Un amor agitado con acento francés




por Marcela Derrigo


La lectura de la novela Los extraños de Mayo de Luis Carranza Torres nos sumerge en una narrativa de epóca que utiliza la efervescencia de París en 1968 no solo como telón de fondo, sino como un catalizador psicológico para el muy emocional vínculo que traban sus personajes. 

La relación entre Adèle y Alain es el eje emocional que humaniza la teoría política y las barricadas. Ambos jóvenes y de posición acomodada, no tienen más en común que eso. Ella es una francesa rebelde. Él,  un argentino tranquilo. Ella cree en que debe cambiarse el mundo, aun a costa de arrasar con algunas cosas. Él no cree en nada. 

Adèle está harta de una vida que lo tiene todo, pero le priva de expresarse. Alan (Alain para ella), conmocionado por el reciente sucidio de su padre, no siente que nada le provoque demasiado. 

En términos atómicos, él resulta el grafito que mantiene en eje y proporción a la reacción en cadena de corte uranífera que resulta el carácter de ella.  

Es así que desde un punto de vista literario, la relación funciona como una antítesis. Carranza Torres construye a dos personajes que representan facetas distintas de la crisis de identidad juvenil de finales de la década de 1960.

Adèle representa el ímpetu intelectual y la urgencia del cambio, al son de las rebeldes consignas de Nanterre y la Sorbona. Su amor por Alain, como le llama está teñido de la necesidad de "despertar" al otro.

Alan actúa como el ancla de realidad y, a menudo, como el punto de resistencia. Su mirada es más pragmática o personal, y absolutamente descreída de casi todo, empezando por la posibilidad de cambiar algo. El mundo es como és, y segurá siendo de esa forma.

Lo que ella entiende como una realidad posible, para él resulta un espejismo. Pero respeta su idealismo.

Históricamente, el Mayo Francés no solo fue una revuelta política, sino una revolución de las costumbres. La relación entre Adèle y Alain encarna esta ruptura del tradicional contrato burgués. Su vínculo no busca la estabilidad. Se desarrolla, intenso y anárquico, en espacios de tránsito (la calle, las asambleas, los cafés), reflejando la precariedad y la imprevisibilidad de un momento donde se creía que el futuro se estaba inventando cada mañana.

En la novela, el diálogo entre ambos es fundamental. No solo hablan de sus sentimientos; discuten sobre el mundo, casi como un diálogo de barricada. Esto refleja el espíritu de la época: lo personal es político. Su intimidad está atravesada por el debate ideológico. O su ausencia, en el caso de él.

El título de la obra es clave para entender su relación. Son "extraños" no porque no se conozcan, sino por la ajenidad que sienten respecto a la vida que les pasa por delante de la narices. Una que quieren asir, controlar, pero que se niega a ser sometida. 

Alain y Adèle, cada uno por sus motivos, se encuentran en la periferia del sistema. Su amor es una forma de reconocimiento mutuo en medio del caos. El autor emplea la relación para mostrar que, mientras las estructuras sociales caían, los individuos intentaban aferrarse a algo tangible. El romance es la búsqueda de una verdad privada en un contexto de verdades públicas absolutas.

En la prosa de Carranza Torres, Alain y Adèle no solo se aman (o, al menos, intentan hacerlo); se interpelan. Son el reflejo de una generación que descubrió que el deseo también podía ser un acto de rebeldía.

Muy recomendable lectura, con una historia que no da tregua a los sentimientos. 





Francia, mayo del 68, los estudiantes ganan las calles. Una rebelión está a punto de estallar. Y el mundo ya no volverá a ser el mismo.

En tiempos de ebullición, cuando todo parece querer estallar, es posible pensar un mundo distinto. Hay, en ese pensamiento, algo que se vuelve vital, que entusiasma: todo el tiempo se está en la barricada, hasta que, finalmente, el mundo cambia.

Alan llega a Francia. El mundo conocido por él ha quedado atrás y todo lo que sabía de este, al que acaba de llegar, ha quedado obsoleto. Ya no es la realidad atildada y circunspecta que ha conocido a través de los libros y las historias de su familia, sino que se encuentra una París en efervescencia, en la que se discute en cada café al psicoanálisis de Lacan y a los Rolling Stones, al cine de la nouvelle vague y la Guerra de Vietnam, a los hippies y a la revolución sexual.

También, además de esa realidad que lo deslumbra, Alan encuentra a Adèle, que lo guía en ese mundo nuevo para él. En medio de ese vínculo, que nace sin que lo hayan planeado, estallan las protestas del mayo francés de las que Alan y Adèle forman parte del lado de los estudiantes. Creen, como todos ellos, que pueden cambiar el mundo. Creen, también, a pesar de sentirse extraños, que son invencibles.




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