por Luis Carranza Torres
Adèle Marie Dorléac d'Aubigny. La enfant terrible de una familia con historia y poder, aunque detrás de la pose de suficiencia existe una fragilidad que ni su fortuna ni su apellido logran resolver.
Es siempre discreta, pero implacable. Solo piensa en ella y generalmente logra que todos adopten su particular punto de vista. En el silencio en que trama todas sus movidas, estudia a ese desconocido sudamericano recién llegado a la casa, ahijado querido de su madre, como quien decide si algo es peligroso o solo incómodo. Es una joven de cabello cobrizo que le cae por debajo de los hombros, sin flequillo, de figura delgada, brazos y piernas largos, busto pequeño. Tiene ojos oscuros, escrutadores, bajo cejas gruesas que destacan en un rostro ovalado de piel rosácea y pómulos marcados. No hay en ella nada del brillo mundano de su madre: su belleza es más severa, más vigilante, la de alguien acostumbrada a observar antes de dejarse ver.
Ha nacido en una casa donde el apellido pesa: es hija única de uno de los grandes empresarios de Francia, devenido a su pesar en ministro del gobierno de De Gaulle y de una mujer audaz y culta que llevó mensajes para la Resistencia durante la guerra. creció entre muebles clásicos, molduras doradas y un orden tan pulcro que roza lo opresivo. Todo en esa mansión de las afueras de París habla de linaje, de dinero, de poder cercano al poder. Y sin embargo, desde muy chica, Adèle parece estar librando otra batalla, una que no tiene nada que ver con los asuntos de su familia.
No le es fácil lidiar con ciertas cuestiones, que el común del mundo expresa y resuelve sin mayores problemas. Su infancia marcada por la sofisticación fría de su entorno aristocrático le ha dejado huella. Su madre lo resume con crudeza: "lo ha tenido todo y de algún modo no ha sido suficiente".
Ese hastío existencial tiene un refugio con forma de instrumento: el violonchelo. Empezó con el violín a los tres años, con el chelo a los cuatro, y a los ocho se volcó de lleno a este último, sin volver atrás. Toca con una técnica depurada pero también con una tensión que se filtra en cada nota —hay quien dice, de su interpretación del Adagio de Elgar, que suena "dura, áspera", más cercana a una descarga que a un lucimiento. El chelo no es un adorno de niña bien: es, quizás, el único territorio donde Adèle deja de ponerse a la defensiva y se permite simplemente sentir. Lo abraza como a un cuerpo conocido, lo defiende como a un secreto, y cuando algo amenaza con separarla de él, esa ausencia se le nota en la piel.
Del otro lado de esa disciplina autoimpuesta hay también una fisura que se muestra de noche: no puede dormir naturalmente. Su cabeza no es como las demás. Se mueve rápido, está en mil asuntos a un mismo tiempo y al parecer no puede parar ni para echar un sueño. Desde que cruzó la pubertad un tubo de pastillas sobre los libros de su mesa de luz, que toma antes de dormir, es una presencia constante. Adèle es, ante todo, una inteligencia excepcional (Lacan la sitúa en la escala Stanford-Binet como "una en setecientas mil") atrapada en una sensibilidad que no sabe regular.
Y allí aparece Alain. Alguien a quien ella ha decidido incordiar, molestar y hacerle la vida imposible tanto como pueda. Pero lo que sea que lleve a cabo, no consigue sacarlo de las casillas. Y lo peor: estando a su lado, su cabeza parece entrar en paz. No es raro, pero sí atemorizante lo que descubre: cuando llega la noche y está con él, de buenas, termina durmiendo sin necesidad de pastillas. Por alguna razón, son sueños plácidos, que no hacen más que intranquilizar su seguridad aristocrática y del sarcasmo afilado que destila. Si teme atravesar las noches sola, sin sus pastillas, le da más temor todavía que alguien tenga esa influencia en ella. Siempre ha hecho lo que le ha venido en gana. Hasta llegar él.
Es, en el fondo, una contradicción hecha persona: nacida en la cuna del poder establecido y formalmente devota de los modos de una tranquila hija de familia, cuando no la ven resulta todo lo contrario. Una revolucionaria que busca derribar todo ese mundo en que ha crecido y vive. Alguien que posee una inteligencia descripta como fuera de lo común y, al mismo tiempo, incapaz de nombrar en voz alta lo que la angustia. Provoca, desafía, se muestra invulnerable y esa misma invulnerabilidad es, para quien la mira de cerca, la evidencia más clara de cuánto le duele por dentro.
Ella es, en resumidas cuentas, terrible, insatisfecha, genial y rebelde. Pero ese joven callado y triste venido de Argentina tras la muerte de su padre va a resultar la horma de su carácter.
Lo detesta, pero no deja de acercársele. Es un ser tan naif, tan básico... y por demás atrayente por esa simplicidad. Su costado más problemático es la posesividad: aleja deliberadamente a otras chicas de Alain haciendo correr el rumor de que prefiere varones, y cuando lo logra proclama "cierta clase de victoria". A esto se suma un patrón de manipulación bastante sistemático —maneja a su padre con miradas de "desamparo"—, que reordena los hechos a su conveniencia (el "petit caneton" que el ministro no puede negarle nada).
Su relación con Alan, a quien renombra porque sí Alain, es una convivencia hecha de roces, silencios y alguna tregua compartida al ritmo de una canción tarareada. Frente al espejo del baño es el único lugar, fuera de la música, donde ella se permite bajar la guardia por instantes. Adèle es, ante todo, alguien que aprendió a tocar el chelo, a fumar con gesto seguro y a discutir de política con precisión de adulta antes de aprender a decir, sin ironía, lo que de verdad le pasa.
Es 1968, Adele y Alan estudian en una Universidad que pronto saltará por los aires. Como el mismo país.
En la novela Los Extraños de Mayo se cuenta esa pasión de dos jóvenes rebeldes en el agitado París de su tiempo. Los estudiantes salen a la calle y ya el mundo 🌎 no será igual. Ellos tampoco. Y los cambios que vendrán en Adèle no serán ni por asomo, los que ha buscado.
Francia, mayo del 68, los estudiantes ganan las calles. Una rebelión está a punto de estallar. Y el mundo ya no volverá a ser el mismo.
En tiempos de ebullición, cuando todo parece querer estallar, es posible pensar un mundo distinto. Hay, en ese pensamiento, algo que se vuelve vital, que entusiasma: todo el tiempo se está en la barricada, hasta que, finalmente, el mundo cambia.
Alan llega a Francia. El mundo conocido por él ha quedado atrás y todo lo que sabía de este, al que acaba de llegar, ha quedado obsoleto. Ya no es la realidad atildada y circunspecta que ha conocido a través de los libros y las historias de su familia, sino que se encuentra una París en efervescencia, en la que se discute en cada café al psicoanálisis de Lacan y a los Rolling Stones, al cine de la nouvelle vague y la Guerra de Vietnam, a los hippies y a la revolución sexual.
También, además de esa realidad que lo deslumbra, Alan encuentra a Adèle, que lo guía en ese mundo nuevo para él. En medio de ese vínculo, que nace sin que lo hayan planeado, estallan las protestas del mayo francés de las que Alan y Adèle forman parte del lado de los estudiantes. Creen, como todos ellos, que pueden cambiar el mundo. Creen, también, a pesar de sentirse extraños, que son invencibles.