La disputa por el océano más grande del mundo
por Luis Carranza Torres
Se trata de un océano que cambió de nombre dos veces antes de que nadie lo cruzara entero.
De hecho, tal parece que fue navegado antes de ser llamado de alguna forma. Y, definitivamente, antes de que un europeo le pusiera nombre, ya tenía una historia de navegación: los pueblos polinesios cruzaban distancias oceánicas inmensas guiados por las estrellas y las corrientes, y en las costas americanas también existía un vínculo antiguo con esas aguas. Nada de eso quedó registrado en los términos con que hoy lo conocemos, porque la cartografía que llegó hasta nosotros es la europea.
El 25 de septiembre de 1513, Vasco Núñez de Balboa atravesó el istmo de Panamá y, desde una elevación, vio un mar que no figuraba en ningún mapa español. Lo llamó Mar del Sur, simplemente porque, respecto del Caribe, quedaba en esa dirección. Fue una denominación por pura orientación práctica, quizás porque necesitaba ubicar ese hallazgo en relación con lo ya conocido.
El nombre duró lo que un suspiro: poco más de siete años. En 1520, Fernando de Magallanes cruzó el estrecho que hoy lleva su nombre, en el extremo sur de Sudamérica, y entró a esas aguas después de una travesía atlántica particularmente violenta. Lo que encontró del otro lado le pareció, por contraste, sereno. Bautizó ese mar como Pacífico, y ese nombre —nacido de una comparación circunstancial, no de una cualidad permanente del océano— es el que se impuso.
Vale la pena notar la ironía: un mar bautizado por su calma es hoy, siglos después, uno de los espacios más disputados del planeta por las principales potencias de este punto de la historia humana.
Durante buena parte de la época colonial se lo siguió llamando también Mar del Sur, sobre todo en la documentación española, mientras el Atlántico era referido como Mar del Norte hasta bien entrado el siglo XIX. Son nombres que hoy suenan extraños porque pensamos los océanos desde una cartografía distinta, pero que en su momento respondían a una lógica de navegación centrada en el istmo panameño como punto de referencia.
El Pacífico es, en superficie, el océano más extenso del planeta: según la cifra más citada hoy ronda los 155,5 millones de km², aunque otras fuentes, con criterios distintos sobre qué mares marginales incluir, lo llevan hasta 165 o incluso 180 millones. La variación no cambia lo esencial: ocupa cerca de un tercio de la superficie terrestre, más que todas las tierras emergidas juntas, y se extiende unos 15.000 kilómetros de polo a polo. Contiene además unas 25.000 islas —más que todos los demás océanos combinados—, casi todas al sur del Ecuador, desde los grandes archipiélagos de Indonesia y Filipinas hasta los atolones diminutos de Micronesia y Polinesia. Conecta con el Atlántico por apenas cuatro pasos —el estrecho de Magallanes, el canal Beagle, el paso de Drake y, ya en tiempos modernos, el canal de Panamá— lo que dice bastante de por qué esa franja centroamericana fue, desde Balboa en adelante, un punto geopolítico obsesivo.
De la exploración a la disputa estratégica hay un salto de siglos, pero la lógica no cambió tanto: controlar el paso entre dos océanos sigue siendo tener el poder global.
La escala geográfica tiene un correlato económico difícil de exagerar. Según la UNCTAD, el transporte marítimo mueve hoy más del 80% del volumen del comercio mundial de mercancías, y la participación de los países en desarrollo en ese comercio pasó del 38% en 2000 al 54% en 2023, con Asia —y China en particular— a la cabeza de ese salto. No existe una cifra oficial que mida el volumen del comercio mundial que atraviesa el Pacífico como cuenca aislada, pero un dato aproxima el panorama: del tráfico portuario mundial de contenedores, la región asiática concentra por sí sola cerca de dos tercios del total, y ahí están los puertos que definen el ritmo del comercio global —Shanghái, Shenzhen, Singapur, Busan, Los Ángeles-Long Beach—, todos sobre el Pacífico o sus mares adyacentes. El océano que Magallanes cruzó en semanas de calma es hoy la arteria por la que circula, a diario, buena parte de lo que el mundo produce y consume.
Hoy el Pacífico no se piensa como una unidad aislada, sino como parte de un concepto más amplio: el Indo-Pacífico. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos consideraba el Pacífico y el Índico como teatros de operaciones separados. Eso cambió con el ascenso económico de China, el peso creciente de India y la importancia estratégica de las rutas marítimas que atraviesan ambos océanos. Pensar el Pacífico sin el Índico dejó de tener sentido geoestratégico.
El eje central de esa disputa es conocido: Estados Unidos y China compiten por influencia comercial, militar y tecnológica en toda la región. El mar de China Meridional y el estrecho de Taiwán son hoy los puntos de mayor tensión, con ejercicios militares que se multiplican de ambos lados. En 2021 se firmó el acuerdo AUKUS entre Australia, Reino Unido y Estados Unidos, orientado a llevar tecnología naval nuclear a la región como respuesta al crecimiento de la marina china, que ya cuenta con la flota más numerosa de cualquier país ribereño del área.
A esa arquitectura se suma el QUAD —Estados Unidos, Japón, Australia e India— como mecanismo de cooperación en seguridad, pensado explícitamente para contener la proyección china en la zona. No es un dato menor que India, marginal en el viejo esquema "Asia-Pacífico", pase a ser un actor central en el nuevo esquema "Indo-Pacífico": el cambio de nombre no es cosmético, describe un reacomodamiento real de alianzas.
La cuenca del Pacífico concentra además una porción enorme de la población y la actividad económica mundial, con Japón, China y Estados Unidos como polos industriales de primer orden. Ese peso económico es justamente lo que vuelve tan costosa cualquier escalada militar seria en la zona: nadie que dependa de esas rutas comerciales tiene interés real en que se corten.
Queda, entonces, una paradoja que atraviesa quinientos años. Balboa lo nombró por su posición relativa. Magallanes lo denominó por una impresión pasajera de calma. Y el nombre con que hoy lo designamos, el que ha permanecido por siglos, a pesar de todas sus disputas, es el que en la actualidad menos describe a ese océano: no hay demasiada paz en el Pacífico contemporáneo. Tal vez ahí haya algo instructivo sobre los nombres geográficos en general que rara vez capturan lo que un lugar es; y que en cambio, casi siempre ponen en evidencia lo que alguien, en un momento particular, necesitó ver allí.














