Las tres banderas de San Martín
por Luis Carranza Torres
De Mendoza a Pisco
Entre el 5 de enero de 1817 y el 21 de octubre de 1820, las campañas de San Martín tuvieron tres banderas. La primera se bendijo en Mendoza antes de cruzar la cordillera, siendo la enseña del epopéyico cruce. La segunda, una variante de la chilena con tres estrellas, habría sido la insignia del general en jefe en la expedición que salió de Valparaíso rumbo al Perú. La tercera la creó él mismo por decreto en Pisco, seis semanas después del desembarco.
Cada una responde a un momento político distinto. La de los Andes era la de un ejército de las Provincias Unidas que salía a pelear fuera de su territorio; la de tres estrellas, la de una fuerza que pagaba Chile y que se presentaba como alianza de tres naciones; la de Pisco, la de un Estado que todavía no existía y al que había que darle un símbolo antes que un gobierno. Dos de ellas repiten el mismo motivo, un sol naciente sobre las montañas. La tercera cambió el sol por estrellas.
La bandera de los Andes
La bandera que San Martín presentó a sus tropas el domingo 5 de enero de 1817 tiene un origen que todavía se discute. No hay un solo papel de la época que diga quién la bordó. La versión de las patricias mendocinas se apoya en una carta de Laureana Ferrari de Olazábal escrita en 1856, cuarenta años después; la de las monjas de la Buena Enseñanza, en un manuscrito fechado en 1830 que apareció recién en 1963 y cuya autenticidad se puso en duda. El Gobierno de Mendoza resuelve la disputa repartiendo los papeles: las damas aportaron la idea, las joyas y el dinero, y las religiosas, el trabajo de aguja.
Ese domingo la tropa salió del Plumerillo al amanecer y entró en procesión a la ciudad detrás de la imagen de la Virgen del Carmen de Cuyo. En la Iglesia Matriz, el capellán José Lorenzo Güiraldes bendijo la bandera y el bastón de mando. Según el relato de Gerónimo Espejo, San Martín puso el bastón en la mano de la Virgen y la nombró Patrona y Generala del ejército. A la tarde, la bandera se juró en el campo de instrucción.
El paño es sencillo: dos franjas, blanca y celeste, que una litografía de la batalla de Maipú impresa en 1819 muestra horizontales y que la tradición posterior puso verticales. Lo que importa está en el centro. El escudo reproduce el sello que la Asamblea del Año XIII empezó a usar en 1813: dos manos que se estrechan y sostienen una pica con el gorro frigio, el sol naciente arriba, los laureles alrededor. El ejército le agregó una sola figura, una pirca de piedras al pie que representa la cordillera.
San Martín no dejó escrito qué significaba cada elemento, pero el escudo nacional, que viene del mismo sello, tiene una lectura oficial. Las manos son la unión fraternal de los pueblos; la pica, la autoridad y la soberanía que sostienen la libertad, que es el gorro; los laureles, la victoria. La cordillera era la tarea inmediata. La interpretación que hoy difunde Mendoza, en la que la pica significa trabajo, es una glosa local que no coincide con la del escudo nacional.
La bandera estuvo en Chacabuco el 12 de febrero de 1817, donde Mitre la ubica "custodiada por el resto del batallón de artillería", y en Maipú, el 5 de abril de 1818. No fue al Perú: cuando la expedición zarpó, en agosto de 1820, quedó en Santiago, y en marzo de 1823 el gobernador de Mendoza, Pedro Molina, la reclamó. La trajo Manuel Corvalán. Contra lo que se repite, no hay documento en que San Martín se la done a Mendoza.
Después sobrevivió al terremoto de 1861, a los revolucionarios colorados que se la llevaron a Chile en 1866 y a un viaje a Buenos Aires para cubrir el ataúd de San Martín en la repatriación de 1880. Desde el 17 de agosto de 2012 está en el Memorial de la Bandera, frente a la Casa de Gobierno de Mendoza, custodiada por el Regimiento de Infantería de Montaña 11.
La bandera de las tres estrellas
La expedición que zarpó de Valparaíso el 20 de agosto de 1820 no podía llevar la bandera de los Andes. Buenos Aires no había podido cumplir el tratado de febrero de 1819 que la financiaba a medias, y un decreto chileno de mayo de 1820 había bautizado a las tropas como Ejército Libertador del Perú. San Martín iba como general en jefe, con el grado de capitán general del ejército chileno, y los buques izaron la bandera de la estrella solitaria que el gobierno de O'Higgins había adoptado en octubre de 1817. Hernán Ferrer Fougá, siguiendo a Mario Barros, sostiene que San Martín hubiera preferido llevar la de los Andes.
Para la insignia del general en jefe se hizo una variante. Según el estudio que el historiador chileno Luis Valencia Avaria publicó en 1966 en el Boletín de la Academia Chilena de la Historia, era casi igual a la bandera de Chile, pero con tres estrellas en lugar de una: Chile, las Provincias Unidas y el Perú. La disposición no es segura. La mayoría de quienes estudiaron el tema las ubican en los vértices de un triángulo imaginario sobre el cuartel azul, y hay quien ve en ese triángulo una referencia masónica, sin más prueba que la forma.
La idea de una alianza de tres Estados era de San Martín. En una proclama a los peruanos que cita Cristián Salazar, escribió que la unión de los tres Estados independientes convencería a España de su impotencia. La bandera ponía esa frase en un paño: los colores de Chile, que costeaba mayormente la empresa, y una estrella por cada pueblo que la sostenía o al que iba dirigida.
Hay una escena que la muestra. En la noche del 2 al 3 de diciembre de 1820, en el valle de Chancay, los oficiales Tomás Heres y Ramón Herrera apresaron a su jefe y pasaron el batallón realista Numancia a las filas patriotas. San Martín los recibió en Supe y el cuerpo pasó a llamarse Voltígeros de la Guardia. Una acuarela de hacia 1823, encontrada en la casa de O'Higgins y atribuida a él o al dibujante Charles Wood, muestra al Numancia con la bandera del Ejército Libertador.
De esta bandera no hay un original identificado con certeza. Un artículo de divulgación militar chileno afirma que una se conserva en la casa de O'Higgins en Lima y que el museo nacional de Pueblo Libre guarda una reconstrucción, pero ninguna de las dos instituciones la menciona en sus fichas públicas. Es, de las tres, la que menos respaldo documental tiene: se la conoce por acuarelas y por la reconstrucción de Valencia Avaria.
La bandera de Pisco
La expedición desembarcó en la bahía de Paracas el 8 de septiembre de 1820. Seis semanas más tarde, el 21 de octubre, en el cuartel general de Pisco, San Martín firmó con su secretario Juan García del Río el decreto que creó la primera bandera del Perú. El preámbulo da una sola razón: conservar los símbolos que recordaban "el dilatado tiempo de su opresión" era incompatible con la independencia. El último artículo la declaraba provisoria, hasta que los peruanos se dieran un gobierno por su libre voluntad.
Dos diagonales cortaban el paño en cuatro campos, blancos el de arriba y el de abajo, encarnados los de los costados. En el centro, dentro de una corona oval de laurel, un sol salía por detrás de "sierras escarpadas" sobre "un mar tranquilo". El sol y la montaña, otra vez, como en el escudo de Mendoza, ahora con el océano por delante. El decreto fija el color de cada cosa, pero explica una sola: el azul del cielo del óvalo, que "representa el firmamento". Del blanco y el encarnado no dice nada.
Ese silencio se llenó con teorías. Mariano Felipe Paz Soldán sostuvo en 1868 que San Martín tomó el blanco de los rioplatenses y el rojo de los chilenos. Jorge Fernández Stoll le contestó en 1953 que el color que domina en la bandera argentina es el celeste, y propuso el rojo y blanco de Castilla y la cruz de Borgoña, en la que ve el origen de las diagonales, en línea con los planes monárquicos que San Martín tenía en esos años. Ninguna de las dos se apoya en un documento.
Tampoco la de las parihuanas, que es la más difundida. Sale de un cuento del escritor iqueño Abraham Valdelomar, "El sueño de San Martín", publicado casi un siglo después: el general se duerme bajo una palmera y al despertar ve unas aves de alas rojas y pecho blanco. La historiadora Natalia Majluf y Daniel Guzmán Salinas, del museo nacional de Pueblo Libre, la tratan como lo que es, literatura. Guzmán agrega que los colores de esas aves se parecen más a la bandera actual, de franjas verticales, que al diseño en aspa.
La bandera de Pisco duró poco. El 15 de marzo de 1822, con el mando delegado en Torre Tagle, se la cambió por una faja blanca horizontal entre dos encarnadas, con un sol en el centro, porque la anterior era difícil de confeccionar. El 31 de mayo las franjas pasaron a ser verticales: de lejos, la horizontal se confundía con la española. La versión con el escudo de la vicuña, el árbol de la quina y la cornucopia, viene del 25 de febrero de 1825.
El legado actual
De las tres, la única cuyo original se conserva y está identificado es la de los Andes, y está en Mendoza. La de tres estrellas se conoce por acuarelas y por la reconstrucción de un historiador chileno.
De la de Pisco no se ha identificado el paño que izó San Martín. La imagen más fiel del diseño es una acuarela fechada en el cuartel general de Huaura el 20 de diciembre de 1820 que, según la prensa peruana, guarda el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires. El ejemplar más antiguo que sobrevive en el Perú es el estandarte de seda que usó el cabildo de Piura el 4 de enero de 1821, con la leyenda "Libertad y Unión" bordada sobre el diseño en aspa; está en el museo de Pueblo Libre, que cerró al público en febrero de 2025 para una remodelación.
En el Perú, el Día de la Bandera es el 7 de junio y recuerda la batalla de Arica de 1880, no al creador de la primera. Pisco, en cambio, celebra cada 21 de octubre la creación de la primera bandera y se presenta como su cuna.
Las tres banderas siguieron caminos más allá de su creador. La de los Andes quedó en Santiago, retornó a Mendoza y hoy se exhibe orgullosa en su propio memorial. La de tres estrellas, insignia del jefe de una alianza de tres naciones, sigue relegada a un segundo plano, y la falta de un original no alcanza para justificar ese olvido. Y la de Pisco permanece en el blanco y el encarnado que hoy son los colores de la bandera del Perú.
Una mujer humillada y desposeída.
La tentación de recuperarlo todo.
Un secreto vital que obtener tras la cordillera.
Un general con un desafío por cumplir: cruzar los Andes.
Provincias Unidas de Sudamérica, 1816. Las tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata han declarado su independencia de la corona española, en el peor de los momentos posibles. El nuevo país, libre pero cargado de dificultades y retos, apuesta a remontar sus derrotas en el Alto Perú, con el audaz plan de formar un nuevo ejército y cruzar la cordillera para batir a los realistas por el oeste.
En Chile, Sebastiana Núñez Gálvez ha visto desbarrancar su mundo de lujos, pero también de oscuridades, tras la reconquista realista del país. Ajusticiado su esposo por liderar el bando patriota y confiscados todos sus bienes, malvive en la extrema necesitad. Una falta de todo que la ha hecho abjurar de cualquier creencia y hasta de su reputación, para conseguir subsistir.
El Mariscal español Marco del Pont lo sabe perfectamente, y le ofrece devolverle todas sus posesiones y alcurnia, a cambio de pasar a Mendoza y obtener el secreto mejor guardado del Gobernador de Cuyo y General en jefe de ese nuevo ejército, José de San Martín: por dónde pasarán sus tropas a Chile.
Sebastiana es una mujer decidida a todo para averiguarlo; apuesta para lograrlo a su antiguo y fuerte vínculo de amistad con la esposa del gobernador y General en jefe, Remedios de Escalada. No le importa tener que mentir, engañar o traicionar viejas lealtades.
Pero la imprevista relación con un oficial de granaderos trastocará sus planes. Alguien que, precisamente, debe mantener a los secretos de su jefe a salvo de los espías realistas.















