Primicia en la Sabana (cuento)
El
helicóptero Huey pintado de blanco con la identificación de las Naciones Unidas
recorría el curso del río Lugenda, a doscientos metros de altitud. Amenazaba
con llover pero no llovía; las nubes flotaban densas, grisáceas, sobre la tierra
calurosa, a la distancia, y los truenos retumbaban en el horizonte lejano.
Los
portugueses, cuando Mozambique era todavía el África Oriental Portuguesa,
llamaban a esta región el Fin del Mundo. Desde el aire, se podía entender
perfectamente el por qué. Volaban en medio de la nada, en una zona de sabana
africana, sin atibo alguno de la menor presencia humana.
Dentro
del aparato, en el compartimiento por detrás de la cabina de mando, una joven
menuda dormitaba en un rincón, con la espalda
apoyada en un cajón de provisiones médicas. Era de piel olivácea y cabello oscuro
cortado a la altura de los hombros. Una solución de compromiso entre su gusto
de llevarlo largo y las condiciones de vida que imperaban en Mozambique, un
país que parecía no poder salir de la guerra, tribal en sus motivos y moderna
por sus armas, que asolaba al país desde la independencia de Portugal.
La
joven llevaba un mono verde oliva, metido dentro de unas botas de paracaidista
de media caña, con la cremallera a medio subir, cerrada solo hasta a la altura
de la cintura y con los brazos fuera de sus mangas. En la parte abierta, se
dejaba ver una remera blanca mangas cortas de algodón, con los labios y lengua
rojiza del grupo de los Rolling Stones
abultada por los pechos firmes, que subían y bajaban acompasadamente al ritmo
del sueño.
Dos
cámaras Nikon, una con teleobjetivo, colgaban de su cuello con correas de cuero
marrón. Los grandes bolsillos de su mono en la parte de las piernas abultaban
por la cantidad de lentes y rollos de película para las cámaras.
Ella
era el principal motivo de ese vuelo. Las órdenes habían venido del Headquarters de la fuerza de Naciones
Unidas. Transmitidas a su Comandante por el propio Representante Especial del
Secretario General, a cargo de la misión humanitaria en el país.
Llevaban
a bordo en virtud de ellas a la corresponsal más famosa de Paris-Match y
estrella destacada de internacionales en el nuevo canal de noticias europeo
Euronews: Anne-Marie Deneuve. Una belleza gala nacida en cuna de oro, educada
en los mejores internados suizos que pueden pagarse, estudiante rebelde de
relaciones internacionales en la Sorbona, devenida en corresponsal de guerra.
Su
origen y vida acomodada no le habían impedido, en muy poco tiempo, ganarse el
derecho a ser llamada una “fleur de guerre” como decían los
franceses. Alguien cuya condición femenina no resultaba óbice para atravesar
las rigurosidades propias de los conflictos tanto o más que cualquier hombre.
La
última muestra del carácter duro que tenía, había sido un par de años antes, el
reportar la Guerra del Golfo desde la primera línea del frente, agregada a una
unidad de reconocimiento de la División Daguet en su avance sobre Irak.
Ahora
volaba al norte profundo con el encargo de retratar como en los confines del
país funcionaba el programa de desarme y desmovilización de combatientes de la
ONU.
El
mecánico de vuelo la veía dormir sin quitarle el ojo. Llevaba un casco de vuelo
con el micrófono bajo. El hombre a su lado, con insignias de capitán, vestía un
uniforme camuflado con un patrón Woodland, que alternaba manchas de
diversos marrones con verdes y negros. Sobre él llevaba a un chaleco verde de
protección balística, desde el cuello y hasta la cintura, poblado de bolsillos
y otros recovecos, donde se veían un par de granadas sujetas al pecho, varios
cargadores para el fusil, un cuchillo de combate y una funda sobre el lateral
derecho, con una pistola automática con la culata vuelta hacia fuera.
Acunaba
un fusil de asalto entre los brazos, sin reparar en ella. Miraba con aire
distraído hacia afuera, a través de la puerta lateral abierta.
—¿Esta
es la famosa corresponsal, Yunque?—le preguntó el mecánico en español al otro,
acercándose a su oído para poder hacerse oír por sobre el sonido de las palas.
Le había dicho por su indicativo, en lugar del nombre, tal como era de uso en
el curso de una operación aérea. Un traslado VIP en este caso.
El
aludido se encogió de hombros. No llevaba auriculares, aunque sí tapones en los
oídos. Podía verse en su cuello, a la par de la cadena de las placas de
identificación militar, las cuentas negras de un rosario.
—Para
mí es solo un incordio—respondió el militar, que llevaba el cabello cortado al
ras a navaja. Tenía colgándole por atrás, de un cordón, un sombrero de jungla
Bonnie Hat con idéntico camuflado al del uniforme.
—Le
escuché eso—dijo la joven en un inglés con acento francés, sin abrir los ojos.
El
tono de reproche era evidente. Algo que provocó el fastidio de Yunque. Desde
que se le había asignado protegerla, la dichosa francesita se había comportado
bastante altanera y cortante con él. Hasta colmarle la paciencia.
—Qué
bueno—contestó el sujeto del fusil, ahora en inglés, elevando el tono para
estar seguro que ella lo oyera—. Deja más claras las cosas.
La
joven abrió entonces los ojos, dirigiendo la mirada a quien todavía mantenía la
vista hacia fuera.
—Es
un hombre insoportable, Yunque o señor como se llame—le dijo con cara de enojo—.
Para dejarlas aún más claras, no me simpatiza en absoluto.
Aquella
reportera lo había detestado, por sus propias y personales razones, desde que
lo conociera, al presentárselo como quien debía custodiarla durante su estadía
en el país. Ni siquiera había querido saber cómo se llamaba. Más de una vez la
había pescado, observando con furia poco disimulada, la insignia del paracaídas
alado que prendía sobre la parte izquierda de su pecho, por sobre el bolsillo
del uniforme.
—Le
aseguro, Mademoiselle, que es algo mutuo—replicó, sin volver la vista. Lo de Mademoiselle
sonó a agravio.
Ella
le dedicó una mirada de desdén antes de acercarse a la puerta abierta y tomar
su cámara con teleobjetivo. Enfocó hacia el río, buscando una buena imagen que
retratar. Sacó un par de fotos a unos cocodrilos en la orilla arenosa. Un par
de minutos de vuelo después, apareció un hipopótamo semisumergido en la mitad
del cauce. Disparó otra vez su cámara, una docena de veces.
Volvió
a donde estaba antes. Tras sentarse, abrió la máquina por detrás quitó el
carrete que guardó en el bolsillo izquierdo en la pierna del mono y colocó uno
nuevo, sacado de su similar en la parte derecha. Volvió a cerrar su cámara con
su clic.
Usó
la lente como espejo para verse el rostro. Se tomó un minuto de atenta
observación, para luego mostrar una expresión de fastidio. Le pasó lo mismo de
siempre.
—El
espejo no me ve—dijo para sí, en francés y con enojo, antes de dejar que la
cámara siguiera pendiéndole sobre el pecho y la remera de los Rolling Stones.
Estaba
cansada, mucho, y eso la ponía de pésimo humor. Apenas había podido dormir la
noche anterior. Las usuales pesadillas de cuando estaba en una asignación en el
extranjero habían vuelto a visitarle, siendo particularmente despiadadas. Sacó un paquete celeste de
Gauloises y se puso uno en los labios. Lo encendió con antiguo Ronson Typhoon,
de aluminio, que tenía grabado un puñal sostenido por esa especie de brazo
alado, distintivo de la Legión Extranjera. Luego volvió a cerrar los ojos, con
el cigarrillo flojo entre los dedos. El cubículo se impregnó del olor fortísimo
del tabaco negro. Uno muy similar al alquitrán quemado.
—¡Cohete! ¡Abajo, a las dos!
El áspero grito de advertencia del mecánico la hizo
abrir los ojos. Estaba asomado por la portezuela abierta, y señalaba a una
especie de llama que ascendía al cielo, en dirección a ellos. Tomó la cámara
para retratarla, pero antes que pudiera enfocarla, su guardián se le echó
encima.
—¿Está loca? ¡Agárrese fuerte!
El Huey dio un giro cerrado, brusco, de más de
noventa grados para ascender con fuerza. Un par de cajas se movieron dentro.
Logró aferrarse de una agarradera, con el cuerpo del militar cubriéndola, antes
que el aparato se sacudiera como nunca antes.
Un
repentino ruido sordo, seco, grave, seguido de una explosión por encima del
techo del helicóptero le confirmó que estaban en graves problemas. El aparato
empezó, con rapidez, a perder estabilidad.
Oyó
a uno de los pilotos gritar que habían perdido la potencia en el motor y que se
prepararan para una colisión. Volaban con las hélices en autorrotación, en un
descenso de emergencia casi en picado. Buscaba acumular la suficiente energía
en el disco para que, justo antes de llegar al suelo, pudiera realizar la
maniobra del flare, una recogida que
detuviera la tasa de descenso para poder posar a la aeronave de la forma menos
brusca posible.
A
pocos metros del suelo, el aparato levantó la nariz para aumentar el ángulo de
ataque y poder así frenar la caída en el final y tocar tierra lo menos brusco
posible. Pero el meandro del río en que les tocó en suerte caer tenía un
desnivel y el aparato volcó de lado con estrépito.
Ella
golpeó la cabeza contra una parte del fuselaje en la caída. Quedó así, confusa,
por unos momentos en el fondo. Un fuerte olor a combustible le hizo arder las
fosas nasales. Luego, sintió como un par de brazos fuertes la izaban para
arriba. La luz del sol le dio de frente y la deslumbró por unos momentos.
—¿Puede
caminar?
Quiso
contestar algo a su guardián pero no pudo. Observó a su alrededor, como si se
tratara de otro mundo. Estaban en la parte del helicóptero que había quedado
hacia arriba. Sobre la puerta lateral, abierta hacia atrás. Era una superficie
bastante inestable, que sacudió al lanzarse al suelo el hombre de uniforme a su
lado. Luego, el mismo par de brazos la tomó para depositarla en el suelo.
Observó
hacia adelante, a la cabina de los pilotos. Debía haber golpeado contra el
suelo de alguna forma. Estaba achatada hacia atrás y los vidrios hechos
añicos.
—Aléjese
lo más rápido que pueda.
Quiso
obedecerle pero trastabilló al segundo paso y cayó al suelo. Seguía shockeada y
su cuerpo no le respondía. La levantó y pasó el brazo de ella por su hombro
para llevarla. Al principio, arrastraba mayormente los pies, pero luego de un
corto trecho pudo caminar por ella misma.
Por
delante de ellos había un cuerpo caído de espaldas. Ella reconoció al mecánico.
Quien la cargaba se detuvo un momento. Se agachó llamándolo por su nombre sin
obtener respuesta. El hombre con el mono verde de vuelo y el casco oscuro no se
movía. Le tocó el pulso en la parte del cuello, sin encontrarlo. Al parecer,
había salido despedido del aparato en alguna parte del aterrizaje forzado.
Se
enderezó y siguió cargándola, sin decir una palabra. Se alejaron un centenar de metros, antes que la dejara allí,
para volver hacia el aparato a la carrera. Estaba a mitad de trayecto, cuando
el fuselaje caído se convirtió de improviso, con sordo estrépito, luego de un
estallido, en una bola de fuego amarillo y naranja. El ruido le atronó los
oídos a la periodista, que todavía buscaba reaccionar, en tanto sentía como una
ola de calor le golpeaba en el rostro.
Los
fragmentos y el combustible en llamas se esparcieron por el lugar como trozos
de metralla.
La
misma onda expansiva había hecho caer al oficial paracaidista encargado de su
cuidado. Quedó allí, por unos momentos en el suelo, para luego incorporarse de
nuevo. Aun así, persistió en seguir hasta el aparato en llamas. Llegó cerca,
pero el fuego era demasiado. Al fin desistió y volvió donde ella. Anne-Marie
observó cómo tenía la cara y los brazos ennegrecidos, así como un pequeño corte
en la frente.
—¿Esta
bien?—le preguntó.
—Yo…
creo que sí.
Ella
todavía estaba algo conmocionada. Todo había pasado muy rápido.
—Es
la primera vez que se estrella, por lo que veo—le dijo él, con voz tranquila,
en tanto le revisaba el golpe en la cabeza.
Ella
solo asintió. El roce de los dedos le provocó dolor y el capitán retiró la mano
de inmediato.
—No
es gran cosa. Aunque tendrá un hematoma y un gran chichón por unos días.
Debemos irnos.
Anne-Marie
miró en derredor. Estaban a un lado del cauce del río, entre malezas.
—¿Irnos?
¿A dónde?
—Hay
que buscar un sitio seguro—el hombre de uniforme comprobó que estuviera cargado
el fusil de asalto—. Los que nos hayan derribado, van a estar pronto por este
lugar.
Le
pasó el sombrero a ella para que se cubriera. Tras eso, se echó a caminar
empuñando el fusil con ambas manos, un tanto hacia adelante y abajo, en la
misma línea de su visión. Ella lo siguió por detrás. No dejó de advertir que
mantenía el índice rodeando el guardamonte del arma. Presto a poner accionar
con rapidez la cola del disparador.
Se
alejaron del río y del aparato caído, en dirección a un bosque próximo que
iniciaba sobre una elevación del terreno, a unos mil metros. Avanzaban a campo
abierto, entre pastizales y arbustos de poco tamaño.
De
pronto, él le hizo señas que se agachara y se puso en cuclillas con la vista
fija en un punto por delante de ellos, entre los pastizales que se extendían en
el inicio de la colina donde estaba el bosque.
—¿Qué
pasa?—preguntó ella.
Él
no contestó. En cambio de eso, cambio el selector del fusil a automático y
barrió con una ráfaga corta a donde antes había estado mirando. De los pastos
altos surgieron tres figuras de uniforme, disparando contra ellos.
El
capitán echó la rodilla a tierra y disparó en rápida sucesión contra ellos.
Cayeron uno a uno, desplomándose sobre los pastizales de los que antes habían
surgido.
—¿Cómo
supo que estaban allí?—preguntó la reportera, echaba un poco por detrás. Él
cambió el cargador antes de explicarle.
—No
hay viento y allí los pastos se movían. De estar más quietos, habrían
conseguido emboscarnos. Por fortuna no son soldados muy entrenados.
—¿Quiere
decir que estamos vivos de casualidad? Es algo muy tranquilizante.
—Por
segunda vez en el día.
—¿Cuál fue la otra?
—El
cohete que nos dispararon. Es dirigido por calor, por eso se metió por la
tobera al motor, destrozándolo. Pero si el explosivo que llevaba hubiera
detonado, habríamos explotado en el aire.
Le
dijo que permaneciera allí, en tanto iba a asegurarse que los muertos estuviera
de verdad. Avanzó con cuidado hacia los caídos.
Ella contempló la
carnicería a su alrededor, el helicóptero incendiado por detrás, los cuerpos
tirados a un lado, inmóviles sobre los pastos. Tomó una de las Nikon, le cambió
el lente y abrió un rollo nuevo de película. Tomó algunas fotografías, aun echada
en el suelo, pero luego se incorporó en cuclillas. El fuego del helicóptero
seguía, pero mucho menos intenso que al principio. Se incorporó para tener un
mejor ángulo.
Entonces,
dos figuras de piel negra emergieron desde el declive que conducía al río, y se
lanzaron hacia ella como en cámara lenta. Tenían, como los anteriores, un
uniforme verde intenso con grandes parches de camuflaje marrón. Le disparaban
fusiles rusos de inmenso cargador curvo desde la cadera, con la boca abierta
profiriendo aullidos salvajes.
Su
instinto profesional pudo más que el sobresalto. Anne-Marie tomó una de las
cámaras y la enfocó hacia ellos en un movimiento reflejo, accionando el
disparador. La máquina tomaba una foto tras otra, mientras lo veía acercarse en
tanto sentía los zumbidos chillones de los disparos como si le pasaran al lado.
Al
volver a fijar la mirada en el visor, observó como el atacante había levantado
su fusil, sin dejar de correr y parecía apuntarle directamente al lente de la
cámara. Apretó el botón de disparador, enfocándolo con cuidado. «La muerte»,
pensó. Tal vez esa fuera su última fotografía. No tuvo miedo, solo una cierta
ansiedad por saber lo que pasaría después.
Tal
vez su padre, también en África, muchos años atrás hubiera sentido lo mismo. O
tal vez no, y la muerte llegó a él sin previo aviso. No podía saberlo.
Fue
un instante que pareció alargarse hasta la eternidad. Luego oyó bramar al cañón
del fusil a un lado suyo por dos veces y el primer atacante se detuvo en seco
primero, para luego derrumbarse hacia atrás en tanto el Kaláshnikov caía
pesadamente al suelo. Le
siguió sacando fotos, en tanto se desplomaba.
Anne-Marie
sintió entonces como un fuerte puntapié en la pierna derecha. Vio caer al
segundo atacante, antes de hacer lo mismo. Quedó boca arriba, mirando el cielo
gris. La pierna comenzó a dolerle. La sintió húmeda y ardiente. Al tocar allí
con la mano debió retirarla, por el espasmo de dolor que ese movimiento le
provocó. Al volver a ver su mano, notó que había sangre en ella.
Eso
la asustó un poco, pero no pasó mucho antes que él fuera a asistirla.
—No
puede quedarse quieta, ¿verdad? Estaban por matarla y solo le preocupaba
tomarles fotografías.
Ella
percibió que había más preocupación que enojo en esas palabras.
Le
cortó la tela del pantalón con el cuchillo de combate, por debajo de la rodilla
y revisó la herida.
—Tiene suerte —le
dijo—. Atravesó la carne. Parece de un AK-74. Si le hubieran acertado con el
modelo más antiguo, el 47, de un calibre mayor, le hubiera roto el hueso.
Desinfectó la
herida con una gasa húmeda con antibiótico. Luego le aplicó un vendaje de
emergencia para controlar la pérdida de sangre. Ella se sintió tentada a darle
las gracias, pero no lo hizo. Seguía mal predispuesta con ese hombre. No por él
sino a quien le evocaba por dentro.
—¿Quiénes
son?—preguntó ella.
—No
lo sé. Alguna facción que no quiere desmovilizarse y entregar sus armas.
Encontré un tuvo lanzador de cohetes vacío junto a los cuerpos. Son los que nos
dispararon. Eso es todo lo que me interesa saber.
Subieron hasta una pequeña loma
enfrente, con ella cojeando, hasta entrar en uno de los bosques de miombo que salpicaban esa planicie
ondulada más allá del río.
La
arboleda no era demasiado cerrada, pero sí tenía en derredor terreno abierto,
si bien de pastos altos. Era el lugar más seguro que se le ocurría. Lo
suficientemente cerca del lugar del derribo como para poder advertir cuando la
ayuda llegara allí.
Sacó una pala y comenzó a cavar por
detrás de un árbol caído. Empezaba a oscurecer y necesitaba preparar un lugar
para pasar la noche, que proporcionara cierta seguridad, antes que comodidad.
Hizo
una especie de foja de medio metro por dos de largo. Allí se tendieron, con el
árbol como tope.
Con
la última luz del día, ella se observó en el pequeño espejo que sacó de un
bolsillo. Tuvo la misma sensación de incomodidad al verse que otras veces.
Igual percepción de extrañeza, de no ser ella. Una sensación inquietante. Podía
parecerse a la imagen que veía reflejada, pero no era ella.
Guardó
el espejo con la misma impresión incómoda, molesta de siempre.
—¿Quién
es ese paracaidista al que le guarda tanto rencor?
A
ella le impresionó escuchar esa pregunta. Una simple mirada de él a los ojos,
el ver como se ruborizaba, como sintiéndose avergonzada de ser descubierta en
algo indebido, le bastó al oficial a cargo de su seguridad para comprobar que
estaba en lo cierto.
—Mi
padre ¿Cómo lo supo?
—Se
quedó viendo mi insignia, cuando nos presentaron. Luego empezó a destratarme.
Era algo personal. Claro que no conmigo en particular.
Ella
parecía avergonzada cuando intentó explicarse.
—Papá
tenía una igual. Entre los muchos lados a los que fue, argentina fue uno de
ellos. Me chocó verla. Supongo que removió muchas cosas y no lo manejé bien.
—Entiendo.
—No,
no sabe nada—ahora estaba enojada—. No pretenda saber de mí. O fingir que me
entiende, como lo hacen todos.
“Ni siquiera los
espejos me ven como soy”, pensó ella para sus adentros.
—Nunca
dije eso.
—Haga
lo que haga, soy la hija de un maldito héroe, capitán. Muerto en combate, como
debe ser. Coronel Henri Deneuve. Infante, paracaidista, oficial de la legión
extranjera. Cinco veces condecorado, caballero de la Legión de Honor. Crecí con
su recuerdo en lugar de su presencia por su maldito sentido del deber. Murió en
la Batalla de Kolwezi en mayo de 1978. Se había ofrecido como voluntario para
ir allí. Aunque dejara una esposa y una hija solas en Francia. Yo tenía siete
años.
—Lo
lamento mucho. Perder un padre siempre es algo duro. Más a esa edad.
—Por
Dios, usted me lo recuerda tanto.
—Espero
que lo diga por algo bueno.
—Lo
digo por todo: lo malo, lo bueno, aquello que no fue. Lo odio y lo amo a la
vez. Lloro por él algunas veces y lo insulto otras.
Hubo un silencio incómodo. Por un
rato ninguno habló. El paracaidista se concentró en vigilar los alrededores. Al
parecer, todo estaba correcto. Quizás, solo se tratara de un grupo disperso y
ya hubiera acabado con todos.
Ella
entonces observó las cuentas del rosario que se veían en su cuello.
—¿Usted cree en
Dios?
Él asintió, sin
dejar de otear al terreno en derredor de ellos.
—Pues yo no.
Se lo dijo de mala
forma. Eso lo exasperó. Al parecer, esa periodista era de los canalizaban el
temor y le incertidumbre por la vía de molestar al prójimo gratuitamente.
—Es un problema
suyo.
—No creo en nada.
Ni dioses, ni banderas, ni países. O que exista un deber o destino al que
debamos someternos. Todo esto es solo un gran caos. Solo una broma pesada, tan
pesada que ni siquiera tiene a un bromista por detrás—no había dejado de
mirarlo en tanto lo decía—. Supongo que le molestará que piense así.
Esta vez, él se
volvió a verla. Muy serio.
—No me meto en las
ideas de los demás. Pero creo que a su padre le incomodaría que odiara todo en
lo que él creía. ¿Pues eso, no? Odiar todo lo que pueda de él.
—Ya le dije que no
pretenda entenderme…
—Es más fácil así—
prosiguió él, sin hacer caso de la advertencia—. Odiarlo en lugar de reconocer
otras cosas que siente, a pesar de todo el tiempo que ha pasado. Calmar su
angustia y tristeza haciéndolo el malo de la película. Ya es una persona
adulta. Podría probar con comportarse como tal con lo que siente.
Anne-Marie se dio
vuelta para el otro lado, dándole la espalda. Eso le hizo doler un poco la
herida.
—Es un hombre
inaguantable, ¿sabe?
No le contestó
nada a eso. Tal vez tuviera razón.
—Para usted es
fácil, señor no siento nada—le siguió hablando sin volverse—. Pero con el resto
de nosotros, los humanos, es distinto.
Entonces él la tomó
por un hombro y la hizo volverse, hasta quedar frente a sus ojos. La reportera,
por algún motivo, no se opuso a eso. Le gustaba hacerlo reaccionar. Llamar su
atención. Tal vez estuviera más loca de lo que temía. Sobre todo, al verse en
los espejos.
—Claro que siento.
Tengo el mismo miedo que usted. Me angustia haber perdido tres buenos camaradas
de armas en un instante. Me mortifica no haber podido ayudar a los dos pilotos,
si es que seguían con vida luego que nos estrelláramos. Siento hambre, siento
sed y cansancio —le dijo, sin revelar expresión alguna en su rostro—. Pero no
voy a dejar que nada de eso me distraiga de lo importante: sobrevivir.
Fueron palabras
que la asombraron primero y le tranquilizaron un tanto después. Podía rechazar
todo lo que veía en él y que le hacía eco por dentro en lo que recordaba sobre
su padre pero confiaba en que podía sacarla de allí con vida.
Sintió entonces
una punzada fuerte en la herida que la hizo cerrar los ojos, en un involuntario
rictus de dolor.
Lo vio sacar una
ampolla con una aguja cubierta por un capuchón plástico. Le sacó el capuchón y
limpió la zona arriba de la herida con otra gasa húmeda antes de clavarle allí.
—Esto la ayudará
con el dolor.
—¿Por qué no lo
hizo antes?—protestó ella— Llevo pariéndola un buen rato. Supongo que para
mortificarme.
—Claro que no. Esto
calma el dolor pero embota los sentidos. No se la inyecté antes, porque pensaba
que podíamos escapar por la nuestra de alguna forma. Pero la noche es demasiado
cerrada.
Ella lo miró con
ojos preocupados.
—Jamás saldremos
con vida de aquí, ¿verdad?
—Si conseguimos
pasar esta noche, hay una posibilidad.
—Eso es mucho
tiempo.
—No vendrá ayuda
antes de la mañana. No van a arriesgarse a enviar otro helicóptero habiendo
derribado uno. Organizarán una columna desde tierra. Eso lleva tiempo. Diez,
doce horas.
—¿Cómo lo sabe?
—Es lo que haría
yo.
—Tal vez no venga
nadie. No quieran tomar el riesgo.
—Tomarán todos los
riesgos. Usted es famosa. En Nueva York no querrán que Paris-Match y Euronews se les echen encima.
Vendrán, aunque solo sea para hacer relaciones públicas.
—Veo que puede ser
cínico también.
Ella tenía cierta
satisfacción en el rostro al decirlo. Lo que fuera que le había dado, había no
solo calmado el dolor bastante, sino que también había drenado mucho de su
nerviosismo.
—Supongo que me he
contagiado de usted.
No pudo evitar
decirlo con una sonrisa. La primera del día. Algo que tampoco se le escapó a la
reportera.
—Vaya, veo que
puede sonreír también. Es un pozo de sorpresas, capitán paracaidista.
Apoyó la cabeza
contra un tronco, parte del improvisado parapeto que había hecho él. Se sentía
confusa, de repente. Adormilaba. Eso la asustó.
—No se preocupe.
Es por lo que le puse, más el cansancio y las emociones del día—escuchó decirle.
Sentía los párpados pesados.
—No sé su nombre,
ahora que lo pienso.
Ni ella mismo
entendió por qué se lo pedía ahora, cuando antes no le había importado.
—Patricio—le
escuchó decir, antes de cerrar los ojos.
Cuando los abrió
de nuevo, al principio Anne-Marie pensó que solo había dormido por un corto
rato. Pero tras un par de parpadeos, observó por delante como mucho más allá de
los árboles, un sol naranja asomaba sobre el horizonte plano de la sabana.
Se volvió para ver
como él seguía allí, con la vista escrutando alrededor, sin soltar el fusil.
Exactamente como lo había dejado al cerrar los ojos para dormirse sin tener
siquiera conciencia de ello.
—Es raro. Siempre
tengo pesadillas cuando estoy cubriendo guerras. Pero anoche dormí de un tirón.
—Algo bueno tenía
que tener la situación en que estamos.
En tanto amanecía,
ella le contó sus vicisitudes de ese año. Al parecer tenía ganas de hablar. Él
procuró no conspirar contra ese nuevo buen ánimo que tenía luego de dormir. La
moral elevada aumentaba las posibilidades de salir bien librado aun en las
peores situaciones.
En enero había
cubierto en París la forma del convenio para la prohibición de las armas
químicas. Luego fue al corazón de Europa, para documentar como Checoslovaquia
dejaba de existir tras 75 años de historia y se dividía, pacíficamente, en dos
nuevos estados: la República Checa y Eslovaquia. Tras eso, a Nueva York para
contar desde el edificio de la ONU, las idas y vueltas que precedieron la
creación de un Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia.
Retornaría
a Estados Unidos en setiembre, yendo a Washington DC para asistir en los
jardines de la Casa Blanca a la firma la Declaración de Principios para la
autonomía de Gaza y Jericó, tras los acuerdos de Oslo; Una foto suya, de un
acercamiento en que mostraba las manos de Isaac Rabin y Yaser Arafat
estrechándose, le haría ganar luego un premio en Francia.
Fue
una conversación que también a ella la sorprendió. Siempre había sido una
persona reservada, pero por algún motivo tenía ganas de contarle sobre su vida.
Se franqueó con él como con nadie en mucho tiempo. Tal vez, por ser un
desconocido.
—Él
estaría orgulloso de todo lo que ha conseguido en su vida.
No
hacía falta aclarar a quien se refería su custodio. Ella descubrió que esa
perspectiva le resultaba atrayente. Casi siempre en su vida se había sentido
abandonada. Por su padre, al morir, el principal de ellos.
—¿De
verdad cree eso?
—Estoy
seguro.
Le
agradaron aún más la seguridad de esas palabras.
—Si vas a París, no dejes de
visitarme. Creo que le debo algo por mantenerme con vida.
El tono ahora era mucho más
informal y relajado. Al parecer, había desistido de punzarlo con en los días
anteriores. A Patricio le agradó eso.
—No soy de los
afortunados que envían a esos sitios. Voy a lugares menos recomendables. A
decir verdad, lo que más me interesa de Francia es probar alguna vez una copa
de coñac Louis XIII.
Ella lo miró, sorprendida.
— ¿Nunca lo has tomado?
—Tiene un costo algo por encima del
sueldo de un capitán.
—Si salimos de esta, te regalaré una
botella.
—Hecho.
—En serio, deberías venir a Paris.
Nos sentaríamos en algún buen lugar a comer o ir a la ópera.
—Suena encantador,
pero creo que somos de dos mundos muy distintos, Mademoiselle.
Conversaron
en voz baja, matando el tiempo, sin dejar de escudriñar a su alrededor. Ella le
contó algo más, y él sobre sus cosas. Cerca del mediodía, observaron una
polvareda en un camino paralelo al curso del río. Cuando los tuvieron un poco
más cerca se percataron que se trataba de un grupo de vehículos blindados de
transporte de personal. Eran alargados, con el frente rematado en una especie
de punta y cuatro macizas ruedas por lado. Al salirse del camino para ir a
donde estaban los restos del helicóptero, él la ayudó a incorporarse y pasando
su brazo por el hombro, la llevó hasta allí. Al reconocerlos, una patrulla con
una camilla salió a su encuentro.
Cargaron
la camilla con la periodista en un transporte de personal. Él observó cómo
aseguraban tres bolsas de plástico negro por sobre el techo de otro de los
transporte. El convoy se dirigió por caminos polvorientos en dirección al oeste.
Mantuvieron esa dirección hasta llegar a Lichinga, la antigua Vila Cabral de
los portugueses. En el aeropuerto de allí, a un lado de la pista, cerca de la
mínima terminal, esperaban tres helicópteros con pintura mimetizada: un Super
Puma de transporte junto a dos Gazelle artillados con ametralladoras y cohetes
bajo sus pilones exteriores.
Él la siguió a un lado de la camilla, en tanto
descendieron del transporte y se dirigieron a los helicópteros. Cerca de ellos,
un militar francés en uniforme de servicio, se interpuso. Tenía dos estrellas
en su gorra.
—Gracias,
capitán. A partir de aquí nos encargaremos nosotros.
Era
un modo amable pero firme de apartarlo del asunto. Debió soltar la mano de Anne-Marie.
La subieron al helicóptero Super Puma con las insignias de la Armée de terre francesa, sin darle
siquiera tiempo de despedirse. Observó que todo allí dentro estaba dispuesto
para una evacuación aeromédica.
Se
quedó allí, mirando como el resto de la corta comitiva subía al helicóptero. La
puerta lateral se cerró, solo para abrirse luego de unos momentos.
El
mismo general que se había interpuesto bajó del aparato y fue derecho a donde
se hallaba. Parecía enojado.
—Venga,
capitán. Ella no quiere ser evacuada si no va usted también.
Él
le sonrió, antes de poner el seguro al fusil y echárselo al hombro.
Una
vez dentro, los demás allí le hicieron sitio junto a la camilla de la
periodista. La habían canalizado y una bolsa de plasma colgaba por encima de la
camilla, de un gancho del fuselaje. Se sentó a un lado de ella, apoyando la
espalda contra la pared trasera del compartimiento.
—No
deja de salirse con la suya—le dijo, sonriente.
—Lo
menos que podía hacer era sacarlo de este sitio.
Ella
lo tomó la mano. Él la apretó con la suya.
Notó
que Anne-Marie se incorporaba un tanto de la camilla para observar su reflejo
en una de las dos ventanillas que tenía la puerta lateral. Parecía asombrada al
ver esa imagen suya, demacrada, ojerosa, con el cabello desgreñado y una gran
protuberancia violácea en la frente.
—Esa
soy soy—dijo, para luego empezar a reírse en tanto volvía a recostarse. No
podía estar menos presentable, pero por alguna razón, ahora si veía en los
espejos una imagen suya con la que no tuviera problemas.
Volaron
directamente a Maputo. Iban a máxima altitud, para evitar repetir situaciones
incómodas. Aterrizaron en el aeropuerto de la capital, no lejos del Dassault
Falcon 50 sanitario de la Armée de l'air
que con sus tres reactores encendidos esperaba para llevarla a Francia.
—No
se librará fácil de mí, Patrice—le dijo ella, al despedirse en el trayecto del
Super Puma al avión.
Él
solo sonrió. Le había afrancesado el nombre como si fuera algo natural. Algo
típico de los galos. Se quitó entonces el rosario y lo puso en su cuello. Ella
no objetó nada a eso.
—Adiós,
Anne-Marie.
Se
quedó allí mucho después que la aeronave despegara, viendo cómo se perdía en el
cielo.
En los días que siguieron, los
noticiosos de Euronews lo mantuvieron al tanto de su llegada a Francia, como de
los progresos en la sanación de su herida.
Un par de meses después terminó su
parte en la misión de paz y volvió al país sin saber nada más de ella. Muy a su
pesar, descubrió que cada tanto ella poblaba sus recuerdos.
Fantaseó con ir a París, solo para
desestimarlo luego. Ella había vuelto a su mundo, como podía observar cada vez
que la pescaba en el nuevo programa de noticias internacionales en que
aparecía. Él estaba ahora en el suyo. No era sabio complicarse la vida por un
par de días de tensión en África.
Dejó así las cosas. Hasta un inaguardado día
en que al llegar a la unidad donde se hallaba el equipo especial de
paracaidistas ahora a su cargo, el suboficial que le dependía le habló que
tenía una sorpresa en la oficina.
Se
dirigió allí, para ver la puerta abierta. Allí estaba, puesta sobre su
escritorio. Con su característico color ámbar, dentro de ese diseño realizado
en cristal de baccarat que caracterizaba a su envase. Como todo en esa bebida,
tenía una historia por detrás. Se hacía a mano, inspirada en la forma de un
ánfora de metal encontrada en 1569 en un campo de batalla en la lucha entre
católicos y protestantes en las cercanías de Jamac, y que adquiriera en 1874
Paul-Emilie Rémy Martin para inspirar el diseño del envase de su preciado producto.
Entró
con la vista fija en el coñac. Oyó entonces una voz a sus espaldas.
—Te
dije que no ibas a librarte tan fácil de mí, Patrice.
Fueron
palabras dichas, muy alegres, en un castellano deficitario, con un fuerte
acento nasal francés.
Se
volvió. Allí estaba, a un lado de la puerta. Concentrado en la botella, no la
había visto al entrar.
Tenía
la piel tostada, producto del verano europeo. Llevaba un vestido midi verde
musgo, liso, con unas botas altas. El carácter rebelde con la moda, al parecer
continuaba.
—Ha
pasado un tiempo sin tener noticias suyas, Mademoiselle.
Detectó
las cuentas negras de cierto rosario suyo, que pendían en ese cuello bronceado.
—Me
disculpo por eso, capitán. Pero primero tenía que arreglar algunas cuestiones
conmigo misma.
Él
se volvió para mirar, relajado, ocurrente, por sobre su hombro a las insignias
de su nuevo grado.
—Mayor.
—Veo
que el tiempo ha pasado para ambos… para mejor.
Ella
sonreía. Una sonrisa amplia, relajada, sin rastros de esa mueca sardónica que
siempre tenía en África. Supuso que habría hecho las paces con la memoria de su
padre y ya no tendría problemas con verse en el espejo.
En
verdad, se veía muy bonita sin llevar todos esos demonios dentro. Era la
primera vez que reparaba en eso.
Supo
entonces, en tanto empezaba a sonreír también que Anne-Marie tenía toda la
razón. No podría librarse de lo que fuera que ella tuviera en mente para él.















