Primicia en la Sabana (cuento)

 





por Luis Carranza Torres

El helicóptero Huey pintado de blanco con la identificación de las Naciones Unidas recorría el curso del río Lugenda, a doscientos metros de altitud. Amenazaba con llover pero no llovía; las nubes flotaban densas, grisáceas, sobre la tierra calurosa, a la distancia, y los truenos retumbaban en el horizonte lejano.

Los portugueses, cuando Mozambique era todavía el África Oriental Portuguesa, llamaban a esta región el Fin del Mundo. Desde el aire, se podía entender perfectamente el por qué. Volaban en medio de la nada, en una zona de sabana africana, sin atibo alguno de la menor presencia humana.

Dentro del aparato, en el compartimiento por detrás de la cabina de mando, una joven menuda dormitaba  en un rincón, con la espalda apoyada en un cajón de provisiones médicas. Era de piel olivácea y cabello oscuro cortado a la altura de los hombros. Una solución de compromiso entre su gusto de llevarlo largo y las condiciones de vida que imperaban en Mozambique, un país que parecía no poder salir de la guerra, tribal en sus motivos y moderna por sus armas, que asolaba al país desde la independencia de Portugal.

La joven llevaba un mono verde oliva, metido dentro de unas botas de paracaidista de media caña, con la cremallera a medio subir, cerrada solo hasta a la altura de la cintura y con los brazos fuera de sus mangas. En la parte abierta, se dejaba ver una remera blanca mangas cortas de algodón, con los labios y lengua rojiza del grupo de los Rolling Stones abultada por los pechos firmes, que subían y bajaban acompasadamente al ritmo del sueño.

Dos cámaras Nikon, una con teleobjetivo, colgaban de su cuello con correas de cuero marrón. Los grandes bolsillos de su mono en la parte de las piernas abultaban por la cantidad de lentes y rollos de película para las cámaras.

Ella era el principal motivo de ese vuelo. Las órdenes habían venido del Headquarters de la fuerza de Naciones Unidas. Transmitidas a su Comandante por el propio Representante Especial del Secretario General, a cargo de la misión humanitaria en el país.

Llevaban a bordo en virtud de ellas a la corresponsal más famosa de Paris-Match y estrella destacada de internacionales en el nuevo canal de noticias europeo Euronews: Anne-Marie Deneuve. Una belleza gala nacida en cuna de oro, educada en los mejores internados suizos que pueden pagarse, estudiante rebelde de relaciones internacionales en la Sorbona, devenida en corresponsal de guerra.

Su origen y vida acomodada no le habían impedido, en muy poco tiempo, ganarse el derecho a ser llamada una  “fleur de guerre” como decían los franceses. Alguien cuya condición femenina no resultaba óbice para atravesar las rigurosidades propias de los conflictos tanto o más que cualquier hombre.

La última muestra del carácter duro que tenía, había sido un par de años antes, el reportar la Guerra del Golfo desde la primera línea del frente, agregada a una unidad de reconocimiento de la División Daguet en su avance sobre Irak.    

Ahora volaba al norte profundo con el encargo de retratar como en los confines del país funcionaba el programa de desarme y desmovilización de combatientes de la ONU.

El mecánico de vuelo la veía dormir sin quitarle el ojo. Llevaba un casco de vuelo con el micrófono bajo. El hombre a su lado, con insignias de capitán, vestía un uniforme camuflado con un patrón Woodland, que alternaba manchas de diversos marrones con verdes y negros. Sobre él llevaba a un chaleco verde de protección balística, desde el cuello y hasta la cintura, poblado de bolsillos y otros recovecos, donde se veían un par de granadas sujetas al pecho, varios cargadores para el fusil, un cuchillo de combate y una funda sobre el lateral derecho, con una pistola automática con la culata vuelta hacia fuera.

Acunaba un fusil de asalto entre los brazos, sin reparar en ella. Miraba con aire distraído hacia afuera, a través de la puerta lateral abierta.

—¿Esta es la famosa corresponsal, Yunque?—le preguntó el mecánico en español al otro, acercándose a su oído para poder hacerse oír por sobre el sonido de las palas. Le había dicho por su indicativo, en lugar del nombre, tal como era de uso en el curso de una operación aérea. Un traslado VIP en este caso.

El aludido se encogió de hombros. No llevaba auriculares, aunque sí tapones en los oídos. Podía verse en su cuello, a la par de la cadena de las placas de identificación militar, las cuentas negras de un rosario.

—Para mí es solo un incordio—respondió el militar, que llevaba el cabello cortado al ras a navaja. Tenía colgándole por atrás, de un cordón, un sombrero de jungla Bonnie Hat con idéntico camuflado al del uniforme.

—Le escuché eso—dijo la joven en un inglés con acento francés, sin abrir los ojos.

El tono de reproche era evidente. Algo que provocó el fastidio de Yunque. Desde que se le había asignado protegerla, la dichosa francesita se había comportado bastante altanera y cortante con él. Hasta colmarle la paciencia.

—Qué bueno—contestó el sujeto del fusil, ahora en inglés, elevando el tono para estar seguro que ella lo oyera—. Deja más claras las cosas.

La joven abrió entonces los ojos, dirigiendo la mirada a quien todavía mantenía la vista hacia fuera.

—Es un hombre insoportable, Yunque o señor como se llame—le dijo con cara de enojo—. Para dejarlas aún más claras, no me simpatiza en absoluto.

Aquella reportera lo había detestado, por sus propias y personales razones, desde que lo conociera, al presentárselo como quien debía custodiarla durante su estadía en el país. Ni siquiera había querido saber cómo se llamaba. Más de una vez la había pescado, observando con furia poco disimulada, la insignia del paracaídas alado que prendía sobre la parte izquierda de su pecho, por sobre el bolsillo del uniforme.  

—Le aseguro, Mademoiselle, que es algo mutuo—replicó, sin volver la vista. Lo de Mademoiselle sonó a agravio.

Ella le dedicó una mirada de desdén antes de acercarse a la puerta abierta y tomar su cámara con teleobjetivo. Enfocó hacia el río, buscando una buena imagen que retratar. Sacó un par de fotos a unos cocodrilos en la orilla arenosa. Un par de minutos de vuelo después, apareció un hipopótamo semisumergido en la mitad del cauce. Disparó otra vez su cámara, una docena de veces. 

Volvió a donde estaba antes. Tras sentarse, abrió la máquina por detrás quitó el carrete que guardó en el bolsillo izquierdo en la pierna del mono y colocó uno nuevo, sacado de su similar en la parte derecha. Volvió a cerrar su cámara con su clic.

Usó la lente como espejo para verse el rostro. Se tomó un minuto de atenta observación, para luego mostrar una expresión de fastidio. Le pasó lo mismo de siempre.

—El espejo no me ve—dijo para sí, en francés y con enojo, antes de dejar que la cámara siguiera pendiéndole sobre el pecho y la remera de los Rolling Stones.

Estaba cansada, mucho, y eso la ponía de pésimo humor. Apenas había podido dormir la noche anterior. Las usuales pesadillas de cuando estaba en una asignación en el extranjero habían vuelto a visitarle, siendo particularmente despiadadas. Sacó un paquete celeste de Gauloises y se puso uno en los labios. Lo encendió con antiguo Ronson Typhoon, de aluminio, que tenía grabado un puñal sostenido por esa especie de brazo alado, distintivo de la Legión Extranjera. Luego volvió a cerrar los ojos, con el cigarrillo flojo entre los dedos. El cubículo se impregnó del olor fortísimo del tabaco negro. Uno muy similar al alquitrán quemado.

—¡Cohete! ¡Abajo, a las dos!

El áspero grito de advertencia del mecánico la hizo abrir los ojos. Estaba asomado por la portezuela abierta, y señalaba a una especie de llama que ascendía al cielo, en dirección a ellos. Tomó la cámara para retratarla, pero antes que pudiera enfocarla, su guardián se le echó encima. 

—¿Está loca? ¡Agárrese fuerte!

El Huey dio un giro cerrado, brusco, de más de noventa grados para ascender con fuerza. Un par de cajas se movieron dentro. Logró aferrarse de una agarradera, con el cuerpo del militar cubriéndola, antes que el aparato se sacudiera como nunca antes.

Un repentino ruido sordo, seco, grave, seguido de una explosión por encima del techo del helicóptero le confirmó que estaban en graves problemas. El aparato empezó, con rapidez, a perder estabilidad.  

Oyó a uno de los pilotos gritar que habían perdido la potencia en el motor y que se prepararan para una colisión. Volaban con las hélices en autorrotación, en un descenso de emergencia casi en picado. Buscaba acumular la suficiente energía en el disco para que, justo antes de llegar al suelo, pudiera realizar la maniobra del flare, una recogida que detuviera la tasa de descenso para poder posar a la aeronave de la forma menos brusca posible.

A pocos metros del suelo, el aparato levantó la nariz para aumentar el ángulo de ataque y poder así frenar la caída en el final y tocar tierra lo menos brusco posible. Pero el meandro del río en que les tocó en suerte caer tenía un desnivel y el aparato volcó de lado con estrépito.

Ella golpeó la cabeza contra una parte del fuselaje en la caída. Quedó así, confusa, por unos momentos en el fondo. Un fuerte olor a combustible le hizo arder las fosas nasales. Luego, sintió como un par de brazos fuertes la izaban para arriba. La luz del sol le dio de frente y la deslumbró por unos momentos.

—¿Puede caminar?

Quiso contestar algo a su guardián pero no pudo. Observó a su alrededor, como si se tratara de otro mundo. Estaban en la parte del helicóptero que había quedado hacia arriba. Sobre la puerta lateral, abierta hacia atrás. Era una superficie bastante inestable, que sacudió al lanzarse al suelo el hombre de uniforme a su lado. Luego, el mismo par de brazos la tomó para depositarla en el suelo.

Observó hacia adelante, a la cabina de los pilotos. Debía haber golpeado contra el suelo de alguna forma. Estaba achatada hacia atrás y los vidrios hechos añicos. 

—Aléjese lo más rápido que pueda.

Quiso obedecerle pero trastabilló al segundo paso y cayó al suelo. Seguía shockeada y su cuerpo no le respondía. La levantó y pasó el brazo de ella por su hombro para llevarla. Al principio, arrastraba mayormente los pies, pero luego de un corto trecho pudo caminar por ella misma.

Por delante de ellos había un cuerpo caído de espaldas. Ella reconoció al mecánico. Quien la cargaba se detuvo un momento. Se agachó llamándolo por su nombre sin obtener respuesta. El hombre con el mono verde de vuelo y el casco oscuro no se movía. Le tocó el pulso en la parte del cuello, sin encontrarlo. Al parecer, había salido despedido del aparato en alguna parte del aterrizaje forzado. 

Se enderezó y siguió cargándola, sin decir una palabra. Se alejaron un  centenar de metros, antes que la dejara allí, para volver hacia el aparato a la carrera. Estaba a mitad de trayecto, cuando el fuselaje caído se convirtió de improviso, con sordo estrépito, luego de un estallido, en una bola de fuego amarillo y naranja. El ruido le atronó los oídos a la periodista, que todavía buscaba reaccionar, en tanto sentía como una ola de calor le golpeaba en el rostro.

Los fragmentos y el combustible en llamas se esparcieron por el lugar como trozos de metralla.

La misma onda expansiva había hecho caer al oficial paracaidista encargado de su cuidado. Quedó allí, por unos momentos en el suelo, para luego incorporarse de nuevo. Aun así, persistió en seguir hasta el aparato en llamas. Llegó cerca, pero el fuego era demasiado. Al fin desistió y volvió donde ella. Anne-Marie observó cómo tenía la cara y los brazos ennegrecidos, así como un pequeño corte en la frente.

—¿Esta bien?—le preguntó.

—Yo… creo que sí.

Ella todavía estaba algo conmocionada. Todo había pasado muy rápido.

—Es la primera vez que se estrella, por lo que veo—le dijo él, con voz tranquila, en tanto le revisaba el golpe en la cabeza.

Ella solo asintió. El roce de los dedos le provocó dolor y el capitán retiró la mano de inmediato.

—No es gran cosa. Aunque tendrá un hematoma y un gran chichón por unos días. Debemos irnos.

Anne-Marie miró en derredor. Estaban a un lado del cauce del río, entre malezas.

—¿Irnos? ¿A dónde?

—Hay que buscar un sitio seguro—el hombre de uniforme comprobó que estuviera cargado el fusil de asalto—. Los que nos hayan derribado, van a estar pronto por este lugar.

Le pasó el sombrero a ella para que se cubriera. Tras eso, se echó a caminar empuñando el fusil con ambas manos, un tanto hacia adelante y abajo, en la misma línea de su visión. Ella lo siguió por detrás. No dejó de advertir que mantenía el índice rodeando el guardamonte del arma. Presto a poner accionar con rapidez la cola del  disparador.

Se alejaron del río y del aparato caído, en dirección a un bosque próximo que iniciaba sobre una elevación del terreno, a unos mil metros. Avanzaban a campo abierto, entre pastizales y arbustos de poco tamaño.

De pronto, él le hizo señas que se agachara y se puso en cuclillas con la vista fija en un punto por delante de ellos, entre los pastizales que se extendían en el inicio de la colina donde estaba el bosque.

—¿Qué pasa?—preguntó ella.

Él no contestó. En cambio de eso, cambio el selector del fusil a automático y barrió con una ráfaga corta a donde antes había estado mirando. De los pastos altos surgieron tres figuras de uniforme, disparando contra ellos.

El capitán echó la rodilla a tierra y disparó en rápida sucesión contra ellos. Cayeron uno a uno, desplomándose sobre los pastizales de los que antes habían surgido.

—¿Cómo supo que estaban allí?—preguntó la reportera, echaba un poco por detrás. Él cambió el cargador antes de explicarle.

—No hay viento y allí los pastos se movían. De estar más quietos, habrían conseguido emboscarnos. Por fortuna no son soldados muy entrenados.

—¿Quiere decir que estamos vivos de casualidad? Es algo muy tranquilizante.

—Por segunda vez en el día.

—¿Cuál fue la otra?

—El cohete que nos dispararon. Es dirigido por calor, por eso se metió por la tobera al motor, destrozándolo. Pero si el explosivo que llevaba hubiera detonado, habríamos explotado en el aire.

Le dijo que permaneciera allí, en tanto iba a asegurarse que los muertos estuviera de verdad. Avanzó con cuidado hacia los caídos.

Ella contempló la carnicería a su alrededor, el helicóptero incendiado por detrás, los cuerpos tirados a un lado, inmóviles sobre los pastos. Tomó una de las Nikon, le cambió el lente y abrió un rollo nuevo de película. Tomó algunas fotografías, aun echada en el suelo, pero luego se incorporó en cuclillas. El fuego del helicóptero seguía, pero mucho menos intenso que al principio. Se incorporó para tener un mejor ángulo.

Entonces, dos figuras de piel negra emergieron desde el declive que conducía al río, y se lanzaron hacia ella como en cámara lenta. Tenían, como los anteriores, un uniforme verde intenso con grandes parches de camuflaje marrón. Le disparaban fusiles rusos de inmenso cargador curvo desde la cadera, con la boca abierta profiriendo aullidos salvajes.

Su instinto profesional pudo más que el sobresalto. Anne-Marie tomó una de las cámaras y la enfocó hacia ellos en un movimiento reflejo, accionando el disparador. La máquina tomaba una foto tras otra, mientras lo veía acercarse en tanto sentía los zumbidos chillones de los disparos como si le pasaran al lado.

Al volver a fijar la mirada en el visor, observó como el atacante había levantado su fusil, sin dejar de correr y parecía apuntarle directamente al lente de la cámara. Apretó el botón de disparador, enfocándolo con cuidado. «La muerte», pensó. Tal vez esa fuera su última fotografía. No tuvo miedo, solo una cierta ansiedad por saber lo que pasaría después.

Tal vez su padre, también en África, muchos años atrás hubiera sentido lo mismo. O tal vez no, y la muerte llegó a él sin previo aviso. No podía saberlo.

Fue un instante que pareció alargarse hasta la eternidad. Luego oyó bramar al cañón del fusil a un lado suyo por dos veces y el primer atacante se detuvo en seco primero, para luego derrumbarse hacia atrás en tanto el Kaláshnikov caía pesadamente al suelo. Le siguió sacando fotos, en tanto se desplomaba.

Anne-Marie sintió entonces como un fuerte puntapié en la pierna derecha. Vio caer al segundo atacante, antes de hacer lo mismo. Quedó boca arriba, mirando el cielo gris. La pierna comenzó a dolerle. La sintió húmeda y ardiente. Al tocar allí con la mano debió retirarla, por el espasmo de dolor que ese movimiento le provocó. Al volver a ver su mano, notó que había sangre en ella.

Eso la asustó un poco, pero no pasó mucho antes que él fuera a asistirla.

—No puede quedarse quieta, ¿verdad? Estaban por matarla y solo le preocupaba tomarles fotografías.

Ella percibió que había más preocupación que enojo en esas palabras.

Le cortó la tela del pantalón con el cuchillo de combate, por debajo de la rodilla y revisó la herida.

—Tiene suerte —le dijo—. Atravesó la carne. Parece de un AK-74. Si le hubieran acertado con el modelo más antiguo, el 47, de un calibre mayor, le hubiera roto el hueso.

Desinfectó la herida con una gasa húmeda con antibiótico. Luego le aplicó un vendaje de emergencia para controlar la pérdida de sangre. Ella se sintió tentada a darle las gracias, pero no lo hizo. Seguía mal predispuesta con ese hombre. No por él sino a quien le evocaba por dentro.

—¿Quiénes son?—preguntó ella.

—No lo sé. Alguna facción que no quiere desmovilizarse y entregar sus armas. Encontré un tuvo lanzador de cohetes vacío junto a los cuerpos. Son los que nos dispararon. Eso es todo lo que me interesa saber.

            Subieron hasta una pequeña loma enfrente, con ella cojeando, hasta entrar en uno de los bosques de miombo que salpicaban esa planicie ondulada más allá del río.

La arboleda no era demasiado cerrada, pero sí tenía en derredor terreno abierto, si bien de pastos altos. Era el lugar más seguro que se le ocurría. Lo suficientemente cerca del lugar del derribo como para poder advertir cuando la ayuda llegara allí.

            Sacó una pala y comenzó a cavar por detrás de un árbol caído. Empezaba a oscurecer y necesitaba preparar un lugar para pasar la noche, que proporcionara cierta seguridad, antes que comodidad.

Hizo una especie de foja de medio metro por dos de largo. Allí se tendieron, con el árbol como tope.

Con la última luz del día, ella se observó en el pequeño espejo que sacó de un bolsillo. Tuvo la misma sensación de incomodidad al verse que otras veces. Igual percepción de extrañeza, de no ser ella. Una sensación inquietante. Podía parecerse a la imagen que veía reflejada, pero no era ella.

Guardó el espejo con la misma impresión incómoda, molesta de siempre.

—¿Quién es ese paracaidista al que le guarda tanto rencor?

A ella le impresionó escuchar esa pregunta. Una simple mirada de él a los ojos, el ver como se ruborizaba, como sintiéndose avergonzada de ser descubierta en algo indebido, le bastó al oficial a cargo de su seguridad para comprobar que estaba en lo cierto.

—Mi padre ¿Cómo lo supo?

—Se quedó viendo mi insignia, cuando nos presentaron. Luego empezó a destratarme. Era algo personal. Claro que no conmigo en particular.

Ella parecía avergonzada cuando intentó explicarse.

—Papá tenía una igual. Entre los muchos lados a los que fue, argentina fue uno de ellos. Me chocó verla. Supongo que removió muchas cosas y no lo manejé bien.

—Entiendo.

—No, no sabe nada—ahora estaba enojada—. No pretenda saber de mí. O fingir que me entiende, como lo hacen todos.

“Ni siquiera los espejos me ven como soy”, pensó ella para sus adentros.

—Nunca dije eso.

—Haga lo que haga, soy la hija de un maldito héroe, capitán. Muerto en combate, como debe ser. Coronel Henri Deneuve. Infante, paracaidista, oficial de la legión extranjera. Cinco veces condecorado, caballero de la Legión de Honor. Crecí con su recuerdo en lugar de su presencia por su maldito sentido del deber. Murió en la Batalla de Kolwezi en mayo de 1978. Se había ofrecido como voluntario para ir allí. Aunque dejara una esposa y una hija solas en Francia. Yo tenía siete años.

—Lo lamento mucho. Perder un padre siempre es algo duro. Más a esa edad.

—Por Dios, usted me lo recuerda tanto.

—Espero que lo diga por algo bueno.

—Lo digo por todo: lo malo, lo bueno, aquello que no fue. Lo odio y lo amo a la vez. Lloro por él algunas veces y lo insulto otras.

            Hubo un silencio incómodo. Por un rato ninguno habló. El paracaidista se concentró en vigilar los alrededores. Al parecer, todo estaba correcto. Quizás, solo se tratara de un grupo disperso y ya hubiera acabado con todos.

Ella entonces observó las cuentas del rosario que se veían en su cuello.

—¿Usted cree en Dios?

Él asintió, sin dejar de otear al terreno en derredor de ellos.

—Pues yo no.

Se lo dijo de mala forma. Eso lo exasperó. Al parecer, esa periodista era de los canalizaban el temor y le incertidumbre por la vía de molestar al prójimo gratuitamente.

—Es un problema suyo.

—No creo en nada. Ni dioses, ni banderas, ni países. O que exista un deber o destino al que debamos someternos. Todo esto es solo un gran caos. Solo una broma pesada, tan pesada que ni siquiera tiene a un bromista por detrás—no había dejado de mirarlo en tanto lo decía—. Supongo que le molestará que piense así.

Esta vez, él se volvió a verla. Muy serio.

—No me meto en las ideas de los demás. Pero creo que a su padre le incomodaría que odiara todo en lo que él creía. ¿Pues eso, no? Odiar todo lo que pueda de él.

—Ya le dije que no pretenda entenderme…

—Es más fácil así— prosiguió él, sin hacer caso de la advertencia—. Odiarlo en lugar de reconocer otras cosas que siente, a pesar de todo el tiempo que ha pasado. Calmar su angustia y tristeza haciéndolo el malo de la película. Ya es una persona adulta. Podría probar con comportarse como tal con lo que siente. 

Anne-Marie se dio vuelta para el otro lado, dándole la espalda. Eso le hizo doler un poco la herida.

—Es un hombre inaguantable, ¿sabe?

No le contestó nada a eso. Tal vez tuviera razón.

—Para usted es fácil, señor no siento nada—le siguió hablando sin volverse—. Pero con el resto de nosotros, los humanos, es distinto.

Entonces él la tomó por un hombro y la hizo volverse, hasta quedar frente a sus ojos. La reportera, por algún motivo, no se opuso a eso. Le gustaba hacerlo reaccionar. Llamar su atención. Tal vez estuviera más loca de lo que temía. Sobre todo, al verse en los espejos.

—Claro que siento. Tengo el mismo miedo que usted. Me angustia haber perdido tres buenos camaradas de armas en un instante. Me mortifica no haber podido ayudar a los dos pilotos, si es que seguían con vida luego que nos estrelláramos. Siento hambre, siento sed y cansancio —le dijo, sin revelar expresión alguna en su rostro—. Pero no voy a dejar que nada de eso me distraiga de lo importante: sobrevivir.

Fueron palabras que la asombraron primero y le tranquilizaron un tanto después. Podía rechazar todo lo que veía en él y que le hacía eco por dentro en lo que recordaba sobre su padre pero confiaba en que podía sacarla de allí con vida.

Sintió entonces una punzada fuerte en la herida que la hizo cerrar los ojos, en un involuntario rictus de dolor.

Lo vio sacar una ampolla con una aguja cubierta por un capuchón plástico. Le sacó el capuchón y limpió la zona arriba de la herida con otra gasa húmeda antes de clavarle allí.

—Esto la ayudará con el dolor.

—¿Por qué no lo hizo antes?—protestó ella— Llevo pariéndola un buen rato. Supongo que para mortificarme.

—Claro que no. Esto calma el dolor pero embota los sentidos. No se la inyecté antes, porque pensaba que podíamos escapar por la nuestra de alguna forma. Pero la noche es demasiado cerrada.

Ella lo miró con ojos preocupados.

—Jamás saldremos con vida de aquí, ¿verdad?

—Si conseguimos pasar esta noche, hay una posibilidad.

—Eso es mucho tiempo.

—No vendrá ayuda antes de la mañana. No van a arriesgarse a enviar otro helicóptero habiendo derribado uno. Organizarán una columna desde tierra. Eso lleva tiempo. Diez, doce horas.

—¿Cómo lo sabe?

—Es lo que haría yo.

—Tal vez no venga nadie. No quieran tomar el riesgo.

—Tomarán todos los riesgos. Usted es famosa. En Nueva York no querrán que  Paris-Match y Euronews se les echen encima. Vendrán, aunque solo sea para hacer relaciones públicas.

—Veo que puede ser cínico también.

Ella tenía cierta satisfacción en el rostro al decirlo. Lo que fuera que le había dado, había no solo calmado el dolor bastante, sino que también había drenado mucho de su nerviosismo.

—Supongo que me he contagiado de usted.

No pudo evitar decirlo con una sonrisa. La primera del día. Algo que tampoco se le escapó a la reportera.

—Vaya, veo que puede sonreír también. Es un pozo de sorpresas, capitán paracaidista.

Apoyó la cabeza contra un tronco, parte del improvisado parapeto que había hecho él. Se sentía confusa, de repente. Adormilaba. Eso la asustó.

—No se preocupe. Es por lo que le puse, más el cansancio y las emociones del día—escuchó decirle. Sentía los párpados pesados.

—No sé su nombre, ahora que lo pienso.

Ni ella mismo entendió por qué se lo pedía ahora, cuando antes no le había importado.

—Patricio—le escuchó decir, antes de cerrar los ojos.

Cuando los abrió de nuevo, al principio Anne-Marie pensó que solo había dormido por un corto rato. Pero tras un par de parpadeos, observó por delante como mucho más allá de los árboles, un sol naranja asomaba sobre el horizonte plano de la sabana.

Se volvió para ver como él seguía allí, con la vista escrutando alrededor, sin soltar el fusil. Exactamente como lo había dejado al cerrar los ojos para dormirse sin tener siquiera conciencia de ello.

—Es raro. Siempre tengo pesadillas cuando estoy cubriendo guerras. Pero anoche dormí de un tirón.

—Algo bueno tenía que tener la situación en que estamos.

En tanto amanecía, ella le contó sus vicisitudes de ese año. Al parecer tenía ganas de hablar. Él procuró no conspirar contra ese nuevo buen ánimo que tenía luego de dormir. La moral elevada aumentaba las posibilidades de salir bien librado aun en las peores situaciones.

En enero había cubierto en París la forma del convenio para la prohibición de las armas químicas. Luego fue al corazón de Europa, para documentar como Checoslovaquia dejaba de existir tras 75 años de historia y se dividía, pacíficamente, en dos nuevos estados: la República Checa y Eslovaquia. Tras eso, a Nueva York para contar desde el edificio de la ONU, las idas y vueltas que precedieron la creación de un Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia.

Retornaría a Estados Unidos en setiembre, yendo a Washington DC para asistir en los jardines de la Casa Blanca a la firma la Declaración de Principios para la autonomía de Gaza y Jericó, tras los acuerdos de Oslo; Una foto suya, de un acercamiento en que mostraba las manos de Isaac Rabin y Yaser Arafat estrechándose, le haría ganar luego un premio en Francia.

Fue una conversación que también a ella la sorprendió. Siempre había sido una persona reservada, pero por algún motivo tenía ganas de contarle sobre su vida. Se franqueó con él como con nadie en mucho tiempo. Tal vez, por ser un desconocido.

—Él estaría orgulloso de todo lo que ha conseguido en su vida.

No hacía falta aclarar a quien se refería su custodio. Ella descubrió que esa perspectiva le resultaba atrayente. Casi siempre en su vida se había sentido abandonada. Por su padre, al morir, el principal de ellos.

—¿De verdad cree eso?

—Estoy seguro.

Le agradaron aún más la seguridad de esas palabras.

—Si vas a París, no dejes de visitarme. Creo que le debo algo por mantenerme con vida.

El tono ahora era mucho más informal y relajado. Al parecer, había desistido de punzarlo con en los días anteriores. A Patricio le agradó eso.  

—No soy de los afortunados que envían a esos sitios. Voy a lugares menos recomendables. A decir verdad, lo que más me interesa de Francia es probar alguna vez una copa de coñac Louis XIII.

Ella lo miró, sorprendida.

— ¿Nunca lo has tomado?

—Tiene un costo algo por encima del sueldo de un capitán.

—Si salimos de esta, te regalaré una botella.

—Hecho. 

—En serio, deberías venir a Paris. Nos sentaríamos en algún buen lugar a comer o ir a la ópera.

—Suena encantador, pero creo que somos de dos mundos muy distintos, Mademoiselle.

Conversaron en voz baja, matando el tiempo, sin dejar de escudriñar a su alrededor. Ella le contó algo más, y él sobre sus cosas. Cerca del mediodía, observaron una polvareda en un camino paralelo al curso del río. Cuando los tuvieron un poco más cerca se percataron que se trataba de un grupo de vehículos blindados de transporte de personal. Eran alargados, con el frente rematado en una especie de punta y cuatro macizas ruedas por lado. Al salirse del camino para ir a donde estaban los restos del helicóptero, él la ayudó a incorporarse y pasando su brazo por el hombro, la llevó hasta allí. Al reconocerlos, una patrulla con una camilla salió a su encuentro.

Cargaron la camilla con la periodista en un transporte de personal. Él observó cómo aseguraban tres bolsas de plástico negro por sobre el techo de otro de los transporte. El convoy se dirigió por caminos polvorientos en dirección al oeste. Mantuvieron esa dirección hasta llegar a Lichinga, la antigua Vila Cabral de los portugueses. En el aeropuerto de allí, a un lado de la pista, cerca de la mínima terminal, esperaban tres helicópteros con pintura mimetizada: un Super Puma de transporte junto a dos Gazelle artillados con ametralladoras y cohetes bajo sus pilones exteriores.

 Él la siguió a un lado de la camilla, en tanto descendieron del transporte y se dirigieron a los helicópteros. Cerca de ellos, un militar francés en uniforme de servicio, se interpuso. Tenía dos estrellas en su gorra.

—Gracias, capitán. A partir de aquí nos encargaremos nosotros.

Era un modo amable pero firme de apartarlo del asunto. Debió soltar la mano de Anne-Marie. La subieron al helicóptero Super Puma con las insignias de la Armée de terre francesa, sin darle siquiera tiempo de despedirse. Observó que todo allí dentro estaba dispuesto para una evacuación aeromédica.

Se quedó allí, mirando como el resto de la corta comitiva subía al helicóptero. La puerta lateral se cerró, solo para abrirse luego de unos momentos.

El mismo general que se había interpuesto bajó del aparato y fue derecho a donde se hallaba. Parecía enojado.

—Venga, capitán. Ella no quiere ser evacuada si no va usted también.

Él le sonrió, antes de poner el seguro al fusil y echárselo al hombro.

Una vez dentro, los demás allí le hicieron sitio junto a la camilla de la periodista. La habían canalizado y una bolsa de plasma colgaba por encima de la camilla, de un gancho del fuselaje. Se sentó a un lado de ella, apoyando la espalda contra la pared trasera del compartimiento.

—No deja de salirse con la suya—le dijo, sonriente.

—Lo menos que podía hacer era sacarlo de este sitio.

Ella lo tomó la mano. Él la apretó con la suya.

Notó que Anne-Marie se incorporaba un tanto de la camilla para observar su reflejo en una de las dos ventanillas que tenía la puerta lateral. Parecía asombrada al ver esa imagen suya, demacrada, ojerosa, con el cabello desgreñado y una gran protuberancia violácea en la frente.

—Esa soy soy—dijo, para luego empezar a reírse en tanto volvía a recostarse. No podía estar menos presentable, pero por alguna razón, ahora si veía en los espejos una imagen suya con la que no tuviera problemas.

Volaron directamente a Maputo. Iban a máxima altitud, para evitar repetir situaciones incómodas. Aterrizaron en el aeropuerto de la capital, no lejos del Dassault Falcon 50 sanitario de la Armée de l'air que con sus tres reactores encendidos esperaba para llevarla a Francia.

—No se librará fácil de mí, Patrice—le dijo ella, al despedirse en el trayecto del Super Puma al avión.

Él solo sonrió. Le había afrancesado el nombre como si fuera algo natural. Algo típico de los galos. Se quitó entonces el rosario y lo puso en su cuello. Ella no objetó nada a eso.    

—Adiós, Anne-Marie.

Se quedó allí mucho después que la aeronave despegara, viendo cómo se perdía en el cielo. 

            En los días que siguieron, los noticiosos de Euronews lo mantuvieron al tanto de su llegada a Francia, como de los progresos en la sanación de su herida.

            Un par de meses después terminó su parte en la misión de paz y volvió al país sin saber nada más de ella. Muy a su pesar, descubrió que cada tanto ella poblaba sus recuerdos.

            Fantaseó con ir a París, solo para desestimarlo luego. Ella había vuelto a su mundo, como podía observar cada vez que la pescaba en el nuevo programa de noticias internacionales en que aparecía. Él estaba ahora en el suyo. No era sabio complicarse la vida por un par de días de tensión en África.

             Dejó así las cosas. Hasta un inaguardado día en que al llegar a la unidad donde se hallaba el equipo especial de paracaidistas ahora a su cargo, el suboficial que le dependía le habló que tenía una sorpresa en la oficina.

Se dirigió allí, para ver la puerta abierta. Allí estaba, puesta sobre su escritorio. Con su característico color ámbar, dentro de ese diseño realizado en cristal de baccarat que caracterizaba a su envase. Como todo en esa bebida, tenía una historia por detrás. Se hacía a mano, inspirada en la forma de un ánfora de metal encontrada en 1569 en un campo de batalla en la lucha entre católicos y protestantes en las cercanías de Jamac, y que adquiriera en 1874 Paul-Emilie Rémy Martin para inspirar el diseño del envase de su preciado producto.

Entró con la vista fija en el coñac. Oyó entonces una voz a sus espaldas.

—Te dije que no ibas a librarte tan fácil de mí, Patrice.

Fueron palabras dichas, muy alegres, en un castellano deficitario, con un fuerte acento nasal francés.

Se volvió. Allí estaba, a un lado de la puerta. Concentrado en la botella, no la había visto al entrar.

Tenía la piel tostada, producto del verano europeo. Llevaba un vestido midi verde musgo, liso, con unas botas altas. El carácter rebelde con la moda, al parecer continuaba.

—Ha pasado un tiempo sin tener noticias suyas, Mademoiselle.

Detectó las cuentas negras de cierto rosario suyo, que pendían en ese cuello bronceado.

—Me disculpo por eso, capitán. Pero primero tenía que arreglar algunas cuestiones conmigo misma.

Él se volvió para mirar, relajado, ocurrente, por sobre su hombro a las insignias de su nuevo grado.

—Mayor.

—Veo que el tiempo ha pasado para ambos… para mejor.

Ella sonreía. Una sonrisa amplia, relajada, sin rastros de esa mueca sardónica que siempre tenía en África. Supuso que habría hecho las paces con la memoria de su padre y ya no tendría problemas con verse en el espejo.

En verdad, se veía muy bonita sin llevar todos esos demonios dentro. Era la primera vez que reparaba en eso.

Supo entonces, en tanto empezaba a sonreír también que Anne-Marie tenía toda la razón. No podría librarse de lo que fuera que ella tuviera en mente para él. 

   

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SOBRE EL AUTOR DE LA NOTA: Luis Carranza Torres nació en Córdoba, República Argentina. Es abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor universitario y miembro de diversas asociaciones históricas y jurídicas. Ejerce su profesión y la docencia universitaria. Es autor de diversas obras jurídicas y de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019), Germánicus. El Corazón de la Espada (2020), Germánicus. Entre Marte y Venus (2021), Los Extraños de Mayo (2022), La Traidora (2023) y Senderos de Odio (2024). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz y en 2015 Ganó la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires. En 2021 fue reconocido por su trayectoria en las letras como novelista y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba.



Una ciudad: Londres.
Una mujer cruzada por dos naciones.
Una guerra inesperada.
Un hombre misterioso.
Una historia de espías.
Un amor que no distingue banderas. 

En abril de 1982 nada parece ir bien en la vida de Gabrielle Sterling. La relación con su jefe ha terminado en una desilusión amorosa y su carrera en el servicio civil británico no avanza. Sin embargo, la vida la sorprende cuando un hombre misterioso le hace una propuesta peligrosa. De aceptar, deberá traicionar los principios en que ha sido educada, aunque también rescatará es parte olvidada que su madre le inculcó. 
Tironeada por dos banderas, deberá elegir un bando en un conflicto que día a día se muestra más próximo. En ese proceso, pondrá su propia vida en juego mientras se siente cada vez más atraída por ese hombre misterioso.
En tanto la guerra escala, intrigas, pasiones y acontecimientos imprevistos la llevarán donde nunca antes había pensado estar, mientras quienes la persiguen se hallan más cerca de descubrirla. 
En medio de esa incertidumbre, Gabrielle se sentirá más viva que nunca. Tal vez no esté traicionando a nadie, sino encontrándose, por primera vez, consigo misma.  


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