El último baile del conde (cuento)

 


Por Luis Carranza Torres

 

Brilla ese día el magnífico salón de los espejos como pocas veces en el año. Tal vez, como solo podía destacar ese día, en que él cumplía años.

La concurrencia era nutrida y el ambiente, recatadamente festivo. La habitual mezcla de aristócratas sicilianos junto a los burgueses ricos. Unos más recatados, otros más expresivos, compartían todos ser parte de una sociedad que se ufanaba de guardar las formas más que de expresar los sentimientos.   

Ella destaca allí entre todos, por ser la más joven y poseer un atractivo indisimulable.

La observa el Conde, disfrutando esa inseguridad que le percibe, al verle mirar  con asombro a las molduras de paredes y techos, al sonreír nerviosa cuando le era dirigida conversación. Era claro que se trataba de su primera invitación allí.

Forzando un tanto el protocolo, invita a bailar tan pronto se libra de otros compromisos, fascinado por su belleza.

Guarda el recato en tanto danzan. Procura disimular aquello que le provoca a su viejo instinto conquistador esa piel blanca y suave como la seda, así como aquel dorado de cabello largo y rubio peinado en tirabuzones, ceñido en la parte superior por una tiara de plata y brillantes. Uno al que la iluminación del salón arranca áureos reflejos.

La joven no tuvo problema alguno con el vals, mostrando la soltura de pocas. Se trataba de una flor apenas abierta, que ya tenía en sí, sin dejar realmente de ser niña, un manifiesto anuncio que su belleza presente lo sería incluso más, en un corto futuro.

—Beatrice significa "la que trae alegría"—le comenta, a mitad del vals.

Entonces ella lo mira con esos ojos, de un pálido azul, y el Conde ve como la joven sonríe con esos labios de rosa pálido. Se trata de una expresión franca, abierta, sin segundas intenciones. Propia de aquellos que tienen toda la vida por delante. Todavía, advierte, presa de la inocencia que da el no haber experimentado, por pura falta de tiempo, mayores pesares ni graves contratiempos en la existencia.

La música cesa y se descubre tentado de continuar en su compañía. Pero la proximidad de una persona lo interrumpe en tales pensamientos. A su lado, Giambattista, su primogénito, solicita el honor de bailar con Beatrice la siguiente pieza.

La joven ni siquiera mira su carné de baile para acceder. Nota el conde que el rostro se le ha iluminado y le chispeaban los ojos. Más medido, detectó similar interés en su propio hijo.

Le disgusta, sin saber bien el por qué, ver ese intercambio cómplice de miradas. Sí cae en la cuenta que era quien queda sobrando allí, en ese acuerdo silencioso de dos. Por fortuna, la experiencia de vida acude en su ayuda. Musita una palabras de agradecimiento, palmea a su hijo levemente y lleva a cabo e hizo el gesto de besar la mano de Beatrice, alabando sus dotes en el baile.

—Tendrá mejor suerte con mi hijo—le dijo sonriente.

La joven esboza otra sonrisa, igual de amable que cuando danzaba con él. Muy distante de aquella que le había iluminado el rostro al ver aparecer a Giambattista.

—Ha sido un honor, señor conde.

—Para mí, aún más.

Los deja entonces, en tanto la música vuelve a sonar.

Retorna con pasos que quieren parecer despreocupados, a la parte del salón en que se conversa, se bebe y, los hombres, fuman cigarros. Está encendiendo uno, cuando una mujer se le acerca. Tiene, más menos, sus mismos años y se conserva, como él, aceptablemente para la edad. Se trata de la mujer culta, medida, devota y algo más afectuosa que la media, con la que lleva casado ya más un cuarto de siglo.

Piel blanquísima con escasas y mínimas arrugas, dientes perfectos, ojos grandes y negros que lo observan con la dedicación de siempre, negros cabellos apenas con contadas canas. Apenas ha ganado algo de peso con los años y la piel se le mantiene razonablemente tersa. La madurez en que se adentra poco a poco le es mucho más benévola con ella que al conde. Todavía no le causa mayores estragos.

—¿No hacen una hermosa pareja?—le dice, observando al centro del salón donde Beatrice y Giambattista danzan como si el mundo no existiera a su alrededor. Hace mucho tiempo que él no ha bailado de esa forma, piensa con molestia.

Son también, el centro de la mayoría de las miradas. Tal como él, en los lejanos tiempos que tenía similar edad a la de su primogénito.

—Sí, puede ser.

A su esposa se la nota entusiasmada por lo que observa y no disimula sus intenciones al respecto. Siempre ha sido una mujer razonable, piensa el conde. De noble cuna, tanto como ellos, con una perspectiva de dote apreciable, la joven no es un mal partido.

—Hablaré con Alessandra para que tú puedas hacerlo con su padre.

Son los pasos lógicos, en pos de pactar de familia a familia un enlace. Aun extinguida toda pasión por ella, no deja de apreciar su lealtad y compañerismo.

Recuerda entonces que la madre de Beatrice fue uno de sus tantos affaires de joven, antes de que le hicieran sentar cabeza. Eran los lujos que tenía como hijo de un conde,  que luego de la muerte de su padre, heredado el título, se tornaron incompatibles con sus nuevas obligaciones.0

Comprende por qué se ha sentido atraído a la joven: tiene no pocas trazas de su madre. Pero también, entiende que pertenece ya a una categoría de mujeres que él ya no podrá ambicionar.

La vejez es el precio de la supervivencia. No es poco el pago: se asiste a la declinación física, en los sentidos, pero por sobre todo, en ese sentimiento incómodo, cada vez experimentado con mayor frecuencia, de estar siendo desplazado por otros del centro de la escena de su propia vida.

Es un pago quizás brutal. Pero la alternativa de no envejecer, de no seguir contando años sobre la tierra, se le antoja al conde todavía peor.  

“El futuro es inevitable”, piensa para sí, con todo pesar. Como en esa fiesta, en la vida siempre la música seguirá sonando luego que el conde ya no forme parte de la reunión. Es la dinámica de la vida. Resultarán tiempos mejores o peores que aquellos que le tocó en suerte vivir, pero sin que él tenga parte alguna en aquello por venir. Ya no estará allí para disfrutar sus ventajas ni sufrir sus inconvenientes.

Nunca como antes, luego de ese baile, ha tenido la certeza que lo suyo es un asunto concluido. No en lo inmediato, obviamente. Las personas tardan en pasar, como los imperios, siglos en caer. Primero se termina en vida, antes que ocurra todo lo demás. El cuerpo deja de estar a la altura de los esfuerzos, el espíritu deja de engendrar nuevos proyectos y la mente pasa a pensar siempre sobre las mismas cosas.

Se extingue despacio en el mundo que le resulta propio. Ya no es joven, ni llamado a llevar a adelante ninguna proeza. Con lentitud, el mundo cada vez le pertenece más a su hijo y a su espléndida juventud, poblada de promesas. Como la suya, en su momento.

Nunca más bailará, decide. Con Beatrice o ninguna otra.

Se disculpa con su esposa y deja atrás el salón de fiesta para salir a tomar aire a la terraza. Aun con el puro en la mano, apoya un mano sobre la gruesa baranda de mármol, en tanto veía a un sol de fuego y naranjo, esconderse tras la inmensidad del horizonte del mediterráneo.

Empezaba a escasear la luz. Se diluía en el ambiente, en un inevitable tránsito de la penumbra a una cerrada oscuridad.

Algo semejante ocurría con él, reflexionó.

En tanto esa grisura melancólica comenzaba a enseñorearse de todo a su alrededor, Don Piero Catapelli Albertini, conde de Castelvetrano como antes lo ha sido su padre y tal vez pronto lo sea su hijo, se toma el tiempo antes de disfrutar de la última seca de ese puro, para luego echarlo al mar. Han sido los señores de allí, ennoblecidos por gracia de Ferdinando I delle Due Sicilie. Pero aun así, pasarán al olvido alguna vez, como  le sucederá a él y hasta, quizás, al propio Reino de las Dos Sicilias.

Puede que el cuerpo y la lívido le decline, pero la mente se le mantiene lúcida. Automóviles reemplazando a caballos, artefactos que surcan los cielos. Nuevos vestidos y raros peinados en las mujeres. 

Pronto, habrá un mundo distinto. Como pasa siempre, será una nueva era que nacerá rebelándose contra lo establecido en la anterior. Pero tiene sobradas dudas de que vaya a ser algo mejor. Quizás, solo adjure de sus vicios, para implantar otros distintos. 

Todo al parecer en esta vida es un tránsito, iniciado vaya a saber dónde y con idéntica incertidumbre respecto a su destino.    

En tanto ve caer al mar la última brasa del cigarro, entiende el porqué de su molestia durante toda la jornada. Se resiste a lo inevitable. A que resulta, como todo lo demás a su alrededor, un existir pasado, un anacronismo pronto a dejar de ser.   


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Los Lobos del Atlántico






SOBRE EL AUTOR DE LA NOTA: Luis Carranza Torres nació en Córdoba, República Argentina. Es abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor universitario y miembro de diversas asociaciones históricas y jurídicas. Ejerce su profesión y la docencia universitaria. Es autor de diversas obras jurídicas y de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019), Germánicus. El Corazón de la Espada (2020), Germánicus. Entre Marte y Venus (2021), Los Extraños de Mayo (2022), La Traidora (2023) y Senderos de Odio (2024). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz y en 2015 Ganó la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires. En 2021 fue reconocido por su trayectoria en las letras como novelista y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba.


Un territorio de frontera.
Un crimen atroz que va a vengarse.
Un hombre arrasado por la guerra.
Una mujer marcada por su pasado.

San Carlos de Bariloche, a fines de 1922. Por entonces, un poblado en el territorio nacional de Río Negro junto al lago Nahuel Huapi, en Argentina. 
A Guillermo Kepler, naturalizado argentino, una partida de bandoleros le mata a su familia, le roba sus caballos y le incendia su casa; le disparan hasta darlo por muerto, cayendo en las heladas aguas del lago. Pero, como en la guerra, sobrevive una vez más. 
Obediente de las leyes y los gobiernos hasta entonces, decide que ya es suficiente. Y ante las complicaciones que la resolución del caso tiene para el juez letrado y la policía local, hará justicia por mano propia. Pero aquellos que han destruido su vida tienen influencias poderosas al otro lado de la cordillera, en Chile. 
En su camino de venganza, cruzará destino con Ema, una enigmática mujer, tan herida y presa de tanta oscuridad como él mismo. Descubrirá entonces que ese destino, que puede ser muy cruel a veces, también, del modo más extraño, arroja a su paso ciertas segundas oportunidades. Pero el precio que deberá pagar no será fácil ni simple. Porque cuando se transitan senderos de odio, nadie sale sin heridas. 

Luis Carranza Torres ha escrito una novela de amor en tiempos de venganza, donde dar lugar a lo importante a veces queda relegado por el dolor.

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