federal María Servini de Cubría, que investigó el crimen de Prats y pidió extradiciones. En diciembre de 2002 la Corte Suprema chilena resolvió que el proceso debía tramitarse en Chile, porque la ejecución del delito había comenzado en territorio nacional con la planificación del atentado. Quedó a cargo el ministro Alejandro Solís.

Callejas fue detenida en 2003, procesada y estuvo nueve meses en el Centro de Orientación Femenina. En 2005 la justicia chilena rechazó el pedido de extradición de Servini. El 30 de junio de 2008, Solís condenó a nueve ex agentes: Manuel Contreras recibió dos cadenas perpetuas más veinte años por asociación ilícita, y Mariana Callejas, veinte años de presidio. La Corte de Apelaciones confirmó en enero de 2009.

El 8 de julio de 2010 la Sala Penal de la Corte Suprema dictó la sentencia definitiva y rebajó todo. Contreras y Espinoza quedaron en diecisiete años; Raúl Iturriaga Neumann, Zara, Willeke y Morales, en quince. A Mariana Callejas la condenó a cinco años de presidio menor en grado máximo —en calidad de cómplice, no de coautora como habían resuelto las instancias anteriores— con beneficios: libertad vigilada. No pisó la cárcel por el asesinato del general Prats y de Sofía Cuthbert. Fue la única condena que llegó a pesar sobre ella; por el crimen de Carmelo Soria, cometido en su casa, nunca fue condenada.

Murió el 10 de agosto de 2016, a los ochenta y cuatro años, en una casa de reposo de Las Condes, con párkinson, sin editorial y sin público. La rebaja de pena la había alcanzado tanto como el olvido.

A diferencia de la mayoría de los escritores, su vida no queda en letras propias y de la crítica, sino mayormente en varios expedientes judiciales por delitos de homicidio, secuestros y torturas, entre otras cuestiones.

Es su caso el de una persona partida al medio. Ni el talento literario la libera de sus crímenes al servicio de un dictador atroz y perverso como Pinochet, ni tales crímenes vuelven mala a su prosa. 

Nada más cierto en este punto, que aquello de que la obra se emancipa del autor, una vez concluida. Las palabras tienen esa bendición. Tal vez porque a diferencia de los humanos, los textos se hallan libres de pecado. Es difícil contaminarlos de algo, por más que su autor se esmere en descargar allí todos sus demonios. 


Fuentes

  1. "La siniestra historia de Mariana Callejas: madre, escritora y terrorista de Estado de Pinochet", El País, 13 de septiembre de 2026. https://elpais.com/cultura/2026-09-13/la-siniestra-historia-de-mariana-callejas-madre-escritora-y-terrorista-de-estado-de-pinochet.html
  2. "La doble vida de Mariana Callejas, escritora y agente secreta de Pinochet", agencia EFE, Zenda, 12 de agosto de 2026. https://www.zendalibros.com/la-doble-vida-de-mariana-callejas-escritora-y-agente-secreta-de-pinochet/
  3. PLOTKIN, Mariano Ben, "Mariana Callejas: Literature and Horror in Pinochet's Chile", Journal of Latin American Cultural Studies, Carfax Publishing Ltd. (Routledge / Taylor & Francis), vol. 33, n.º 3, 2024, pp. 365-383. DOI: 10.1080/13569325.2024.2361026.
  4. ITURRA, Carlos, "El taller, en primera persona", en "Remembranza de Mariana Callejas", presentación de Juan Carlos Ramírez F., La Segunda, suplemento Mira, 2 de septiembre de 2016, p. 48. https://segreader.emol.cl/2016/09/02/A/A730EQCF/light
  5. PEÑA, Juan Cristóbal, Letras torcidas, Debate (ed. española, 2026; ed. original Ediciones Universidad Diego Portales).
  6. Entrevista a Juan Cristóbal Peña, La Tercera Domingo, 2024.
  7. "Mariana Callejas: 'Es tan triste escribir y que no te publique nadie'" y "Mariana Callejas (II): Las dos vidas de su casa-cuartel en Lo Curro", CIPER Chile, 7 y 9 de julio de 2010.
  8. "Fallo del caso Prats: una travesía de 36 años que estalla en el corazón del Ejército", CIPER Chile, 8 de julio de 2010.
  9. "Caso Prats: Corte Suprema ratifica condenas para cúpula de la DINA", El Mostrador, 8 de julio de 2010, y cobertura de La Tercera del mismo fallo.
  10. Fichas "Mariana Inés Callejas Honores" y "Recinto DINA – Cuartel Quetropillán (Vía Naranja, Lo Curro)", Memoria Viva.
  11. "Lo Curro: un cuartel familiar", Los casos de la Vicaría, Universidad Diego Portales.
  12. Villa Grimaldi y Vicaría de la Solidaridad, sobre el Decreto Ley 521/1974 y los Decretos Leyes 1.876 y 1.878 del 12 de agosto de 1977.
  13. LEMEBEL, Pedro, "Las orquídeas negras de Mariana Callejas", en De perlas y cicatrices, 1998. BOLAÑO, Roberto, Nocturno de Chile, 2000.
  14. PRON, Patricio, "Mariana Callejas, la literatura nazi en América", Letras Libres, 2014.
  15. PEÑA, Juan Cristóbal, "Mariana Callejas: el ocaso de una mujer marcada", CIPER Chile, 10 de agosto de 2016.
  16. LEÓN, Gonzalo, "La muerte de Mariana Callejas: servicios de inteligencia y literatura en Chile", 2016.



 Para leer más en el blog:


Una novela entre la lealtad y la traición



La novela de un país


Un amor rebelde en una época convulsa


Los Lobos del Atlántico






SOBRE EL AUTOR DE LA NOTA: Luis Carranza Torres nació en Córdoba, República Argentina. Es abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor universitario y miembro de diversos asociaciones históricas y jurídicas. Ejerce su profesión y la docencia universitaria. Es autor de diversas obras jurídicas y de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019), Germánicus. El Corazón de la Espada (2020), Germánicus. Entre Marte y Venus (2021), Los Extraños de Mayo (2022), La Traidora (2023), Senderos de Odio (2024) y Vientos de Libertad (2025). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz y en 2015 Ganó la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires. En 2021 fue reconocido por su trayectoria en las letras como novelista y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba.



Una ciudad: Londres.
Una mujer cruzada por dos naciones.
Una guerra inesperada.
Un hombre misterioso.
Una historia de espías.
Un amor que no distingue banderas. 

En abril de 1982 nada parece ir bien en la vida de Gabrielle Sterling. La relación con su jefe ha terminado en una desilusión amorosa y su carrera en el servicio civil británico no avanza. Sin embargo, la vida la sorprende cuando un hombre misterioso le hace una propuesta peligrosa. De aceptar, deberá traicionar los principios en que ha sido educada, aunque también rescatará es parte olvidada que su madre le inculcó. 
Tironeada por dos banderas, deberá elegir un bando en un conflicto que día a día se muestra más próximo. En ese proceso, pondrá su propia vida en juego mientras se siente cada vez más atraída por ese hombre misterioso.
En tanto la guerra escala, intrigas, pasiones y acontecimientos imprevistos la llevarán donde nunca antes había pensado estar, mientras quienes la persiguen se hallan más cerca de descubrirla. 
En medio de esa incertidumbre, Gabrielle se sentirá más viva que nunca. Tal vez no esté traicionando a nadie, sino encontrándose, por primera vez, consigo misma.  

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