Las infames Guerras del Opio

 


por Luis Carranza Torres


Una balanza comercial que incomodaba

Fue uno de los choques más brutales entre el expansionismo comercial e industrial de Occidente y el milenario aislamiento de un imperio asiático que se consideraba el centro del mundo.

A finales del siglo XVIII, Gran Bretaña enfrentaba un problema delicado en su comercio con China. El Imperio Qing era una civilización cerrada, autosuficiente y orgullosa, que comerciaba en sus propios términos: vendía seda, porcelana y té al mundo, pero compraba muy poco a cambio. Los británicos pagaban en plata contante y sonante, lo que generaba un déficit comercial crónico y un constante drenaje de metálico hacia Cantón. La solución que encontró la Compañía Británica de las Indias Orientales fue tan lucrativa como inmoral: inundar China con opio cultivado en las colonias británicas de la India, especialmente en Bengala.

El opio no era un producto de intercambio cultural inocente. Era una estrategia deliberada para revertir la balanza comercial. En pocas décadas, millones de chinos desarrollaron adicción, el flujo de plata se invirtió —ahora salía de China hacia las arcas británicas—, y el tejido social de importantes regiones del Imperio quedó gravemente dañado. 

Harto de la situación, el emperador Daoguang nombró a un funcionario incorruptible, Lin Zexu, para frenar el tráfico. Lin confiscó y destruyó más de 20.000 cofres de opio de los mercaderes británicos en Cantón y envió una célebre carta a la reina Victoria apelando a su moralidad.

La respuesta del gobierno británico no se hizo esperar, enviando a su flota de guerra.

Para China, el resultado de estas guerras inauguró lo que su historiografía llama el "Siglo de la Humillación", transformando por completo la geopolítica de Asia.

Conflictos desiguales

La Primera Guerra del Opio ocurrió entre 1839 a 1842. Se trató de un conflicto militarmente asimétrico desde el primer disparo. La Marina Real Británica, con sus buques de vapor y artillería moderna, frente a los tradicionales juncos de madera chinos, arrasó las defensas chinas a lo largo del litoral y el río Yangtsé. 

El ejército Qing, estructurado sobre tradiciones medievales y armado con tecnología obsoleta, poco pudo hacer frente a las fragatas británicas. En 1842, China firmó el humillante Tratado de Nanking, el primero de lo que los chinos llamarían los "Tratados Desiguales".

Por este acuerdo, China cedió la isla de Hong Kong a la Corona Británica a perpetuidad, abrió cinco puertos al comercio extranjero —Cantón, Amoy, Fuzhou, Ningbo y Shanghái—, pagó una indemnización millonaria de 21 millones de dólares de plata (equivalentes a cientos de millones de dólares actuales), y reconoció el principio de extraterritorialidad, por el cual los ciudadanos británicos en suelo chino quedaban fuera de la jurisdicción de las leyes chinas. El opio, paradójicamente, no fue ni siquiera mencionado en el tratado; solo siguió fluyendo con absoluta impunidad.

Si la primera guerra fue una derrota, la segunda fue una demolición de la soberanía china. 

Inició en 1856, usando como pretexto el abordaje chino de un barco de bandera británica (el Arrow) bajo sospecha de piratería, Gran Bretaña reanudó las hostilidades. Esta vez, Francia se unió al conflicto tras la ejecución de un misionero francés.

El conflicto duraría hasta 1860 siendo aún más violenta que la anterior. Mientras el gobierno de Pekín lidiaba internamente con la sangrienta Rebelión Taiping, las fuerzas anglo-francesas avanzaron sobre el norte del país.

El punto culminante de la brutalidad de este conflicto ocurrió en octubre de 1860, cuando las tropas aliadas saquearon e incendiaron por completo el Antiguo Palacio de Verano (Yuanmingyuan) en Pekín, una obra maestra de la arquitectura y el arte chino, como represalia por la tortura y ejecución de una delegación diplomática británica.

Fue un acto de devastación cultural deliberado, como represalia y como mensaje de poder, ordenado por Lord Elgin, Alto Comisionado en China nombrado por Gran Bretaña con plenos poderes para abrir los mercados orientales por la fuerza.


La Convención de Pekín de 1860 profundizó las heridas: China debió ceder la península de Kowloon, abrir más puertos, legalizar el comercio de opio y permitir el reclutamiento forzado de trabajadores chinos —los llamados "coolies"— para las colonias y plantaciones británicas y francesas. Rusia, que no había participado en la guerra, aprovechó la debilidad china para obtener vastos territorios en el norte.

Los efectos devastadores sobre la población china

El impacto humano de estas guerras y del comercio del opio que las motivó fue de una magnitud difícil de ponderar. Para 1880, se estimaba que entre 10 y 15 millones de chinos eran adictos al opio, cifra que siguió creciendo hasta bien entrado el siglo XX. La droga destruyó economías domésticas, desintegró familias, anuló la capacidad productiva de comunidades enteras y generó espirales de pobreza y criminalidad. Funcionarios corruptos, incapaces de resistir el lucrativo negocio, facilitaron la penetración de las redes de distribución hasta los rincones más remotos del país.

Más allá del opio, los tratados desiguales crearon en China zonas de influencia extranjera donde la ley local no se aplicaba, generando una sensación permanente de ultraje a la soberanía nacional. Las indemnizaciones exigidas drenaron las reservas del tesoro imperial, debilitando aún más la ya frágil estructura del Estado Qing. Este agotamiento aceleró las grandes crisis internas del siglo: la Rebelión Taiping (1850–1864), que causó entre 20 y 30 millones de muertos, fue en parte producto de las tensiones sociales exacerbadas por el colapso económico y moral que el opio y la derrota militar habían precipitado.

La humillación colectiva quedó grabada en la memoria histórica china con el nombre de "Siglo de la Humillación" (bǎinián guóchǐ), un período de vergüenza nacional que aún hoy forma parte central de la identidad y el discurso político de China.

Un negocio criminal a escala imperial

Para Gran Bretaña, el opio fue, durante gran parte del siglo XIX, uno de los negocios más rentables del Imperio. La Compañía de las Indias Orientales tenía el monopolio de su producción en la India, y las ganancias del tráfico financiaron una porción significativa de la administración colonial india. Se estima que en la década de 1830, el opio representaba entre el 15 y el 20 por ciento de los ingresos totales de la administración colonial británica en India.

Más allá del opio, las victorias militares abrieron el mercado chino —el más poblado del mundo— a las manufacturas británicas, especialmente textiles de algodón. Los puertos forzados de libre comercio favorecieron exclusivamente a los exportadores británicos y arruinaron sectores de la artesanía y la manufactura local china. Hong Kong se convirtió en un enclave estratégico que permitió a Gran Bretaña proyectar poder comercial y militar en toda Asia Oriental durante más de un siglo.

En suma, las Guerras del Opio representan uno de los episodios más crudos del imperialismo moderno: un Estado poderoso usando el mayor poderío militar que le conferían sus avances tecnológicos para garantizar la impunidad a sus comerciantes para vender una sustancia adictiva y destructiva a una nación que no la quería. 

Como dijera William Gladstone en el propio parlamento británico al oponerse a la guerra que la expedición militar contra China sería una "mancha imborrable en el nombre de Inglaterra". Vaya si lo fue. Pero aun más, las vidas truncadas en millones de chinos. 


SOBRE EL AUTOR DE LA NOTA: Luis Carranza Torres nació en Córdoba, República Argentina. Abogado (U.N.C.). Profesor con orientación en Derecho. Doctor en Ciencias Jurídicas (U.C.A.). Especialista en Derecho Aeronáutico y Espacial. Especialista en Derecho de los Conflictos Armados y Derecho Internacional Humanitario. Docente universitario de grado y postgrado. Autor de unos veinte de textos sobre derecho público y procesal. Miembro del Instituto de Derecho Administrativo de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba. Miembro del Instituto de Historia del Derecho y de las Ideas Políticas Roberto Peña de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba. Ejerce su profesión, la docencia universitaria y el periodismo. Es autor de diversas obras jurídicas y de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019), Germánicus. El Corazón de la Espada (2020), Germánicus. Entre Marte y Venus (2021), Los Extraños de Mayo (2022), La Traidora (2023), Senderos de Odio (2024) y Vientos de Libertad (2025). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz  Distinción “Reconocimiento docente”, E.S.G.A, 2005. Reconocimiento al desempeño y dedicación, Escuela de Práctica Jurídica del Colegio de Abogados de Córdoba, 2013. Ganador en 2015 de la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires. En 2021 fue reconocido por su trayectoria en las letras como novelista y como autor de textos jurídicos por la Legislatura de la Provincia de Córdoba. Ganador en 2026 del Concurso Internacional de Cuento Histórico organizado por la Editorial La Cuarta Orilla. 



Una ciudad: Londres.
Una mujer cruzada por dos naciones.
Una guerra inesperada.
Un hombre misterioso.
Una historia de espías.
Un amor que no distingue banderas. 

En abril de 1982 nada parece ir bien en la vida de Gabrielle Sterling. La relación con su jefe ha terminado en una desilusión amorosa y su carrera en el servicio civil británico no avanza. Sin embargo, la vida la sorprende cuando un hombre misterioso le hace una propuesta peligrosa. De aceptar, deberá traicionar los principios en que ha sido educada, aunque también rescatará es parte olvidada que su madre le inculcó. 
Tironeada por dos banderas, deberá elegir un bando en un conflicto que día a día se muestra más próximo. En ese proceso, pondrá su propia vida en juego mientras se siente cada vez más atraída por ese hombre misterioso.
En tanto la guerra escala, intrigas, pasiones y acontecimientos imprevistos la llevarán donde nunca antes había pensado estar, mientras quienes la persiguen se hallan más cerca de descubrirla. 
En medio de esa incertidumbre, Gabrielle se sentirá más viva que nunca. Tal vez no esté traicionando a nadie, sino encontrándose, por primera vez, consigo misma.  



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