El último laberinto de Borges
por Luis Carranza Torres
Había nacido, por poco, en otro siglo, un 24 de agosto de 1899. Sin embargo, no existe otro escritor que haya influido tanto, más allá de su impacto duradero en la literatura, respecto de otras áreas del conocimiento como Jorge Luis Borges. Cuanto menos, en el siglo Siglo XX.
En Borges, más allá de la literatura nos hemos explayado al respecto.
En los meses finales de su vida, Jorge Luis Borges habitaba en Ginebra un tiempo que era, a la vez, recuerdo y anticipación. Vivía en un pequeño apartamento cerca del barrio de la Vieille Ville acompañado por María Kodama, con quien se había casado en secreto apenas tres meses antes de morir, en marzo de 1986, mediante un poder notarial tramitado en Paraguay. Tenía ochenta y seis años, estaba casi completamente ciego desde hacía décadas, y aun cuando podía adivinar en el cuerpo la proximidad de su propio fin, no cedía un milímetro a la adversidad su curiosidad intelectual.
Lo que ocupaba sus tardes —según testimonios de María Kodama y de amigos que lo visitaron en esa época— era precisamente el aprendizaje del árabe. No era un capricho senil: era la culminación lógica de una obsesión de toda una vida. Borges había consagrado décadas al estudio de Las mil y una noches, obra que consideraba una de las cumbres de la literatura universal y que había leído en múltiples traducciones —la de Lane, la de Burton, la de Mardrus—, escribiendo ensayos memorables sobre las diferencias entre ellas. Aprender árabe a los ochenta años era, para él, volver a la fuente; era también, en su lógica peculiar, una forma de reescribir el tiempo: no avanzar hacia adelante sino regresar al origen de una fascinación. Sus clases las tomaba oralmente, pues la ceguera le impedía los textos, y quienes lo asistían recordaban su prodigiosa memoria para retener vocabulario y su placer infantil ante cada nueva palabra descubierta.
Nunca dejó de aprender. Mantuvo a lo largo de toda su vida, esa avidez por conocer. Sobre todo, lo distinto. No puede pensarse en un acto más borgiano, por su heterodoxia como su dedicación, que aprender árabe a los ochenta años. Recorría, una vez más, por senderos del conocimiento que pocos transitaban. Lo hacía porque, en definitiva, aprender era, para Borges, una forma de existir
Ir a morir a Ginebra
La elección de Ginebra como lugar de muerte no fue accidental ni meramente médica. Fue profundamente profundamente biográfica, y hasta literaria. Llevó a cabo como una suerte de actor de sí mismo, la confección de una cita con el destino análoga a la que antes, de forma repetida, creara para sus personajes.
Dicen que uno siempre vuelve a los lugares en que fue feliz. Georgie, tan tímido para reconocer su felicidad, no lo dijo entonces. No de forma directa. Lo dejó insinuado, afirmado veladamente en conversaciones con los íntimos y aun más discretamente en alguna entrevista.
Conocía Ginebra desde 1914, cuando llegó allí adolescente con su familia durante la Primera Guerra Mundial. En esa ciudad aprendió el alemán y el francés con fluidez; en esa ciudad leyó a Schopenhauer, a De Quincey, a los expresionistas alemanes; en esa ciudad se formó el escritor que sería. Ginebra no era para Borges un exilio ni una huida: era una patria secreta, quizás más íntima que la propia Buenos Aires. Porque Jorge Luis era un ciudadano de ciudades, al modo clásico, antes que de naciones.
Abrigaba asimismo dudas con lo que podía pasar con su memoria o sus restos en Argentina. Nunca gustó de la necrofilia como culto público, del uso de los muertos; menos, de la profanación de los cuerpos. Los bemoles del cuerpo de Eva Perón eran ilustrativos al respecto. Poco después de su muerte, los hechos parecieron darle la razón a esas presunciones suyas: el 29 de junio de 1987, profanaron la tumba en la Chacarita de Perón, violentando la bóveda, abriendo el ataúd, cortándole con una sierra las manos al cadáver, que sustrajeron junto a un sable, una gorra, una bandera y un poema.
Había, pues, un clima de época al que Borges procuró escapar. Su relación con la Argentina de los años ochenta era complicada y dolorosa. Sobre todo, con sus gobernantes e intelectuales. Se movió, en sus últimos días en una atmósfera cultural y política hostil hacia su obra, sus ideas, y hasta su persona. No se le perdonaba sus errores políticos, a pesar de haberlos reconocido. Claro que él tampoco buscaba ese perdón, ni perdonaba a quienes no lo perdonaban. Su ausencia definitiva de Buenos Aires fue, entre otras cosas, una respuesta orgullosa a ese clima.
Había además en tal decisión de alejarse del país, un motivo de índole casi mística. Borges había escrito repetidamente sobre el tiempo circular, sobre los laberintos que regresan a su punto de partida. Morir en Ginebra era cerrar el círculo: volver al lugar donde el joven Georgie había nacido como escritor, para que el anciano Borges pudiera morir como lo que ese joven prometía ser.
Tal vez tuviera la convicción de que ciertos hombres pertenecen a la geografía que los formó, no a la que los parió.
Era coherencia estética llevada hasta sus últimas consecuencias. Está enterrado en el Cimetière des Rois —el Cementerio de los Reyes— junto a Calvino y a otros grandes de la historia ginebrino-universal, con una losa de piedra gris sobre la que están grabadas unas líneas del poema anglosajón La batalla de Maldon, que el mismo Borges había pedido: «And ne forhtedon na» —«Y no temieron»—. Una epitafio que es, a la vez, un último relato.
Alejado pero no divorciado, no cortó sus lazos con Argentina. De hecho, la lápida de su tumba, esa losa de piedra gris, proviene de las serranías de Córdoba. En Una piedra cordobesa para la tumba de Borges hemos desarrollado al respecto.
Cuarenta años después
Cuarenta años después de su muerte, la pregunta pertinente no es si Borges fue un gran escritor —eso está fuera de discusión— sino qué clase de grandeza encarnó. Fue el primer escritor hispanoamericano en transformar la literatura mundial desde adentro, no desde la periferia: no como exótico ni como regionalista, sino como metafísico, como fabulador de ideas universales. Sus cuentos —«El jardín de senderos que se bifurcan», «La biblioteca de Babel», «El Aleph», «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius»— son experimentos filosóficos disfrazados de ficciones, o bien ficciones que demuestran que la filosofía es una rama de la literatura fantástica.
Una de las primeras presentaciones de mi novela Vientos de Libertad fue el 16 de agosto de 2025, víspera del día consagrado al Libertador, en la tradicional librería La Normal Libros de la ciudad de La Plata, en el marco de un encuentro de Whisky Contexto que bajo el título de "San Martin, Borges y Escocia: un códice secreto", proponía, cata y charlas mediante, "un sorprendente viaje al corazón profundo de las Highlands del Libertador de América, lugar que también visitó un siglo y medio después el Maestro Jorge Luis Borges".
Juan Carlos Baucher y Martín Ezequiel Epeloa fueron los anfitriones de la velada, impresionante desde el punto de vista de todos los recursos, desde etílicos y gastronómicos hasta audiovisuales para tratar el tema.
Tal encuentro, a más de lo aprendido de Juan Dávila y Verdin sobre la relación del Libertador con James Duff, IV conde de Fife, me mostró el contrapunto entre José Francisco de San Martín y Jorge Luis Borges.
Disímiles a primera vista, tienen empero varios puntos en común que procuré expresar en el artículo San Martín y Borges. Al escribirlo, volvía a tomar conciencia, una vez más, de lo transversal que resulta Borges con su obra en la historia argentina, hasta llegar a límites impensados. Tal vez por eso que se dice, que resulta el más extranjero de los escritores argentinos y el más argentino de los escritores universales.
Borges inventó un género sin nombrarlo: la ficción especulativa de alta densidad conceptual. No el cuento fantástico a la manera romántica, sino algo más frío y más brillante: una literatura que piensa, que usa la narrativa como instrumento de epistemología. Por eso su influencia fue transversal y universal: lo leyeron con igual fervor Umberto Eco y John Updike, Michel Foucault y Italo Calvino, los escritores del boom latinoamericano y los posmodernistas anglosajones. Fue leído incluso antes de ser traducido, porque la sola descripción de sus argumentos bastaba para cambiar la forma en que un escritor concebía lo posible.
Su prosa es, en sí misma, un fenómeno estilístico sin parangón en la lengua española. Borges escribe con una precisión que no excluye al lirismo o la música de las palabras; lo hace también, con una densidad que no excluye la transparencia. Cada frase suya parece haber sido pesada mil veces antes de ser escrita: no hay en él una palabra de más, pero tampoco una de menos. Según se dice, aprendió ese rigor del inglés —de De Quincey, de Stevenson, de Chesterton—, y lo aplicó al español con resultados que transformaron para siempre el idioma. Después de Borges, la prosa literaria en castellano no pudo volver a ser lo que había sido.
A cuatro décadas de su muerte, Borges ocupa un lugar en la literatura universal que pocos escritores han alcanzado: el de creador de un vocabulario, de estructuras, de perspectivas incluso humanas, antes que literarias. Hay conceptos que no existían antes de él y que ahora son herramientas del pensamiento. «Lo borgesiano» designa una categoría estética reconocible en cualquier lengua: el relato que cuestiona los límites entre realidad y ficción, el texto que se incluye a sí mismo como objeto de su propia reflexión, el universo concebido como sistema de signos infinitos y autocontradictorios.
El Nobel que no le dieron —por razones que combinaban política, envidia y la incapacidad de los académicos suecos para leer en clave universal a un autor marginal— es hoy el Nobel más célebre de la historia: el que no existe y sin embargo todos citan. Esa paradoja, por supuesto, es perfectamente borgiana.
El anciano que aprendía árabe en Ginebra, en los últimos meses de 1985 y los primeros de 1986, era el mismo niño que en esa misma ciudad había aprendido que las palabras son el único laberinto del que vale no salir. Murió el 14 de junio de 1986. Tenía ochenta y seis años y, según quienes lo acompañaron, murió en paz, casi con curiosidad. Como si la muerte fuera otra cuestión que debía aprender.
Hay una placa donde vivió en Ginebra. Discreta, a tono con la ciudad y él mismo, allí puede leerse:
"En el 28 de la Grand'Rue vivió
Jorge Luis Borges
Escritor
Buenos Aires — Ginebra
1899 — 1986
'De todas las ciudades del mundo, de todas las patrias íntimas que un hombre busca merecer a lo largo de sus viajes, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad.'"
— Atlas
La cita es de su libro Atlas (1984), escrito junto a María Kodama. Una explicación, con sus propias palabras, del porqué de una elección.
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Una mujer humillada y desposeída.
La tentación de recuperarlo todo.
Un secreto vital que obtener tras la cordillera.
Un general con un desafío por cumplir: cruzar los Andes.
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