La guerra secreta de San Martín por los Andes
por Luis Carranza Torres
Hay
una imagen que la escuela nos dejó grabada y que, como casi todas las imágenes
escolares, es cierta pero incompleta: San Martín al frente de un ejército,
subiendo la cordillera para liberar Chile. Lo que esa estampa suele omitir es
que la hazaña militar más recordada de nuestra historia se decidió, en buena
medida, antes de que un solo hombre pisara la nieve. Se aseguró en la mente de
un gobernador realista que, mirando sus mapas en Santiago, no lograba entender
por dónde iba a llegarle el golpe.
Esa
incertidumbre no fue producto del azar ni de la naturaleza inescrutable de la
cordillera. Fue fabricada, sostenida y administrada durante meses por San
Martín. Tuvo nombre propio: guerra de zapa. Y sin ella, es dudoso que los
números de la empresa —por más ejército disciplinado que se hubiera levantado
en Cuyo— hubieran alcanzado.
Un
ejército hecho a medida de un problema imposible
Declarada
la independencia en 1816, San Martín viaja a Córdoba a convencer al Director
Supremo Pueyrredón de algo que, en el papel, no cerraba: cruzar la cordillera
más alta de América con una fuerza reducida para enfrentar del otro lado a un
ejército realista que lo superaba en número y que integraba unidades curtidas de
la Península en la guerra contra los franceses. No se trataba de improvisar una
leva más. Había que construir, desde cero, un ejército de tipo europeo —con
maestranza, parque de artillería, sanidad militar, cuerpo de ingenieros,
servicio de inteligencia propio— en una provincia sin gran comercio ni
capitales, como el propio San Martín le hace notar a Pueyrredón en su carta de
octubre de 1816.
El
campamento de El Plumerillo, en las afueras de Mendoza, se convirtió en la base
de esa operación: instrucción de tropas, fabricación de pólvora y armamento, un
batán para la ropa, hospital de campaña. Cuyo entero se movilizó —milicianos,
esclavos liberados a cambio de servicio, mujeres que cosieron uniformes y
donaron joyas para financiar la expedición— en lo que fue, antes que nada, un
esfuerzo logístico de toda la sociedad, no solo del ejército.
Se
trató de una fuerza militar nueva entrenada a la europea, que alternaba
equipos de viejo continente con soluciones autóctonas, como el poncho en lugar
del capote y los chifles para el agua reemplazando a la cantimplora. De tal
forma, unos 4.000 soldados regulares de caballería e infantería con entre 14 y
16 piezas de artillería y el apoyo de 1.200 a 1.500 milicianos, baqueanos y
reseros de apoyo, con 9.280 mulas y 1.600 caballos se dispusieron a llevar
adelante el cruce.
El detalle respecto de este proceso lo hemos desarrollado en La formación del Ejército de los Andes
La
guerra que no se veía
Está
firmemente documentado, y es el corazón real de la hazaña, es que San Martín
entendió algo que sus enemigos no: que un ejército pequeño solo podía vencer a
uno grande si lograba que ese ejército grande nunca estuviera en el lugar
correcto en el momento correcto. Y eso no se conseguía con más tropa, sino con
menos certezas del lado contrario.
La
guerra de zapa —"guerra de nervios", la definió después Ramón
Carrillo— consistió en construir, con paciencia de años, una red de agentes
infiltrados en Chile que hacía circular información falsa sobre por dónde y
cuándo cruzaría el ejército libertador. San Martín mismo redactaba buena parte
de esos informes falsos, que terminaban, por vías indirectas, en manos del
gobernador realista Casimiro Marcó del Pont, convencido de estar bien informado
cuando en realidad estaba siendo conducido. La estrategia no se limitó a
Mendoza: se extendió a Santiago, Concepción, Talcahuano, la provincia de
Colchagua, sembrando amenazas de invasión por múltiples pasos cordilleranos
para obligar al enemigo a dispersar sus fuerzas en un frente de cientos de
kilómetros.
Es
que, a más del creador de los granaderos a caballo y forjador de un concepto
europeo de las fuerzas militares con la organización del Ejército de los Andes,
José de San Martín también fue un precursor en cuanto al espionaje y
contraespionaje militar.
En
esa tarea, San Martín no trabajó solo. Contó con el auditor de guerra Bernardo
de Vera y Pintado —abogado santafesino, doctorado en Chile, con contactos y
conocimiento profundo del país transandino— en el manejo del "mosaico de
informaciones" que llegaba desde el otro lado de la montaña. Contó también
con patriotas chilenos derrotados en Rancagua, pero no rendidos, que sabían
sabotear desde adentro al gobierno de Marcó del Pont, y con figuras como Manuel
Rodríguez, que se movía como espía y enlace de guerrillas pese a su pasado
carrerino. Hay además relatos, menos verificables en su detalle, pero
recurrentes en la tradición histórica, sobre agentes que llegaron a infiltrarse
en el entorno íntimo del propio gobernador realista para desviar su
desconfianza. Esa parte, la de nombres y episodios puntuales de espionaje,
conviene tratarla como tradición histórica bien fundada en sus líneas
generales, no como certeza documental línea por línea.
Enrique
Pavón Pereyra en su obra, “La Guerra de Zapa (El Servicio de Informaciones en
las Campañas de Chile y de Perú)”, nos comenta al respecto: “Es
necesario hacer resaltar que todo el servicio era dirigido con unidad de acción
desde Mendoza, sin ningún género de delegación, y contando apenas con alguna
ayuda manual del Dr. Bernardo de Vera y Pintado, auditor de Guerra del Ejército
de los Andes y muy conocedor del país transandino”.
En
tal actividad: “El Dr. Vera asesoró en un comienzo al Libertador en
aspectos legales que surgían del nuevo género de lucha; después, cuando el
Servicio de Informaciones alcanzó insospechada magnitud, pasó a ocuparse del
"mosaico de informaciones y datos" que traían consignadas las gacetas
y papeles impresos de Chile; además recibía las declaraciones de los que se
evadían o expatriaban voluntariamente; o de los que fingían sentimientos
patriotas con el propósito de obtener informaciones que pudiesen servir a Marcó
del Pont”.
Sobre la persona del auditor del Ejército de los Andes, puede leerse en este mismo blog Los secretos de un auditor de guerra
El
resultado concreto de ese engaño sostenido fue medible: cuando el ejército
finalmente se puso en marcha, en enero de 1817, lo hizo dividido en seis columnas
que partieron por pasos distintos, desde el norte en La Rioja hasta el sur en
el Planchón, en Mendoza. Solo dos de esas columnas —las que avanzaron por Los
Patos y Uspallata, al mando de San Martín y de Juan Gregorio de Las Heras
respectivamente— constituían el grueso real de la fuerza. Las demás eran
maniobras de distracción, destinadas únicamente a mostrarse, generar alarma y
obligar a Marcó del Pont a fraccionar sus seis mil quinientos hombres en un
frente que, según las cuentas de la época, llegaba a los 800 kilómetros de
ancho.
El
general realista Andrés García Camba y De Las Heras en el primer tomo de sus
Memorias del Gral. García Camba expuso la situación en Chile: “Sabíase que
hacía tiempo organizaba el Gral. San Martin un ejército en Mendoza. Las tropas realistas componían entonces una
fuerza de 7.000 hombres; pero el astuto enemigo supo distraer de tal forma la
atención del Gral. Marcó del Pont, que lo hizo incidir en el gravísimo error de
pretender cubrir una línea de muchas leguas…quedando débil en todos los puntos”.
La
montaña como enemigo y como aliada
Ni
siquiera resuelto el problema de la sorpresa, la travesía dejaba de ser letal.
Se cruzó por sendas de cornisa a más de 3.800 metros, en algunos tramos por
encima de los 4.500, con temperaturas que caían muy por debajo de cero durante
la noche después de jornadas de calor intenso. No había poblaciones ni forma de
reabastecerse: todo —leña, forraje, víveres para veinte días, munición, la
artillería desmontada y transportada en zorras mineras modificadas— debió
cargarse desde Mendoza. Las bajas de animales fueron altísimas: de las cerca de
diez mil mulas que iniciaron la marcha, solo una pequeña fracción llegó en
condiciones a Chile, y de los 1.600 caballos, las estimaciones más citadas
hablan de apenas algunos cientos sobrevivientes.
La
clave del éxito nutricional y logístico fue la carne seca, un alimento que
cumplía varios requisitos cruciales: alta densidad energética, larga
conservación y fácil transporte.
Se
la proveía en forma de charqui, carne secada al sol y salada, que luego se
machacaba o se molía. De tal forma no solo se conservaba por más tiempo, sino
que era mucho más simple de movilizar.
Fue
la base principal de la dieta, por resultar la carne desecada extremadamente
rica en proteínas y proporciona una gran fuente de energía concentrada en un
peso mínimo, ideal para marchar a través de la cordillera.
El
historiador Pablo Camogli entiende que se transportaron 3.500 arrobas de
charqui (40.250 kilos), tanto en unas 143 como en lo que cada soldado llevaba
consigo. Al parecer, habrían sido unos 3,5 kilos de charquicán o guiso
valdiviano, según las versiones, por hombre, que debía distribuirse en raciones
diarias durante 8 días.
También
se llevaron 600 vacas para disponer de carne fresca, a razón de una vaca cada
cien hombres.
No
es menor el esfuerzo e ingenio puesto en la logística para conseguir tales
alimentos. San Martín había mandado a acopiar las cebollas de todo Mendoza a
fin de diciembre de 2016, pues servía “como medio de combatir la puna”, o
apunamiento, mal de altura, Mal Agudo de Montaña (MAM). Al igual que el ajo,
son vasodilatadores, con lo ayudan a que la sangre circule más fluida y
transporte el oxígeno con menor esfuerzo del corazón.
Un
mes antes, como no disponía de cantimploras, San Martín había ordenado, en
noviembre de 2016, que “todas las carnicerías de la ciudad y suburbios lleven,
a la Maestranza, todas las astas de las reses que matan”, para construir
chifles para transportar el agua.
San
Martín, además, hizo buena parte del cruce padeciendo úlceras que en varios
tramos lo obligaron a viajar en camilla, sin que eso alterara su conducción de
la operación.
Las
pérdidas de animales, sobre todo de cargas, fueron elevadas. En contraste, las
bajas humanas en el ejército por el cruce resultaron mínimas, de alrededor de
treinta hombres.
Para un mayor detalle sobre los aspectos del cruce en sí, puede leerse La verdad sobre el cruce de los Andes
Años
de esfuerzo y planificación rindieron sus frutos. Merced a la logística
desplegada y a los combates menores que jalonaron el avance —Picheuta,
Potrerillos, Achupallas, Las Coimas—, las dos columnas principales llegaron a
destino según lo planeado: el 8 de febrero de 1817 ocupaban San Antonio de
Putaendo y Santa Rosa de los Andes, en territorio chileno.
Cuatro
días después, el 12 de febrero, la batalla de Chacabuco confirmaba en el campo
de batalla lo que la guerra de zapa había preparado durante meses en las
sombras: un enemigo que nunca terminó de saber contra quién, ni por dónde, ni
cuándo, iba a pelear.
Como
dice general realista Andrés García Camba y De Las Heras, tras la batalla de
Chacabuco “fue tal la sensación que esta desgracia produjo en el resto de
las esparcidas tropas reales que al día siguiente se abandonó la capital
(Santiago) sin más pensamiento que el de acudir a Valparaíso…”. A efectos
de embarcar a Lima.
Sus
palabras no están exentas del reconocimiento a su adversario: “La
imparcialidad exige confesar, que la pronta organización de un ejército en
Mendoza, con las dificultades que ofrece el país, el plan de la invasión de
Chile y su entendida ejecución recomiendan al Ejército de San Martin”.
Lo
que suele quedar afuera del relato escolar
Vale
la pena subrayar tres cuestiones que la síntesis heroica tiende a borrar. La
primera es que buena parte de la infantería del Ejército de los Andes —las
fuentes hablan de varios miles de hombres, con estimaciones que rondan los dos
mil quinientos a tres mil— estaba formada por esclavos liberados a cambio del
servicio militar, con la posibilidad, inédita para la época, de ascender a cabo
o sargento, algo que la ordenanza española no contemplaba.
La
segunda es que la propia "hazaña de montaña" es, en rigor, una hazaña
de inteligencia militar tanto como de logística: los Andes no se cruzaron a
pesar del enemigo, sino después de haberlo desarmado, durante meses, en el
terreno de la información.
La
tercera, que no se cruzó simplemente. Los pasos de montaña tenían puntos
fortificados guarnecidos por tropas realistas que hubo que tomar con golpes de
mano de la vanguardia de las columnas.
Por
lo demás, el Cruce de los Andes no se halla exento, además, de diversas
curiosidades históricas. Una de ellas, que un antepasado del futbolista Diego
Maradona integró las filas del Ejército de los Andes como parte de una banda
militar. O que el propio San Martín se preocupó por llevar con él los libros de
su biblioteca.
No
debe tampoco olvidarse que dicho cruce era solo la primera fase de un
"Plan Continental" diseñado por San Martín, cuyo objetivo final era
asegurar la independencia a nivel del subcontinente eliminando el principal
foco realista en Sudamérica que era el Virreinato del Perú.
De
tal forma, en el inicio de nuestra vida independiente, el Cruce de los Andes
fue un acontecimiento increíblemente audaz, que combinó una estrategia ofensiva
brillante, superando un obstáculo geográfico inmenso merced a una cuidadosa
planificación, preparación de fuerzas militares adecuadas y el establecimiento
de una cadena logística suficiente para poder concretarlo.
Pocas
naciones pueden presumir de un hecho de tamañas características. En jalón que queda en nuestra historia, aun
cuando no siempre lo tengamos en cuenta, como muestra de lo que somos capaces
de lograr cuando se trabaja unidos, a conciencia, y con un liderazgo acorde a
las circunstancias.
Una mujer humillada y desposeída.
La tentación de recuperarlo todo.
Un secreto vital que obtener tras la cordillera.
Un general con un desafío por cumplir: cruzar los Andes.
Provincias Unidas de Sudamérica, 1816. Las tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata han declarado su independencia de la corona española, en el peor de los momentos posibles. El nuevo país, libre pero cargado de dificultades y retos, apuesta a remontar sus derrotas en el Alto Perú, con el audaz plan de formar un nuevo ejército y cruzar la cordillera para batir a los realistas por el oeste.
En Chile, Sebastiana Núñez Gálvez ha visto desbarrancar su mundo de lujos, pero también de oscuridades, tras la reconquista realista del país. Ajusticiado su esposo por liderar el bando patriota y confiscados todos sus bienes, malvive en la extrema necesitad. Una falta de todo que la ha hecho abjurar de cualquier creencia y hasta de su reputación, para conseguir subsistir.
El Mariscal español Marco del Pont lo sabe perfectamente, y le ofrece devolverle todas sus posesiones y alcurnia, a cambio de pasar a Mendoza y obtener el secreto mejor guardado del Gobernador de Cuyo y General en jefe de ese nuevo ejército, José de San Martín: por dónde pasarán sus tropas a Chile.
Sebastiana es una mujer decidida a todo para averiguarlo; apuesta para lograrlo a su antiguo y fuerte vínculo de amistad con la esposa del gobernador y General en jefe, Remedios de Escalada. No le importa tener que mentir, engañar o traicionar viejas lealtades.
Pero la imprevista relación con un oficial de granaderos trastocará sus planes. Alguien que, precisamente, debe mantener a los secretos de su jefe a salvo de los espías realistas.














